domingo, abril 5

Apuntes

Justo en el momento en que me pongo a escribir el día oigo el agudo zumbido. Como si mi cerebro se volviera contra mí, como si construyera una barricada en la página para no deslizarme por sus blancos. Es un reto. Igual avanzo, dejo de lado el ruido y su insistencia, insistiendo en el otro ruido que viene a cuento: el teclado del iPad. Un día de pequeñas, sutiles revelaciones. La charla con mis padres, que siempre parecen querer irse a otra parte. La lectura de Macbeth, que me recordó la traición hecha por mis subalternos de la revista, en sus distintos grados, a través de la lente de la tragedia y del caleidoscopio de mis propias traiciones. En la imagen de Macbeth veo, casi toco a las personas que me sonreían día tras día, incluso lady Macbeth aparece de pronto en escena con gesto agrio de estadística. Y siempre, al final, me descubre a mí mismo traicionando mis propios ideales. No puedo ser más severo con los otros de lo que he sido conmigo mismo. Comprendo —voy comprendiendo gracias al personaje shakespeareano— la traición y adivino en el acto, en el crimen, el soplo claro de las Hécates profetizando con su sonrisa a medias que estas personas-personajes tropezarán fatalmente con sus propias palabras. “¡Un rostro falso debe ocultar lo que sabe un falso corazón!”, exclama el asesino del rey Duncan. Total, un día desenmascarado, leyendo, copiando con letra manuscrita algunos sonetos de Garcilaso. Gracias a las anotaciones del traductor, copiosas en verdad, y a mi Cancionero de Petrarca en dos tomos, me decepciono de tanto en tanto al constatar que algunos versos del español son excelentes traducciones del cantor de Laura. Sin embargo, la síntesis y la musicalidad del ibérico son a su vez superiores a los versos de su amigo Boscán —superior a, por ejemplo, Juan de Mena. Mientras Garcilaso tiende a omitir vocales y palabras para adecuarse felizmente —en ocasiones se excede— al endecasílabo, Boscán parece agregarlas para ensanchar la nota. Es solo una elucubración, un presentimiento, una lectura en la superficie. Luego, algo sobre Lorenzo García Vega, escrito por Liliana García Carril. Ya me llamó la atención este viejito. Por ahora comienzo Vilis, al parecer el nombre de una ciudad imaginaria. Ese, más o menos, el día que no acaba. Un segmento del día, o varios, cortados con la criba de lo vivido recientemente. Buscaré otra serie en Netflix para ver en estos alargados días de covit-19.

Diario 05 04 20

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