Hace un momento, un par de horas, un poste inclinaba su
sombra hacia el café donde nos encontrábamos. Como si su intención fuera unir
los pedazos de todo aquello que tocaba por encimita. En su torso, si es posible
que tenga uno, pero démoslo por sentado, la maquinaria de un medidor cumplía su propósito: escuchar el ritmo, los acentos del paso sanguíneo de la
luz invisible. Escuchar: cómo el poste erguido transporta energía a una velocidad que
rebasa nuestros cálculos. El hecho es que alrededor de las 12 de la noche el
poste se iba extendiendo hacia las estrellas ocultas por el esmog, pero su sombra, en
un ángulo de 90 grados aproximadamente, parecía caer con toda su negación sobre
la banqueta donde mi interlocutor terminaba su cigarro, como si otro cigarro
gigante intentara apropiarse del fuego. Un titán de sombra escapado del poste
gris para emboscarnos con un tema liviano.
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