El vidrio de la mesa circular de hierro con florituras, el
vidrio de la mesa blanca refleja mi rostro que se ha ajado, que es mejor
reflejado a visto con nitidez. Me he declarado en
bancarrota. Mis arrugas, mi piel vaciada de la vivacidad que no hace mucho
dibujaba en mi rostro una sonrisa de sol, de llamarada solar, en este momento
se centra en la arruga dubitativa del entrecejo y se convierte en piedra fría. Te
contemplo como entonces, con tus cabellos negros y brillantes transcurriendo
hacia tus hombros y tu espalda morena clara. Claridad es lo que había en las pupilas
de tus ojos que parecían temblar como charcos tocados por las notas de una leve
llovizna de mercurio. Te extraño, quisiera salirme del cuerpo aprovechando los
orificios de mis poros, como un vapor que se alzara por entre las azoteas y
recorriera la ciudad polvosa y llena de odio y de rencores y de gritos de
desesperación ahogados en los autos y las gargantas. Te extraño. Si esa
cuestión del multiverso fuera factible, me tocó ser esa versión de mí en la
fragmentación, en el fracaso de lo uno que se deshace con un simple manotazo. Me
ha tocado en la habitación de este enfermo de segundos con prisa
insistir en las llagas del techo, en sus nervaduras que forman sombras
chinescas. Insistir en ver, sólo ver como a través de un caleidoscopio de
cristales transparentes. He vuelto al principio, pero no como era en ese tiempo,
sino como un hombre que ha perdido cabello, ideas, destellos. Estoy atrapado en
este cuerpo que venera el paso de los días en lugar de atraparlos y hacerlos
boquear hasta asfixiarlos y tragárselos como una ballena adormilada, con tan
sólo abrir la boca. Estoy como tirado en la orilla de la cama, embarrada la
cara de melancolías que se me pegaron mientras venía conduciendo a casa con los
dedos artríticos, robóticos, sobre el volante como si sostuviera un timón de
mentiras. Esto es llegar al sitio donde mis mayores estuvieron, donde rieron y
hablaban de enfermedades aparatosas y ruines, donde contaban chistes y fumaban
o bebían sin percatarse de que las estrellas brillaban igual que siempre tras
el resplandor de la ciudad y que sus cuerpos ocuparían ya no espacio compacto
sino dispersado en las raíces de los pinos en el cementerio o en el aire que
los demás dejan entrar por sus pulmones, sin saber que ese polvo es palabras y
quizá hasta astillas de tinta y de música que vibraron en labios insurgentes. Quisiera
que este vidrio circular reflejara un retrato falso, algo así como el comprado
en un supermercado o aquel que se escondió bajo la piel y ya no pudo salir.
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