Hace un momento, un par de horas, un poste inclinaba su
sombra hacia el café donde nos encontrábamos. Como si su intención fuera unir
los pedazos de todo aquello que tocaba por encimita. En su torso, si es posible
que tenga uno, pero démoslo por sentado, la maquinaria de un medidor cumplía su propósito: escuchar el ritmo, los acentos del paso sanguíneo de la
luz invisible. Escuchar: cómo el poste erguido transporta energía a una velocidad que
rebasa nuestros cálculos. El hecho es que alrededor de las 12 de la noche el
poste se iba extendiendo hacia las estrellas ocultas por el esmog, pero su sombra, en
un ángulo de 90 grados aproximadamente, parecía caer con toda su negación sobre
la banqueta donde mi interlocutor terminaba su cigarro, como si otro cigarro
gigante intentara apropiarse del fuego. Un titán de sombra escapado del poste
gris para emboscarnos con un tema liviano.
martes, noviembre 4
Desdoblamiento
viernes, octubre 31
El aullido y la grúa
Pensaba en la grúa inmóvil. Cada vez que me asomaba por la
ventana de mi habitación, en el recuadro delineado por el alambrado y las
bardas blanco sucio de los otros departamentos, con sus ventanas negadas a la
curiosidad, estaba ahí, extendiendo su enorme brazo de varillas metálicas de un
lado a otro de la avenida López Mateos. Entonces ignoraba que cruzaba esa
arteria con ínfulas de embotellamiento; me enteré porque regresaba en coche y
entonces reconocí esa gran estructura. Desde mi habitación no había calculado
su extensión: prácticamente los seis carriles de la avenida y quizá más. Llegué
a pensar, además, que la construcción del edificio estaba detenida, congelada
en algún punto de sus inversiones. Pero no: la grúa de pronto, una tarde,
apuntaba hacia otro lado. Como a veces sucede con el tren, que va en una
dirección o en otra. El silbato de ese monstruo de hierro suele penetrar las
ventanas cerradas, como si se auto-inmolara entre las paredes, como si se
estrellara en todas a un mismo tiempo con un aullido desesperado. Al principio este
ruido imponente causaba estragos en mi cuerpo antes de que me diera cuenta de
que se trataba de la máquina que atraviesa la ciudad a cuadra y media. Mi sobresalto
daba lugar a un sentimiento que poco a poco se instalaba en la pasividad de la
grúa, como si me extendiera su brazo solidario. Inmóvil, aparentemente.
(Cualquiera)
**
domingo, octubre 5
Conversación en la barra de un bar
Igual que tú, Tínico de Calcis,
alabado por muchos, recitado en los banquetes
y alojado en festejos de amigos poderosos
como un guerrero que en la batalla decisiva
una sola vez dio en el blanco, Er el Armenio presume
haber escrito un buen poema.
No está en sus libros
o las revistas donde ha publicado.
No en la servilleta con jeroglíficos
plisada por su cuaderno de pastas duras, ni
esbozado entre las arduas palabras de la pared
sobre la que escribe mientras deambula por el pasillo
rechinando sus débiles articulaciones
e imágenes de otra vida.
Seguramente
lo perdió con los papeles tirados
mientras aseaba la habitación.
sábado, septiembre 20
Los perros. Habitación-estudio de la casa. Atardecer.
Martha: ─Te dije que esta esquina estaba
apartada, ¡aquí solo debían estar mis letras, tarado!
Carlos: ─Y a mí qué me importa, Martha.
Lo que tú apartes me tiene sin cuidado. Ni que la pared te perteneciera. Ahora
resulta…
martes, marzo 25
Solamente
importa tomar un objeto cualquiera
una impresora un bote de agua vacío
la impresora sin cartucho imaginemos aunque lo tenga
el librero lleno de libros sin libros
la computadora con archivos descompuestos
imaginemos
un hombre sin alma desalmado un fantasma
eso es un hombre sin cartucho como un bote de agua vacío
imaginemos
un hombre en un cuarto solo un libro de letras tachadas
imaginemos una casa sin palabras sin nadie
ni reflejos en sus ventanas sus espejos deformes
una casa es un hombre
imaginemos
un hombre no es una casa
imaginemos
un hombre o una impresora sin cartucho
un bote de agua vacío una computadora trabada
imaginemos
no es que pretenda aniquilarlo
no sé por qué dirige sus pasos hacia fuera
el hombre es una casa cuando quiere
la casa vacía espera
viernes, marzo 14
Enigma
Sale a medianoche del departamento
hacia las vías del tren.
