jueves, julio 23

Los perros - cualquiera - 11:43 pm

11:43 pm

El silbido del tren se cuela por la habitación como la crecida de un río: un traqueteo feroz le asfixia hasta abrirle las costillas como si fueran pétalos de hierro. El barullo cesa, las costillas recuperan su forma: son alas replegadas en el torso de un ángel de vidrio…


(Cualquiera)


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lunes, julio 20

Los perros - 20 07 2026 - Carlos 20 años después casa

Tengo la rara sensación de haber escrito esto antes, mucho antes que en este momento. Pero también la impresión de haberme encontrado con esta fachada de verde desteñido y descascarado mucho antes, con este salitre que asoma como la espuma del hocico rabioso de un perro. La herrería de las ventanas está hecha a la antigua y, hay que decirlo, permanece, como todos aquellos trabajos realizados por oficiantes. Las ventanas que podrían estar tapiadas debido al abandono y en su lugar simplemente están cerradas, por cuyos motivos florales y translúcidos de sus vidrios puede adivinarse el amontonadero de papeles y de objetos fantasma. La puerta negra de hierro, donde seguramente en otro tiempo remoto hubo un portón de mezquite, deja ver lengüetazos de óxido lanzados hacia los transeúntes que, como yo, de pronto nos detenemos para averiguar si esta construcción todavía soporta estar de pie.

Rompo con la llave uno de los vidrios de la puerta y, sin importar el filo y el posterior sangrado, fuerzo la cerradura, levanto ─sigue teniendo su maña─ el hierro y empujo: la casa está abierta. La recuerdo entonces. No como ahora, sino como en aquellos tiempos en que nombrar al siglo xxi era una especie de clamor en el vacío. No importaba el siglo xxi, no existía más que en un futuro inasequible para los perros que todavía no éramos y comenzamos ser al husmear estas paredes, sus libreros atestados de volúmenes antiguos e inconseguibles, sus habitaciones altas, la cocineta y el patio cuadrado. Una casa de adobe ni muy grande ni muy pequeña, lo suficientemente amplia como para que se entrelazaran las vivencias que aquí tuvimos hace ya, creo, treinta años, quizá más, quizá menos.

Me han dicho que comenzar un párrafo con el verbo conjugado: recuerdo, trae consigo una serie de imágenes que empieza como un hilito insignificante y termina en una riada, en un aluvión. Pero yo no sé si acaso quiero recordar. ¿A quiénes? ¿A qué?

Las paredes de la casa parecen estar tapizadas de letras informes, con renglones que no siguen una lógica. De pronto las líneas manuscritas forman incluso constelaciones: espirales, cuadrados, círculos. Parece ser que los que aquí habitaron solo deseaban cubrir con tinta y carbón los muros salitrosos. También hay papeles manuscritos en el suelo, papeles sueltos, arrugados, pilas de papel bond con páginas impresas y corregidas con tinta sepia hasta que no queda nada sin reescribir… cuadernos de pastas duras aquí y allá, murales que en otro tiempo debieron cubrir tal o cual pared de la sala, de la cocina, de alguna de las cuatro habitaciones. Parece como si la casa hubiera vomitado tintas: verde, roja, azul, negra, marrón… y en las escrituras, rostros, máscaras. Una vez que hago a un lado las telarañas, encuentro más escrituras. Regresar es recordar, supongo. Lo copio todo, lo recopilo en fotos, en folders. Las cajas, que parecían parte de una mudanza, están repletas de páginas que alguien abandonó. Todo lo recopilo, todo. La escritura en la cabecera de las camas, la escritura en los cajones, en las inmediaciones de las puertas. Hay  mini casetes tirados, diálogos ensayados, todo aquí me parece fragmentario. Como si lo importante fuera solo escribir, escribirse, soltar las palabras, dejar que arañen las esquinas, los rincones, que tapien de una vez por todas los huecos. Nada hay aquí que no cuente su historia, que no evoque…

 

lunes, julio 13

Los perros - Gaby monologa sobre José

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(Reescribir estableciendo flash-back de acuerdo a los movimientos de Gaby en la barra del Barbanegra, antes y después de la llegada de Martha y Carlos. Crear una escena que dé lugar a su monólogo interrumpido y a la vez propiciado por lo que ocurre en el bar. Luego llega José y la narración continúa...

Recortar, editar identificando repeticiones y alusiones innecesarias. )


No esperaba que mi Josesito me dejara como novia vestida y sin alboroto. Como novia es un decir, por aquello de la fiesta. Tan amable que ha sido conmigo. Me consiguió una habitación dónde quedarme en casa de la mamá de Alex. Me recibió en su casa, en su casota, con credencial de miembro plus entre sus amistades, casi tan raras como él. Sus amigos los ex pepsimaniacos me parecían graciosos, mientras que Iván me intimidaba con sus extrañas sugerencias: de que me acompañaba a tal o cual lado por mi protección, de que me daba de su Pepsi o que me invitaba a probar cerveza artesanal en un bar al que es asiduo. Así son estos amigos, quieren protegerme hasta de mí misma, darme a conocer que el mundo es ancho y ajeno.

