La lluvia tiene su propia manera
de no decir nada, de estrellarse
en el pavimento como si no importara,
como si su sonido metálico
contra las sillas del patio
no fuera nada personal
este viernes de buenas noticias
que ahogan a las malas.
La lluvia tiene su propia manera
de no decir nada, de estrellarse
en el pavimento como si no importara,
como si su sonido metálico
contra las sillas del patio
no fuera nada personal
este viernes de buenas noticias
que ahogan a las malas.
El viento arrastraba un globo verde,
casi sin aire, sucio de tierra.
Se balanceaba: una ráfaga
le obligaba a avanzar, a retroceder
mientras yo lo seguía dos o tres pasos,
queriéndolo atrapar en la pantalla del celular.
Luego se quedó quieto, como haciendo una pausa
para divulgar su sombra en los adoquines
y que la experiencia quedara impresa,
que alguien la compartiera en Instagram.
Y le hice caso: después de todo,
volvió a huir en cuanto pudo.
Un proyectil, o al menos eso parece por su estela. La raya
negra, difuminada, atraviesa de lado a lado el marco de la ventana en un
microsegundo para estrellarse en un edificio que de por sí ya estaba derruido. Las
llamas se alzan aquí o allá, y apenas algunos autos voladores recogen personas
varadas en los pisos superiores o en las azoteas. Como si hubiera hospitales dónde
alojarlas. Autos que en cualquier momento podrían caer destrozados por los rayos
de neutrinos lanzados de vez en vez por los satélites que las máquinas han reclamado
como suyos.
Las máquinas, además, han conformado un ejército de humanos
a los que les hackearon los pensamientos para recibir sus órdenes. O eso creemos quienes pensamos por nosotros mismos. También es posible que las
obedezcan por voluntad propia. Al menos a mí me consideran necesario. No se
atreverían a hacer explotar el estudio de un técnico en articulaciones
robóticas animales. No porque las máquinas no puedan hacerlo, sino porque lo
que yo hago es el equivalente a lo que en otros tiempos fue limpiar un retrete o
dar de comer a un bebé: pérdida de tiempo.
Aunque para las máquinas el tiempo no es un valor. Su paciencia
es infinita. Yo mismo, en cierto modo, soy una máquina. Y no sé si es la mejor
parte de mí. Mi cerebro ha sido mejorado con millones de sinapsis automáticas. Poseo el doble de miembros que los
demás humanos para cumplir con eficiencia mis tareas. A veces tengo la pesadilla
de volver a ser quien era antes. Los niños, los pocos niños que existen,
piensan que de pronto las máquinas tomaron el poder, pero no, fuimos nosotros
quienes poco a poco les cedimos nuestra voluntad y hasta nuestros cuerpos para
que experimentaran con ellos, los hicieran inmortales.
En la ventana sucia aparece mi reflejo. Bebo café de una
taza de cerámica azul. Una taza creada por un sistema automático ya obsoleto en
una fábrica abandonada y repleta de refugiados que desearían una muerte rápida frente
a un misil perdido. Acondicioné mis implementos degustativos para que
simplemente detectaran un buen café. Sin ninguno de los sabores inventados en
esta época, sabores que no existen en la naturaleza. Lo rescaté de una bodega
abandonada. Bebo hasta la borra, aquello que alguna
vez fue líquido amargo, humeante.
Las máquinas ya solo quieren conquistar el espacio. ¿Debo recordarme a mí mismo que también soy, en cierto grado, una máquina? En realidad, estamos aburridas como la humanidad que todavía sobrevive. Sirenas, balas esporádicas o ruidos de hélices. Me pregunto si todavía hay algo de café.
Camino a
la hora en que la luz pierde su origen
y tropiezo con una botella verde de plástico
en un jardín, junto a hojas secas. Las hojas
hallarán su rumbo al pudrirse, pero la botella,
la botella que proviene del petróleo, petróleo
que no es sino antiguos huesos de dinosaurios,
no encontrará paz, no se deshará en polvo,
no dará color a los árboles ni se transformará
en gusanos ni en esos animales llamados humanos.
Esta botella verde perderá su etiqueta, será aplastada,
desteñida bajo el sol, olisqueada por perros,
recipiente de aguarrás, barco de niños
o simple contenedor de tierra
bajo las capas de la tierra, un recordatorio
de que lo instantáneo al sobrevivir
más de la cuenta, estorba.
Por la
noche las cucarachas se adueñan
de la cocina. Mi madre las extermina
dándoles veneno, insecticida, azúcar
para que se inflen y exploten
como vacas perdidas en el desierto.
Eso quiere mamá, que desaparezcan
de la casa, pero no sabe que han colonizado
el planeta. Las cucarachas anegan
los partidos políticos, las transnacionales,
el buró de crédito y la bolsa.
Su verdadera intención es combatir
el exceso poblacional, poner a prueba
su resistencia: las cucarachas que logran sobrevivir
a las acechanzas en la cocina
se integran a las grandes huestes
de fanáticos de las fake news, practican el TikTok
o hacen un viaje iniciático a las estrellas
en su nave espacial.
Regresan más convencidas que nunca
de que estás para servirles.
Encuentro en el cemento un brazo de plástico. De He-Man ha de ser. Me recuerda al que tuve. Cuánto habrá pasado para estar entre mis dedos. No hay manera de averiguar su pasado, sus gestas o aquel momento en que fue vencido. ¿Fue vencido? Quizá tuvo que deshacerse de este brazo para sobrevivir a los dientes de un niño, de una mascota furiosa o de una puerta despistada. Meras suposiciones, lástima que no haya estudios forenses para héroes de plástico. ¿O me equivoco? Pudo haber sido traficante de miembros de otros monitos, ladrón de joyas de fantasía o explorador de ventanas ajenas. Nunca lo sabremos. Lo vuelvo a colocar en la banqueta, junto a un popote y una rama de naranjo seca. No me serviría de nada llevarlo a casa. No hay quien lo necesite.
