domingo, febrero 9

Narcisos

Llevaba más de dos semanas levantándome con un golpe de barra en medio de la espalda. No precisamente una barra de hierro como las que utilizan para hacer zanjas en jardines pedregosos o de tierra seca y dura. Sino una barra de frío húmedo. Una barra que había socavado mi espalda al centro y el resto de mi cuerpo como si mis nervios fueran un cúmulo de cables que alguien jalara con el puño, sin sacarlo de ahí. Fui descubriendo poco a poco que se trataba de humedad, una humedad que no podía señalar con el dedo por ser imprecisa, nebulosa, invisible como el aire hasta que lo pronunciamos. Ahí estaba, causando grietas en mi cuerpo casi quincuagenario. Apenas uso esta palabra por primera vez y sé que la década estará impregnada de su idea. Porque ha de tratarse de una idea, al igual que el rostro cuarteado que miro en el espejo. Adiós a ese cutis suave y hasta femenino de la juventud. Cuando voy al gimnasio por las mañanas, los chicos me hablan de usted, de señor, incluso de profesor. Y es que el gimnasio está en la universidad donde doy clases y además estudio una maestría. La entrenadora del gimnasio me mira con cierta condescendencia para explicarme una y otra vez el uso de las máquinas para mi rutina. JALÓN CON POLEA AL FRENTE ABIERTO AGARRE PRONO. Dos o tres chicos se entiende que también las chicas están embebidos subiendo escaleras interminables con una lentitud que no utilizaría para las reales. De hecho, les he visto tomar el elevador al cuarto o quinto piso en el edificio de Artes. Nos hemos encontrado en ese espacio cerrado mirándonos furtivamente por el espejo. O al menos yo lo he hecho: siento curiosidad por los gestos y las actitudes de las personas que me rodean. Son muy amables conmigo y, si están conversando en grupo, apagan su conversación una vez que se cierran las puertas y oprimen el botón con el piso al que ascenderán; es entonces que las miradas de soslayo parpadean como las lucecitas intermitentes de nuestros celulares con notificaciones todavía no vistas. Esto de subir escalones en una máquina y usar otra máquina para ir hacia los pisos superiores del edificio es una situación embarazosa. Nadie parece darse cuenta de ello. En mi caso, he ido al gimnasio no porque desee esculpir mi cuerpo como lo hacen algunos chicos. No disimulan ante el espejo del baño común, sino que se solazan en posar en toalla como si fueran faunos griegos o pinturas atléticas que lanzaran el disco. Otros al parecer intentan imitar al conocido lugar común del David de Miguel Ángel, pero con la pantalla del celular sostenida por uno de sus brazos hercúleos e inmóviles. Su público dará like a sus marcadas abdominales, quién sabe si con igual o menor admiración de la que ellos parecen mostrar frente al espejo empañado. Son jóvenes. Cuando yo lo era, llegué a marcar los músculos ejercitándome en el tae kwon do, el basquet, la bici y la frenética caminata diaria hacia la parada del camión. Nunca logré volumen, la intención era otra. Abominaba la idea de ejercitarme en un gimnasio porque me parecía que esos músculos voluminosos no servían para nada: ni para patear al contrincante ni para atrapar un balón en vuelo. Nunca se me ocurrió, mientras jugaba basquet, medirme los bíceps con cinta ni mucho menos presumirle a nadie mis pantorrillas. Era flaco y correoso. Algunos de estos chicos compiten entre sí levantando pesas enormes y en el inter comparten fotos de sus avances en Instagram. He presenciado, en mis clases al frente de algún grupo de programadores, cómo algunas alumnas se intercambian con cierto regusto y gracia esas mismas imágenes que he tachado de narcisistas. Esto me ha hecho pensar que se trata no de un narcisismo individual, no de un Narciso que se ahogue en un estanque, sino de una red colectiva de narcisismos ahogados unos en otros. Una flor sobre otra, un montículo de Narcisos contaminando con su exceso al lago y asfixiándose entre sí. Seguramente este chico que se toma la selfie medio desnudo ligará a otra chica o chico con los músculos también esculpidos con esmero, tendrán una cita y cada uno se excitará con su propio cuerpo. En fin, igual habrá disfrute, deseo, tacto. Juventud, rebosante. Yo ni siquiera me atrevo a ponérmeles enfrente. Soy como uno de los intendentes que nunca he notado sino subrepticiamente en los pasillos: me escurro por los recovecos y, como una cucaracha prudente, me detengo cuando detecto movimientos para volver a avanzar en cuanto el barullo se va desvaneciendo. Se supone que estoy allí en busca de salud, combatiendo la recalcitrante diabetes. Pero en momentos, a solas, también me descubro supervisando mi silueta en el espejo que recubre toda la pared poniente del gimnasio, o el mismo espejo empañado que refleja a los Narcisos. Me pregunto si ya bajé la pancita, si alguien notará los nudos de mis piernas una vez que me decida a abandonar el pants, cuándo las líneas de mi abdomen resaltarán de manera que desee compartir el hallazgo en Instagram, para regocijo propio.

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