A mí me late escuchar cómo Iván denigra a sus subalternos en la empresa donde asesora el proceso de producción. Nunca he sabido de qué: tal vez televisores, o robots… lo cierto es que los trabajadores a su cargo reciben en estas charlas el apelativo de monos o changos, pero lo que más risa le da a Josesito es la palabra macacos. Entonces cita a Carl Sagan en Los dragones del Edén para ensayar un discurso en broma arguyendo que solo se trata de animalitos en proceso de evolución a las órdenes de Iván, a quien le adjudica el epíteto de Terrible. Al menos eso es lo que este peruano que José conoció en la universidad ─mientras cursaba la carrera de ingeniería luego de abandonar la de física─ otorgaba a las conversaciones: un sentido irónico del mundo capitalista al que José pertenecía en uno de los estratos cercanos al pico de la pirámide por derecho natural. No es que negara las bases de la pirámide, sino que pensaba que formaban parte de la maquinaria con que la mansión de sus padres despegaba hacia la exploración de cada día. Yo lo único que deseaba er un lugar en el mundo, en su mundo. José no era un hijo de papi cualquiera. Había estudiado la prepa abierta y aprendido inglés por su cuenta para aprovechar el tiempo, y se había hecho de un gusto por todo aquello que alimentara su cerebro. Quizá el momento más preciado en la secundaria fue aquel en que su papá le regaló un ejemplar gigante de Cosmos. No era un ocioso. A sus treinta años, aunque vivía con sus padres en Jardines Universidad, tenía una total independencia. El papel tapiz que simulaba el mural de La Creación de Miguel Ángel que cubría unos tres metros cuadrados sobre el dintel de la puerta de la entrada sintetizaba aquello que sus amigos sentíamos con su amistad: como un Adán en espera ansiosa de ese toque divino de conocimiento…

Queríamos la aceptación de este Josesito que se había hecho a sí mismo. Su cuestionamiento a los valores asumidos por las ovejitas católicas, como nos calificaba mostrándonos los subrayados en su ¿Por qué no soy cristiano? de Bertrand Russel, o su Anticristo de Nietszche. Yo solo había leído Demian por ser una novela proscrita por mis familiares. Las reuniones eran toda una ceremonia: mirábamos alguna peli que José tuviera ya entre sus selecciones amorosas, como Indiana Jones en busca de… y luego la comentábamos entre palomitas con chile o pizza de Pizza Hut, o hamburguesas que había traído su mamá de Carl's Juniors. Lo curioso es que su mamá y su papá, aunque se encontraban en alguno de los niveles de la casona, evitaban fácilmente el encuentro con cualquiera de nosotros. Los imaginaba como personajes de utilería.

Mi cumple ya se acercaba y a Josesito se le ocurrió hacerse cargo de mi festejo. Obvio, como yo no conocía a nadie y no tenía ganas de hacer fiesta con mis alumnos sordomudos, me puse, como un dócil Adán, en sus manos. Este adorador de Star Wars tenía un auto gracisoso. Un Grand Marquis que había pertenecido a su padre en la juventud y que ahora estaba tan destartalado como el Halcón Milenario, como le solía llamar. A mí me emocionaba que Josesito, con todo y su inteligencia y su singular personalidad que ya quisieran sus amigos, se hubiera dignado descender a mi humilde mundo para organizarme una celebración. ¿Quién era yo para negarme? Además, lo admiraba porque había aprovechado el ocio inherente a su clase social a su favor: era un erudito de la ciencia y la literatura sin obligaciones. Su única preocupación era ahorrar un porcentaje considerable de su mesada para viajar dos o tres veces al año a San Francisco y a Nueva York, dos ciudades en las que había invertido sus ilusiones, aunque de por medio tuviera que hacer escala en la horrorosa Tijuana para visitar a su amigo y antiguo vecino y pepsimaniaco Pepo.

Llegó el día de la reunión. Josesito eligió un lugar que le habían recomendado Martha y Carlos: el Barbanegra, donde al parecer cada sábado por la noche toca La Fachada de Piedra, un grupo de rock que esos perritos, como suelen calificarse estos nada finos como los pepsimaniacos, veneran… No sé qué les ve Josesito, supongo que como Carlos era amigo de la cuadra de Alex, se vio envuelto en la mesiánica labor de ilustrarlos un poquito con un baño de Feynman o de Zwicky. Pero bueno, los pepsimaniacos eran cosa de la secu, y ahora Josesito busca ya no pares, sino a quienes orientar en esta ciudad, porque si algo le ha sorprendido son los niveles de necesidad de la casa donde se juntan esos caninos, en un sector que ni debiéramos pisar gente como nosotros. De hecho, yo solo he ido para acompañar a Josesito en su Halcón Milenario y, en cuanto pisamos ese piso mugroso le ruego que regresemos a Jardines Universidad a la velocidad de la luz.

Pero bueno, aquí están esos perros: Martha y Carlos lamen sus Coronas ligh con sonrisas ansiosas. Algo se traen esos dos, como que se atraen en un segundo y, todo lo indica, al siguiente se repelen como la tierra y el cielo. Obvio que Marthita es el cielo, una lunática que me hace temblar de solo tenerla cerca. Hasta mis vellitos de los brazos indican su proximidad. Pienso que quizá me guste un poquito, pero no tanto como se gusta ella misma. Y eso que a mí quien me late es Josesito. No de una manera erótica: yo creo que su figura tutelar le gana a cualquier otra cosa que pueda sentir por él. De todas maneras, José no tiene más ojos que para la zorra de Irene, o bien, para esa otra buscona que suele filmar a escondidas en la carrera de ingeniería, Selena, y que nos muestra a mí y a Iván cuando hace una pausa en los disparos mientras jugábamos Metal Gear Solid en su PlayStation. Yo no muestro interés, aunque me agrada que Josesito me trate como vato, como un cómplice en su travesura. Iván y él la miran con una atención desmedida, como si quisieran extraerle jugo a sus costillas. Discuten acerca de su vestimenta, sus ademanes, hasta sobre la manera como se muerde el labio inferior cuando se recarga pensativa en el barandal del segundo piso. Por supuesto que no era acoso, porque Josesito es una persona ética. Solo la estaba estudiando para invitarla a salir. Nadie que admire a la princesa Leia y tenga por amigo Iván el Terrible, alias Chubaca, puede siquiera experimentar malas intenciones. Josesito me consiguió dónde vivir, un grupo de amigos que como yo nos refugiamos en su mansión, en su música, en sus series y en el jardín que linda con una misteriosa frontera selvática, de donde Josesito nos dice que podría salir cualquier loco. Quizá uno de los fugados de la clínica de su papá, como bromea para que no nos internemos en esa selva.