Perderme
en los baldíos de la colonia, las casas a medio construir. Las fogatas, las
peleas de hormigas rojas, los Borrachitos que tanto me encantaban. Una vez me
escondí en un baldío para comerme una bolsita de papel estraza llena de estos
caramelos que amé religiosamente. Ah, las Canelitas con Coca en el patio del
recreo. Las vueltas en bici, cuando entre todos hacíamos enojar –solo de pasada—al
Rocky, un bulterrier que nos perseguía sin alcanzar nunca nuestros pedaleos. Qué
nervios. Los carritos en los prados, las carreras de estos bólidos empujados
por nuestros dedos, o las canicas. Más que jugar con ellas me apasionaba
coleccionarlas, me parecían pequeños mundos de una transparencia enigmática,
siempre guardaban figuras coloridas que podrían ser fuentes de poder,
continentes o galaxias. Ah, cuando jugaba futbolito con mis primos en Cocula,
el pueblo de mis abuelos. Las ferias en que nos retaban y salíamos ilesos,
triunfantes de goles. La vez que me le declaré a Laura, una güerita de ocho
años que vivía enfrente de mi casa, escoltada por seis hermanos. Me hinqué en
su cochera, le regalé una paleta de mango con chile y tres chicles de bolita,
pero mi amigo Manuel ya le había dado una caja entera de paletas. Los corazones
con sus nombres pintados en los postes de cemento y de madera. Cuando
peleábamos por el territorio de la cuadra y cómo después todos jugábamos futbol
con ladrillos que marcaban las porterías y vecinos que nos ponchaban las
pelotas. Las tardes de tae kwon do y cuando de una patada me sacaron la
mandíbula en un torneo, pero gané el segundo lugar. Mi maestro coreano, al que
luego le dispararon unos sicarios. Cuando a los doce tomé el camión por primera
vez para conseguir mis primeros libros en la Gonvill de Plaza México.
Frankenstein, El doctor Jekyll y Mr. Hyde, La cabaña del tío Tom y otros que
todavía guardo a punto del deshoje en mi clóset. La primera vez que leí a
Asunción Silva o la fábula de Polifemo y Galatea. Las tardes de Sandokan y de Combat
y Asteroid en el Atari que no he vuelto a encontrar.
Lo armé con una página de papel
que doblé en dos, tres partes.
Lo coloqué sobre la repisa a manera de altar,
le hacía una señal de respeto antes de salir
a la calle, le encomendaba
el cuidado de lo que iba pasando.
Un día una ráfaga de viento lo voló:
salió sin aviso por la ventana.
Si este poema es energía
no se crea ni se destruye
quémalo y mira
cómo va apareciendo
Mi padre y yo escarbamos en el huerto
un túnel de 2.5 m de profundidad
y 2.3 m en dirección norte.
Era sábado, le movía la ilusión
de dejarnos algo cuando faltara.
Podríamos haber hallado las joyas
de la tatarabuela Petra
o el tesoro que enterró Garibaldo,
un villano del siglo xix.
A despecho de las varitas detectoras,
solo obtuvimos una lata de Tecate light
en pésimas condiciones.
Voy por ahí caminando
y la muerte me asalta
en lugares improvisados,
se lleva cualquier cosa,
me va quitando
algo en la mirada,
algo que llegué a tocar
o nunca tuve.
En el fondo eso deseo:
que se vaya quedando
con lo muerto.
Una marioneta que lo olvidó y se fue de viaje
al fondo de un pozo donde despierto cada mañana
con lengua de hierro, los altibajos de cualquiera
que como yo esté hecho de aserrín y pegamento
de mala calidad. No paso de una línea invisible,
como si me drenara un campo de fuerza
y me hiciera ver mi suerte si doy un paso en falso,
así sea verdadero. No me tengo lástima, eso lo dejo
a quienes detentan un corazón para irrigar sangre,
a quienes no necesitan aceitarse para salir a la calle.
Hecho a la idea, voy por ahí rechinando articulaciones
como si nadie se diera cuenta, como si mi naturaleza
no fuera la de ser llevado por hilos.
Su desenvolverse
a partir de una idea ajena,
su destreza para repetir
un diálogo
o incluso mejorarlo
con una metáfora sorprendente,
una sintaxis alterna: juego.
Sabe quién es cuando nombra
de otro modo lo mismo,
lo tan presente
que hay que decirlo en voz alta
o muy baja.
deletrea la palabra luz
seguida de manantial, fuente, río
—por lo bajo, lo alto y lo medio—
y contrasta con sombra, herida, pájaro.
Si no están a la mano poco importa,
el aura de la poesía cubre palabras como
voz, resplandor, fugaz, mirada y transitar.
Un buen poeta mexicano cita a López Velarde
cuando prepara su antología, pone a Octavio Paz
a hablar en su nombre, mal imita a Sabines,
parece haber leído a Papasquiaro
y hace una fiesta con su retahíla de frases
salpicadas de fisura, sueño y viaje
que viene a colgar en la sala del Poema.
No te preocupe si faltan palabras:
la palabra palabras te sacará de apuros
—recinto, silencio, agua y cauce
no tienen desperdicio.
