viernes, julio 10

Los perros. 10 07 2026. Transcripción de grabadora. Microcasete Panasonic

Martha solía pasear desnuda por la casa. Su cuerpo era una cordillera, un cúmulo de curvas por donde uno quisiera esquiar como un experto. Le encantaba detenerse ante el espejo empañado porque, pues, no había quién estuviera limpiando. O quien tuviera ganas de hacerlo. Decía que se erotizaba solo de enmarcar los fragmentos de su cuerpo y luego el conjunto: se palpaba las nalgas, se oprimía los senos y, hablándole al espejo, afirmaba que el color de sus tetas era de un naranja maravilloso, como un montoncito de tierra oxidada. Su cabello pelirrojo contrastaba con su tez clara, envolviéndolo con su tono rojizo. Pero Martha nunca permitía que nos acercáramos. Las mujeres, las perras, las perritas, la contemplaban con cierto arrebato, cierta perplejidad, pero también en ocasiones la ignoraban porque decían que tenían mejores cosas en qué ocupar sus pupilas. Martha nos había comentado que había sido modelo de Benetton. Imagino que alguna vez le tomaron una fotografía para alguna revista local y ya por eso se las daba de diva: un despilfarro de poses que bien cabrían en la palabra parsimonia. Era como si nos considerara la alfombra de una pasarela: pasaba, si así le daba la gana, hasta pisándonos si estábamos leyendo o haraganeando en el piso, sin pedir disculpas. A mí me mamaba sentir su pie desnudo en la espalda, su pie desnudo y sucio. Su encanto consistía en crear un aura a su alrededor, de manera que en esos momentos no sentíamos especialmente deseo, sino una gratificación estética. Eso reflejaba, ¿no? Además de que, como dije, no permitía que nadie la tocara. Era como aquel personaje que andaba desnuda a caballo, Covinda, algo así. Siempre se me olvidan los nombres, o digo uno por otro desde el día en que me desmayé. El nombre viene en la portada de una caja de chocolates. Era como si fuéramos sus súbditos: si nos volteaba a ver, bajábamos los ojos. Ejercía en nosotros un poder inexplicable. Entonces Mario o Eloy o Mayra empezaba a aullar y luego otra y otro, y ladrábamos como jauría en celo. Pero, sin hacer nada contra la presa. Las presas éramos nosotros, sus víctimas, porque luego andábamos en la vagancia y armando en las memorias el rompecabezas, su recorrido, su manera de caminar, el contoneo de sus nalgas, de sus piernas bien contorneadas. Y ni pex, andábamos califas sin pretenderlo y necesitábamos de alguna manera sacar toda esa concentración de espeso deseo. Supongo que a Martha le fascinaba, o quizá le nuestras reacciones le eran indiferentes, porque no parecía inmutarse. Lady Godiva, Lady Godiva, por supuesto.


(Carlos)

Los perros 10 07 2026

¿Qué no puede una masturbarse sin rendir cuentas a la atención?

 

(Cualquiera)


