Lo miró de reojo mientras daba un curso de filosofía yóguica, justo en el instante en que explicaba esos casos en que los alumnos se enamoran de sus maestras. A Juan no le pareció extraño. Esto que sentía por Inés cada tarde iba más allá del yoga. Su cabello rubio y alborotado, su juventud y energía vital para cuanto tenía que ver con avanzar en los peldaños espirituales de la práctica, con asanas que le gustaba ejemplificar con su cuerpo dominante y neumático, le hacían comprender a Juan que carecía del suficiente avance espiritual como para sugerirle una clase particular, ya no digamos ir al cine. Se perdía en los mechones grises mezclados con los abundantes amarillos, en tanto Inés explicaba como nadie los sutras de Patanjali. Con serenidad, ojos brillantes y ademanes sexys, pensaba el inexperto yogui, aunque esto implicaba una traición al Brahmacharya, el control de sus sentidos que había ensayado durante la última semana. Inés además dirigía obras de teatro con mujeres de la prisión como actrices, estudiaba letras, albergaba el sueño de hacer una carrera de dramaturga en Chile y, solo en sentido figurado, lo tenía de cabeza —un asana en realidad todavía fuera de su alcance. Día a día Juan practicaba en la azotea del edificio el saludo al sol y un consciente vinyasa para entender cómo lo mejor de su mundo se había vuelto de revés, pero su sempiterno desequilibrio emocional y físico, con el correspondiente efecto en su sobrepeso abdominal, le jugaban una mala pasada. Diablos. Si tan solo pudiera hablar con ella sin ocultarle las ganas de engullir papitas y Pingüinos, cualquier comida chatarra que paliara su ansiedad. La única forma de llegar a Inés, estaba seguro, era practicando cada vez más asanas, estudiando a Krishnamacharya, a Indra Devi y el mayor sánscrito posible, optar por la dieta vegana que tanto presumía su amigo el músico. Se sorprendía, durante la clase, observando cómo resplandecían bajo sugestivas serpientes Led los delgados vellitos que ondulaban casi imperceptibles en los brazos de Inés, los granitos de su cuello, sus labios naranja. Esto no era para nada espiritual. Entonces se avergonzaba de sí mismo, de su imagen y de su descarada y malversada manera de afrontar la atracción que su maestra ejercía sobre él. Sospechaba que Inés era consciente de su apego, que su elegante indiferencia a los elogios era una máscara no —Inés había residido un año en Japón— carente de emociones. Los celos le recorrían como tijerillas a punto de picar con sus tenazas cuando corregía la postura de Alejandro, cuando elogiaba la elasticidad de Oswaldo, incluso al darle palmaditas en el hombro a Susana. Puede que haya algo ilegítimo en que una maestra se fije siquiera en uno de sus estudiantes, pero ¿y si es al contrario? ¿No es comprensible sentir admiración por aquella persona que irradia una contagiosa satisfacción consigo misma? Todo esto la hacía aparecer más linda a los ojos de Juan. La sonrisa de Inés acontecía frente a la audiencia como un avión que ignora a la ciudad dejada atrás. Juan cerró la aplicación en la pantalla de su iPad y salió a la tienda a comprar palomitas, Pepsi y un chocolate sin azúcar para ver su serie de superhéroes en Netflix.
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