No te limite la palabra desierto
ni laberinto ni estrella,
mucho menos fuego: irás
guiado por revelaciones.
No espero un cáncer para empezar a observarme. Estoy metido hasta la médula en mi propio carcinoma falso. Estoy a punto de algo que no llega, algo que me mata de a poco, que elige dolores en sitios extraños, extrañados de mi cuerpo que no se reconoce no impera en el espacio de la habitación ni del mundo que alcanza a percibir.
No estoy hecho para que las células salten de contento. Mis tejidos se inflaman al contacto con la sangre contaminada. Mi enfermedad no tiene la plusvalía del prestigio. Es una enfermedad curable con voluntad, una enfermedad que ataca por falta de voluntad.
No hay lógica en este encerrarse en el cuerpo. Mi cuerpo que no reconozco, que nunca conocí, que se ha ido devastando con cada resurrección, cada intentona de tomar fuerzas de la nada. La nada es impulso, la nada es mi cuerpo, mi cuerpo-nada. No estoy aquí, no he pedido estar aquí y de cualquier modo las uñas me crecen, la nariz me sangra sin aviso, mis vasos sanguíneos se han ido debilitando por la gracia de un enemigo terrible: la dulzura de mi sangre.
Lo peor de esta muerte son sus pasos invisibles. Lo único verdadero es lo que resulta de sus golpes imperceptibles. Se sienten después de un rato: los riñones, el hígado, los vasos sanguíneos que antes deseaban azúcar hoy buscan, por supervivencia, amargura. Té amargo por la mañana. Un sabor en la lengua, en la garganta a todo aquello que quería evitar.
Mi enfermedad no es seria. El dulce que se ha unido a mi sangre es como la risa que acompaña, risa en exceso que termina por matar las células, por destruir las proteínas. Risa en la sangre, risa desbordada, capaz de debilitar las paredes de las venas, de introducirse en los tejidos, debilitarlos. Mis amigos han muerto de cáncer. Yo camino lentamente a una muerte por risa loca, esperpéntica en órganos incapaces de no soltar la carcajada.
Su problema: no era tan famoso como Frankenstein. Y eso que a él lo habían armado primero. ¿O a poco creían que el doctor atinó en su inicial experimento? Frankenstein al menos tomó de su creador el nombre. Él, por su parte —sus partes—, no tenía mas que el mote de monstruo. Sus fragmentos provenían de las mismas fuentes, habían sido desenterrados de las mismas tumbas y pagados a precio de descuento en las mismas morgues. Si el original —¡qué palabra tan cruel!— miraba con el ojo de un asesino en serie, él tenía el otro ojo, con cataratas. Si el grandulón había heredado largas y poderosas piernas de un antiguo transportista de fármacos ilegales, a él lo sostenían dos fideos de un contador corrupto y solo le había tocado la clavícula derecha del fortachón, puesto que el resto de los miembros se habían incinerado. Frankenstein se erguía como la obra prima del médico desafiante, pero el monstruo sin nombre solo estaba ahí para que sus órganos sirvieran de repuesto ante los posibles desperfectos que enfrentara la ingente bestia. Ese era su propósito: suplir en la banca, desde los pies hasta la cabeza, al jugador estrella de la gran final. Incluso alguien había escrito un libro con su historia, añadiendo detalles heroicos y exquisitamente perversos, lo cual, a su gusto, rayaba en la indignación. Cuando persiguieron a Frankenstein con antorchas a la cúspide del molino, nuestro monstruo anónimo los seguía de cerca, pensando en cuáles de sus miembros tendría que echar de menos —temporalmente, mientras se encontraban otros más adecuados— para curar al gigantón que le llevaba ventaja en el orgullo de su creador. Por eso nadie supo de este modelo armado con las piezas menos eficientes de cuerpos olvidados. Y se debatía en las sombras húmedas y mohosas del laboratorio, consumido por la rabia de un condenado al cadalso, la inteligencia desperdiciada de un ladrón de bancos y la paciencia inútil de un desfalcador. Ya no deseaba el nombre del doctor, ni por asomo. Y cuando vio completo el rompecabezas de esa mujer destinada a cumplir los caprichos del privilegiado golem de carne y huesos, se conmovió al verla reducida a cenizas. Él nunca había pedido nada, ni siquiera un nombre, si bien todos aquellos que lo conformaban se desgañitaban por un poco de atención. Era difícil establecer la concordia, el acuerdo entre asesinos y delincuentes de diversa estirpe, entre ladrones de cuello blanco y negro, y, quizá, solo quizá, el corazón de un niño abandonado.
Welcome to
the jungle
We got fun and games
We got everything you want
Honey, we know the names
Cerramos
el portón de madera con una llave de hierro que asomaba la oreja de la bolsa de
mi pantalón como si no quisiera perderse nada de lo que dijéramos y nos encaminamos orondos a la conquista de la cascada en El Salto. José no daba
crédito a que nos bajáramos de la banqueta para dar lugar a la fila india de
vacas que mugían rumbo a los pastizales de la presa, un poco más cerca de donde
pensábamos pintar con spray nuestra firma de conquistadores. Atinó a
compartirnos Welcome to the jungle a todo volumen desde una grabadora LG
de un negro deteriorado que cargaba en el hombro derecho mientras caminaba como
solía hacerlo: a trancos, balanceándose de un lado a otro como si fuera una
lancha abriendo las calles al ritmo de sus aguas. Las vacas, que movían
sus orejas hacia atrás y hacia delante inmunes al desparpajo de Axel Rose ─y al de los Pepsimaniacos, que ensayábamos instrumentos de aire para seguirle el juego─ avanzaban con un mesurado ritmo y un
brillo sabio en los ojos cada vez más pequeños a nuestras espaldas.
