Vivo entre cadáveres, han aprendido
a sonreír frente a la adversidad.
No hablo de ellos en público, ¿a quién
le cuento que golpean las puertas
como enterrados vivos sus ataúdes?
A medianoche quieren verse
en el espejo: no los refleja.
Observan a las visitas
como a peces fuera del agua.
Les he pedido que se escondan
si timbra el cartero, el vendedor de agua
y hasta los testigos de Jehová.
La señora que barre la calle
pregunta por qué tras la puerta
suena algo como crujir de huesos.
Por lo general, me obedecen
y no hablan durante la cena.
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