Un árbol sostiene en la punta de su índice y pulgar
la palabra caracol. No entiendo por qué
y quizá debí preguntar primero
─antes de
que el dueño del café irrumpiera─
dónde comenzar a contar el tiempo
en que un roedor lo recorre
como un adjetivo a un sustantivo huidizo
por razón de un verbo. Tal vez
el árbol dice algo oculto en mi propio árbol de venas
y la pregunta debiera ser a mi propio organismo
si es que al fin tengo una pregunta (entre paréntesis
pondría los signos de sus ramas). Tengo miedo
de que esto resulte demasiado abstracto
para un corazón específico, para un aletear de conjugaciones
en subjuntivo, en aoristo, en un idioma extraño
que no termine por situarme en un espacio atónito,
un cruce antagónico de caminos.
Pero el lenguaje de las ramas no ha de ser irse por las
ramas
como el roedor que agita su cola y salta
al cable de la luz. Ni la luz del árbol es la del cable,
ni la luz del alma de la música desafinando
a través de los barrotes de la ventana
donde cinco personas dibujan su propio árbol
de verbos y sustantivos, de adjetivos quebradizos
y articulaciones para que adquieran movimiento
y reacciones a la música del violín
cada vez
más desafinado. Pero poco importa
si el miedo da al traste con el árbol y sus ramas
y el roedor que ya debe estar asomándose
por una grieta de la banqueta,
o el violinista que no estaría aquí
de no ser por las palabras del árbol
que se agitan con el viento de la charla
de todos los que aquí
intentan o se figuran que sus palabras en verdad
traspasan el viento y se anidan o aniquilan
en los oídos verbales.
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