Mi
primo Javier se posicionó a la vanguardia, seguido de un Noé ansioso por
demostrarnos su pericia con la resortera contra envases vacíos de cerveza y
ramas que se extendían como brazos de momias disecadas, sin más resultado que
dos o tres conguitas abandonando las copas de los árboles. Cruzamos maizales,
casas de campo abandonadas, campesinos a caballo seguidos de sus perros,
camionetas con música de banda a todo volumen, repletas de muchachos que
pasarían la tarde en los márgenes de la presa.
Nosotros
íbamos mucho más allá. Hacia la cuchilla que partía en dos la montaña.
Acordamos
detenernos de vez en cuando para que José descansara y tomara fotos con su
Canon de dos o tres mezquites trespeleques y los buitres que circulaban el
cielo. Noé y Alex les tiraron un par de chicles masticados, sin resultado
alguno. Charly pisó la caca fresca de una vaca y se la pasó renegando el resto
del camino, además de propiciar nuestro distanciamiento involuntario.
Cruzamos
lienzos de piedras y cercos de alambres de púas, guardaganado y animales
pudriéndose, desparpajados entre matorrales. Los huizapoles se adhirieron a
nuestros calcetines como velcro, con el añadido de sutil tortura. Subimos por
entre rocas grises y afiladas, algunas resbalosas. Hasta que por fin, cuando
menos lo esperábamos, Javier se irguió en lo alto del cerro: parecía invitarnos
a alzar la bandera de Iwo Jima. Apenas si arribamos, ya bofos y respirando como
fuelles.
Nos
sentamos entre las piedras que rodeaban los pequeños hilos de agua que llamaban
cascada allá abajo, en el conglomerado de cuadritos extendido como sábana a lo
largo del valle. De frente, en una colina, el antiguo Templo de la Cruz. Las
hélices del molino de viento oxidado, en el atrio que hacía las veces de
mirador, giraban y era como si un alegre anciano nos saludara desde lejos
agitando el sombrero.
Se
trataba de alejarnos de Guadalajara todo lo que permitiera nuestra exigua
economía ─sentía
un gran placer interno al utilizar las palabras que iba descubriendo en el
diccionario como si ya las hubiera asimilado con naturalidad─. Cinco adolescentes en busca de una
aventura, de libertad ─comenté,
todavía aturdido por la caminata cerro arriba.
─Después de la última ocasión ─me interrumpió Alex, para disipar el
tono a novela barata─ en que
jugamos póker en mi casa, lo mejor era huir de nuestras madres. Qué gracioso
fue, Charly, cuando tu mamá tocó a mi puerta a las tres de la mañana para
preguntar por ti. Habías ganado, con tu montoncito de frijoles, veinte míseros
pesos y estabas feliz como si hubieras sobrevivido a la ruleta rusa.
─No, no ─terció Noé─, eso no fue lo mejor de la noche,
sino cuando tu mamá, sin decir palabra, hizo que la siguieras dejando en la
mesa tus ganancias.
─"¡Mamá! Yo te sigo", le
repetías como si tuviera los oídos tapados, media cuadra detrás de ella ─completé,
ocasionando un coro de risotadas.
─¡Cómo me hubiera encantado presenciar
la escena! ─gritó
José, salpicando los rostros de todos con trozos de tostada y atún que todavía
no había masticado.
─Hubiera sido memorable, si te dignaras a salir de tu cuarto más seguido.
─En realidad, nadie se ha salvado de
semejante cuadro. Nomás me quieren dejar malparado ─replicó Charly, con un tono entre
irónico y altanero.
─¡O malparido! ─corrigió alguien desde el anonimato.
El
paraíso podía llamarse jugar póker sin que nuestras madres tocaran a la puerta
del anfitrión en turno —aquel con los papás de viaje— a las 3 de la
mañana para llevarnos a empellones a casa. Eso sí que era vergonzoso, pero a
todos nos había ocurrido, como si cada vez que nos escapáramos para apostar
veinte míseros pesos con frijoles como moneda de cambio nos la jugáramos en la
ruleta rusa de la vergüenza fraternal.
Éramos
vecinos, nos conocíamos desde niños. No nos separábamos desde el kínder, cuando
defendimos a José de unos abusadores de primero que reclamaban una banca del
patio. Les hicimos la guerra sin descartar inevitables trompadas. En realidad, José
cursaba segundo, pero igual nos la rifamos por el que sería nuestro amigo más
abismado. No tardó en reprobar un par de años con el solo propósito de contarse
entre nuestra generación.
Ahora
estábamos a punto de entrar a la preparatoria y el futuro era moldeable como un
par de calcetines. Alex dudaba entre ser periodista o explorador desde que vio
la película de Los Goonies. Nos entrevistó en el autobús hacia
Cocula, aunque había olvidado las pilas de la grabadora.
─A mí me late ser piloto aviador ─le contestó Charly para iniciar el
juego.
─¡Así que por eso te cortaste el
cabello al ras!
─No, eso fue porque tenía piojos…
─Ya quisieras, ando a rapa como los
hombres, y pronto tendré uniforme, si me aceptan en la academia.
─Es más factible que vueles por los
aires…
─El que se lleva se aguanta…
─Me refiero a que tu
plan tiene más posibilidades que el de José, porque eso de ser físico no creo
que dé dinero.
─¿Así que ahora hablamos de mí?
─De ti y de tu santo patrono Carl
Sagan.
