Estoy acostada en el suelo, con los pies descalzos sobre la
cama. La sangre me circula mejor así, o al menos eso dice mi maestra de yoga. Mis
pies blancos y rosados en las plantas, suaves y chiquitos. Estoy pensando en
salir corriendo de lo aburrida que me miro en el espejo que deforma mi cabeza,
la crece hasta que alcanza la figura de una sandía. Sandía. San Día. Eso demuestra
lo enferma crónica que estoy por regodearme en mis propios pensamientos, que
como electrones se disparan hacia todas direcciones. Este es un juego de
palabras, este no. Eso es lo que me aterra: ser tan sólo palabras, un montón de
sonidos articulados en un idioma con once siglos de vida. Un idioma redundante.
No es el idioma del Dante, pero circula por mis células, atraviesa sus paredes.
Estoy recostada, con la nuca echada hacia atrás en el piso frío. Hacia atrás,
como si me amenazaran los colmillos de un perro furioso. Si
tuviera rabia esta pose sería natural, tensa como ante un vecino entrometido asomándose a mi ventana entreabierta. El
vecino es un buen hombre, nos vigila a todos con la dedicación de quien realiza
su oficio al extremo del detalle. Un vecino puede ser una hoja escrita con
tinta invisible, que aparece sólo porque siente la tensión del fuego, la
posibilidad de las cenizas. Un vecino es una corbata mal anudada, un trozo de
tela que robó el alambrado al pasar. Estoy recostada con los ojos abiertos como
dos latas de sardina vacías, todavía rojas por los restos de salsa de tomate. Y el olor que desprende mi cuerpo me recuerda que no
guardé el caldo de pollo y que las moscas se debaten entre su irresistible aura
pútrida y mis orines y mi mierda y mi sangre revueltos en el mármol blanco que
compré en la avenida de los Niños Héroes con la heroicidad de un adolescente envuelto en una bandera. Si mis amigos supieran que
intento borronear la trama con la que empecé este monólogo, de manera que mis movimientos no fueran los que he imaginado...
(Martha)
**
No hay comentarios.:
Publicar un comentario