Llevaba
más de dos semanas levantándome con un golpe de barra en medio de la espalda. No
precisamente una barra de hierro como las que utilizan para hacer zanjas en
jardines pedregosos o de tierra seca y dura. Sino una barra de frío húmedo. Una
barra que había socavado mi espalda al centro y el resto de mi cuerpo como si
mis nervios fueran un cúmulo de cables que alguien jalara con el puño, sin
sacarlo de ahí. Fui descubriendo poco a poco que se trataba de humedad, una
humedad que no podía señalar con el dedo por ser imprecisa, nebulosa, invisible
como el aire hasta que lo pronunciamos. Ahí estaba, causando grietas en mi
cuerpo casi quincuagenario. Apenas uso esta palabra por primera vez y sé que la
década estará impregnada de su idea. Porque ha de tratarse de una idea, al
igual que el rostro cuarteado que miro en el espejo. Adiós a ese cutis suave y
hasta femenino de la juventud. Cuando voy al gimnasio por las mañanas, los
chicos me hablan de usted, de señor, incluso de profesor. Y es que el gimnasio
está en la universidad donde doy clases y además estudio una maestría. La
entrenadora del gimnasio me mira con cierta condescendencia para explicarme una
y otra vez el uso de las máquinas para mi rutina. JALÓN CON POLEA AL FRENTE
ABIERTO AGARRE PRONO. Dos o tres chicos ─se entiende que también las chicas─ están embebidos subiendo escaleras
interminables con una lentitud que no utilizaría para las reales. De hecho, les
he visto tomar el elevador al cuarto o quinto piso en el edificio de Artes. Nos
hemos encontrado en ese espacio cerrado mirándonos furtivamente por el espejo.
O al menos yo lo he hecho: siento curiosidad por los gestos y las actitudes de
las personas que me rodean. Son muy amables conmigo y, si están conversando en
grupo, apagan su conversación una vez que se cierran las puertas y oprimen el
botón con el piso al que ascenderán; es entonces que las miradas de soslayo parpadean
como las lucecitas intermitentes de nuestros celulares con notificaciones todavía
no vistas. Esto de subir escalones en una máquina y usar otra máquina para ir
hacia los pisos superiores del edificio es una situación embarazosa. Nadie
parece darse cuenta de ello. En mi caso, he ido al gimnasio no porque desee
esculpir mi cuerpo como lo hacen algunos chicos. No disimulan ante el espejo
del baño común, sino que se solazan en posar en toalla como si fueran faunos
griegos o pinturas atléticas que lanzaran el disco. Otros al parecer intentan
imitar al conocido lugar común del David de Miguel Ángel, pero con la pantalla
del celular sostenida por uno de sus brazos hercúleos e inmóviles. Su público
dará like a sus marcadas abdominales, quién sabe si con igual o menor
admiración de la que ellos parecen mostrar frente al espejo empañado. Son
jóvenes. Cuando yo lo era, llegué a marcar los músculos ejercitándome en el tae
kwon do, el basquet, la bici y la frenética caminata diaria hacia la parada del
camión. Nunca logré volumen, la intención era otra. Abominaba la idea de
ejercitarme en un gimnasio porque me parecía que esos músculos voluminosos no
servían para nada: ni para patear al contrincante ni para atrapar un balón en
vuelo. Nunca se me ocurrió, mientras jugaba basquet, medirme los bíceps con
cinta ni mucho menos presumirle a nadie mis pantorrillas. Era flaco y correoso.
Algunos de estos chicos compiten entre sí levantando pesas enormes y en el
inter comparten fotos de sus avances en Instagram. He presenciado, en mis
clases al frente de algún grupo de programadores, cómo algunas alumnas se intercambian
con cierto regusto y gracia esas mismas imágenes que he tachado de narcisistas.
Esto me ha hecho pensar que se trata no de un narcisismo individual, no de un
Narciso que se ahogue en un estanque, sino de una red colectiva de narcisismos
ahogados unos en otros. Una flor sobre otra, un montículo de Narcisos contaminando
con su exceso al lago y asfixiándose entre sí. Seguramente este chico que se
toma la selfie medio desnudo ligará a otra chica ─o chico─ con los músculos también esculpidos
con esmero, tendrán una cita y cada uno se excitará con su propio cuerpo. En
fin, igual habrá disfrute, deseo, tacto. Juventud, rebosante. Yo ni siquiera me
atrevo a ponérmeles enfrente. Soy como uno de los intendentes que nunca he notado
sino subrepticiamente en los pasillos: me escurro por los recovecos y, como una
cucaracha prudente, me detengo cuando detecto movimientos para volver a avanzar
en cuanto el barullo se va desvaneciendo. Se supone que estoy allí en busca de
salud, combatiendo la recalcitrante diabetes. Pero en momentos, a solas,
también me descubro supervisando mi silueta en el espejo que recubre toda la
pared poniente del gimnasio, o el mismo espejo empañado que refleja a los
Narcisos. Me pregunto si ya bajé la pancita, si alguien notará los nudos de mis
piernas una vez que me decida a abandonar el pants, cuándo las líneas de mi
abdomen resaltarán de manera que desee compartir el hallazgo en Instagram, para
regocijo propio.
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