Qué importa lo que acabo de olvidar. Si la noche es oscura porque cierro los párpados o si lo sigue siendo con el sol reivindicando la ventana. Ayer no había nada junto a mi ventana, y hoy, desde la tierra húmeda de dos macetas, parecen estirar hacia el cielo sus pies de bailarinas dos plantas largas y sin flores aún, sin bocas o, más precisamente, sexos, coloridos sexos. Hay quien tose, hay quien mira la tele —se oyen pasos detectivescos, los destellos de voces de otra época que resurgen—, quien vuelve a toser para revivir el déjà vu o descansa los huesos sobre la sábana blanda de sus pensamientos. Qué piensa el poema, cómo piensa, y si lo hace, ¿piensa el olor de la habitación?
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Desde dónde habla el poema, desde quién o desde quién no. En el borde de la lengua, es imposible no encontrar una manera de decirlo, de desdecirse de ser necesario. Todas las facultades de un foco ahorrador de 60 kilowatts no logran hacerte desaparecer en los puntos negros, digitales, huecos como el espacio entre los planetas, el de la página electrónica qué hila la textura de una luz con otra. “No sabía de qué le estaba hablando”. Off.
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La poesía requiere trabajo.
Echamos a andar la materia verbal, ya tan vapuleada por el uso de los siglos, los milenios, confiados en que aparecerá renovada en cada ocasión. Y allí está, cubierta de óxido, del óxido mismo que se convierte en la razón de ser de la poesía moderna. La historia de la poesía exige una muestra palpable del paso del tiempo, de la existencia del tiempo. El interés de la obra se traslada hacia los puntos, las zonas que resistiendo, han cedido al desarrollo de los fenómenos que les inciden, de los que son parte e impulso en ocasiones. ¿Qué exige la poesía moderna hoy en día? ¿Qué requiere un poema para ser moderno, para ser leído en la clave del presente?
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M 22 03 20
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