martes, noviembre 2

Cuestiones genealógicas

No desciendo de mexicas, su imperio

no impera en mis genes. 

No me molestaría el parentesco

con el cantor Netzahualcóyotl,

pero qué mejor hilo que el tendido

por sus palabras de agua

entre las piedras.

No desciendo de reyes

ni de nobles españoles,

si fuera real mi apellido

y no invento de frailes dominicos

mi heráldica transitaría

la fórmula ribonucleica del Cid,

aunque algo ya deteriorada.

Carezco de pedigrí e ignoro

los avatares de mi sangre,

mis glóbulos blancos y rojos

dan por sentado que vienen de tan lejos,

tan lejos como puede estarlo

la primera célula en un charco sucio.

lunes, octubre 25

Notas sobre una invasión

Miles no pueden ya contar su periplo

en cuartos de hospital blindados,

bajo sábanas como fantasmas,

el aire a expensas de un robot

con lenguaje de burbujas.

No me pesan veinte días de techo lento

aunque me acusaran de ser atendido como un dios,

como si dios no fuera capaz de salir de su cama

y tuvieran que limpiarle el excremento.

No soy sino uno de miles fatigados

de pesadillas sin descifrar.

La otra tarde me puse de pie y bebí té en el patio,

el aire hizo combustión

en mis circuitos hambrientos.

Supongo que de eso

se trata todo.


domingo, octubre 17

Jesús en la boca

Ha de estar mejor aquí que crucificado:

Jesús anda por tu boca como en un tour

cuatro estrellas, señala con el índice y ríe

de esas bromas que llama pecadores.


No deja para mañana lo que puede hacer hoy:

convierte el vinagre en vino de altura,

el mismo con el que celebró a los novios

que luego se fueron cada uno por su lado.


Aquí se explaya sin reservas sobre su amigo,

la peste de Lázaro cubierto de harapos: Lázaro

es sonoro y había de volver como un espectro macabro

para asustar a las palomas.


Jesús es una bacteria entre los dientes,

el bermejo en las encías.




sábado, octubre 16

Una ciudad

Una ciudad se dice sobras del mercado,

panfletos, carnes blandas del presidio,

moscas

y un desayuno en el puerto. Papeles

pegados a suela de sandalias,

puertas entreabiertas.

 

Una niña ensaya

su jeroglífico en la madera.

 

Una ciudad se enciende

con pasos forasteros,

gestos ruines

de asesinos en ventanas

limpias,

piedras sueltas,

ladrones de dientes, fantasías

como párpados a punto

de zarpar.

 

Una ciudad vive un segundo

o un milenio, vive

y luego no quedan ni los pasos,

los restos son simple basura.


viernes, septiembre 17

Desvelo

La ensoñación dura uno o dos minutos,
entonces me doy cuenta: tengo miedo de la muerte
o, lo que es peor, de la vida que me espera
al día siguiente. Pienso en vacas voladoras,
en cerdos adivinos o en el cliché de las ovejas.
En inofensivos lobos carniceros o en lobos
ávidos de invertir en su casa de paja.
Camellos destripados
a su paso
por el ojo de una aguja.
Cencerros, lluvia, corcholatas.



martes, septiembre 7

Tren

Quién más ha de estar 
sin decirle a nadie? 
De mí pueden burlarse,
de cualquier manera busco compañía.
He hablado, he escrito a amigos cercanos y lejanos,
a los que no son tan amigos y a aquellos
que quisiera lo fueran. Algunos responden.
Oigo el tren a la hora nocturna de siempre, se acerca
y sus ruedas sobre los rieles y su ruido metálico
son aquello que necesito
mucho más que la amistad, amigos queridos.
Ser ese tren que zumba, restriega el aire.

domingo, agosto 15

Juego espacial

Me gustaría sentarme en el alféizar

de una estación espacial, oler el planeta

como a la cáscara de una naranja,

encerrarlo entre el índice y el pulgar,

saber que todo está bien si cabe

en un espacio tan pequeño, 

hasta que dios mismo

regresara de vacaciones

para susurrarnos lo vulnerables que somos

cuando juega al golf.