En las raíces de un árbol enorme
la banqueta es un mapa de rupturas.
Una llanta descansa de girar entre hojas secas
y trozos de bolsas de plástico.
Una ventana del edificio
proyecta su tenue luz
de televisión:
la sombra móvil de las ramas
parece la silueta
de una esfinge.
No sabe cómo responder
a su pregunta.
viernes, marzo 7
Gotas ceiba girones
no sé cómo ocurren las espinas
deletreadas en la construcción
espinas alzadas contra las nubes disipándose
espinas de ceiba hechas de tierra minerales espinan
el cielo a gajos los hombres se perfilan
como pajaritos en las varillas van a ocultarse
las varillas van a ocultarse bajo capas grises y serán ventanas
se aprecia aquello que va alzándose como si multiplicara
los sitios negros que se volverán personas que alojan
trucos de líneas que no son más que luz embarrada
en una pantalla líquida como un río de hojas que el viento
rasga como a las nubes deshilachadas por las espinas
el edificio es una tela alambres de babel en construcción
las ramas y los vacíos negros se alzan se alzan se alzan
el néctar del concreto el cielo en trozos de tela
las sombras son huecos necesitados
el concreto los hombres los filos los filos
gotean
(Sin título)
¡Qué fantasmas boquean
aturdidos, qué engorroso
no salirse de la línea
por temor a que sea visible!
domingo, febrero 9
Narcisos
Llevaba
más de dos semanas levantándome con un golpe de barra en medio de la espalda. No
precisamente una barra de hierro como las que utilizan para hacer zanjas en
jardines pedregosos o de tierra seca y dura. Sino una barra de frío húmedo. Una
barra que había socavado mi espalda al centro y el resto de mi cuerpo como si
mis nervios fueran un cúmulo de cables que alguien jalara con el puño, sin
sacarlo de ahí. Fui descubriendo poco a poco que se trataba de humedad, una
humedad que no podía señalar con el dedo por ser imprecisa, nebulosa, invisible
como el aire hasta que lo pronunciamos. Ahí estaba, causando grietas en mi
cuerpo casi quincuagenario. Apenas uso esta palabra por primera vez y sé que la
década estará impregnada de su idea. Porque ha de tratarse de una idea, al
igual que el rostro cuarteado que miro en el espejo. Adiós a ese cutis suave y
hasta femenino de la juventud. Cuando voy al gimnasio por las mañanas, los
chicos me hablan de usted, de señor, incluso de profesor. Y es que el gimnasio
está en la universidad donde doy clases y además estudio una maestría. La
entrenadora del gimnasio me mira con cierta condescendencia para explicarme una
y otra vez el uso de las máquinas para mi rutina. JALÓN CON POLEA AL FRENTE
ABIERTO AGARRE PRONO. Dos o tres chicos ─se entiende que también las chicas─ están embebidos subiendo escaleras
interminables con una lentitud que no utilizaría para las reales. De hecho, les
he visto tomar el elevador al cuarto o quinto piso en el edificio de Artes. Nos
hemos encontrado en ese espacio cerrado mirándonos furtivamente por el espejo.