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Necesito entrar a bañarme y, al mismo tiempo, quisiera escribir por qué me parece que Carlos se está pasando de lanza. Ese wey se la cree en serio, piensa que los demás nomás nos encontramos aquí para que haga su voluntad. No en la realidad, porque está visto que es un inútil consumado, todo el tiempo anda calladito, como una mosca muerta de las que cuelgan de este techo, mientras que en el fondo es una araña dispuesta a chuparnos a cada uno la sangre, como un vampiro furtivo, vaporoso. Su timidez nada tiene que ver con la inseguridad, yo sospecho que ese cabrón es un taimado, en espera de que cometamos el mínimo equívoco, como él mismo diría, para atraparnos en su red de palabras, en ese cuadernito verde de pastas duras que trae consigo como si fuera el llavero de esta casa, una especie de pata de conejo para la mala suerte de quienes andamos por acá. O bien, como una pata de mono a la que le pidiera los deseos más deprimentes. No lo sé, cierto que es una sospecha porque ese wey anda así nomás, con su mutismo y su rictus de yo no hice nada, no soy capaz, pero lo deletreo en esta esquinita, justo bajo la telaraña, para desmontar cualquier trama que esté tramando ese pendejo. Además, tiene el descaro de escribir lo que le pasa por la mente en cualquier rincón, como si una no fuera capaz de toparse con una nota. Son textos aislados, archipiélagos de apuntes con los que pretende siluetearnos, rodear nuestras acciones como si rellenara el resto del papel con letras, dentro de las siluetas nuestros vacíos. El otro día estaba cocinando unas albóndigas. Dios, si era la primera vez que hacía un platillo tan elaborado, con mi secreto --el de mi mamá-- protegido por la puerta cerrada. Fue cuando a este entrelucido se le ocurrió asomarse por la ventanita y fingir, en su deteriorado cerebro, que era el protagonista de El apando, como si yo, de espaldas, anduviera haciendo cosas raras en lugar de picar la verdura. De neta que me daban ganas de dejarlos a todos con sus pizzas madreadas y sus sándwiches sin crema. Quería consentir a los perritos. Qué bueno, si algo ha hecho Carlos es nombrarnos de esa manera, no porque fuera muy creativo, sino porque estaba leyendo La ciudad y los perros y de ahí sacó algunas ideas que porque, dijo, así me había conocido a mí, escribiendo cartas a nombre de otros, como El Poeta, ese sí de verdad, no un plagiador como este que alega intertextos. Y desde la ventana redonda de la puerta, que le llamaba portillo, pero por ser él se me antojaba más bien llamarlo ojo de buey, empezó a alucinar no solo que estaba preso sino que la casa entera empezaba a filtrarse de agua y que quería salvarme del naufragio. Hacía como que intentaba abrir la puerta, mientras que yo le recordaba que eso de andar relacionando ficciones era una bobada porque nada tenía que ver el agujerito del apando con una referencia al Nautilus, pero él gritaba que no anduviera con reparos, ¡reparos!, ¡siempre con vocabulario ridículamente renovado!, el caso es que este buey se pensaba a un mismo tiempo castigado detrás de la ventanita y también, en una versión personal y apócrifa, navegante de las 2,000 lenguas submarinas, aunque en su caso yo precisaría que más bien unas 200, porque se puso en paz cuando abrí la puerta, harta de tanto escándalo, y le amenacé con un cazuelaso, y por poco le pego, de no ser porque abandonó sus personajes superpuestos a la fuerza y huyó hacia la sala, no sin antes hacerme saber que había descubierto mi ingrediente secreto y que de ahora en delante sería su rehén, que habría de cocinarles al menos dos veces por semana si no quería que cualquiera tomara mi lugar en el Nautilus, sobre todo en la hora del descenso. Ese idiota bien sabe ponerme los pelos de punta, pero me contenté cuando fue el primero en alabar mi receta y en escribirlo en su cuadernillo, ya después los demás me vitorearon como una heroína. No era poca cosa comer algo que no fuera de la calle, pero estos callejeros al final hacían lo que querían. Por supuesto, seguí cocinando cuando a mí me daba la gana.


(Martha) 

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jueves, julio 9

Los perros 09 07 2026 - Carlos - proceso

He de escribir incluso el proceso. Todo tecleo, manuscrito, forma parte de la delineación de los personajes. Puede ser que esto que escribo intentando concretar, dar cuerpo a Mario, a José o a Martha, sea también un registro de lo futuro, de lo apenas adivinado. Porque entraña un salto, no sin complicaciones, hacer de la imagen que tenemos de las personas, personajes. Tanto así que los personajes terminen por tomar el lugar de las personas, quienes pasan a su vez a un segundo término, sin interés para la ficción. Cuántas exposiciones de cuadros, como me ha comentado Eloy, no son sino un concepto repetido con pequeñas variantes que en la suma pretenden cubrir gran parte del espectro. Pero esas variantes, ¿valen en verdad la pena? Habría que ver desde qué punto de vista. Quizá el artista visual se ve impelido a enfatizar su punto, su línea, su color. Enfatizar una idea. Pero también he notado, cuando asisto a alguna exposición de algún amigo o amiga, que la gente ve uno o dos cuadros y, al saber por dónde va la cosa, se dedica a las relaciones públicas. Hay quien, cierto, se dedica únicamente a relacionarse, a hacer contactos y no contacto con la obra. El concepto que rodea a una exposición también puede ser ese, hacer contactos y no contacto. La diferencia es sutil. Supongo que ocurre así debido a que el arte visual forma parte de un mercado, ya sea mínimo, o al contrario. En una ocasión, en una charla de gente que pertenecía a varias ramas de las artes, un pintor se lamentaba porque no había descubierto la fórmula que había llevado, por ejemplo, a Gabriel Orozco, al reconocimiento internacional. Quise decirle que Orozco simplemente había aplicado una fórmula personal, aquella que se autodestruye para crear una nueva, pero me callé cuando agregó: "lo demás es poesía". ¡Cómo era eso! Igualaba a la poesía el relleno, el discurso soez y burocrático que acompaña o termina por ser bla, bla, bla. Decidí, en cambio: reclamarle: Poesía es lo que te falta, el resto sí es bla, bla, bla. Me gané su desprecio, pero ataqué el punto, la línea, el color: aquello que por personal no ha de repetirse, o si lo hace es por énfasis, por estrategia del símbolo. En fin, qué te puedo decir. Un personaje es quitar del discurso el bla, bla, bla, centrarse no en los contactos sino en el contacto, ese que lo hace oír el silbato del tren desde la avenida Inglaterra hasta la habitación con libros tirados por todos lados, abiertos y otros en columnas que no parecen sostenerse más que entre sí, palabras sobre palabras, el hormigueo del tráfico a ciertas horas de López Mateos, la rechifla o la celebración de multitudes en la glorieta de la Minerva después de un memorable partido de las Chivas o del Atlas mientras alguien, como, digamos, José, hace lo posible por conciliar el sueño, se prepara infusiones de siete flores y, ante la discordia que le dispensa el insomnio, aumenta el volumen del estéreo para que la vibración de las bocinas compita con el estrépito del tren, con las porras y el desmadre armado lejos de su ventana pero con el ruido rasgándola con uñas largas, con Mettalica haciendo de contrapunto, de antagonista para neutralizar el borboteo de voces protagonistas, de voces que se unen al rechinido de las ruedas del tren sobre los durmientes para hacer del relajo multitudes, pero aquí viene el intento de insonorización, emitiendo un ruido interno que les gane a los desmanes del afuera, de lo que pretende entrar por algún resquicio de la ventana que actúa como una represa para contenerlo afuera, pero también para no dejar salir a "Master of Pupets", mucho menos los acordes de James Hetfield, quien después de fumarse tranquilamente un puro con grandes bocanadas de humo blanco, de escupir, es capaz de domar a las multitudes ansiosas, porque un ruido armónico en manos de este flautista de Hamelin mueve los hilos de los niños con su Explores 83 allá afuera y los lleva al retrete con todo y tren, master, master, master, ¿no es así, José? ¿So what?


