"¡Azucena!", lee Mario atónito, como en un
susurro, las letras doradas recién pintadas en la lápida. Se queda estático, con
el rostro desencajado bajo las luces de los faroles que titubean rodeados de
mosquitos. Intenta, infructuosamente, armar un cigarro vertiendo tabaco cubano
en un trozo de papel arroz, pero su mano temblorosa le hace una mala jugada y
lo dispersa en el suelo cubierto de flores de santamaría.
Mayra fue la primera en enterarse de su muerte. El rumor
había comenzado a extenderse en la prepa y, para cuando terminó el recreo, ya
nos habíamos reunido en la biblioteca de la Zuno. Mario llegó corriendo,
aturdido por la noticia, y se sentó pensativo, fuera de sí, entre Alex y
Martha, quien lo rodeó con su brazo derecho y acercó su cabeza hacia su pecho.
Con la mirada baja y los puños apretados, Mario se negaba a creer que Azucena
era incapaz de respirar. A-zu-ce-na, repitió varias veces para sí en voz
bajita, como si no quisiera que el nombre se le escapara entre los dientes.
Nos enteramos también, por algunas compañeras cercanas a
Azucena, tan cercanas como podrían serlo de una muchacha a la que no le gustaba
entablar una conversación con casi nadie, que la habían velado el viernes
pasado y que para este lunes ya hasta habían colocado una losa sobre su ataúd.
La última expresión de Azucena, al menos aquel rictus final que le había
preparado algún maquillista, había sido tan secreta como su propio andar por el
patio.
Como ya el sol se había debilitado, sobornamos al policía
que guarecía la entrada con algunos libros hurtados de la biblioteca y nos
amontonamos con guitarra y flauta y algunos otros instrumentos que tomamos
prestados de la sala de música en el Rambler de Carlos. Nos acomodamos como
pudimos, embarrándonos unas y unos en otras, apiñados como las almas de los
condenados de Signorelli, una imagen que colgaba de uno de los muros en la
capilla de la escuela.
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