O al menos yo lo he hecho: siento curiosidad por los gestos y las actitudes de
las personas que me rodean. Son muy amables conmigo y, si están conversando en
grupo, apagan su conversación una vez que se cierran las puertas y oprimen el
botón con el piso al que ascenderán; es entonces que las miradas de soslayo parpadean
como las lucecitas intermitentes de nuestros celulares con notificaciones todavía
no vistas. Esto de subir escalones en una máquina y usar otra máquina para ir
hacia los pisos superiores del edificio es una situación embarazosa. Nadie
parece darse cuenta de ello. En mi caso, he ido al gimnasio no porque desee
esculpir mi cuerpo como lo hacen algunos chicos. No disimulan ante el espejo
del baño común, sino que se solazan en posar en toalla como si fueran faunos
griegos o pinturas atléticas que lanzaran el disco. Otros al parecer intentan
imitar al conocido lugar común del David de Miguel Ángel, pero con la pantalla
del celular sostenida por uno de sus brazos hercúleos e inmóviles. Su público
dará like a sus marcadas abdominales, quién sabe si con igual o menor
admiración de la que ellos parecen mostrar frente al espejo empañado. Son
jóvenes. Cuando yo lo era, llegué a marcar los músculos ejercitándome en el tae
kwon do, el basquet, la bici y la frenética caminata diaria hacia la parada del
camión. Nunca logré volumen, la intención era otra. Abominaba la idea de
ejercitarme en un gimnasio porque me parecía que esos músculos voluminosos no
servían para nada: ni para patear al contrincante ni para atrapar un balón en
vuelo. Nunca se me ocurrió, mientras jugaba basquet, medirme los bíceps con
cinta ni mucho menos presumirle a nadie mis pantorrillas. Era flaco y correoso.
Algunos de estos chicos compiten entre sí levantando pesas enormes y en el
inter comparten fotos de sus avances en Instagram. He presenciado, en mis
clases al frente de algún grupo de programadores, cómo algunas alumnas se intercambian
con cierto regusto y gracia esas mismas imágenes que he tachado de narcisistas.
Esto me ha hecho pensar que se trata no de un narcisismo individual, no de un
Narciso que se ahogue en un estanque, sino de una red colectiva de narcisismos
ahogados unos en otros. Una flor sobre otra, un montículo de Narcisos contaminando
con su exceso al lago y asfixiándose entre sí. Seguramente este chico que se
toma la selfie medio desnudo ligará a otra chica ─o chico─ con los músculos también esculpidos
con esmero, tendrán una cita y cada uno se excitará con su propio cuerpo. En
fin, igual habrá disfrute, deseo, tacto. Juventud, rebosante. Yo ni siquiera me
atrevo a ponérmeles enfrente. Soy como uno de los intendentes que nunca he notado
sino subrepticiamente en los pasillos: me escurro por los recovecos y, como una
cucaracha prudente, me detengo cuando detecto movimientos para volver a avanzar
en cuanto el barullo se va desvaneciendo. Se supone que estoy allí en busca de
salud, combatiendo la recalcitrante diabetes. Pero en momentos, a solas,
también me descubro supervisando mi silueta en el espejo que recubre toda la
pared poniente del gimnasio, o el mismo espejo empañado que refleja a los
Narcisos. Me pregunto si ya bajé la pancita, si alguien notará los nudos de mis
piernas una vez que me decida a abandonar el pants, cuándo las líneas de mi
abdomen resaltarán de manera que desee compartir el hallazgo en Instagram, para
regocijo propio.