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lunes, julio 6

Los perros 06 07 2026 Palimpsesto

Escribo lo que seguro reescribiré después: un palimpsesto. Tan literaria es esta palabra que la omitiré en lo futuro. Tan simbólica y, a la vez, tan densa y material. Imagino que además alude al cesto de basura donde acabarán la sucesión de borradores. Palimp-sesto. ¿Y qué con el palimp? Es decir, no que lo de sesto tenga el significado que le estoy dando en mi retrógrado acto asociativo, pero, incluso así, con la ignorancia ofuscando mis neuronas, ese palimp semeja una mínima vivencia sonora: ir de la pe a la pe luego de ese lim que bien podría ser un limbo, algo todavía inacabado, algo lo suficientemente inocente para no ir al infierno y lo suficientemente maculado como para no gozar del paraíso, un limbo que no importa ya si alguna autoridad ha desechado o no: es decir, ha hecho de ese concepto un palimpsesto, una reescritura, un borrón y cuenta nueva para inducirnos a los extremos: o al cielo o al infierno, o a la gracia o al desastre eternos. El palimpsesto: el limbo p'al cesto. Está allí, haciendo de las suyas con su combinatoria de fonemas. Al final queda la o: redonda, vacía, imposible como un agujerito.


(Cualquiera)


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jueves, julio 2

02 07 2026

Los perros aúllan, los perros. Mario tuerce el hocico llorón como si hiciera muecas con un alambre que dobla sin voluntad. Mario toca la guitarra a la que se le ha roto una cuerda cuando saltamos la reja y nos apostamos, regados entre las tumbas, como esas flores amarillas que crecen en los recovecos de las banquetas, de las tumbas que parecen sonreírnos a través de sus grietas. Mario parece más berrear que decantarse en una canción, parece más sumergirse en la tierra como una tumba más, un bulto que brilla de vez en vez mientras rasga con la uña de plástico las cuerdas restantes. Debajo de un ciprés carcomido, a sus pies, entre las débiles sombras chinescas que forma la proyección titubeante de los faroles, está también Eloy. Amontona tabaco en una pipa, le pone de más y los restos caen al piso de mármol donde se ha apostado y los junta y los huele aspirando profundamente, como si no quisiera abandonar ni una hebra, como si prefiriera que este olor se mezclara con el polvo de los muertos, de lo que se va pudriendo con mayor celeridad que el cemento o la cúpula dorada que brilla con intermitencias en una capilla que más parece una bomba que ha caído aquí por equivocación, arrojada desde un avión en llamas. Yo me quejo exagerando los gestos como si quisiera llamar toda la atención hacia mi herida pobre, mi herida superficial, porque no logré saltar con agilidad la reja terminada en puntas de flecha y una se me clavó en el pantalón que terminó por rasgarse cuando caí de boca contra el pavimento.