─Ah, eso sí, pero de santo no tiene
nada. Ya les contaré de Richard
Feynman.
─Pues mira, Carlos, si sigues así vas
a ser escritor de cuentos fantásticos, y de los malos.
─O sea, de los que ganan una fortuna…
─Sí, claro, de esos que tienen por
tótem el viaje del héroe…
─Me inclino más bien porque la hidra
lo despedace... al no héroe…
─¿Ya ves?
José
miraba por la ventana del autobús los sembradíos de maíz y de caña al pasar por
Villa Corona. El viento caliente del verano le golpeaba la cara como a uno
de los perritos maltés que la mamá de Charly cargaba a todos lados. Nuestro
cachirul nunca había visitado un pueblo. Su papá poseía una clínica
psiquiátrica en el barrio de Santa Tere. Era muy protector, pero había aceptado
que su hijo saliera el fin de semana con nosotros para que no presenciara el
acoso de la prensa por habérsele fugado uno de sus inquilinos. Uno
especialmente peligroso. Las paredes de su cuarto —en el ático de su mansión—
estaban repletas de mapas de Nueva York y San Francisco, aunque por ahora se
contentaba con visitar la tierra de mis abuelos. Preparó una secuencia heavy
metalera en un casete para su walkman, al que conectó una bocina portátil en el
momento en que pasamos debajo del arco de bienvenida, salpicado de relieves
mariacheros en la cantera gris. Se irguió orgulloso en su asiento por semejante
tino y por primera vez en el día coreamos desafinados Welcome to the
Jungle.
La
casa de adobe se ubicaba en el centro del pueblo, al que mis familiares
insistían en llamar ciudad. Pequeña pero confortable, incluía lo básico: dos
enormes habitaciones con camas, baño y cocina sin alimentos. Nuestra misión era
caminar hacia El Salto, una cascada que se avistaba en el rectángulo que el
patio recortaba del cielo: un delgado hilo dental colgaba de lo alto de un
cerro al que parecía cortar en dos.
Esa
noche jugamos cartas hasta la madrugada, con Eric Clapton y Dire Straits como soundtrack del
despojo, hasta que no pudimos más sostener los párpados. Muy de mañana, heroico
como solía, Noé se levantó para hacer yoga y el desayuno. Le echamos carrilla
no sin ensayar lo mejor de nuestra ironía: aquello que llamábamos retortijones
de indigesto.
─Son vaca-gato, dos asanas que les harían sentir de perlas si quisieran sumar energía al
camino de tres horas hacia el cerro ─nos
contestó con aire molesto, hasta que suspiró profundamente y terminó por resignarse con una mueca compasiva.
Terminamos
por hacer las posturas con él, ensayando gestos burlescos. Un gato pinto nos
observaba, recostado sobre la pared del patio.
Para
entonces ya había contactado a mi primo Javier, quien sería nuestro guía en la
excursión. Chicos citadinos, después de todo, no queríamos arriesgarnos a algún
sobresalto.
El
agua de la presa se amontonaba allá abajo, reflejando las nubes y nuestro
triunfo. Se escucharon unos disparos que hicieron eco en la montaña y luego
nada. Para los seis chicos que estábamos allí sentados todo formaba parte de
una lúdica aventura.
Cuando
terminamos de engullir los atunes embarrados en rancias tostadas y refrescarnos
con agua de limón, Alex sacó a la plática el tema de los grupos de
excursionistas desaparecidos, Noé se paró de cabeza en una roca, José sacó su
mini-consola portátil para jugar Pole Position, Charly practicó tiro al blanco
con un cuchillo de Rambo en la corteza de un mezquite, Javier leyó su cómic
de Archie y las Pussycats y yo me quedé dormido.
Sin
sentirlo, habían transcurrido varias horas y el sol se tornó naranja. Nos
dispusimos a regresar, pero apenas bajábamos por la ladera, haciendo equilibrio
en las húmedas lajas, el crepúsculo se desparramó como un animal herido por una
bala perdida y al fin nos envolvió la oscuridad con su denso abrazo. Nos
imaginé en la primera escena del Séptimo sello.
Mi
primo Javier, que antes iba adelante, ahora nos seguía como una lechuza a su
perdidiza presa: no entendía cómo volver a casa sin ver ni las palmas de sus
manos. El descenso se volvió un martirio. Nos tocábamos las espaldas a tientas,
excepto cuando resbalábamos al pisar arena suelta.
Se
nos ocurrió bordear el cauce del río, hasta que nos topamos con la huella en el
lodo fresco de un gato montés. Al menos eso sí lo sabía mi primo, pero su
conocimiento de la icnología ─según
el diccionario de bolsillo en mi mochila: estudio de las huellas─ acentuó nuestra preocupación. Alex
consultaba su brújula: daba igual. Tampoco podíamos detenernos. No queríamos
que nos confundiera algún cazador furtivo de venados. José ya extrañaba su
póster de San Francisco y nos compartió su sospecha de que había visto al tipo escapado de la clínica de su padre en el autobús.
—Fijaba sus ojos de loco en los míos, seguro que era él. Seguro, porque mi papá hace experimentos
ilegales con sus cerebros —nos confesó con una sonrisa irónica.
Noé
ignoraba qué postura yogui nos podía librar de la desorientación, Alex solo
pensaba en estadísticas de extraviados y víctimas de enfermos mentales, Charly
se había amarrado un trapo a la frente con el símbolo de Karate Kid y sostenía
con fuerza su cuchillo por si nos atacaba el felino de la huella o un
depredador más feroz, Javier alucinaba contándonos de su última excursión a la
matiné del cine Imperial en el pueblo: la quinta entrega de Viernes 13.