Yo únicamente espero que Josesito llegue acompañado de Selena, quien le prometió ser su cita. Lo imagino entrar a este ruidoso bar abrazado de su amor platónico como una dona a su vacío. ¡Welcome to the Jungle, Josesito!

No me molesta que la vida de Josesito sea una utopía del derroche. Una utopía como los mortales como nosotros, carentes de su chispa divina. Este pensamiento me hace sonreír un tanto maliciosamente, porque me recuerda cómo en nuestras charlas con una Pepsi bien fría Josesito se refiere en términos abominables acerca de las novias de sus amigos. Ha dicho una y otra vez que su amabilidad para con ellas es solo utilitaria, ya que debe soportarlas para continuar viendo a los pepsimaniacos de vez en cuando. Como a la tal Regina, a la que odia con todas las palabras que en su gran boca caben: de tonta no la baja, mientras que ella, la pobre, lo tiene en un altar de espectáculo. Para Regina, que para sorpresa de Josesito estudia medicina, piensa atinadamente que él es lo máximo. Y Josesito, que no es nada tonto, la ha recibido con bombo y platillo para que no se interponga en su amistad con Alex, su compañero de aventuras en aquellos tiempos adolescentes. Han pasado años, quizá el doble de los que tenían entonces, pero Josesito quisiera que el tiempo no se deshiciera como el hielo que sobresale de su vaso con refresco de cola. Por supuesto que Iván y Josesito se mueren de la risa de solo pensar que esa rubia oxigenada podría ser capaz de atinarle al corazón de un cadáver con su bisturí, pero qué pueden hacer si Alex la necesita tanto como a ellos, los domadores de monos. Pero bueno, para ella Josesito es el amiguito soñado, con toda razón. Todo esto vaga en mis neuronas mientras recargo los codos en la barra del Barbanegra e intento escuchar lo que cuchichean Carlos y Martha. Además, ya llegaron Mayra y Eloy. No los conozco más que superficialmente. Sé que solo han respondido al llamado de la selva de José, que quiere consentirme y mostrarme lo que significa tener amigos inteligentes, aunque nunca tanto como él.

Cuando llegó Josesito al Barbanegra, se le veía encabronado. No atinó a felicitarme, el pobrecito, porque estaba preocupadísimo. Su amor platónico, la tal Selena que le provoca meterse la mano del pantalón mientras la contempla al hacer pausa en sus videos cuando cree que no lo veo, esa misma Selena que le ha provocado insomnio de solo pensar en sus detalles estéticos, le había dicho que asistiría a mi cumpleaños, pero la muy perra ahora resulta que se echó para atrás. No la entiendo, si Josesito le ha dedicado tanto… por supuesto que es de lo más justificable que se acercara al grupo sin grupo que estábamos en un cabo de la mesa larga de madera para avisarnos: la reunión había llegado a su fin. No tenía caso si Selena lo había rechazado. Yo lo comprendí, quizá fui la única que lo hizo, porque los llamados perros, que de eso nada tienen para presumir, se notaban ofuscados, como si les ofendiera dejar de escuchar ese ruidajal que en nada se asemeja a Eric Clapton. Automáticamente di un salto y me puse a las órdenes de José, como un minino dispuesto a lamerse las heridas. Además, me sentía fuera de lugar con estos tipos. Yo solo quería estar con José y, en el fondo, una lucecita de esperanza había aparecido: Irene ya no era un problema, y ahora Selena había dado un paso hacia fuera de la visión de José, así que allí esta yo para consolarlo. Quería deshacerme de los cuatro entrometidos a los que invitó a mi cumple, pero Carlos y Martha se pegaron porque querían rait, aunque en realidad querían acompañar a José en su pena, sin darse cuenta de que me estaban estorbando. Por eso comprendo que, cuando llegamos a la casa donde me hospedo, Josesito abrió la puerta trasera de su Halcón Milenario y me echó afuera con ese desprecio que Han-Solo fingía para apoderarse del deseo de la Princesa Leia. Yo sabía que José solo estaba llamando mi atención, así que obedecí y salí aprisa de su nave, como un torpedo disparado por Chubaca. Ya no supe de Carlos ni de Martha, quienes le importunaban con reclamos de que por qué me hacía esto, que no fuera egoísta, que era mi cumple… pero ellos son unos extraños, no lo conocen como yo. Los vi alejarse desde la ventana de mi habitación, en el segundo piso y, a la mañana siguiente, a primera hora, le hablé por teléfono a Josesito para saber cómo se sentía por el rechazo de ese espécimen de otro planeta que lo había embaucado, porque eso era, una cosa rara del mismo planeta que Haba de Hut. Josesito me contó cómo la tal Selena se había negado a asistir en el último momento porque debía visitar a su hermana en el hospital, pero que ya celebraríamos otro día mi cumple. Asentí y le prometí que yo no pondría ningún pretexto y que podía contar conmigo, nomás que ya no invitara a extraños que ni siquiera le mostraban el respeto debido.


(Gaby)


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domingo, julio 12

Nota Los perros proceso

Me he dejado llevar, escribir. Escribiendo es que todo vuelve a su sitio, a su calma. Si bien, en estos momentos, entre más escribo más me angustia lo que vendrá, cómo conformaré los personajes, las historias. Escribir, o, de otro modo: seguir el ritual: sacar punta a un lápiz introduciéndolo en ese molinito, deslizar el carbón por un papel áspero, tanto como el de un cuaderno Scribe: o sea, no tanto. Escribir que no quiero escribir sino deslizarme por entre sus pequeñitos vacíos, sus intersticios.