(Carlos)


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martes, junio 30

La espera

Si ese perro amarillento fuera un elemento simbólico de esta narración que empieza por nombrarlo y, por tanto, nombrarme a mí, tendría que preocuparme. Y peor, ahora que se rasca las pulgas de su pelaje amontillado (¿por qué esta palabra viene a la lengua de mi mente?), en todo caso, áspero y pegostioso. Pelos enredados unos en otros como racimos de estirpe chiclosa, de donde asoma una piel rosácea y llena de cicatrices y heridas recientes. Pero, aunque mi mente y, sobre todo, mi criterio literario, arma una estructura narrativa de esta media hora en que espero la ruta 646 (¡sí, esa monótona ida y venida por la lateral de una vía rápida, donde los semáforos son obstáculos ridículos para el que acelera con saña!) la realidad siempre es otra, una cosa como el camión que estará atestado como los pelos tiesos de este perro callejero. ¡La monotonía de esta ruta! ¡Lo absurdo de esperar un camino recto! Es aquí donde el consejo de Cavafis, o del personaje que habla a través de su escritura en el entrañable, aunque declarativo, poema "Ítaca", se impone como el oráculo: si bien lo que a mí se me impone es la fría dureza de la banca metálica en las nalgas, el perro amarillo que husmea mi mochila como si se hubiera topado con un olor particular, los esperantes que parecen ser una proyección de sus celulares. Un perro amarilloso, una avenida en negación de Ítaca, de todas las Ítacas imaginables, estos maniquíes que saltan al camión como pulgas insatisfechas que se amontonan al interior mientras el chofer acelera y la avenida nos engull...


(Cualquiera)


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martes, junio 9

Día 9

Una lluvia de nombres cae como en aquella prisión de la cama que formé dibujando líneas con las uñas.


lunes, abril 13

Los perros 13 04 2026

De fondo un niño llora y llora con toda la fuerza de su garganta, berrea el pobre como si fuera un cerdo que sospecha cuando lo bajan de una camioneta entre cuatro o cinco para su encuentro con el roce del cuchillo. Seis y tres, cinco y dos, tres y uno, los dados giran y rebotan y resuenan como botas porque la gente hace votos por ganar al menos una o dos, o dos y tres veces en la vida. La vida de un lápiz, tomando en cuenta que el lápiz únicamente vive cuando se desliza y desgasta sobre la página porosa y aceitosa de un cuaderno de pastas duras con calcomanías de ánimes en su portada y contraportada, en las solapas que aportan lo sugerido. Un cuaderno para escribir lo que venga a la mente, como ahora mismo, hace un momentito, una abeja mareada estaba vagando por las teclas de mi teclado y no me permitía escribir, pero entonces una amiga que había venido de visita y ya no recordaba yo que estaba en la cocina friendo unas verduras, la tomó con una servilleta como hace para que sus gatos no coman estos insectos con el aguijón dispuesto. Lo opuesto a quedarse quieta en la cornisa de un día impávido, en el borde de una tarde sentado en la azotea y pensando ¿cómo estarán mis gatas?, ¿por qué no arañan el crepúsculo o la silueta de los edificios que en el sopor se bambolean, en la canícula de este mes primaveral que huele a música lapidada por el karaoke de los vecinos? Comprendo: lo que aquí significa escribir es… noooooooo importa. Escribir es escribir, como una historia es una historia aunque carezca de final verificable. Escribo. Escribo. Escribo. Y algo, el lenguaje, el azar del lenguaje quizá, me escribe.


(Cualquiera)


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viernes, marzo 6

ABIERTO: 6:27 pm, hora falsa

Los rostros recortados contra la noche blanca. La servilleta mal doblada, los sobres de azúcar y edulcorantes, las voces de las mujeres que saltan por la ventana y se enredan como hilos de papalotes donde la luz agoniza, donde las menciones sirven para corregir a los muertos, como dijo Eloy, porque en el fondo la cerveza es una lupa sobre las grietas en la madera de la mesa y su resane. Lo no dicho se instala como grumos en la lengua.


(Cualquiera)


Nota al pie: verso de Oswaldo Bautista)

