miércoles, agosto 9

Los perros 09 08 23

Estoy acostada en el suelo, con los pies descalzos sobre la cama. La sangre me circula mejor así, o al menos eso dice mi maestra de yoga. Mis pies blancos y rosados en las plantas, suaves y chiquitos. Estoy pensando en salir corriendo de lo aburrida que me miro en el espejo que deforma mi cabeza, la crece hasta que alcanza la figura de una sandía. Sandía. San Día. Eso demuestra lo aburrida que me encuentro, enferma crónica de mis propios pensamientos, que como electrones se disparan hacia todas direcciones. Este es un juego de palabras, este no. Eso es lo que me aterra: ser tan sólo palabras, un montón de sonidos articulados en un idioma con once siglos de vida. Un idioma redundante. No es el idioma del Dante, pero circula por mis células, atraviesa sus paredes. Estoy recostada, con la nuca echada hacia atrás en el piso frío. Hacia atrás, como el ademán de alguien amenazado por los dientes de un perro, de un tejón. Si tuviera rabia esta pose sería natural, tensa como un vecino entrometido que no puede dormir si no me ve recostarme entre los reflejos de mi ventana abierta. El vecino es un buen hombre, nos vigila a todos con la dedicación de quien realiza su oficio al extremo del detalle. Un vecino puede ser una hoja escrita con tinta invisible, que aparece sólo porque siente la tensión del fuego, la posibilidad de las cenizas. Un vecino es una corbata mal anudada, un trozo de tela que robó el alambrado al pasar. Estoy recostada con los ojos abiertos como dos latas de sardina vacías. Y el olor que desprende mi cuerpo me recuerda que no guardé el caldo de pollo y que las moscas se debaten entre su irresistible aura pútrida y mis orines y mi mierda y mi sangre revueltos en el mármol blanco que compré en la avenida de los Niños Héroes cuando construían a mi gusto el departamento, según prometía el anuncio en internet. La que termina o comienza en la glorieta de los desaparecidos, las desaparecidas de este mundo que se ha entregado al peor postor. Eso digo ahora, pero si mis amigos supieran que todavía pienso cómo podría borronear esta realidad e inventarme otra trama donde mis movimientos no fueran lo que imagino.

 

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