Vengo a contártelo
a ti que escuchas
con dos ojos solamente:
estoy harto
de esta soledad
de puertas sin cerraduras
que nadie abre
ni cierra. Y pido perdón
por este restregarme los ojos
para comprobar
lo cierto:
el colibrí que me saludó
desde la malla
en realidad
no me saludaba,
la puerta que escuché
desde mi habitación
no era la mía, sino la de algún vecino,
y no un vencido.
Alguien ha puesto la esperanza
en la punta de mi nariz
sin darse cuenta de que
cualquier soplo
podría llevarla hasta el edificio
de enfrente, el de las luces
encendidas.
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