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miércoles, noviembre 5

Correr entre las piedras

Si yo quería nada más correr, correr
en las márgenes del río de Santa Rosa de Lima,
resbalando mis pies descalzos por la tierra húmeda,
correr para no desmoronarme
entre raíces y lianas, correr aunque me cayera
hacia la corriente fina y sibilante, no pensar
sino en seguir corriendo con el sol apretando para abrirse paso
entre dos higueras y tocarme con sus dedos amarillentos
como los de un fumador, como tú, Benigno, cuando encendías
tu mirada triste, ese hilito de humo, correr
como si deseara fundir los amaneceres en una bala, correr
para salir de la boca del lobo, correr por las arrugas
del agua como las que yo tendré cuando seas,
Benigno, mi signo entre las lajas que se llaman como a mí
me viene en gana, yo que soy Petra, pétrea columna veloz, correr
por sobre lodazales correr hacia atrás, hacia
el tiempo en que mi sangre todavía
no alcanzaba a ser hierro ardiente en el deseo y los estertores que son hijos,
en los hijos donde ya no alcanza la saliva de todo este río para nombrar,
en los hijos que me pusiste enfrente, Benigno, sin poder huir, correr
como un río de largo alcance bajo las estrellas que adivina
porque hay que correr, correr, Benigno,
pisando algo como manos que salen de la tierra
detenidas en el grito, en la advertencia.


martes, noviembre 4

Desdoblamiento

Hace un momento, un par de horas, un poste inclinaba su sombra hacia el café donde nos encontrábamos. Como si su intención fuera unir los pedazos de todo aquello que tocaba por encimita. En su torso, si es posible que tenga uno, pero démoslo por sentado, la maquinaria de un medidor cumplía su propósito: escuchar el ritmo, los acentos del paso sanguíneo de la luz invisible. Escuchar: cómo el poste erguido transporta energía a una velocidad que rebasa nuestros cálculos. El hecho es que alrededor de las 12 de la noche el poste se iba extendiendo hacia las estrellas ocultas por el esmog, pero su sombra, en un ángulo de 90 grados aproximadamente, parecía caer con toda su negación sobre la banqueta donde mi interlocutor terminaba su cigarro, como si otro cigarro gigante intentara apropiarse del fuego. Un titán de sombra escapado del poste gris para emboscarnos con un tema liviano.


viernes, octubre 31

El aullido y la grúa

Pensaba en la grúa inmóvil. Cada vez que me asomaba por la ventana de mi habitación, en el recuadro delineado por el alambrado y las bardas blanco sucio de los otros departamentos, con sus ventanas negadas a la curiosidad, estaba ahí, extendiendo su enorme brazo de varillas metálicas de un lado a otro de la avenida López Mateos. Entonces ignoraba que cruzaba esa arteria con ínfulas de embotellamiento; me enteré porque regresaba en coche y entonces reconocí esa gran estructura. Desde mi habitación no había calculado su extensión: prácticamente los seis carriles de la avenida y quizá más. Llegué a pensar, además, que la construcción del edificio estaba detenida, congelada en algún punto de sus inversiones. Pero no: la grúa de pronto, una tarde, apuntaba hacia otro lado. Como a veces sucede con el tren, que va en una dirección o en otra. El silbato de ese monstruo de hierro suele penetrar las ventanas cerradas, como si se auto-inmolara entre las paredes, como si se estrellara en todas a un mismo tiempo con un aullido desesperado. Al principio este ruido imponente causaba estragos en mi cuerpo antes de que me diera cuenta de que se trataba de la máquina que atraviesa la ciudad a cuadra y media. Mi sobresalto daba lugar a un sentimiento que poco a poco se instalaba en la pasividad de la grúa, como si me extendiera su brazo solidario. Inmóvil, aparentemente.


(Cualquiera)


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domingo, octubre 5

Conversación en la barra de un bar

Igual que tú, Tínico de Calcis,
alabado por muchos, recitado en los banquetes
y alojado en festejos de amigos poderosos
como un guerrero que en la batalla decisiva
una sola vez dio en el blanco, Er el Armenio presume
haber escrito un buen poema.
No está en sus libros
o las revistas donde ha publicado.
No en la servilleta con jeroglíficos
plisada por su cuaderno de pastas duras, ni
esbozado entre las arduas palabras de la pared
sobre la que escribe mientras deambula por el pasillo
rechinando sus débiles articulaciones
e imágenes de otra vida.
Seguramente
lo perdió con los papeles tirados
mientras aseaba la habitación.

sábado, septiembre 20

Los perros. Habitación-estudio de la casa. Atardecer.

