domingo, octubre 20

Benigno

Aquí estoy, inmerso en la línea punteada
que trazan las hormigas desde el manzano,
suben por los ladrillos huecos del muro
hasta perderse en otra casa, de la que no se oye
sino el gallinero: se huele, se adivina.
De allí vienen las hormigas y allí regresan
una a una, con sus trozos de amarillos
que no significarían nada si no fueran
una continua demolición.
Aquí, pienso: el transcurso agobiado de las tardes
no ha sido suficiente, los días
no roban algo de mí poco a poco,
no detento más derecho que este manzano
o el ciruelo de más allá, el arbusto de café.
Contemplo el pequeño huerto,
agradecido por los muchos hijos
salidos de Petra como de un hormiguero
para roer el mundo, o al menos
este caserío tenso como una pistola,
este jardín donde el canto de los gallos
está a punto de suceder,
donde mi sangre camina.


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