Los perros 12 07 2026 - por Mario

Sostiene Martha en sus manos indulgentes un ejemplar de La casa que arde de noche. Estaba arrumbado en el cajón de un buró de madera rancia pintada de amarillo que Carlos había traído de la casa de su tío Neo, hermano de su abuela. El mueble no había resultado atractivo para quienes se apuntaban como los herederos, comenzando por el cuñado de su papá, obsesionado con escarbar el huerto de cítricos y los rincones de la casa como alma que persigue al diablo. Raspaba y escarbaba y raspaba y esculcaba los cajones, le cuenta Carlos, y además se había comprado un detector de metales con el que desenterró una moneda de cobre que data de 1810. Una moneda de Cocula. Los únicos tesoros que hemos ido descubriendo, reacciona Martha con cierta arrogancia, son aquellas vivencias que ordenamos en papeles como a los colores en un cubo de Rubik, aunque, debido a tu deficiente paciencia tú nunca has resuelto el acertijo, tontito. Pero escucha, en lugar de dolerte por algo que nunca enterraste y que ha de estar maldito, qué nombre tan intencionadamente espurio y a la vez melódico, Esperia: te llena los oídos con un efecto sonoro imprevisto y te sumerge en la placidez exhausta de una habitación con las sábanas revueltas...


(Mario)


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viernes, julio 10

Los perros. 10 07 2026. Transcripción de grabadora. Microcasete Panasonic

Martha solía pasear desnuda por la casa. Su cuerpo era una cordillera, un cúmulo de curvas por donde uno quisiera esquiar como un experto. Le encantaba detenerse ante el espejo empañado porque, pues, no había quién estuviera limpiando. O quien tuviera ganas de hacerlo. Decía que se erotizaba solo de enmarcar los fragmentos de su cuerpo y luego el conjunto: se palpaba las nalgas, se oprimía los senos y, hablándole al espejo, afirmaba que el color de sus tetas era de un naranja maravilloso, como un montoncito de tierra oxidada. Su cabello pelirrojo contrastaba con su tez clara, envolviéndolo con su tono rojizo. Pero Martha nunca permitía que nos acercáramos. Las mujeres, las perras, las perritas, la contemplaban con cierto arrebato, cierta perplejidad, pero también en ocasiones la ignoraban porque decían que tenían mejores cosas en qué ocupar sus pupilas. Martha nos había comentado que había sido modelo de Benetton. Imagino que alguna vez le tomaron una fotografía para alguna revista local y ya por eso se las daba de diva: un despilfarro de poses que bien cabrían en la palabra parsimonia. Era como si nos considerara la alfombra de una pasarela: pasaba, si así le daba la gana, hasta pisándonos si estábamos leyendo o haraganeando en el piso, sin pedir disculpas. A mí me mamaba sentir su pie desnudo en la espalda, su pie desnudo y sucio. Su encanto consistía en crear un aura a su alrededor, de manera que en esos momentos no sentíamos especialmente deseo, sino una gratificación estética. Eso reflejaba, ¿no? Además de que, como dije, no permitía que nadie la tocara. Era como aquel personaje que andaba desnuda a caballo, Covinda, algo así. Siempre se me olvidan los nombres, o digo uno por otro desde el día en que me desmayé. El nombre viene en la portada de una caja de chocolates. Era como si fuéramos sus súbditos: si nos volteaba a ver, bajábamos los ojos. Ejercía en nosotros un poder inexplicable. Entonces Mario o Eloy o Mayra empezaba a aullar y luego otra y otro, y ladrábamos como jauría en celo. Pero, sin hacer nada contra la presa. Las presas éramos nosotros, sus víctimas, porque luego andábamos en la vagancia y armando en las memorias el rompecabezas, su recorrido, su manera de caminar, el contoneo de sus nalgas, de sus piernas bien contorneadas. Y ni pex, andábamos califas sin pretenderlo y necesitábamos de alguna manera sacar toda esa concentración de espeso deseo. Supongo que a Martha le fascinaba, o quizá le nuestras reacciones le eran indiferentes, porque no parecía inmutarse. Lady Godiva, Lady Godiva, por supuesto.


(Carlos)

Los perros 10 07 2026

¿Qué no puede una masturbarse sin rendir cuentas a la atención?

 

(Cualquiera)


