Anita cantaba el Ángelus
en el patio al mediodía.
No sé por qué ni cómo
escatimaba la gente
su contagioso asombro
de comprender el mundo.
Calladita se sentaba,
su sonrisa pegajosa
bastaba para decirlo todo.
Con mi abuelita María
iba a cualquier parte: a misa
del brazo por Ramón Corona
enrebozadas y apuradas,
a la plaza, a los elotes,
al molino para el nixtamal,
a visitar a los parientes
de Santa Rosa, de Camajapa,
con la Virgen de Talpa.
Anita cuidó a cada uno
de sus sobrinos y a los hijos
de sus sobrinos.
Les cantaba el Ángelus
a los que ya no estaban,
a ellos sí que les platicaba
quién sabe qué de cosas,
no le paraba la boca.
Se fue silenciosamente,
tanto que tal vez no hubo
funeral,
tanto que no recuerdo
que haya muerto.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario