viernes, marzo 6

El arte del suspense

A casa viene a visitarnos todos los días

un hombre con disfraz del oso yogui.

A veces usa un tónico de invisibilidad

y nos observa desde el sillón donde se oye

cómo juega videojuegos o escucha a su influencer favorito.

Quarq es una de sus palabras predilectas, la repite

para sus adentros como una guacamaya

mientras piensa cómo arrancarnos

la garganta, cómo aplastarnos de un manotazo.

Cuando no le vemos, percibimos la marca de su gran peso

en el sillón roto de la sala. Otras veces

hace graciosos bizcos detrás de la máscara de aire

que le colocaron los niños mientras roncaba.
El hombre con el disfraz de oso yogui habla y habla de sí mismo:
no hay tema que no provenga de él

o no vaya directo a él.

El otro día fue tan bondadoso que interrumpió la conversación

para aleccionarnos sobre la humildad

poniéndose de ejemplo.

El oso yogui no llega a robar nuestra comida, aunque pudiera hacerlo,

¿pues qué caso tendría?, ¿qué sentido el suspenso?

El oso yogui elige a un miembro diferente de la familia

para hacerle ver que todos

están equivocados. Su acompañante

es un androide programado para aplaudirle

si nadie más lo hace. Y nadie lo hace.

Estoy a punto de dirigirme a la cocina.

Sus ojos invisibles

se clavan en mi cuello.



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