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Necesito entrar a bañarme y, al mismo tiempo, quisiera escribir por qué me parece que Carlos se está pasando de lanza. Ese wey se la cree en serio, piensa que los demás nomás nos encontramos aquí para que haga su voluntad. No en la realidad, porque está visto que es un inútil consumado, todo el tiempo anda calladito, como una mosca muerta de las que cuelgan de este techo, mientras que en el fondo es una araña dispuesta a chuparnos a cada uno la sangre, como un vampiro furtivo, vaporoso. Su timidez nada tiene que ver con la inseguridad, yo sospecho que ese cabrón es un taimado, en espera de que cometamos el mínimo equívoco, como él mismo diría, para atraparnos en su red de palabras, en ese cuadernito verde de pastas duras que trae consigo como si fuera el llavero de esta casa, una especie de pata de conejo para la mala suerte de quienes andamos por acá. O bien, como una pata de mono a la que le pidiera los deseos más deprimentes. No lo sé, cierto que es una sospecha porque ese wey anda así nomás, con su mutismo y su rictus de yo no hice nada, no soy capaz, pero lo deletreo en esta esquinita, justo bajo la telaraña, para desmontar cualquier trama que esté tramando ese pendejo. Además, tiene el descaro de escribir lo que le pasa por la mente en cualquier rincón, como si una no fuera capaz de toparse con una nota. Son textos aislados, archipiélagos de apuntes con los que pretende siluetearnos, rodear nuestras acciones como si rellenara el resto del papel con letras, dentro de las siluetas nuestros vacíos. El otro día estaba cocinando unas albóndigas. Dios, si era la primera vez que hacía un platillo tan elaborado, con mi secreto --el de mi mamá-- protegido por la puerta cerrada. Fue cuando a este entrelucido se le ocurrió asomarse por la ventanita y fingir, en su deteriorado cerebro, que era el protagonista de El apando, como si yo, de espaldas, anduviera haciendo cosas raras en lugar de picar la verdura. De neta que me daban ganas de dejarlos a todos con sus pizzas madreadas y sus sándwiches sin crema. Quería consentir a los perritos. Qué bueno, si algo ha hecho Carlos es nombrarnos de esa manera, no porque fuera muy creativo, sino porque estaba leyendo La ciudad y los perros y de ahí sacó algunas ideas que porque, dijo, así me había conocido a mí, escribiendo cartas a nombre de otros, como El Poeta, ese sí de verdad, no un plagiador como este que alega intertextos. Y desde la ventana redonda de la puerta, que le llamaba portillo, pero por ser él se me antojaba más bien llamarlo ojo de buey, empezó a alucinar no solo que estaba preso sino que la casa entera empezaba a filtrarse de agua y que quería salvarme del naufragio. Hacía como que intentaba abrir la puerta, mientras que yo le recordaba que eso de andar relacionando ficciones era una bobada porque nada tenía que ver el agujerito del apando con una referencia al Nautilus, pero él gritaba que no anduviera con reparos, ¡reparos!, ¡siempre con vocabulario ridículamente renovado!, el caso es que este buey se pensaba a un mismo tiempo castigado detrás de la ventanita y también, en una versión personal y apócrifa, navegante de las 2,000 lenguas submarinas, aunque en su caso yo precisaría que más bien unas 200, porque se puso en paz cuando abrí la puerta, harta de tanto escándalo, y le amenacé con un cazuelaso, y por poco le pego, de no ser porque abandonó sus personajes superpuestos a la fuerza y huyó hacia la sala, no sin antes hacerme saber que había descubierto mi ingrediente secreto y que de ahora en delante sería su rehén, que habría de cocinarles al menos dos veces por semana si no quería que cualquiera tomara mi lugar en el Nautilus, sobre todo en la hora del descenso. Ese idiota bien sabe ponerme los pelos de punta, pero me contenté cuando fue el primero en alabar mi receta y en escribirlo en su cuadernillo, ya después los demás me vitorearon como una heroína. No era poca cosa comer algo que no fuera de la calle, pero estos callejeros al final hacían lo que querían. Por supuesto, seguí cocinando cuando a mí me daba la gana.


(Martha) 

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jueves, julio 9

Los perros 09 07 2026 - Carlos - proceso

He de escribir incluso el proceso. Todo tecleo, manuscrito, forma parte de la delineación de los personajes. Puede ser que esto que escribo intentando concretar, dar cuerpo a Mario, a José o a Martha, sea también un registro de lo futuro, de lo apenas adivinado. Porque entraña un salto, no sin complicaciones, hacer de la imagen que tenemos de las personas, personajes. Tanto así que los personajes terminen por tomar el lugar de las personas, quienes pasan a su vez a un segundo término, sin interés para la ficción. Cuántas exposiciones de cuadros, como me ha comentado Eloy, no son sino un concepto repetido con pequeñas variantes que en la suma pretenden cubrir gran parte del espectro. Pero esas variantes, ¿valen en verdad la pena? Habría que ver desde qué punto de vista. Quizá el artista visual se ve impelido a enfatizar su punto, su línea, su color. Enfatizar una idea. Pero también he notado, cuando asisto a alguna exposición de algún amigo o amiga, que la gente ve uno o dos cuadros y, al saber por dónde va la cosa, se dedica a las relaciones públicas. Hay quien, cierto, se dedica únicamente a relacionarse, a hacer contactos y no contacto con la obra. El concepto que rodea a una exposición también puede ser ese, hacer contactos y no contacto. La diferencia es sutil. Supongo que ocurre así debido a que el arte visual forma parte de un mercado, ya sea mínimo, o al contrario. En una ocasión, en una charla de gente que pertenecía a varias ramas de las artes, un pintor se lamentaba porque no había descubierto la fórmula que había llevado, por ejemplo, a Gabriel Orozco, al reconocimiento internacional. Quise decirle que Orozco simplemente había aplicado una fórmula personal, aquella que se autodestruye para crear una nueva, pero me callé cuando agregó: "lo demás es poesía". ¡Cómo era eso! Igualaba a la poesía el relleno, el discurso soez y burocrático que acompaña o termina por ser bla, bla, bla. Decidí, en cambio: reclamarle: Poesía es lo que te falta, el resto sí es bla, bla, bla. Me gané su desprecio, pero ataqué el punto, la línea, el color: aquello que por personal no ha de repetirse, o si lo hace es por énfasis, por estrategia del símbolo. En fin, qué te puedo decir. Un personaje es quitar del discurso el bla, bla, bla, centrarse no en los contactos sino en el contacto, ese que lo hace oír el silbato del tren desde la avenida Inglaterra hasta la habitación con libros tirados por todos lados, abiertos y otros en columnas que no parecen sostenerse más que entre sí, palabras sobre palabras, el hormigueo del tráfico a ciertas horas de López Mateos, la rechifla o la celebración de multitudes en la glorieta de la Minerva después de un memorable partido de las Chivas o del Atlas mientras alguien, como, digamos, José, hace lo posible por conciliar el sueño, se prepara infusiones de siete flores y, ante la discordia que le dispensa el insomnio, aumenta el volumen del estéreo para que la vibración de las bocinas compita con el estrépito del tren, con las porras y el desmadre armado lejos de su ventana pero con el ruido rasgándola con uñas largas, con Mettalica haciendo de contrapunto, de antagonista para neutralizar el borboteo de voces protagonistas, de voces que se unen al rechinido de las ruedas del tren sobre los durmientes para hacer del relajo multitudes, pero aquí viene el intento de insonorización, emitiendo un ruido interno que les gane a los desmanes del afuera, de lo que pretende entrar por algún resquicio de la ventana que actúa como una represa para contenerlo afuera, pero también para no dejar salir a "Master of Pupets", mucho menos los acordes de James Hetfield, quien después de fumarse tranquilamente un puro con grandes bocanadas de humo blanco, de escupir, es capaz de domar a las multitudes ansiosas, porque un ruido armónico en manos de este flautista de Hamelin mueve los hilos de los niños con su Explores 83 allá afuera y los lleva al retrete con todo y tren, master, master, master, ¿no es así, José? ¿So what?


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lunes, julio 6

Los perros 06 07 2026 Palimpsesto

Escribo lo que seguro reescribiré después: un palimpsesto. Tan literaria es esta palabra que la omitiré en lo futuro. Tan simbólica y, a la vez, tan densa y material. Imagino que además alude al cesto de basura donde acabarán la sucesión de borradores. Palimp-sesto. ¿Y qué con el palimp? Es decir, no que lo de sesto tenga el significado que le estoy dando en mi retrógrado acto asociativo, pero, incluso así, con la ignorancia ofuscando mis neuronas, ese palimp semeja una mínima vivencia sonora: ir de la pe a la pe luego de ese lim que bien podría ser un limbo, algo todavía inacabado, algo lo suficientemente inocente para no ir al infierno y lo suficientemente maculado como para no gozar del paraíso, un limbo que no importa ya si alguna autoridad ha desechado o no: es decir, ha hecho de ese concepto un palimpsesto, una reescritura, un borrón y cuenta nueva para inducirnos a los extremos: o al cielo o al infierno, o a la gracia o al desastre eternos. El palimpsesto: el limbo p'al cesto. Está allí, haciendo de las suyas con su combinatoria de fonemas. Al final queda la o: redonda, vacía, imposible como un agujerito.


(Cualquiera)


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jueves, julio 2

02 07 2026

Los perros aúllan, los perros. Mario tuerce el hocico llorón como si hiciera muecas con un alambre que dobla sin voluntad. Mario toca la guitarra a la que se le ha roto una cuerda cuando saltamos la reja y nos apostamos, regados entre las tumbas, como esas flores amarillas que crecen en los recovecos de las banquetas, de las tumbas que parecen sonreírnos a través de sus grietas. Mario parece más berrear que decantarse en una canción, parece más sumergirse en la tierra como una tumba más, un bulto que brilla de vez en vez mientras rasga con la uña de plástico las cuerdas restantes. Debajo de un ciprés carcomido, a sus pies, entre las débiles sombras chinescas que forma la proyección titubeante de los faroles, está también Eloy. Amontona tabaco en una pipa, le pone de más y los restos caen al piso de mármol donde se ha apostado y los junta y los huele aspirando profundamente, como si no quisiera abandonar ni una hebra, como si prefiriera que este olor se mezclara con el polvo de los muertos, de lo que se va pudriendo con mayor celeridad que el cemento o la cúpula dorada que brilla con intermitencias en una capilla que más parece una bomba que ha caído aquí por equivocación, arrojada desde un avión en llamas. Yo me quejo exagerando los gestos como si quisiera llamar toda la atención hacia mi herida pobre, mi herida superficial, porque no logré saltar con agilidad la reja terminada en puntas de flecha y una se me clavó en el pantalón que terminó por rasgarse cuando caí de boca contra el pavimento.


(Carlos)


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martes, junio 30

La espera

Si ese perro amarillento fuera un elemento simbólico de esta narración que empieza por nombrarlo y, por tanto, nombrarme a mí, tendría que preocuparme. Y peor, ahora que se rasca las pulgas de su pelaje amontillado (¿por qué esta palabra viene a la lengua de mi mente?), en todo caso, áspero y pegostioso. Pelos enredados unos en otros como racimos de estirpe chiclosa, de donde asoma una piel rosácea y llena de cicatrices y heridas recientes. Pero, aunque mi mente y, sobre todo, mi criterio literario, arma una estructura narrativa de esta media hora en que espero la ruta 646 (¡sí, esa monótona ida y venida por la lateral de una vía rápida, donde los semáforos son obstáculos ridículos para el que acelera con saña!) la realidad siempre es otra, una cosa como el camión que estará atestado como los pelos tiesos de este perro callejero. ¡La monotonía de esta ruta! ¡Lo absurdo de esperar un camino recto! Es aquí donde el consejo de Cavafis, o del personaje que habla a través de su escritura en el entrañable, aunque declarativo, poema "Ítaca", se impone como el oráculo: si bien lo que a mí se me impone es la fría dureza de la banca metálica en las nalgas, el perro amarillo que husmea mi mochila como si se hubiera topado con un olor particular, los esperantes que parecen ser una proyección de sus celulares. Un perro amarilloso, una avenida en negación de Ítaca, de todas las Ítacas imaginables, estos maniquíes que saltan al camión como pulgas insatisfechas que se amontonan al interior mientras el chofer acelera y la avenida nos engull...


(Cualquiera)


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martes, junio 9

Día 9

Una lluvia de nombres cae como en aquella prisión de la cama que formé dibujando líneas con las uñas.


lunes, abril 13

Los perros 13 04 2026

De fondo un niño llora y llora con toda la fuerza de su garganta, berrea el pobre como si fuera un cerdo que sospecha cuando lo bajan de una camioneta entre cuatro o cinco para su encuentro con el roce del cuchillo. Seis y tres, cinco y dos, tres y uno, los dados giran y rebotan y resuenan como botas porque la gente hace votos por ganar al menos una o dos, o dos y tres veces en la vida. La vida de un lápiz, tomando en cuenta que el lápiz únicamente vive cuando se desliza y desgasta sobre la página porosa y aceitosa de un cuaderno de pastas duras con calcomanías de ánimes en su portada y contraportada, en las solapas que aportan lo sugerido. Un cuaderno para escribir lo que venga a la mente, como ahora mismo, hace un momentito, una abeja mareada estaba vagando por las teclas de mi teclado y no me permitía escribir, pero entonces una amiga que había venido de visita y ya no recordaba yo que estaba en la cocina friendo unas verduras, la tomó con una servilleta como hace para que sus gatos no coman estos insectos con el aguijón dispuesto. Lo opuesto a quedarse quieta en la cornisa de un día impávido, en el borde de una tarde sentado en la azotea y pensando ¿cómo estarán mis gatas?, ¿por qué no arañan el crepúsculo o la silueta de los edificios que en el sopor se bambolean, en la canícula de este mes primaveral que huele a música lapidada por el karaoke de los vecinos? Comprendo: lo que aquí significa escribir es… noooooooo importa. Escribir es escribir, como una historia es una historia aunque carezca de final verificable. Escribo. Escribo. Escribo. Y algo, el lenguaje, el azar del lenguaje quizá, me escribe.


(Cualquiera)


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viernes, marzo 6

ABIERTO: 6:27 pm, hora falsa

Los rostros recortados contra la noche blanca. La servilleta mal doblada, los sobres de azúcar y edulcorantes, las voces de las mujeres que saltan por la ventana y se enredan como hilos de papalotes donde la luz agoniza, donde las menciones sirven para corregir a los muertos, como dijo Eloy, porque en el fondo la cerveza es una lupa sobre las grietas en la madera de la mesa y su resane. Lo no dicho se instala como grumos en la lengua.


(Cualquiera)


Nota al pie: verso de Oswaldo Bautista)

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miércoles, noviembre 5

Correr entre las piedras

Si yo quería nada más correr, correr
en las márgenes del río de Santa Rosa de Lima,
resbalando mis pies descalzos por la tierra húmeda,
correr para no desmoronarme
entre raíces y lianas, correr aunque me cayera
hacia la corriente fina y sibilante, no pensar
sino en seguir corriendo con el sol apretando para abrirse paso
entre dos higueras y tocarme con sus dedos amarillentos
como los de un fumador, como tú, Benigno, cuando encendías
tu mirada triste, ese hilito de humo, correr
como si deseara fundir los amaneceres en una bala, correr
para salir de la boca del lobo, correr por las arrugas
del agua como las que yo tendré cuando seas,
Benigno, mi signo entre las lajas que se llaman como a mí
me viene en gana, yo que soy Petra, pétrea columna veloz, correr
por sobre lodazales correr hacia atrás, hacia
el tiempo en que mi sangre todavía
no alcanzaba a ser hierro ardiente en el deseo y los estertores que son hijos,
en los hijos donde ya no alcanza la saliva de todo este río para nombrar,
en los hijos que me pusiste enfrente, Benigno, sin poder huir, correr
como un río de largo alcance bajo las estrellas que adivina
porque hay que correr, correr, Benigno,
pisando algo como manos que salen de la tierra
detenidas en el grito, en la advertencia.


martes, noviembre 4

Desdoblamiento

Hace un momento, un par de horas, un poste inclinaba su sombra hacia el café donde nos encontrábamos. Como si su intención fuera unir los pedazos de todo aquello que tocaba por encimita. En su torso, si es posible que tenga uno, pero démoslo por sentado, la maquinaria de un medidor cumplía su propósito: escuchar el ritmo, los acentos del paso sanguíneo de la luz invisible. Escuchar: cómo el poste erguido transporta energía a una velocidad que rebasa nuestros cálculos. El hecho es que alrededor de las 12 de la noche el poste se iba extendiendo hacia las estrellas ocultas por el esmog, pero su sombra, en un ángulo de 90 grados aproximadamente, parecía caer con toda su negación sobre la banqueta donde mi interlocutor terminaba su cigarro, como si otro cigarro gigante intentara apropiarse del fuego. Un titán de sombra escapado del poste gris para emboscarnos con un tema liviano.


viernes, octubre 31

El aullido y la grúa

Pensaba en la grúa inmóvil. Cada vez que me asomaba por la ventana de mi habitación, en el recuadro delineado por el alambrado y las bardas blanco sucio de los otros departamentos, con sus ventanas negadas a la curiosidad, estaba ahí, extendiendo su enorme brazo de varillas metálicas de un lado a otro de la avenida López Mateos. Entonces ignoraba que cruzaba esa arteria con ínfulas de embotellamiento; me enteré porque regresaba en coche y entonces reconocí esa gran estructura. Desde mi habitación no había calculado su extensión: prácticamente los seis carriles de la avenida y quizá más. Llegué a pensar, además, que la construcción del edificio estaba detenida, congelada en algún punto de sus inversiones. Pero no: la grúa de pronto, una tarde, apuntaba hacia otro lado. Como a veces sucede con el tren, que va en una dirección o en otra. El silbato de ese monstruo de hierro suele penetrar las ventanas cerradas, como si se auto-inmolara entre las paredes, como si se estrellara en todas a un mismo tiempo con un aullido desesperado. Al principio este ruido imponente causaba estragos en mi cuerpo antes de que me diera cuenta de que se trataba de la máquina que atraviesa la ciudad a cuadra y media. Mi sobresalto daba lugar a un sentimiento que poco a poco se instalaba en la pasividad de la grúa, como si me extendiera su brazo solidario. Inmóvil, aparentemente.