jueves, agosto 12

Tarde

Tomé las llaves de la casa y del auto y salí a la calle sin demasiada prisa, esperando encontrar la fila del banco desierta. Una mera tensión del cuello amenazaba con tortícolis. Intenté no voltear la cabeza bruscamente al sentarme y retirar el parasol, demasiado grande respecto a las dimensiones de mi coche. Lo torcí en espiral para guardarlo en el bolso trasero del asiento. Me coloqué el cinturón de seguridad, encendí la marcha, verifiqué los espejos laterales, ajusté el retrovisor a su posición de día. El reloj digital marcaba las doce de la tarde en punto. Los hules y plásticos del tablero y la palanca del automático emanaban un vapor caliente que distorsionaba sus siluetas. Accioné el aire acondicionado en el 2, abrí la ventana del conductor girando la perilla y esperé a que saliera la pesadez contenida. Revisé la guantera, donde guardo una 22 en buen estado para emergencias y el montón de facturas y multas que no he pagado el último año de aislamiento obligado. Cargada, pulida, el cañón impecable. En eso olvidé el cuidado que había puesto en no hacer movimientos bruscos y, con un instinto idiota, sacudí mi cuello como a una honda: mi cabeza quedó inmóvil, petrificada. Ya solo pude mirar hacia el frente y a la izquierda, jalonado por un alambre aguerrido en lugar de mi músculo angular. Cuando llegué al banco, me sorprendí de que hubiera un lugar libre en el estacionamiento que da a la avenida (los clientes de los negocios vecinos suelen abarrotar los lugares disponibles). Con ademanes robóticos, tomé el celular, la cartera y metí los lentes con todo y estuche en mi bolsa del pantalón. Saqué de la guantera lo necesario. Nada faltaba. Accioné la alarma y, al subir la escalinata, por poco y tropiezo con un empleado flaco y gomoso mientras colocaba en un atril de hierro el letrero impreso: “El sistema de ventanillas está fallando”. Pienso que soy yo el responsable. No el autor, un tipo flojo que quiere proyectarse en mi experiencia y no sabe continuar su historia. No: pasa que no dormí bien y me levanté tarde. El universo es vengativo.


martes, julio 20

Después de la tormenta

Los tordos abandonan un pino

al oír el paso de una moto, sin saber

por qué, solo porque otros lo hacen.

Mis padres hablan en el desayuno

de noticias falsas, quizá verdaderas

porque otros las comparten en wasap.

Guardo silencio porque es lo mejor,

porque las cosas a mi alrededor

están calladas.


domingo, julio 18

Hipérbole

Miles de millones de estrellas

mueren, las añoramos

a través de telescopios ávidos

de supernovas, agujeros negros,

nebulosas azules que llevan

a otra dimensión, a otra vida.

Miles de millones de estrellas,

cada una con su llamarada

y sus planetas

haciendo reverencia.

Y para mí nadie es más importante

que tú, a quien no conozco.


Ruidos extraños

Vivo entre cadáveres, han aprendido

a sonreír frente a la adversidad.

 

No hablo de ellos en público, ¿a quién

le cuento que golpean las puertas

como enterrados vivos sus ataúdes?

 

A medianoche quieren verse

en el espejo: no los refleja.

 

Observan a las visitas

como a peces fuera del agua.

 

Les he pedido que se escondan

si timbra el cartero, el vendedor de agua

y hasta los testigos de Jehová.

 

La señora que barre la calle

pregunta por qué tras la puerta

suena algo como crujir de huesos.

 

Por lo general, me obedecen

y no hablan durante la cena.


sábado, julio 17

Eso llamado esperanza

Como si la ruta de camión llegara

a una hora imprevista, fuera de turno

y yo supiera con antelación su roto itinerario

un día cualquiera. Como un árbol sabe

cuándo llegará la primavera y se prepara

porque si no es hoy, será mañana.


Un lento atardecer

Ladridos de perros se pierden

en una calle húmeda.

Las campanas del templo

y las del camión de la basura.

