Si no escribo ahora, muero. Sé que es un mal inicio para un
texto, porque lo mejor sería configurar una imagen que enganche, y no en
primera persona a fin de salvar distancias, por ejemplo: C llegó apresurado para
abrir la puerta de su departamento, las llaves se le cayeron haciendo un
tintineo que le trajo a la memoria todas las veces que abría la puerta
ganándole a M, quien solo atinaba a meter sus llaves en el bolso con un mohín
que indicaba: Sólo me ganaste esta vez, no será por siempre. C en esta ocasión
tiró las llaves sin que hubiera una razón, quizá lo que deseaba era recordar
los labios de M diciendo: Tú ganas la puerta, pero yo el sillón, acércate, siéntate
conmigo. Ese tal C tenía suerte, la alegría era el eje a partir del cual
circulaba su vida, navegaba incluso ante obstáculos y dificultades. Estando allí
M, deseaba tener pretextos para ser consolado, para gritar de contento o
asomarse a la ventana y enumerar lo que iba pasando. En esta ocasión, en
cambio, la soledad es un cuchillo que me hiere con su canto romo, un canto
sordo que me hace más daño por no herir del todo, pero que deja la marca
suficientemente enardecida como para no olvidar. No hay herida por la que salga
la tristeza, como si la sangre se hubiera coagulado antes de tiempo. La tentación
es ignorar que estoy sentado en la cama, con un vaso de leche contaminado de
polvo negro de galletas en el buró, con la televisión en una comedia que de
pronto se ha vuelto trágica, tanto como esta inmovilidad sin M, este aire denso
como la misma sangre que no circula. M, me pregunto qué tal real ha sido todo
este juego de dimes y diretes, y me responde tu sonrisa, el blanco de tus
dientes y, entre ellos, aquel colmillo roto que te pasas relamiendo hasta que
te saca de ti el estruendo del tren de las 11 pm, la hora en que me propondrás
leer una obra de teatro en voz alta mientras cambiamos posiciones en la cama como
si ensayáramos un parchís para simular la dinámica y la estática de los
personajes. No quisiera nombrar a la palabra soledad, no la nombré antes porque
quería evitar su evocación, pero ya que se ha instalado como un perro enfermo
incapaz de moverse de un rincón del que se ha adueñado, no tengo de otra que
pronunciarla con el deseo de exorcizarla, de que se vuelva una fórmula mágica
que me devuelva lo perdido o que me haga olvidar que alguna vez lo tuve todo en
un roce de dedos al darte una taza, una mirada líquida nomás por nomás, un
sentarnos a mirar cómo una grúa giraba para subir su carga a un edificio en
construcción.
(Carlos)
Nota: Daré más vida a C y a M y borraré más a Carlos. Que
Carlos irrumpa, pero luego de dar más vida a las iniciales. Que los personajes
no nombrados tengan más densidad experiencial.
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