Aunque lo acompañaba a todas partes, su mujer nunca hablaba. Lo acompañaba incluso sin acompañarlo, porque, al charlar con sus amigos, daba, además de su propia opinión, la de su mujer, más sabia y consciente. Culta y preparada, en verdad, si bien nadie había escuchado su voz. O sí, pero en boca de su marido.
En las reuniones familiares el hombre se adelantaba a responder cuando a su esposa le hacían una pregunta. Sus suegros y cuñadas la conocían perfectamente gracias a que el hombre les participaba sin remilgos la opinión que su mujer tenía de la nueva serie de ánime, del presidente en turno, del último libro de fantasía que había leído y su preferencia por la comida vegana que su hacendoso marido le preparaba.
Como el hombre tenía un horario flexible, recogía a los niños en la primaria. A la directora le caía muy bien su mujer, porque le enviaba amables saludos y tenía una excelente noción del sistema educativo con el que experimentaban a manera de programa piloto. Estaba deseosa de conocerla algún día, ya que, sin asistir a las juntas, influía con lucidez en las decisiones de los criticones que terminaban cediendo a favor del progreso escolar.
Quizá el momento cumbre de tan engranada relación fue cuando celebraron su décimo aniversario. Los invitados se apresuraron a llegar temprano para estacionar sus autos cerca del auditorio donde sería la ceremonia. Los más tempraneros alcanzaron a sentarse en las butacas de la primera fila. Esperaban atentos y esperanzados las palabras de la mujer que siempre había aportado consejos edificantes y creativos ante la adversidad, que sabía sin tacha a qué estreno cinematográfico asistir sin pérdida de tiempo, que tantas buenas recetas de cocina había revelado en las cenas familiares, que contaba, de acuerdo a su marido, unos chistes que harían reír hasta la histeria a cualquiera.
Si conocían a alguien, desde sus gustos en medias deportivas, en telas finas, en perfumes y ejercicios para prolongar la vida, pasando por elegantes citas filosóficas, poemas recitables y profundos consejos éticos y matrimoniales, hasta útiles y atinados experimentos destinados a enriquecer las clases de robótica para los niños del kínder, era a la mujer del hombre.
Esperaron ansiosos a oír su timbre vocal por primera vez. No pudieron hacerlo en la recepción porque el buen hombre se dio a la tarea de saludarlos en nombre suyo y de su mujer, mientras ella se aplicaba los últimos toques de maquillaje. No alcanzaron a escucharla durante el rito de refrendo de votos porque la mesa del juez honorario resultó estar lejos del público y al parecer habló muy bajito. Los más aguzados la vieron mover, casi imperceptible, sus labios. En cambio, el hombre renovó sus promesas modulando su volumen estentóreo, potente, hasta dejar perplejos a los asistentes. Si se dirigía a su mujer con tal vehemencia, seguro lo hacía en respuesta a sus sabias, dulces y profundas palabras.
Amigos y familiares regresaron a sus casas satisfechos. Esta pareja feliz actuaba como una sola voz.
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