Pensaba en la grúa inmóvil. Cada vez que me asomaba por la
ventana de mi habitación, en el recuadro delineado por el alambrado y las
bardas blanco sucio de los otros departamentos, con sus ventanas negadas a la
curiosidad, estaba ahí, extendiendo su enorme brazo de varillas metálicas de un
lado a otro de la avenida López Mateos. Entonces ignoraba que cruzaba esa
arteria con ínfulas de embotellamiento; me enteré porque regresaba en coche y
entonces reconocí esa gran estructura. Desde mi habitación no había calculado
su extensión: prácticamente los seis carriles de la avenida y quizá más. Llegué
a pensar, además, que la construcción del edificio estaba detenida, congelada
en algún punto de sus inversiones. Pero no: la grúa de pronto, una tarde,
apuntaba hacia otro lado. Como a veces sucede con el tren, que va en una
dirección o en otra. El silbato de ese monstruo de hierro suele penetrar las
ventanas cerradas, como si se auto-inmolara entre las paredes, como si se
estrellara en todas a un mismo tiempo con un aullido desesperado. Al principio este
ruido imponente causaba estragos en mi cuerpo antes de que me diera cuenta de
que se trataba de la máquina que atraviesa la ciudad a cuadra y media. Mi sobresalto
daba lugar a un sentimiento que poco a poco se instalaba en la pasividad de la
grúa, como si me extendiera su brazo solidario. Inmóvil, aparentemente.
(Cualquiera)
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