Me da pena decirlo en público desde que en una
ocasión –ah, los tiempos de la preparatoria– la novia de un amigo se
escandalizó ante mi entusiasmo por abrir el libro y buscar palabras con gesto
de satisfacción mientras descansábamos sobre el pasto húmedo en el Parque de
las Estrellas. Nunca más volví a mostrarle a nadie mi mal hábito, y cada vez
que tenía la necesidad vehemente de sacar de su escondite mi Larousse ilustrado
de pastas azules, volteaba en todas direcciones para cerciorarme de que nadie
era testigo de cómo recorría la yema del índice por entre la traslúcida página
de arroz para hallar, por ejemplo, la palabra bifurcado. Esta palabra fue una
herencia directa de El jardín de los
senderos… de Borges. Es más, acuso a Borges de ser el culpable, el
verdadero, de esa manía que no he podido erradicar ni aunque haya conseguido ser
aceptado en este grupo de Adictos al Diccionario. Sé que algunos de ustedes suelen
indagar vocablos de corte científico como corolario, segmentación o fisionomía.
Otros se embelesan con tocino, almendra, alcachofa. A mí me apasionan aquellos
que nunca antes he escuchado ni leído y considero un reto menor, si bien no por
ello menos valioso, pronunciarlos frente a los niños esperando que no lo
perciban sino como juego, que mi charla sea producto de la naturalidad y el
desparpajo. Desparpajo es una de mis palabras predilectas. También predilectas.
Y a rajatabla. Otras que no me dejan dormir desde hace años de solo
repetírmelas y saborear su efecto evanescente han sido devenir y cohabitar. No
habitar, sino cohabitar. Incluso escribí un poema en el MS-DOS de mi
computadora 286 con esa palabreja: “al amanecer ellos cohabitan sus recuerdos”.
Entonces todavía admiraba la rancia belleza de la poesía y hasta me obsesionaba
con la musiquita interna que despierta la psique cuando proliferan los ritmos y
las vibraciones de las cuerdas vocales al decir, pronunciar, poner en entredicho
ciertas sonoridades. Eso ya carece de interés para mí. La poesía va y viene,
pero las palabras… el Larousse azul de más de mil seiscientas páginas y términos
en múltiples e insuficientes géneros y modalidades ocupa un lugar de mayor
categoría en mi librero que la Biblia, el objeto de culto que en la familia
recibe a diario las cálidas caricias de una veladora y la devota custodia de
imágenes cándidas. Si lo supieran los maristas con los que estudié, alzarían el
grito al cielo. Cielos... recuerdo otro de mis desaciertos vitales,
consecuencia de los malhadados concursos de la secundaria: la ortografía. Qué
angustia esperar año con año el veredicto de una academia colonialista y monárquica,
aun y cuando me declaro ferviente demócrata, seguidor del revolucionario Sarmiento
en cuanto a libertades del lenguaje, mientras abomino del pesado Bello que
tanta desavenencia ha causado con su ortodoxia (una palabra en serio que
ortopédica) a nuestra sintaxis. Pero he tomado fuerzas de la debilidad y la
vergüenza para hablarles a ustedes por primera vez en décadas de la perniciosa costumbre que aqueja a cuantos nos hemos reunido después de tantas horas y días de
ansiedad. Lo repito sin ambajes: soy adicto a leer palabras en el diccionario, al
olor de su tinta impregnada en el papel e incluso a las serifas o palos secos
de su tipografía, y se me llena de sangre el corazón cuando recorro los fonemas
silabeando al derecho y al revés con lentitud de ánfora o de babosa o de nube o
de burócrata sus texturas microscópicas. Por cierto, ya que algunos de entre
nosotros han compartido generosos sus propios y perversos giros de la lengua,
no veo por qué ocultarles que de vez en cuando, de adolescente, hojeaba furtivo
la Biblia para detenerme ante el hallazgo: sustantivos excéntricos, presas
fáciles para el diccionario. Nefilim, jeremiadas, fariseos. Nada como paladear,
conjeturar con sus imposibles desinencias (otra palabra sugestiva, tanto como
la palabra sugestiva). Lo digo en confianza. Imagino que en este momento quisieran
consultar su María Moliner, su Clave o incluso su Wordreference en el celular. Quizá
no se atrevan porque estamos aquí para sanar nuestra enfermedad. Pero créanme
cuando les advierto de esas finas modulaciones de significado que distinguen a
ciertas palabras subversivas, como acechar y asechar. Se sonríen, lo sé, porque
comprenden de qué les hablo.
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