¿De qué
color era este muro tapizado de telarañas que han perdido su minúscula sangre? ¿Qué ha sido de las ventanas biseladas con adornos florales, rotas y manchadas de gotas
de pintura roja? La casa es una heredad, un pasillo lento que se va hacia la maleza del jardín, las hormigas que fragmentan los arbustos. Podría investigar en alguna enciclopedia o en alguna aplicación cómo se
llaman, pero no vale la pena. Qué me importan los nombres de unas
plantas indiferentes. El anonimato es su esencia, al menos desde mi perspectiva anónima. Y ellas no parecen detentar una respuesta. Ni preguntas. Se
mecen, tiemblan con el viento que las acaricia pasando su mano
por encima, una mano parsimoniosa, carente de la noción del tiempo. o tan inmersa en el tiempo que solo detectamos su paso por el temblor de
las hojas ansiosas. Acabo de añadir este adjetivo por diversión. Ansiosas,
las plantas. Las plantas que ni si quiera quieren ser nombradas. Que no quieren
nada, ni agua. Ajenas a mi voluntad y a la de ellas mismas. Solo
están allí. Son, en todo caso, producto de las prosopopeyas que mi mente es capaz de elucidar como un pabilo su rayito azul entre los naranjas de la naturaleza, la naturaleza, la
misma que me ha puesto a mí frente a ellas, la misma que me ha dado la
capacidad del lenguaje que enmarca las yerbas del jardín. Pero cuál jardín, si
un jardín es algo cuidado, es precisamente la naturaleza domesticada. Y aquí
corre libre, asediando el limero que quién sabe cómo sobrevive, pues nadie tiene la paciencia de regarlo. Haré algunas anotaciones sobre estos
verdes y amarillos salvajes en mi cuaderno, y las acompañaré con estas hojitas
carcomidas por gusanos, esta flor mínima y blanca de olor a miel. Ya veremos si regreso
algún día a este espacio en la pared apretujado por otras palabras y el musgo que en esta estación también escribe sus garabatos. A las hojas
de mi cuaderno que parecen paredes llenas de polvo y telarañas y moscas y musgo y ese salitre que ya empieza a botarlo todo al diablo.
***
No puedo negar el dolor, no estoy capacitado. No crean que
me refiero a un dolor abstracto, sino a aquella vez que un caballo me pateó en
la rodilla izquierda. Íbamos corriendo los primos por la calle Pedro Valdez en Cocula,
de la casa de mi abuelita María a la sempiterna tienda de la esquina, pasando
por el billar, donde varios caballos alazanes esperaban a ser montados de nuevo.
La patada fue la de mi primo al pasar corriendo, al caballo, y a mí me tocó la
venganza. Nunca nada me ha dolido tanto en la vida. Y eso que ya tengo 21. Nada,
nada se le compara: quería arrancarme la pierna y arrojarla lo más distante
posible, donde el dolor se escuchara a lo lejos. Los otros dolores son algo
bien distinto. Por ejemplo, sé recibir golpes. Más bien, estoy acostumbrado a
ellos. Desde pequeño, sacar malas calificaciones era motivo para ver la trayectoria
hiperbólica que seguía el fajo hasta mi cara. Había estilo en eso. Pero yo resistía:
mantenía mis calificaciones igual, retando a los consabidos gritos y magulladuras
de lo que percibía entonces como mi cuerpo de metal. En eso se transformaba y
entonces ya solo era cosa de ir a recomponerlo. Los golpes sonaban en el hueco,
porque que yo sepa ningún muñeco de lata tiene un órgano que irrigue sangre,
podría oxidar el armatoste entero. Pero hablaba del dolor más grande: sí, fue
contra mi rodilla y no tuve oportunidad de convertirme en hojalata a tiempo.
***
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