martes, junio 30

La espera

Si ese perro amarillento fuera un elemento simbólico de esta narración que empieza por nombrarlo y, por tanto, nombrarme a mí, tendría que preocuparme. Y peor, ahora que se rasca las pulgas de su pelaje amontillado (¿por qué esta palabra viene a la lengua de mi mente?), en todo caso, áspero y pegostioso. Pelos enredados unos en otros como racimos de estirpe chiclosa, de donde asoma una piel rosácea y llena de cicatrices y heridas recientes. Pero, aunque mi mente y, sobre todo, mi criterio literario, arma una estructura narrativa de esta media hora en que espero la ruta 646 (¡sí, esa monótona ida y venida por la lateral de una vía rápida, donde los semáforos son obstáculos ridículos para el que acelera con saña!) la realidad siempre es otra, una cosa como el camión que estará atestado como los pelos tiesos de este perro callejero. ¡La monotonía de esta ruta! ¡Lo absurdo de esperar un camino recto! Es aquí donde el consejo de Cavafis, o del personaje que habla a través de su escritura en el entrañable, aunque declarativo, poema "Ítaca", se impone como el oráculo: si bien lo que a mí se me impone es la fría dureza de la banca metálica en las nalgas, el perro amarillo que husmea mi mochila como si se hubiera topado con un olor particular, los esperantes que parecen ser una proyección de sus celulares. Un perro amarilloso, una avenida en negación de Ítaca, de todas las Ítacas imaginables, estos maniquíes que saltan al camión como pulgas insatisfechas que se amontonan al interior mientras el chofer acelera y la avenida nos engulle...

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