a
Margaret Randall
Me cuentas de Chile,
de la mujer secuestrada
con su marido y su hijo de cinco
años.
Cómo los guardias torturaron a la
mujer, al hombre, al niño,
uno delante del otro,
“como a ellos les gusta”.
Cosas peores que la muerte.
Puedo verme tomando el cabello rubio
cenizo de mi hijo entre mis dedos,
inclinando su cabeza hacia atrás
antes de que sepa lo que está pasando,
cortándole la garganta, cortando mi
propia garganta
para salvarnos. Cosas peores que la
muerte:
esta nueva idea irrumpe en mi vida.
El guardia se mete en mi vida, los desechos
líquidos de su cuerpo,
“como a ellos les gusta”. Los ojos
del niño de cinco años, Dago,
mirándolos con su madre. Los ojos de
su madre
mirándolos con Dago. Y en mi sala de
estar, como un niño,
la palabra, Dago. Y nada de lo que
experimenté me hirió de muerte,
la vida era bella como nuestra
sangre sobre las baldosas
para salvarnos de eso –los ojos de
mi hijo en mí,
mis ojos en mi hijo– el carnero-jabalí
en nuestros cuerpos
obligándonos a voltear hacia nuestro
viejo enemigo y darle la bienvenida,
amable y eterna muerte
que nos da una salida.
Sharon Olds
(versión mía)
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