A casa viene a visitarnos todos los
días
un hombre con disfraz
del oso yogui.
A veces usa un tónico
de invisibilidad
y nos observa desde
el sillón donde se oye
cómo juega
videojuegos o escucha a su influencer favorito.
Quarq es una de sus
palabras predilectas, la repite
para sus adentros
como una guacamaya
mientras piensa cómo
arrancarnos
la garganta, cómo
aplastarnos de un manotazo.
Cuando no le vemos, percibimos
la marca de su gran peso
en el sillón roto de
la sala. Otras veces
hace graciosos bizcos
detrás de la máscara de aire
que le colocaron los
niños mientras roncaba.
El hombre con el disfraz de oso yogui habla y habla de sí mismo:
no hay tema que no provenga de él
o no vaya directo a
él.
El otro día fue tan
bondadoso que interrumpió la conversación
para aleccionarnos
sobre la humildad
poniéndose de
ejemplo.
El oso yogui no llega
a robar nuestra comida, aunque pudiera hacerlo,
¿pues qué caso
tendría?, ¿qué sentido el suspenso?
El oso yogui elige a
un miembro diferente de la familia
para hacerle ver que
todos
están equivocados. Su
acompañante
es un androide
programado para aplaudirle
si nadie más lo hace.
Y nadie lo hace.
Estoy a punto de
dirigirme a la cocina.
Sus ojos invisibles
se clavan en mi
cuello.
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