De fondo un niño llora y llora con toda la
fuerza de su garganta, berrea el pobre como si fuera un cerdo que sospecha
cuando lo bajan de una camioneta entre cuatro o cinco para su encuentro con el roce del cuchillo. Seis y tres, cinco y
dos, tres y uno, los dados giran y rebotan y resuenan como botas porque la
gente hace votos por ganar al menos una o dos, o dos y tres veces en la vida. La
vida de un lápiz, tomando en cuenta que el lápiz únicamente vive cuando se
desliza y desgasta sobre la página porosa y aceitosa de un cuaderno de pastas
duras con calcomanías de ánimes en su portada y contraportada, en las solapas que aportan lo sugerido. Un cuaderno para
escribir lo que venga a la mente, como ahora mismo, hace un momentito, una
abeja mareada estaba vagando por las teclas de mi teclado y no me
permitía escribir, pero entonces una amiga que había venido de visita y ya no recordaba yo que estaba en la cocina friendo unas verduras, la tomó con una servilleta como
hace para que sus gatos no coman estos insectos con el aguijón dispuesto. Lo opuesto
a quedarse quieta en la cornisa de un día impávido, en el borde de una tarde sentado
en la azotea y pensando ¿cómo estarán mis gatas?, ¿por qué no arañan el
crepúsculo o la silueta de los edificios que en el sopor se bambolean, en la
canícula de este mes primaveral que huele a música lapidada por el karaoke de
los vecinos? Comprendo: lo que aquí significa escribir es… noooooooo importa.
Escribir es escribir, como una historia es una historia aunque carezca de final
verificable. Escribo. Escribo. Escribo. Y algo, el lenguaje, el azar del
lenguaje quizá, me escribe.
(Cualquiera)
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