El aleteo de un tordo gris

intenta atravesar la puerta de vidrio,

atrapado en la habitación.

Con la boca reseca,

una chicharra en los oídos,

las venas atrofiadas

por pensamientos espesos,

busco quién me salve, pero sé

que nadie acudirá.


viernes, julio 16

No importa qué piense en este momento

La lluvia tiene su propia manera

de no decir nada, de estrellarse

en el pavimento como si no importara,

como si su sonido metálico

contra las sillas del patio

no fuera nada personal

este viernes de buenas noticias

que ahogan a las malas.

lunes, julio 12

Encontré algo

El viento arrastraba un globo verde,

casi sin aire, sucio de tierra.

Se balanceaba: una ráfaga

le obligaba a avanzar, a retroceder

mientras yo lo seguía dos o tres pasos,

queriéndolo atrapar en la pantalla del celular.

Luego se quedó quieto, como haciendo una pausa

para divulgar su sombra en los adoquines

y que la experiencia quedara impresa,

que alguien la compartiera en Instagram.

Y le hice caso: después de todo,

volvió a huir en cuanto pudo.

 

domingo, junio 27

Estaba aburrido hasta que me besó el alien

Sus labios púrpuras prometían
una desnudez gelatinosa,
fotos de Instagram
incapaces de alertar del peligro
de exponerme más de la cuenta
a las ventosas de su lengua,
a su tinta
devoradora.
Soy su alimento,
lo he sido por incontables meses:
anuda sus tentáculos en mi cuello
y me envía a trabajar
para ver de cerca
la putrefacción del mundo.
Una vez que haya chupado
todas mis energías,
las pocas que todavía me quedan,
seguramente partirá en su nave
y contará a sus amigas
que conoció una rara especie
en un planeta extraño
que besaba
sin ventosas.


sábado, junio 26

El futuro por la ventana

Un proyectil, o al menos eso parece por su estela. La raya negra, difuminada, atraviesa de lado a lado el marco de la ventana en un microsegundo para estrellarse en un edificio que de por sí ya estaba derruido. Las llamas se alzan aquí o allá, y apenas algunos autos voladores recogen personas varadas en los pisos superiores o en las azoteas. Como si hubiera hospitales dónde alojarlas. Autos que en cualquier momento podrían caer destrozados por los rayos de neutrinos lanzados de vez en vez por los satélites que las máquinas han reclamado como suyos.

Las máquinas, además, han conformado un ejército de humanos a los que les hackearon los pensamientos para recibir sus órdenes. O eso creemos quienes pensamos por nosotros mismos. También es posible que las obedezcan por voluntad propia. Al menos a mí me consideran necesario. No se atreverían a hacer explotar el estudio de un técnico en articulaciones robóticas animales. No porque las máquinas no puedan hacerlo, sino porque lo que yo hago es el equivalente a lo que en otros tiempos fue limpiar un retrete o dar de comer a un bebé: pérdida de tiempo.

Aunque para las máquinas el tiempo no es un valor. Su paciencia es infinita. Yo mismo, en cierto modo, soy una máquina. Y no sé si es la mejor parte de mí. Mi cerebro ha sido mejorado con millones de sinapsis automáticas. Poseo el doble de miembros que los demás humanos para cumplir con eficiencia mis tareas. A veces tengo la pesadilla de volver a ser quien era antes. Los niños, los pocos niños que existen, piensan que de pronto las máquinas tomaron el poder, pero no, fuimos nosotros quienes poco a poco les cedimos nuestra voluntad y hasta nuestros cuerpos para que experimentaran con ellos, los hicieran inmortales.

En la ventana sucia aparece mi reflejo. Bebo café de una taza de cerámica azul. Una taza creada por un sistema automático ya obsoleto en una fábrica abandonada y repleta de refugiados que desearían una muerte rápida frente a un misil perdido. Acondicioné mis implementos degustativos para que simplemente detectaran un buen café. Sin ninguno de los sabores inventados en esta época, sabores que no existen en la naturaleza. Lo rescaté de una bodega abandonada. Bebo hasta la borra, aquello que alguna vez fue líquido amargo, humeante.

