Este árbol ha caído como las manecillas de mi reloj. Las
raíces se alzaron con todo y un trozo de pavimento. La banqueta se adhirió a la
intimidad de las raíces mientras yo tamborileaba sobre la carátula de mi reloj con
la mano derecha como si fuera posible echar a andar el tiempo prestándole
atención. Por suerte, la descompostura hizo que me detuviera y solo alzara la
vista cuando escuché el estruendo. Al inicio pensé que se trataba de un trueno.
El relámpago fue tan instantáneo que sentí la ruptura del tiempo hasta que
escuché el sonido ensordecedor, para luego descubrir que a unos pasos un árbol
había caído. Mejor él que yo, pensé. Lo que habría ocurrido, de no haberme
detenido un segundo a verificar la hora, o su ausencia, es que quizá habría
atraído yo al rayo o habríamos caído ambos, en una especie de descompostura no
del tiempo, sino de la materia. Por supuesto que me ruboricé al mirar al árbol frente
a mí con sus raíces al descubierto, sus raíces rotas como si alguien hubiera
arrancado una mera yerba y la hubiera dejado tirada sobre la tierra. Lo demás fue,
quizá, gritos, sirenas, pasos entre la lluvia. Pero estaba seguro de que
mientras todo giraba a mi alrededor yo permanecía de pie como un eje en la
carátula de la tierra.
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