(Cualquiera)


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domingo, octubre 5

Conversación en la barra de un bar

Igual que tú, Tínico de Calcis,
alabado por muchos, recitado en los banquetes
y alojado en festejos de amigos poderosos
como un guerrero que en la batalla decisiva
una sola vez dio en el blanco, Er el Armenio presume
haber escrito un buen poema.
No está en sus libros
o las revistas donde ha publicado.
No en la servilleta con jeroglíficos
plisada por su cuaderno de pastas duras, ni
esbozado entre las arduas palabras de la pared
sobre la que escribe mientras deambula por el pasillo
rechinando sus débiles articulaciones
e imágenes de otra vida.
Seguramente
lo perdió con los papeles tirados
mientras aseaba la habitación.

sábado, septiembre 20

Los perros. Habitación-estudio de la casa. Atardecer.

Martha: ─Te dije que esta esquina estaba apartada, ¡aquí solo debían estar mis letras, tarado!
Carlos: ─Y a mí qué me importa, Martha. Lo que tú apartes me tiene sin cuidado. Ni que la pared te perteneciera. Ahora resulta…
Martha: ─Qué madres ni qué resulta nada…
Carlos: ─Eso, no dijiste nada…
Martha: ─Claro que sí, ¿no ves mis ademanes? Estoy siendo enfática en eso de calificarte de tarado.
Carlos: ─A tu lado.
Martha: ─¿Que qué? Ya quisieras, mequetrefe. Esta casa no será mía, pero yo he escrito la mayoría de estas historias, o al menos las he inspirado.
Carlos: ─Eso dices tú. Si las tipografías aquí son de lo más variadas.
Martha: ─Es que a mí me gusta ensayar distintos tipos de letras. Me mama escribir en estas paredes de adobe…
Carlos: ─Y en la cabecera de la cama y en los muebles y en las puertas y ventanas…
Martha: ─No hay límites a la creatividad…
Carlos: ─Ni a la mediocridad…
Martha: ─¿Ya ves que eres un tarado?
Carlos: ─Si tanto has escrito, ¿por qué te indignas si lo hago yo? Tengo derecho a transcribir tu historia, o la mía, o la de Mario, la de Eloy, la de Carlos y Laura…
Martha: ─¿Y por qué mencionas tu propio nombre? Como si fueras un personaje…
Carlos: ─Lo soy, en cierto modo, y tú también…
Martha: ─Yo no soy ni madres. Ni siquiera una narradora omnisciente…
Carlos: ─Será evanescente… porque estoy pensando en borrarlo cada vez que tu nombre aparezca…
Martha: ─¡Atrévete!
Carlos: ─Pero si nadie nos leerá. Además, la casa de adobe se cae a pedazos. Aquí y allá las frases están truncas.
Martha: ─Por eso también hay papeles. Los cuadernos están repletos, no solo de palabras. Eloy ha desperdigado sus dibujos y pinturas por todos lados, incluso sus perros. A esos que llama como nosotros. No me gustó ser una pudle, ¡vaya lugar común! Por no decir ofensivo…
Carlos: ─Bueno, ayer una pudle, hoy solo una perra.
Martha: ─¡Imbécil! Te diría perro, pero eso solo te haría sentir orgulloso.
Carlos: ─Soy un perro. Mira cómo te lamo el brazo…
Martha: ─¡Mi brazo no, estúpido!
Carlos: ─Pero si tú me lo propusiste, ¿o por qué lo estiraste hacia mí? Si soy un perro, querías que te lamiera.
Martha: ─No mames.
Carlos: ─Sí mamo.
Martha: ─No ahora.
Carlos: ─De vez en cuando.
Martha: ─Yo mamo más... Yo amo mamar. Yo mamo amar.
Carlos: ─Lo peor es que te sientes artista.
Martha: ─Solamente con hache.
Carlos: ─Otro lugar común.
Martha: ─Que a ti ni siquiera se te hubiera ocurrido…
Carlos: ─No se me ocurren bobadas.
Martha: ─¿Quieres conocer la lista? Los cuadernos están llenos…
Carlos: ─Pensé que eran tus diarios.
Martha: ─Tú siempre suponiendo tonterías. Como arúspice, abre una rata por el vientre y pregúntale al universo qué tan bajo has caído con tus deplorables textos. Eres un pésimo poeta, perro.
Carlos:
─Perra.

martes, marzo 25

Solamente

importa tomar un objeto cualquiera
una impresora un bote de agua vacío
la impresora sin cartucho imaginemos aunque lo tenga
el librero lleno de libros sin libros
la computadora con archivos descompuestos
imaginemos
un hombre sin alma desalmado un fantasma
eso es un hombre sin cartucho como un bote de agua vacío
imaginemos
un hombre en un cuarto solo un libro de letras tachadas
imaginemos una casa sin palabras sin nadie
ni reflejos en sus ventanas sus espejos deformes
una casa es un hombre
imaginemos
un hombre no es una casa
imaginemos
un hombre o una impresora sin cartucho
un bote de agua vacío una computadora trabada
imaginemos
no es que pretenda aniquilarlo
no sé por qué dirige sus pasos hacia fuera
el hombre es una casa cuando quiere
la casa vacía espera