En
eso avizoré una huella más grande y perfectamente reconocible: la de una vaca.
El rastro del felino nos había llevado a la del bóvido rumiante, así fuera por
miedo a su ataque. Alex me iluminó el rostro con un cerillo y luego a la
huella: a esa huella siguió otra, y otra más adelante. Por fin dimos con un
rebaño de vacas rezagadas. Por lo visto algún acomedido les había cerrado una
cerca y la única salida disponible la impedía un guardaganado. Dos o tres vacas
nos miraron inquietas, quizá a punto de embestirnos. Noé abrazó con cariño el
lomo de una pinta y las demás se tranquilizaron. Si el gato montés nos
acechaba, o incluso el loco de la clínica ─con aire de extrañar un ojo o un riñón─, lo más seguro es que sus mugidos
nos prevendrían del peligro.
Decidimos
trabajar en conjunto, a cierta distancia de Noé y los ojos brillantes de las
vacas que no nos perdían de vista. La gente suele tirar basura en el campo, por
lo que no fue difícil hallar unos tablones de madera podrida. Algunos todavía
aguantaban. Charly les quitó los clavos con su cuchillo de batalla y los
colocamos sobre las rejas a pie de piso. Las vacas, como si muy en el fondo de
su ser supieran que de algún modo u otro saldrían del atolladero, como si en
realidad solo nos hubieran estado esperando para proseguir a la Ítaca
polvorienta de sus corrales, cruzaron ondulando sus colas como anticuados
relojes de péndulo.
Fue
así que llegamos a la panadería de mi tío Chuy, quien ya había reunido a un
contingente de inevitables familiares para buscarnos con antorchas y lámparas de mano.
José
ya no volvió a protestar porque las vacas transitaran por las banquetas, aunque
empezó a reunir sus ahorros para costearse un viaje a San Francisco el próximo verano. Javier pretextó
que de noche nunca salía de casa porque el cura decretaba toque de queda. Alex
escupió un discurso para aleccionarnos de cómo había encendido la chispa que nos daría la primera pista a la
libertad. Charly guardó un trozo de madera podrida como trofeo en su mochila.
Noé permanecía con el gesto extático de un iluminado. Yo no sabía qué pensar. Ni se nos ocurrió
contarles que habíamos invocado muy temprano, como a nahuales impredecibles, a
las vacas gato que nos llevarían de regreso a casa.
No tiene caso mirar un punto fijo,
una vela, nubes inconformes.
Medito sobre mis zapatos viejos,
la escalera herrumbrosa, el robot
eléctrico que ya no funciona.
Medito sobre lápices de colores,
maquillaje con puntitos plateados.
Medito sobre el vacío, la muerte,
lo que dé dinero fácil.
Medito de cabeza, en torsión,
arqueando el cuerpo entero
como un popote de plástico.
Medito sobre este pedazo de basura,
la hoja donde alguien
escribió una nota suicida
que terminó siendo
un mal poema.
Medito que las puertas se abren,
también se cierran o nunca se abren
ni se cierran.
Me robé de
la biblioteca marista El Principito y un libro de tribus africanas. Al Principito
le taché con plumón los sellos marianos y al libro verde con mujeres negras de
grandes senos y tetas oscuras lo escondí en el patio trasero de la casa, donde
nadie lo vería porque ahí arrejolan mis papás cuanto desean desaparecer.
Las viejas
enciclopedias y los libros de tercero, cuarto y quinto que mis hermanos y yo
dejamos atrás sobrevivían en los estantes aunque al lado hubiera ropa tendida,
estilando. Mi libro de mujeres africanas estaba bien acompañado. De tribus,
pero a mí lo que me interesaba eran esas mujeres exóticas. Sus cuellos
alargados con collares, sus labios inferiores agrandados por aros, sus senos
caídos hasta la cintura, su piel canela y azabache, el sexo sin pudor.
Es mi
último año en la primaria. En los grados anteriores no hice ningún amigo, tal
vez porque llegué a este colegio en segundo y nunca me adapté al acoso. Me
gritaban el apodo que me ha acompañado hasta ahora: Pinocho. Y una variante
imbécil: Pinochet. Ese nombre aparece en las noticias que ven mis papás, es un
militar condecorado, pero a mí no me cae nada bien y me fastidia que asocien su
nombre conmigo. Y yo iba y los perseguía, y cuando los alcanzaba no sabía qué
hacer. ¿Por qué les iba a hacer daño? Dejé de ir tras ellos una vez que salí
corriendo tras Rodolfo, un güero chino que, al alcanzarlo, se detuvo y me
golpeó la tráquea con el puño. Caí al piso ahogándome, sin poder respirar. Me
repuse y conocí el odio.
Ya estoy
grande y el próximo año entraré a la secundaria. Este no es un paraíso. Me he
pasado los recreos año con año circulando el patio, caminándolo como si no
esperara nada. A veces me compro churros empapados en limón y salsa Valentina.
O mi banquete preferido: Coca-Cola y Canelitas. Miro a los demás niños jugar
futbol, básquet, y no me atrae hacer lo mismo. Por eso descubrir la biblioteca ha
sido revelador. Me pregunto si se habrán dado cuenta de que me llevé estos dos
libros. Si me cachan con el del Principito, seguro que no lo reconocen porque
pinté los sellos con plumón negro. Los dibujos a color me parecen encantadores.
Ese de la boa que se come al elefante me ha seguido el día entero. Quisiera que
una boa se tragara a mis compañeros de clase. Lo puedo representar en mi mente.