Martha: ─Te dije que esta esquina estaba apartada, ¡aquí solo debían estar mis letras, tarado!
Carlos: ─Y a mí qué me importa, Martha. Lo que tú apartes me tiene sin cuidado. Ni que la pared te perteneciera. Ahora resulta…
Martha: ─Qué madres ni qué resulta nada…
Carlos: ─Eso, no dijiste nada…
Martha: ─Claro que sí, ¿no ves mis ademanes? Estoy siendo enfática en eso de calificarte de tarado.
Carlos: ─A tu lado.
Martha: ─¿Que qué? Ya quisieras, mequetrefe. Esta casa no será mía, pero yo he escrito la mayoría de estas historias, o al menos las he inspirado.
Carlos: ─Eso dices tú. Si las tipografías aquí son de lo más variadas.
Martha: ─Es que a mí me gusta ensayar distintos tipos de letras. Me mama escribir en estas paredes de adobe…
Carlos: ─Y en la cabecera de la cama y en los muebles y en las puertas y ventanas…
Martha: ─No hay límites a la creatividad…
Carlos: ─Ni a la mediocridad…
Martha: ─¿Ya ves que eres un tarado?
Carlos: ─Si tanto has escrito, ¿por qué te indignas si lo hago yo? Tengo derecho a transcribir tu historia, o la mía, o la de Mario, la de Eloy, la de Carlos y Laura…
Martha: ─¿Y por qué mencionas tu propio nombre? Como si fueras un personaje…
Carlos: ─Lo soy, en cierto modo, y tú también…
Martha: ─Yo no soy ni madres. Ni siquiera una narradora omnisciente…
Carlos: ─Será evanescente… porque estoy pensando en borrarlo cada vez que tu nombre aparezca…
Martha: ─¡Atrévete!
Carlos: ─Pero si nadie nos leerá. Además, la casa de adobe se cae a pedazos. Aquí y allá las frases están truncas.
Martha: ─Por eso también hay papeles. Los cuadernos están repletos, no solo de palabras. Eloy ha desperdigado sus dibujos y pinturas por todos lados, incluso sus perros. A esos que llama como nosotros. No me gustó ser una pudle, ¡vaya lugar común! Por no decir ofensivo…
Carlos: ─Bueno, ayer una pudle, hoy solo una perra.
Martha: ─¡Imbécil! Te diría perro, pero eso solo te haría sentir orgulloso.
Carlos: ─Soy un perro. Mira cómo te lamo el brazo…
Martha: ─¡Mi brazo no, estúpido!
Carlos: ─Pero si tú me lo propusiste, ¿o por qué lo estiraste hacia mí? Si soy un perro, querías que te lamiera.
Martha: ─No mames.
Carlos: ─Sí mamo.
Martha: ─No ahora.
Carlos: ─De vez en cuando.
Martha: ─Yo mamo más... Yo amo mamar. Yo mamo amar.
Carlos: ─Lo peor es que te sientes artista.
Martha: ─Solamente con hache.
Carlos: ─Otro lugar común.
Martha: ─Que a ti ni siquiera se te hubiera ocurrido…
Carlos: ─No se me ocurren bobadas.
Martha: ─¿Quieres conocer la lista? Los cuadernos están llenos…
Carlos: ─Pensé que eran tus diarios.
Martha: ─Tú siempre suponiendo tonterías. Como arúspice, abre una rata por el vientre y pregúntale al universo qué tan bajo has caído con tus deplorables textos. Eres un pésimo poeta, perro.
Carlos:
─Perra.

martes, marzo 25

Solamente

importa tomar un objeto cualquiera
una impresora un bote de agua vacío
la impresora sin cartucho imaginemos aunque lo tenga
el librero lleno de libros sin libros
la computadora con archivos descompuestos
imaginemos
un hombre sin alma desalmado un fantasma
eso es un hombre sin cartucho como un bote de agua vacío
imaginemos
un hombre en un cuarto solo un libro de letras tachadas
imaginemos una casa sin palabras sin nadie
ni reflejos en sus ventanas sus espejos deformes
una casa es un hombre
imaginemos
un hombre no es una casa
imaginemos
un hombre o una impresora sin cartucho
un bote de agua vacío una computadora trabada
imaginemos
no es que pretenda aniquilarlo
no sé por qué dirige sus pasos hacia fuera
el hombre es una casa cuando quiere
la casa vacía espera

viernes, marzo 14

Enigma

Sale a medianoche del departamento
hacia las vías del tren.
En las raíces de un árbol enorme
la banqueta es un mapa de rupturas.
Una llanta descansa de girar entre hojas secas
y trozos de bolsas de plástico.
Una ventana del edificio
proyecta su tenue luz
de televisión:
la sombra móvil de las ramas
parece la silueta
de una esfinge.
No sabe cómo responder
a su pregunta.


viernes, marzo 7

Gotas ceiba girones

Huecos negros tras el verde y el rojo escurrido
no sé cómo ocurren las espinas
deletreadas en la construcción
espinas alzadas contra las nubes disipándose
espinas de ceiba hechas de tierra minerales espinan
el cielo a gajos los hombres se perfilan
como pajaritos en las varillas van a ocultarse
las varillas van a ocultarse bajo capas grises y serán ventanas
se aprecia aquello que va alzándose como si multiplicara
los sitios negros que se volverán personas que alojan
personas en potencia sin potencia
trucos de líneas que no son más que luz embarrada
en una pantalla líquida como un río de hojas que el viento
rasga como a las nubes deshilachadas por las espinas
el edificio es una tela alambres de babel en construcción
las ramas y los vacíos negros se alzan se alzan se alzan
como sombras de colibríes pensativos picotean
el néctar del concreto el cielo en trozos de tela
las sombras son huecos necesitados
el concreto los hombres los filos los filos
gotean