Las máquinas ya solo quieren conquistar el espacio. ¿Debo recordarme a mí mismo que también soy, en cierto grado, una máquina? En realidad, estamos aburridas como la humanidad que todavía sobrevive. Sirenas, balas esporádicas o ruidos de hélices. Me pregunto si todavía hay algo de café.


martes, mayo 11

Estatuas

Veo en mi pueblo estatuas, estatuas
como las que pintarrajean
y derrumban en manifestaciones.
Ahora son moda las estatuas: las hay
del cantante que ni fue a inaugurar
su figura ranchera, del benefactor
que dizque hizo lo que dicen que hizo,
la del cacique encumbrado
a nombre de calle o de escuela.
Veo en mi pueblo cada vez
más estatuas
que alzan sus nietos, sus bisnietos
con furor de partido político,
de discurso hecho piedra.
Cada vez el pueblo mira
más estatuas al pasar,
pero ellas no miran a nadie.

lunes, abril 12

Una botella verde

Camino a la hora en que la luz pierde su origen

y tropiezo con una botella verde de plástico

en un jardín, junto a hojas secas. Las hojas

hallarán su rumbo al pudrirse, pero la botella,

la botella que proviene del petróleo, petróleo

que no es sino antiguos huesos de dinosaurios,

no encontrará paz, no se deshará en polvo,

no dará color a los árboles ni se transformará

en gusanos ni en esos animales llamados humanos.

Esta botella verde perderá su etiqueta, será aplastada,

desteñida bajo el sol, olisqueada por perros,

recipiente de aguarrás, barco de niños

o simple contenedor de tierra

bajo las capas de la tierra, un recordatorio

de que lo instantáneo al sobrevivir

más de la cuenta, estorba.


jueves, abril 8

martes, marzo 23

Invasión silenciosa

Por la noche las cucarachas se adueñan

de la cocina. Mi madre las extermina

dándoles veneno, insecticida, azúcar

para que se inflen y exploten

como vacas perdidas en el desierto.

Eso quiere mamá, que desaparezcan

de la casa, pero no sabe que han colonizado

el planeta. Las cucarachas anegan

los partidos políticos, las transnacionales,

el buró de crédito y la bolsa.

Su verdadera intención es combatir

el exceso poblacional, poner a prueba

su resistencia: las cucarachas que logran sobrevivir

a las acechanzas en la cocina

se integran a las grandes huestes

de fanáticos de las fake news, practican el TikTok

o hacen un viaje iniciático a las estrellas

en su nave espacial.

Regresan más convencidas que nunca

de que estás para servirles.


sábado, marzo 13

He-Man

Encuentro en el cemento un brazo de plástico. De He-Man ha de ser. Me recuerda al que tuve. Cuánto habrá pasado para estar entre mis dedos. No hay manera de averiguar su pasado, sus gestas o aquel momento en que fue vencido. ¿Fue vencido? Quizá tuvo que deshacerse de este brazo para sobrevivir a los dientes de un niño, de una mascota furiosa o de una puerta despistada. Meras suposiciones, lástima que no haya estudios forenses para héroes de plástico. ¿O me equivoco? Pudo haber sido traficante de miembros de otros monitos, ladrón de joyas de fantasía o explorador de ventanas ajenas. Nunca lo sabremos. Lo vuelvo a colocar en la banqueta, junto a un popote y una rama de naranjo seca. No me serviría de nada llevarlo a casa. No hay quien lo necesite.


lunes, marzo 1

¿Qué recuerdo?

