El viento arrastraba un globo verde,
casi sin aire, sucio de tierra.
Se balanceaba: una ráfaga
le obligaba a avanzar, a retroceder
mientras yo lo seguía dos o tres pasos,
queriéndolo atrapar en la pantalla del celular.
Luego se quedó quieto, como haciendo una pausa
para divulgar su sombra en los adoquines
y que la experiencia quedara impresa,
que alguien la compartiera en Instagram.
Y le hice caso: después de todo,
volvió a huir en cuanto pudo.
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