(Sin título)

¡Qué fantasmas boquean
aturdidos, qué engorroso
no salirse de la línea
por temor a que sea visible!


domingo, febrero 9

Narcisos

Llevaba más de dos semanas levantándome con un golpe de barra en medio de la espalda. No precisamente una barra de hierro como las que utilizan para hacer zanjas en jardines pedregosos o de tierra seca y dura. Sino una barra de frío húmedo. Una barra que había socavado mi espalda al centro y el resto de mi cuerpo como si mis nervios fueran un cúmulo de cables que alguien jalara con el puño, sin sacarlo de ahí. Fui descubriendo poco a poco que se trataba de humedad, una humedad que no podía señalar con el dedo por ser imprecisa, nebulosa, invisible como el aire hasta que lo pronunciamos. Ahí estaba, causando grietas en mi cuerpo casi quincuagenario. Apenas uso esta palabra por primera vez y sé que la década estará impregnada de su idea. Porque ha de tratarse de una idea, al igual que el rostro cuarteado que miro en el espejo. Adiós a ese cutis suave y hasta femenino de la juventud. Cuando voy al gimnasio por las mañanas, los chicos me hablan de usted, de señor, incluso de profesor. Y es que el gimnasio está en la universidad donde doy clases y además estudio una maestría. La entrenadora del gimnasio me mira con cierta condescendencia para explicarme una y otra vez el uso de las máquinas para mi rutina. JALÓN CON POLEA AL FRENTE ABIERTO AGARRE PRONO. Dos o tres chicos ─se entiende que también las chicas─ están embebidos subiendo escaleras interminables con una lentitud que no utilizaría para las reales. De hecho, les he visto tomar el elevador al cuarto o quinto piso en el edificio de Artes. Nos hemos encontrado en ese espacio cerrado mirándonos furtivamente por el espejo. O al menos yo lo he hecho: siento curiosidad por los gestos y las actitudes de las personas que me rodean. Son muy amables conmigo y, si están conversando en grupo, apagan su conversación una vez que se cierran las puertas y oprimen el botón con el piso al que ascenderán; es entonces que las miradas de soslayo parpadean como las lucecitas intermitentes de nuestros celulares con notificaciones todavía no vistas. Esto de subir escalones en una máquina y usar otra máquina para ir hacia los pisos superiores del edificio es una situación embarazosa. Nadie parece darse cuenta de ello. En mi caso, he ido al gimnasio no porque desee esculpir mi cuerpo como lo hacen algunos chicos. No disimulan ante el espejo del baño común, sino que se solazan en posar en toalla como si fueran faunos griegos o pinturas atléticas que lanzaran el disco. Otros al parecer intentan imitar al conocido lugar común del David de Miguel Ángel, pero con la pantalla del celular sostenida por uno de sus brazos hercúleos e inmóviles. Su público dará like a sus marcadas abdominales, quién sabe si con igual o menor admiración de la que ellos parecen mostrar frente al espejo empañado. Son jóvenes. Cuando yo lo era, llegué a marcar los músculos ejercitándome en el tae kwon do, el basquet, la bici y la frenética caminata diaria hacia la parada del camión. Nunca logré volumen, la intención era otra. Abominaba la idea de ejercitarme en un gimnasio porque me parecía que esos músculos voluminosos no servían para nada: ni para patear al contrincante ni para atrapar un balón en vuelo. Nunca se me ocurrió, mientras jugaba basquet, medirme los bíceps con cinta ni mucho menos presumirle a nadie mis pantorrillas. Era flaco y correoso. Algunos de estos chicos compiten entre sí levantando pesas enormes y en el inter comparten fotos de sus avances en Instagram. He presenciado, en mis clases al frente de algún grupo de programadores, cómo algunas alumnas se intercambian con cierto regusto y gracia esas mismas imágenes que he tachado de narcisistas. Esto me ha hecho pensar que se trata no de un narcisismo individual, no de un Narciso que se ahogue en un estanque, sino de una red colectiva de narcisismos ahogados unos en otros. Una flor sobre otra, un montículo de Narcisos contaminando con su exceso al lago y asfixiándose entre sí. Seguramente este chico que se toma la selfie medio desnudo ligará a otra chica ─o chico─ con los músculos también esculpidos con esmero, tendrán una cita y cada uno se excitará con su propio cuerpo. En fin, igual habrá disfrute, deseo, tacto. Juventud, rebosante. Yo ni siquiera me atrevo a ponérmeles enfrente. Soy como uno de los intendentes que nunca he notado sino subrepticiamente en los pasillos: me escurro por los recovecos y, como una cucaracha prudente, me detengo cuando detecto movimientos para volver a avanzar en cuanto el barullo se va desvaneciendo. Se supone que estoy allí en busca de salud, combatiendo la recalcitrante diabetes. Pero en momentos, a solas, también me descubro supervisando mi silueta en el espejo que recubre toda la pared poniente del gimnasio, o el mismo espejo empañado que refleja a los Narcisos. Me pregunto si ya bajé la pancita, si alguien notará los nudos de mis piernas una vez que me decida a abandonar el pants, cuándo las líneas de mi abdomen resaltarán de manera que desee compartir el hallazgo en Instagram, para regocijo propio.