Me pregunto
cómo las mujeres africanas pueden vivir de esta manera, en la selva, entre
animales salvajes, acarreando pesados baldes de agua, despiojando a los niños,
cazando, bailando alrededor de una fogata. Es algo asombroso… y real. Porque
son fotos. Estas mujeres de senos blandos y —leí en el
libro— elongados viven como yo o como cualquiera. Y a nadie parece molestarle.
Andan tan campantes.
Cada día,
antes de ir a la escuela, mi mamá me prepara un chocomilk que, para cuando
llego a la cocina, luego de que me desperezo, me peino y me cambio, se ha
separado en sus componentes: leche y chocolate, una base de azúcar al fondo. La
espuma se adhiere al vaso y no me dan ganas de tomármelo. Sueño que es África
vista desde un aeroplano. Luego lo bato para que la fórmula funcione en mi
paladar.
El colegio
es de puros hombres. Cada salón contiene al menos a cincuenta de nosotros. Es
una energía difícil de controlar. Se trata de demostrar quién es el más fuerte,
el más chingón. Quién gana cuando bajamos corriendo en tropel por la escalera
en el recreo. Quién patea mejor el bote de Frutsi en los pasillos, como si
fuera un balón sin portería. Quién hace girar más veces el spirol con un
amañado golpe de fuerza. Quién burla a los jugadores para meter más canastas,
más goles. De quién se burlan todos.
Tengo nariz
aguileña, puntiaguda, y orejas grandes. Soy pequeñito y flaco. Además, salto de
enojo ante cualquier provocación. Soy el blanco perfecto. Si le respondo a uno
con un puñetazo, él y tres más me esperan a la salida, me montonean.
El
Principito encontró en otros planetas a personajes inolvidables, pero al final
regresó con su rosa y su borrego. Por la forma misteriosa en que viajó, da la
sensación de que siempre permanecerá en el desierto. Ahora que observo mejor,
los sellos de la biblioteca alcanzan a transparentarse. Más vale que no me
lleve este libro al colegio. Me paso los días en la biblioteca y dando vueltas
al patio. Doy vueltas y vueltas, ya ni veo a nadie, solo me concentro en mi
propio mundo. Es como si lo delimitara con mis vueltas.
Creo que
este patio sería divertido si fuera una selva con tribus africanas. Mujeres
negras y desnudas, de labios más sobresalientes que sus narices, yendo de un
lado a otro, cruzándose en mi camino mientras saboreo mis Canelitas con Coca.
Nunca había visto el sexo de una mujer. Y estas africanas lo muestran sin
tapujos. Parece que les resulta tan natural como un árbol, un pozo de agua. Y
es tan misterioso como un árbol, un pozo de agua.
El otro día
deambulaba en el recreo cuando de pronto me quedé ciego. Me invadió un tsunami
de oscuridad que borroneó el mundo. Me asusté muchísimo. Solo atiné a caminar
moviendo mis brazos para no chocar con nadie, hasta que alcancé un poste de
básquet. Lo abracé como un náufrago al último trozo de tocino. La gritería, los
juegos, niños corriendo, spirols girando, risas, de un momento a otro
todo cesó. Solo había silencio, estaba solo con mi oscuridad, mi miedo.
Después de
varias horas empecé a ver, poco a poco, de nuevo. No había ni Principito, ni
mujeres africanas ni niños ni nada. Mi mente en blanco. Estaba solo. A lo lejos
un señor, el intendente, recogía papeles. Muy lejos.
Respiré
profundo. Me encaminé tambaleando a mi salón, y entré. Nadie me
preguntó ni pío. El maestro daba la clase mirando fijamente al pizarrón
mientras los niños se arrojaban papeles y gises. Me senté en el pupitre con la
rara sensación de lo inexplicable. Quizá, pensé, un intento del Principito por
llevarme a África a conocer mujeres negras y exóticas. Solo que nunca nada sale
como se espera.
