Martha: ─Te dije que esta esquina estaba
apartada, ¡aquí solo debían estar mis letras, tarado!
Carlos: ─Y a mí qué me importa, Martha.
Lo que tú apartes me tiene sin cuidado. Ni que la pared te perteneciera. Ahora
resulta…
Martha: ─Qué madres ni qué resulta nada…
Carlos: ─Eso, no dijiste nada…
Martha: ─Claro que sí, ¿no ves mis
ademanes? Estoy siendo enfática en eso de calificarte de tarado.
Carlos: ─A tu lado.
Martha: ─¿Que qué? Ya quisieras, mequetrefe.
Esta casa no será mía, pero yo he escrito la mayoría de estas historias, o al
menos las he inspirado.
Carlos: ─Eso dices tú. Si las tipografías
aquí son de lo más variadas.
Martha: ─Es que a mí me gusta ensayar
distintos tipos de letras. Me mama escribir en estas paredes de adobe…
Carlos: ─Y en la cabecera de la cama y
en los muebles y en las puertas y ventanas…
Martha: ─No hay límites a la creatividad…
Carlos: ─Ni a la mediocridad…
Martha: ─¿Ya ves que eres un tarado?
Carlos: ─Si tanto has escrito, ¿por qué
te indignas si lo hago yo? Tengo derecho a transcribir tu historia, o la mía, o
la de Mario, la de Eloy, la de Carlos y Laura…
Martha: ─¿Y por qué mencionas tu propio
nombre? Como si fueras un personaje…
Carlos: ─Lo soy, en cierto modo, y tú
también…
Martha: ─Yo no soy ni madres. Ni
siquiera una narradora omnisciente…
Carlos: ─Será evanescente… porque estoy
pensando en borrarlo cada vez que tu nombre aparezca…
Martha: ─¡Atrévete!
Carlos: ─Pero si nadie nos leerá.
Además, la casa de adobe se cae a pedazos. Aquí y allá las frases están
truncas.
Martha: ─Por eso también hay papeles.
Los cuadernos están repletos, no solo de palabras. Eloy ha desperdigado sus
dibujos y pinturas por todos lados, incluso sus perros. A esos que llama como
nosotros. No me gustó ser una pudle, ¡vaya lugar común! Por no decir ofensivo…
Carlos: ─Bueno, ayer una pudle, hoy solo
una perra.
Martha: ─¡Imbécil! Te diría perro, pero
eso solo te haría sentir orgulloso.
Carlos: ─Soy un perro. Mira cómo te lamo
el brazo…
Martha: ─¡Mi brazo no, estúpido!
Carlos: ─Pero si tú me lo propusiste, ¿o
por qué lo estiraste hacia mí? Si soy un perro, querías que te lamiera.
Martha: ─No mames.
Carlos: ─Sí mamo.
Martha: ─No ahora.
Carlos: ─De vez en cuando.
Martha: ─Yo mamo más... Yo amo mamar. Yo
mamo amar.
Carlos: ─Lo peor es que te sientes
artista.
Martha: ─Solamente con hache.
Carlos: ─Otro lugar común.
Martha: ─Que a ti ni siquiera se te
hubiera ocurrido…
Carlos: ─No se me ocurren bobadas.
Martha: ─¿Quieres conocer la lista? Los
cuadernos están llenos…
Carlos: ─Pensé que eran tus diarios.
Martha: ─Tú siempre suponiendo
tonterías. Como arúspice, abre una rata por el vientre y pregúntale al universo lo bajo que
has caído con tus deplorables textos. Eres un pésimo poeta, perro.
Carlos: ─Perra.
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