domingo, diciembre 15
Los perros 15 12 2024
¿De qué
color era este muro tapizado de telarañas que han perdido su minúscula sangre? ¿Qué ha sido de las ventanas biseladas con adornos florales, rotas y manchadas de gotas
de pintura roja? La casa es una heredad, un pasillo lento que se va hacia la maleza del jardín, las hormigas que fragmentan los arbustos. Podría investigar en alguna enciclopedia o en alguna aplicación cómo se
llaman, pero no vale la pena. Qué me importan los nombres de unas
plantas indiferentes. El anonimato es su esencia, al menos desde mi perspectiva anónima. Y ellas no parecen detentar una respuesta. Ni preguntas. Se
mecen, tiemblan con el viento que las acaricia pasando su mano
por encima, una mano parsimoniosa, carente de la noción del tiempo. o tan inmersa en el tiempo que solo detectamos su paso por el temblor de
las hojas ansiosas. Acabo de añadir este adjetivo por diversión. Ansiosas,
las plantas. Las plantas que ni si quiera quieren ser nombradas. Que no quieren
nada, ni agua. Ajenas a mi voluntad y a la de ellas mismas. Solo
están allí. Son, en todo caso, producto de las prosopopeyas que mi mente es capaz de elucidar como un pabilo su rayito azul entre los naranjas de la naturaleza, la naturaleza, la
misma que me ha puesto a mí frente a ellas, la misma que me ha dado la
capacidad del lenguaje que enmarca las yerbas del jardín. Pero cuál jardín, si
un jardín es algo cuidado, es precisamente la naturaleza domesticada. Y aquí
corre libre, asediando el limero que quién sabe cómo sobrevive, pues nadie tiene la paciencia de regarlo. Haré algunas anotaciones sobre estos
verdes y amarillos salvajes en mi cuaderno, y las acompañaré con estas hojitas
carcomidas por gusanos, esta flor mínima y blanca de olor a miel. Ya veremos si regreso
algún día a este espacio en la pared apretujado por otras palabras y el musgo que en esta estación también escribe sus garabatos. A las hojas
de mi cuaderno que parecen paredes llenas de polvo y telarañas y moscas y musgo y ese salitre que ya empieza a botarlo todo al diablo.
***
No puedo negar el dolor, no estoy capacitado. No crean que
me refiero a un dolor abstracto, sino a aquella vez que un caballo me pateó en
la rodilla izquierda. Íbamos corriendo los primos por la calle Pedro Valdez en Cocula,
de la casa de mi abuelita María a la sempiterna tienda de la esquina, pasando
por el billar, donde varios caballos alazanes esperaban a ser montados de nuevo.
La patada fue la de mi primo al pasar corriendo, al caballo, y a mí me tocó la
venganza. Nunca nada me ha dolido tanto en la vida. Y eso que ya tengo 21. Nada,
nada se le compara: quería arrancarme la pierna y arrojarla lo más distante
posible, donde el dolor se escuchara a lo lejos. Los otros dolores son algo
bien distinto. Por ejemplo, sé recibir golpes. Más bien, estoy acostumbrado a
ellos. Desde pequeño, sacar malas calificaciones era motivo para ver la trayectoria
hiperbólica que seguía el fajo hasta mi cara. Había estilo en eso. Pero yo resistía:
mantenía mis calificaciones igual, retando a los consabidos gritos y magulladuras
de lo que percibía entonces como mi cuerpo de metal. En eso se transformaba y
entonces ya solo era cosa de ir a recomponerlo. Los golpes sonaban en el hueco,
porque que yo sepa ningún muñeco de lata tiene un órgano que irrigue sangre,
podría oxidar el armatoste entero. Pero hablaba del dolor más grande: sí, fue
contra mi rodilla y no tuve oportunidad de convertirme en hojalata a tiempo.
***
martes, diciembre 10
Verbum interius
De lo dado
a lo que arrebatamos,
de lo articulado
a lo que el juego nos articula,
de lo saboreado
al saber que se extingue
circulando.
jueves, diciembre 5
Mamá cierra y abre cajones
Masculla sus maldiciones
en la otra habitación, ha apagado la tele
pensando que está sola
y mientras esculca los cajones
dispersa murmullos al viento en
resistencia.
Oigo cómo le vienen a la memoria
asuntos pestíferos, cómo sale de su boca
el bestiario de un libro de horror.
No estoy en condición de negarle este placer
de revivir lo olvidado
como si saqueara una tumba,
de tachar la noche con más noche.
Mi madre ahoga sus palabras
como balines en un blanco de feria,
es su momento de golpear lo que la ha
golpeado,
de estropear el día como si lo apaleara con una escoba
para respirar polvo.
Sus palabras rondan como aguijones
mientras abre y cierra las puertas del
clóset
donde le aguarda un monstruo de cien ojos
al que intenta forzar por el desagüe
del lavabo.
domingo, octubre 20
Benigno
Aquí estoy, inmerso en la línea punteada
que trazan las hormigas desde el manzano,
suben por los ladrillos huecos del muro
hasta perderse en otra casa, de la que no se oye
sino el gallinero: se huele, se adivina.
