La ventaja o la razón de escribir en un cuarto acalorado, pasada la medianoche, con insomnio y poca esperanza en el futuro, es que yo no soy yo, o al menos no tengo la obligación de serlo. Quizá yo sea mejor que mi personaje, después de todo carece de nombre y se esconde entre líneas. O quizá ni siquiera sea mi personaje, puesto que no me pertenece. No me debe nada, y si lo hiciera, no sería nada bueno. Es lo irónico de la escritura, es un acto que se remonta milenios atrás y eso significa que, como cualquiera, no ha existido desde siempre. La eternidad es una ilusión acuchillada por el tiempo. Si este personaje puede ser otro, ¿por qué no arriesgarse? Después de todo en realidad me encuentro en el Primer Piso, a media luz, escuchando jazz en la barra. O miro por la ventanilla de un avión la ciudad encenderse de puntos amarillos y rojos mientras me alejo entre nubes densas y sin emociones. La única realidad serían las líneas de mis manos, darme cuenta de cómo se formaron a través de los años al tomar objetos entre los dedos, al estar en uso como herramientas del cerebro. La vida es misteriosa porque transcurre sin apenas darnos cuenta ni estar conscientes de la demoledora presencia de la alegría, del dolor o la angustia. La angustia que es un no integrarse a la sucesiva trayectoria del presente, del ser que somos en todos los tiempos posibles a un tiempo. Por debajo de mí, apostado en la azotea de mi casa, pasan autos, niños, hormigas, hojas secas, balones de futbol, carritos y canicas. Oigo mi respiración y me levanto los lentes con la mano izquierda para distraer la inmensa cobardía que me invade como un virus para no salir de este congelamiento. No estoy aquí, ni aquí, ni aquí tampoco, sino que mis arterias, mis células ocupan un lugar en el tiempo que quisiera abolir el espacio, detonarlo. No estoy en ninguna parte.
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Pongamos que hago caso a la estética del proceso. No descartar nada previo a lo que hace al poema. Aunque ni siquiera estoy seguro de que ese poema sobrevivirá en una publicación o en un libro. Gorostiza ordenó quemar los restos que no alcanzaron a formular el poema. Dejó, eso sí, apuntes de un poema inacabado. Ya me dieron ganas de re visitarlo. Si mostramos la hechura del poema, sus bordes limados, su textura sin pulir, no comunicamos el poema, el poema no se comunica, sino el procedimiento. El largo trabajo del poema queda como al principio. Qué caso entonces.
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Eduardo Milán usa en sus artículos-ensayos metáforas a doc con el romanticismo: el desierto, la herida. Pero son desiertos y heridas sin sujeto lírico. Supongo que eso debería bastar para comprender su modernidad.
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M 30 03 20
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