sábado, agosto 1

Los perros – Mario - prepa - cementerio

"¡Azucena!", lee Mario atónito, como en un susurro, las letras doradas recién pintadas en la lápida. Se queda estático, con el rostro desencajado bajo las luces de los faroles que titubean rodeados de mosquitos. Intenta, infructuosamente, armar un cigarro vertiendo tabaco cubano en un trozo de papel arroz, pero su mano temblorosa le hace una mala jugada y lo dispersa en el suelo cubierto de flores de santamaría.
Mayra fue la primera en enterarse de su muerte. El rumor había comenzado a extenderse en la prepa y, para cuando terminó el recreo, ya nos habíamos reunido en la biblioteca de la Zuno. Mario llegó corriendo, aturdido por la noticia, y se sentó pensativo, fuera de sí, entre Alex y Martha, quien lo rodeó con su brazo derecho y acercó su cabeza hacia su pecho. Con la mirada baja y los puños apretados, Mario se negaba a creer que Azucena era incapaz de respirar. A-zu-ce-na, repitió varias veces para sí en voz bajita, como si no quisiera que el nombre se le escapara entre los dientes.
Nos enteramos también, por algunas compañeras cercanas a Azucena, tan cercanas como podrían serlo de una muchacha a la que no le gustaba entablar una conversación con casi nadie, que la habían velado el viernes pasado y que para este lunes ya hasta habían colocado una losa sobre su ataúd. La última expresión de Azucena, al menos aquel rictus final que le había preparado algún maquillista, había sido tan secreta como su propio andar por el patio.
Como ya el sol se había debilitado, sobornamos al policía que guarecía la entrada con algunos libros hurtados de la biblioteca y nos amontonamos con guitarra y flauta y algunos otros instrumentos que tomamos prestados de la sala de música en el Rambler de Carlos. Nos acomodamos como pudimos, embarrándonos unas y unos en otras, apiñados como las almas de los condenados de Signorelli, una imagen que colgaba de uno de los muros en la capilla de la escuela.


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