viernes, julio 31

Los perros - Carlos - C y M

Si no escribo ahora, muero. Sé que es un mal inicio para un texto, porque lo mejor sería configurar una imagen que enganche, y no en primera persona a fin de salvar distancias, por ejemplo: C llegó apresurado para abrir la puerta de su departamento, las llaves se le cayeron haciendo un tintineo que le trajo a la memoria todas las veces que abría la puerta ganándole a M, quien solo atinaba a meter sus llaves en el bolso con un mohín que indicaba: Sólo me ganaste esta vez, no será por siempre. C en esta ocasión tiró las llaves sin que hubiera una razón, quizá lo que deseaba era recordar los labios de M diciendo: Tú ganas la puerta, pero yo el sillón, acércate, siéntate conmigo. Ese tal C tenía suerte, la alegría era el eje a partir del cual circulaba su vida, navegaba incluso ante obstáculos y dificultades. Estando allí M, deseaba tener pretextos para ser consolado, para gritar de contento o asomarse a la ventana y enumerar lo que iba pasando. En esta ocasión, en cambio, la soledad es un cuchillo que me hiere con su canto romo, un canto sordo que me hace más daño por no herir del todo, pero que deja la marca suficientemente enardecida como para no olvidar. No hay herida por la que salga la tristeza, como si la sangre se hubiera coagulado antes de tiempo. La tentación es ignorar que estoy sentado en la cama, con un vaso de leche contaminado de polvo negro de galletas en el buró, con la televisión en una comedia que de pronto se ha vuelto trágica, tanto como esta inmovilidad sin M, este aire denso como la misma sangre que no circula. M, me pregunto qué tal real ha sido todo este juego de dimes y diretes, y me responde tu sonrisa, el blanco de tus dientes y, entre ellos, aquel colmillo roto que te pasas relamiendo hasta que te saca de ti el estruendo del tren de las 11 pm, la hora en que me propondrás leer una obra de teatro en voz alta mientras cambiamos posiciones en la cama como si ensayáramos un parchís para simular la dinámica y la estática de los personajes. No quisiera nombrar a la palabra soledad, no la nombré antes porque quería evitar su evocación, pero ya que se ha instalado como un perro enfermo incapaz de moverse de un rincón del que se ha adueñado, no tengo de otra que pronunciarla con el deseo de exorcizarla, de que se vuelva una fórmula mágica que me devuelva lo perdido o que me haga olvidar que alguna vez lo tuve todo en un roce de dedos al darte una taza, una mirada líquida nomás por nomás, un sentarnos a mirar cómo una grúa giraba para subir su carga a un edificio en construcción.

 

(Carlos)


Nota: Daré más vida a C y a M y borraré más a Carlos. Que Carlos irrumpa, pero luego de dar más vida a las iniciales. Que los personajes no nombrados tengan más densidad experiencial.

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