De allí vienen las hormigas y allí regresan
una a una, con sus trozos de amarillos
que no significarían nada si no fueran
una continua demolición.
Aquí, pienso: el transcurso agobiado de las tardes
no ha sido suficiente, los días
no roban algo de mí poco a poco,
no detento más derecho que este manzano
o el ciruelo de más allá, el arbusto de café.
Contemplo el pequeño huerto,
agradecido por los muchos hijos
salidos de Petra como de un hormiguero
para roer el mundo, o al menos
este caserío tenso como una pistola,
este jardín donde el canto de los gallos
está a punto de suceder,
donde mi sangre camina.
lunes, agosto 26
Streaming
Voy tejiéndome a la historia
como un insecto que inmerso en la pantalla
piensa estar al filo de una bugambilia.
martes, julio 2
La conjetura de Wile Coyote
Si el aire sostiene cuando lo ignoras
¿por qué patear la piedra
que no se ha dado cuenta?
lunes, julio 1
Gumball contra el caballero en mallas
Son tus bigotes los que
tiemblan
cuando el padre toca el claxon
y la chica que es un alce
se asoma por los hoyitos
de sus ojos como por una máscara
para recordarte
que no importa lo que piense el caballero
con mallas
al importunar el palo de escoba
ni el padre a punto de atropellarla
sino su forma de mirarte
cuando un bote de basura se estrella
una y otra vez
contra tu cara.
sábado, mayo 25
Jardín
Escucho “Tom's Diner”,
la versión de AnnenMayKantereit
y Giant Rooks
en esta oscuridad espesa
donde las gatas se pierden
para atrapar serpientes grises
con delicados hexágonos en la piel.
Juegan y las abandonan medio muertas
para que uno acabe con ellas,
son su tributo a la casa.
No parpadea la luz del celular
ni se mueve la cámara de video,
nada sorprende, a no ser
una inoportuna
Annie Lennox que canta
“Sweet Dreams”.
viernes, mayo 24
Botella de Coca-Cola
Nos acompañaste a evadir junturas en las banquetas
para no pisar el pasto, en los partidos de futbol
donde te imaginabas portería
entre automóviles de ojos amarillos,
cuando destrozábamos
tu pecho sin etiqueta
en el paredón del patio.
Un bullicio de burbujas escareaba la garganta
con destellos de helada efervescencia.
Estuviste allí, botella de vidrio con sangre negra
cuando los vecinos rompieron nuestro teatro de títeres
en el que actuabas tu papel,
cuando salíamos de la ciudad
sin pensar en el regreso.
Ahora, entre tus pequeños cambios
te anuncias sin azúcar. ¿A quién engañas?
Alguna trampa estás haciendo
como la vez en que afirmabas curarlo todo
y no fue cierto.
sábado, mayo 4
El origen del día
las nubes son mamparas.
La flor del engaño
abre un claro
con los dedos
y pasa, ilumina.
viernes, marzo 29
Notas
alguien dio por abrir un taller de carpintería
de modo que nadie duerme a pierna suelta
o sin que se le suelte una pierna.
Las líneas punteadas del escritorio
apuntan a la pintura cayéndose de la barda, sombras
a pedazos juegan con el sol a hacer figuras alargadas
de pensamientos cansados.
La bomba de agua replica
cada 30 segundos aproximadamente contra la tiranía
que ejerce en los cuerpos con su chorro
matutino, su ansia de llevarse consigo
las nubes pegadas en los poros.
Algo desde el fondo de los huesos se agita
como una lavadora paciente. Algo está más allá
de la planeación del día que hace un árbol sin pájaros.
No sé si esa boca reseca la luz natural.
Con pasos ligeros unas notas organizadas van penetrando
el escenario de las azoteas, se sientan y se sienten
como una lancha abandonada, con todo y cañas de pescar
con las que nunca nadie pescó.
Respirar es lo que acompasa
los tendederos de ropa al escurrir burbujas, aire
en ebullición.