Un soberano estorbo cuando quien te los regala ni siquiera conoce el producto, el objeto, la cosa por la cual te elogia. Suelen ser vacuos, meros instrumentos de halago que te vuelven débil, discordante, empalagado. Vomito los elogios falsos, aquellos faltos de realidad. Te cubren de una ficción con fines prácticos: usar tu debilidad para que les permitas hacer lo que desean, para que tengas hacia ellos la actitud adecuada, para qué soy bueno, en qué puedo ayudarte. El elogio es perverso cuando viene de una voluntad de control. Quizá sepas que lo que dicen es equívoco, pero de todas maneras decides corresponder con una sonrisa húmeda de satisfacción, sentirte halagado por un hecho que no puedes comprobar, que no descubre tu naturaleza. Bastardo, infeliz, si el elogio es algo benéfico que ahora manchas con tu incrédula lengua: un ungüento de savia emocional en el alma ávida, herida.
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