Perderme en los baldíos de la colonia, las casas a medio construir. Las fogatas, las peleas de hormigas rojas, los Borrachitos que tanto me encantaban. Una vez me escondí en un baldío para comerme una bolsita de papel estraza llena de estos caramelos que amé religiosamente. Ah, las Canelitas con Coca en el patio del recreo. Las vueltas en bici, cuando entre todos hacíamos enojar –solo de pasada—al Rocky, un bulterrier que nos perseguía sin alcanzar nunca nuestros pedaleos. Qué nervios. Los carritos en los prados, las carreras de estos bólidos empujados por nuestros dedos, o las canicas. Más que jugar con ellas me apasionaba coleccionarlas, me parecían pequeños mundos de una transparencia enigmática, siempre guardaban figuras coloridas que podrían ser fuentes de poder, continentes o galaxias. Ah, cuando jugaba futbolito con mis primos en Cocula, el pueblo de mis abuelos. Las ferias en que nos retaban y salíamos ilesos, triunfantes de goles. La vez que me le declaré a Laura, una güerita de ocho años que vivía enfrente de mi casa, escoltada por seis hermanos. Me hinqué en su cochera, le regalé una paleta de mango con chile y tres chicles de bolita, pero mi amigo Manuel ya le había dado una caja entera de paletas. Los corazones con sus nombres pintados en los postes de cemento y de madera. Cuando peleábamos por el territorio de la cuadra y cómo después todos jugábamos futbol con ladrillos que marcaban las porterías y vecinos que nos ponchaban las pelotas. Las tardes de tae kwon do y cuando de una patada me sacaron la mandíbula en un torneo, pero gané el segundo lugar. Mi maestro coreano, al que luego le dispararon unos sicarios. Cuando a los doce tomé el camión por primera vez para conseguir mis primeros libros en la Gonvill de Plaza México. Frankenstein, El doctor Jekyll y Mr. Hyde, La cabaña del tío Tom y otros que todavía guardo a punto del deshoje en mi clóset. La primera vez que leí a Asunción Silva o la fábula de Polifemo y Galatea. Las tardes de Sandokan y de Combat y Asteroid en el Atari que no he vuelto a encontrar.


domingo, febrero 28

Alguna vez tuve un dios

Lo armé con una página de papel

que doblé en dos, tres partes.

Lo coloqué sobre la repisa a manera de altar,

le hacía una señal de respeto antes de salir

a la calle, le encomendaba 

el cuidado de lo que iba pasando.

Un día una ráfaga de viento lo voló:

salió sin aviso por la ventana.


jueves, febrero 25

Química elemental

Si este poema es energía

 

            no se crea ni se destruye

 

quémalo y mira

 

                        cómo va apareciendo


martes, febrero 23

El tesoro

Mi padre y yo escarbamos en el huerto

un túnel de 2.5 m de profundidad

y 2.3 m en dirección norte.

Era sábado, le movía la ilusión

de dejarnos algo cuando faltara.

Podríamos haber hallado las joyas

de la tatarabuela Petra

o el tesoro que enterró Garibaldo,

un villano del siglo xix.

A despecho de las varitas detectoras,

solo obtuvimos una lata de Tecate light

en pésimas condiciones.


jueves, febrero 4

De a poco

Voy por ahí caminando

y la muerte me asalta

en lugares improvisados,

se lleva cualquier cosa,

me va quitando

algo en la mirada,

algo que llegué a tocar

o nunca tuve.

En el fondo eso deseo:

que se vaya quedando

con lo muerto.


viernes, enero 15

Soy una tara en el belfo del mundo

Una marioneta que lo olvidó y se fue de viaje

al fondo de un pozo donde despierto cada mañana

con lengua de hierro, los altibajos de cualquiera

que como yo esté hecho de aserrín y pegamento

de mala calidad. No paso de una línea invisible,

como si me drenara un campo de fuerza

y me hiciera ver mi suerte si doy un paso en falso,

así sea verdadero. No me tengo lástima, eso lo dejo

a quienes detentan un corazón para irrigar sangre,

a quienes no necesitan aceitarse para salir a la calle.

Hecho a la idea, voy por ahí rechinando articulaciones

como si nadie se diera cuenta, como si mi naturaleza

no fuera la de ser llevado por hilos.

miércoles, enero 6

Plagio

Su desenvolverse

a partir de una idea ajena,

su destreza para repetir

un diálogo

o incluso mejorarlo

con una metáfora sorprendente,

una sintaxis alterna: juego.

Sabe quién es cuando nombra

de otro modo lo mismo,

lo tan presente

que hay que decirlo en voz alta

o muy baja.