Si yo quería nada más correr, correr
en las márgenes del río de Santa Rosa de Lima,
resbalando mis pies descalzos por la tierra húmeda,
correr para no desmoronarme
entre raíces y lianas, correr aunque me cayera
hacia la corriente fina y sibilante, no pensar
sino en seguir corriendo con el sol apretando para abrirse paso
entre dos higueras y tocarme con sus dedos amarillentos
como los de un fumador, como tú, Benigno, cuando encendías
tu mirada triste, ese hilito de humo, correr
como si deseara sumar los amaneceres, los horizontes
que sangraron sus rosas y sus carmesíes, correr
para salir de la boca abierta del lobo, correr por las arrugas
del agua inquieta como las que yo tendré cuando sea abuela, cuando
seas, Benigno, mi signo entre las piedras que se llaman como a mí
me viene en gana, yo que soy Petra, pétrea columna veloz
por sobre las lajas redondas como huérfanos pedazos de sol,
correr hacia atrás, hacia el tiempo en que mi sangre todavía
no alcanzaba a ser hierro ardiente en el deseo y los estertores que son
hijos,
en los hijos donde ya no alcanza la saliva de todo este río para nombrar,
en los hijos que me pusiste enfrente, Benigno, sin poder huir, correr
como un río de largo alcance bajo las estrellas que adivina
porque hay que correr, correr, Benigno,
pisando algo como manos que salen de la tierra
detenidas en el grito, en la advertencia.
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