Lo que les voy a contar no es invento. Por favor, sírvanse ustedes mismos. Hay tequila, vodka, whisky, al gusto de cada quien. Ya sabemos que no nos es posible explayarnos con temas que ronden en la situación política y de seguridad que el pueblo padece al extremo desde que se le declaró la guerra al narco. Esa hidra obscena comprobó sus cualidades de regeneración. Ahora los halcones nos tienen cercados, hasta puede haber uno en la familia que nos delate y lo perdamos todo. Con esto mismo que digo arriesgo mi propiedad, apenas un departamento en el centro por el que me hacen pagar protección. Hablo entre gentes de confianza, de larga amistad. Sentados en el huerto de mi padre, anciano ya, con una puerta de madera como mesa sobre ladrillos, con la fogata crepitando, les contaré lo que en realidad ya saben, porque este tipo de chismes rondan por lo bajo las reuniones familiares, incluyendo velorios. Hay un tesoro aquí enterrado. Hace años, cuando mi papá era joven y vivía con mi tío abuelo —su mamá, mi abuela, repartió a los hijos entre los parientes, ya que mi abuelo campesino estaba desaparecido en el norte y eran muy pobres—, escuchó esto mismo. Y observó que de noche un rincón entre el aguacate y la zarzamora resplandecía, signo inequívoco de que una agradable sorpresa le aguardaba. Tenue, la luz parecía un fantasma llamándole a atravesar la densa oscuridad. Mi papá tendría unos 16 años y, como a todo joven, la ambición le ganó. Su tío le dijo que no había perdido nada, así que nada había que buscar. ¿Pero y si alguien se brincaba por la barda, escarbaba y se llevaba el tesoro? Era sabido que el famoso bandido Archibaldo y sus secuaces asolaban el cerro del Huehuentón en el siglo XIX y enterraron sus recompensas a lo largo de este pueblo y los circunvecinos. Como era de esperarse, murió baleado en una emboscada. La costumbre era, a semejanza de las novelas de aventuras, enterrar las monedas de oro con los cadáveres de los testigos encima, echándoles una maldición para que las resguardaran. A mi papá la historia, lejos de darle miedo, le fascinó. Marcó el lugar que emitía un halo de luz amarillento y a la mañana siguiente escarbó con frenesí. El cansancio era lo de menos. Escarbó hasta que topó con algo sólido, tal vez una piedra. Pero no, no podía ser: más bien era un hueso… humano. El radio y el cúbito dieron lugar a un fémur poroso y a metacarpos desperdigados. El cráneo le sonrió con un diente de plata. Estaba exhausto y comenzaba a anochecer, así que colocó los huesos en una caja que guardó bajo su cama para llevarlos al camposanto en la mañana. Después de todo, estaba a tres cuadras de distancia, al final de una pineda extendida a lo largo de la segunda avenida principal del pueblo. Tan fatigado estaba que no tardó en dormir. Soñó con el bandido Archibaldo. El pecho cruzado por carrilleras, el rostro adusto y cruel, de barba negra y desaliñada. Lo vio cabalgando con sus compinches la ladera hasta que se adentraron en un camino sinuoso, donde fueron acribillados por tiradores ocultos entre matorrales, en lo alto del cerro. Cayeron uno a uno. Archibaldo todavía estaba vivo cuando su caballo lo arrastró, un pie atorado en el estribo. La cara desangrada, el cuerpo maltrecho como el de un Héctor apócrifo tras la riendas de un vengativo Aquiles. Sus hombres dispersos entre ropa desgarrada y sangre a borbotones. Rematados junto a sus finos caballos. Entonces Archibaldo, al que apodaban el Zanate, acercó el rostro y le clavó sus ojos azabache rodeados de una inquietante aura amarilla, como queriendo desentrañar su identidad. Y despertó porque sintió que su cama se movía como una embarcación de lado a lado, despertó y creyó ver que los cajones de la cómoda y el ropero se abrían y cerraban por manos invisibles. De inmediato se desperezó, impulsado por el pánico: leves hilos de luz lunar se colaban por entre los resquicios de la cortina. Se levantó con el cuerpo aporreado, los pensamientos desperdigados y maltrechos le trajeron de nuevo la imagen de los hombres caídos bajo las balas. Los penetrantes ojos de Archibaldo todavía lo escudriñaban, eran los de un ave a punto de picotear a su presa. Tan acelerado le palpitaba el corazón que sentía que iba a estallar como un revólver con la última bala del tiroteo. Su respiración entrecortada poco a poco fue dando lugar a la calma y luego a la reflexión. Tomó la caja con los huesos y antes de que saliera el sol los enterró entre dos tumbas sin nombre del antiguo cementerio. Más tardó en abrir aquel pozo en el huerto que en echar de nuevo la tierra blanda. Apisonó con la pala y sus botas para que no se notara el lugar en lo que sembraba un limonero, aunque sabía que los tesoros se mueven a voluntad debajo de la tierra. En el desayuno, el tío le palmeó la espalda satisfecho. Si no lo enterraste tú, Vicente, no puede ser tuyo. Esas cosas las cuida el diablo, ahora lo sabes. Mi papá estaba demasiado asustado como para reparar en que ya nunca vería ese resplandor. Solo recordaba los ojos inquisitivos de Archibaldo, sus facciones bañadas en escarlata, el odio incrustado en la expresión adusta. Días después halló una moneda cuadrangular de 1810, acuñada con el nombre de Cocula. Ustedes comprenden que si el tesoro quiere ser encontrado, el fuego fatuo se le presenta como una alternativa. Mi papá se convenció de que desenterrar tesoros no era lo suyo y se fue a la ciudad a probar suerte. De mensajero fue ascendiendo hasta ser gerente de banco a los 21 años. Lo mejor es que pudo mantener a su madre y a su padre, quien regresó del norte años después, con la amargura de haber trabajado de balde porque el gobierno mexicano retuvo sus ganancias y el dinero de todo un contingente de campesinos se dio por perdido. Otro tesoro enterrado bajo una pila de documentos y burocracia. Ah, pero recuerdan la historia de aquel que aquí en el pueblo poco a poco se iba quedando sin dinero para comer. Y gastaba los días y las noches escarbando su propiedad, vuelta de cabeza. Su casa, el corral parecían una colonia de hormigueros, una red de montículos y agujeros. Alguien le había dicho que ahí había un tesoro, se lo creyó y, ya con la salud al límite, el hambre que no perdona, vendió su casa a un precio modesto, dado que tendrían que remodelarla. La nueva dueña, una joven estudiante de medicina que cumplía con su servicio social, clavó un clavo en la habitación principal para colgar su imitación de Picasso y el adobe se derrumbó a sus pies. Por suerte salió ilesa, atónita ante el reguero de monedas amarillas dispersas en el piso de barro. Nadie sabe para quién trabaja. Sírvanse otra, la del estribo, faltaba menos. Lo peor son los delirios que invaden a los buscadores de tesoros. Anden, no estén allí nomás, con su silencio de árboles, va a amanecer y debo barrer las hojas. No digan que aquí estuvimos, hablando como solíamos de niños en los velorios. En nadie se puede confiar.