domingo, diciembre 15

Los perros 15 12 2024

¿De qué color era este muro tapizado de telarañas que han perdido su minúscula sangre? ¿Qué ha sido de las ventanas biseladas con adornos florales, rotas y manchadas de gotas de pintura roja? La casa es una heredad, un pasillo lento que se va hacia la maleza del jardín, las hormigas que fragmentan los arbustos. Podría investigar en alguna enciclopedia o en alguna aplicación cómo se llaman, pero no vale la pena. Qué me importan los nombres de unas plantas indiferentes. El anonimato es su esencia, al menos desde mi perspectiva anónima. Y ellas no parecen detentar una respuesta. Ni preguntas. Se mecen, tiemblan con el viento que las acaricia pasando su mano por encima, una mano parsimoniosa, carente de la noción del tiempo. o tan inmersa en el tiempo que solo detectamos su paso por el temblor de las hojas ansiosas. Acabo de añadir este adjetivo por diversión. Ansiosas, las plantas. Las plantas que ni si quiera quieren ser nombradas. Que no quieren nada, ni agua. Ajenas a mi voluntad y a la de ellas mismas. Solo están allí. Son, en todo caso, producto de las prosopopeyas que mi mente es capaz de elucidar como un pabilo su rayito azul entre los naranjas de la naturaleza, la naturaleza, la misma que me ha puesto a mí frente a ellas, la misma que me ha dado la capacidad del lenguaje que enmarca las yerbas del jardín. Pero cuál jardín, si un jardín es algo cuidado, es precisamente la naturaleza domesticada. Y aquí corre libre, asediando el limero que quién sabe cómo sobrevive, pues nadie tiene la paciencia de regarlo. Haré algunas anotaciones sobre estos verdes y amarillos salvajes en mi cuaderno, y las acompañaré con estas hojitas carcomidas por gusanos, esta flor mínima y blanca de olor a miel. Ya veremos si regreso algún día a este espacio en la pared apretujado por otras palabras y el musgo que en esta estación también escribe sus garabatos. A las hojas de mi cuaderno que parecen paredes llenas de polvo y telarañas y moscas y musgo y ese salitre que ya empieza a botarlo todo al diablo.

 

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No puedo negar el dolor, no estoy capacitado. No crean que me refiero a un dolor abstracto, sino a aquella vez que un caballo me pateó en la rodilla izquierda. Íbamos corriendo los primos por la calle Pedro Valdez en Cocula, de la casa de mi abuelita María a la sempiterna tienda de la esquina, pasando por el billar, donde varios caballos alazanes esperaban a ser montados de nuevo. La patada fue la de mi primo al pasar corriendo, al caballo, y a mí me tocó la venganza. Nunca nada me ha dolido tanto en la vida. Y eso que ya tengo 21. Nada, nada se le compara: quería arrancarme la pierna y arrojarla lo más distante posible, donde el dolor se escuchara a lo lejos. Los otros dolores son algo bien distinto. Por ejemplo, sé recibir golpes. Más bien, estoy acostumbrado a ellos. Desde pequeño, sacar malas calificaciones era motivo para ver la trayectoria hiperbólica que seguía el fajo hasta mi cara. Había estilo en eso. Pero yo resistía: mantenía mis calificaciones igual, retando a los consabidos gritos y magulladuras de lo que percibía entonces como mi cuerpo de metal. En eso se transformaba y entonces ya solo era cosa de ir a recomponerlo. Los golpes sonaban en el hueco, porque que yo sepa ningún muñeco de lata tiene un órgano que irrigue sangre, podría oxidar el armatoste entero. Pero hablaba del dolor más grande: sí, fue contra mi rodilla y no tuve oportunidad de convertirme en hojalata a tiempo.

 

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