jueves, julio 23
Nunca tuve el Halcón Milenario
mis preferidas eran las plumas Bic, de las que además
podía separarse una cápsula exploradora del universo.
Del foco —ese planeta luminoso— caían los personajes,
que antes eran humanos o cualquier otra cosa,
pero luego se transformaban en seres de plástico.
Miraban su antiguo hogar no sin nostalgia, y pronto
se aliaban con soldaditos, robots, tiranosaurios,
animales de la selva, Hot-Weels, los 4 Fantásticos,
los Vengadores, Chewbacca o la Liga de la Justicia
que avanzaban contra Darth Vader al escritorio de metal
resguardado por muros de dados gigantes, el Doctor Doom,
Hulk, su guardia personal, piezas rotas de otros juguetes
—la nave de Anakin Skywalker era un verde casco
de ingeniero constructor regalado por mi primo.
No recuerdo quién ganaba o si eso fuera importante,
solo que unos y otros iban a la guerra
como quien anhela recuperar lo perdido.
lunes, julio 6
A quien corresponda
viernes, julio 3
María Félix
La
llamaban Feliz.
No era su nombre de pila,
pero su natural significado, más suave
al
oído, se fue arraigando
como la gente sencilla
que mira el sol
sentada en su equipal.
jueves, julio 2
Digamos que viajo en el tiempo y logro cambiar el presente
La bienaventuranza me acompaña
como una medalla de plata a un niño.
Los amigos nunca se han ido, mi chica
me sonríe con los ojos, me toma
de la mano y siento fluir su sangre.
No importa si he viajado, si poseo una casa,
un perro o la pecera donde el Beta
se arremolina cuando entro a la habitación.
Me importa un bledo si tengo un doctorado,
un auto de última generación o me volví millonario.
Nada me hace falta, despierto
una mañana no sé si fría o infernal,
en todo caso una mañana con mañana.
lunes, junio 29
No estoy de acuerdo
jueves, junio 25
Malos cálculos
lunes, junio 15
Gusano barrenador
sin motivo aparente puede ser la evidencia
más plausible de un ataque de gusano barrenador.
Se conoce por devorar ganado, pero una especie
en particular guarda preferencia por la madera tierna.
Los aguacates son vulnerables
en el otoño y el invierno
si la tierra donde se asientan
no ha sido debidamente abonada.
Las desgracias, por regla general, ya no botánica,
sino humana, hallan su razón de ser
en los más débiles. Álamos, sauces, olmos y cítricos
son otras especies atacadas por este insecto
que suele transmitir su herencia
al depositar huevecillos en los agujeros
que escarba en la madera. De hecho, esta práctica
le ha ganado merecidamente el adjetivo.
En casa perdimos algunos mandarinos,
naranjos y uno de los dos aguacates
que nos daban sombra en el huerto.
El remedio recomendado es bañar
—una vez curadas las raíces—
con jabón potásico y extracto de aceite de neem,
así como con un fungicida llamado cola de caballo.
jueves, mayo 21
Dios
estar tan fuera de la realidad
si da inútiles esperanzas
que pisaremos con insidia.
Nos conoce milímetro a milímetro
y aun así se relame los labios
cuando distraídos
le damos la razón.
Gusta de acariciar profecías
como a gatos indiferentes,
echárnoslas en cara,
atrapar a los santos en su aureola
y desfilar su bonhomía
frente a las narices de quienes nos equivocamos
incluso al elegir un par de calcetines.
miércoles, mayo 13
Escalera
Arrastras los pies como palabras que ascienden. Arrastras los pies o nos sorprende el ruido de un silencio que no deja de pasar. Asciendes la escalera con la parsimonia del instante, soñando que el líquido mercurial del espejo te sueña. Un paso tras otro luego de cruzar el dintel, un paso detrás de otro, te asedia el recuerdo. El espejo te mira, asciendes a paso lento la escalera y miras al que se deja mirar, sucesivamente, tan solo un instante. La mujer está de espaldas. La mujer te adivina, te miró al entrar y ahora su espalda contrasta con tu mirada. La espalda de la mujer se cierra al contacto pero te habla. La mujer escucha tus pasos arrastrarse en el descansillo de la escalera. La mujer adivina que te miras en el espejo que te mira mirarte. La mujer está consciente de que el misterio se encierra en una palabra, en la bifurcación del SÍ y el NO. La mujer te da la bienvenida al cruzar el dintel de la puerta y dirigirte a la escalera. La mujer te llamó, por eso estás aquí, por eso cargas un maletín con tus instrumentos. La mujer viste de enfermera, tal vez, y se asegura de que la instrumentación esté completa en tu maletín, te lo advierte, te aconseja. La mujer te da la espalda, está absorta en el recuerdo, en deletrear los instantes que se convertirán en recuerdo. Subes pesadamente la escalera, jadeas arrastrando los pies en el rellano, la mente en blanco. La mujer echa tres monedas al aire.
lunes, abril 13
La tía de todos
domingo, abril 12
Cuatro insistentes paredes pueden volver loco a cualquiera
esta tarde lisiada, donde una idea es derrotada
cada que el segundero tiene un tic.
Con ganas de visitar la playa viscosa,
Vitrubio, de tus pensamientos,
al menos tendría sentido no desbalagar asombros,
llaves ni bocas resecas sin antes hacer gárgaras
con tus, oh, ahora comprendo: bárbaras imágenes
de insectos planetarios. No sé, no sé, no
sé nada de nada, ni siquiera sobre la nada.
Si estuviera en la playa podría nadar en la nada
sin preocuparme por los filos virulentos
que acechan tras la ventana, la puerta,
en el librero, la pantalla de plasma.
Si no hay salida, si estoy condenado
aunque ignore de qué me acusan, si la libertad
es un clown encerrado en la habitación
de los deseos a cuentagotas,
me gustaría ser extrañado por las hormigas
enfiladas al punto de fuga de la página.
Soy como el niño que insistió en llevar
su juguete a la escuela
y al voltear distraído en el recreo
ya no lo encontró.
viernes, abril 10
En el principio era el caos
domingo, abril 5
Apuntes
Diario 05 04 20
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martes, marzo 31
Rituales
Letras y objeto
M 31 03 20
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lunes, marzo 30
Estética del proceso
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Eduardo Milán usa en sus artículos-ensayos metáforas a doc con el romanticismo: el desierto, la herida. Pero son desiertos y heridas sin sujeto lírico. Supongo que eso debería bastar para comprender su modernidad.
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M 30 03 20
domingo, marzo 29
Estática, obsesiones y traición
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No sé por qué imagino que desde este espacio reducido puedo alzar la vista hacia el mundo. Lo hago a través de las noticias en El País, que en estos momentos hablan irreductiblemente sobre lo mismo: coronavirus. O bien, escuchando las charlas familiares, atestadas de noticias aprehendidas de grupos de WhatsApp o correos de dudosa fuente informativa. Me pregunto si escriben desde casa los periodistas, los hackers o los improvisados. Con todo, no creo posible dar con el hilo de estas páginas si permanezco en mi cuarto. No del todo encerrado: de aquí paso al patio donde cuelgan malvas de la pared o brotan de macetas en los brazos del farol blanco. Al estudio, a la azotea o a la sala o la cocina. Mi pequeño ecosistema. En realidad, si investigo en mi subconsciente, creo que sí es posible escribir el mundo desde este rincón de la cama, por más mullido o tedioso. Eso es lo que espanta.
*
Sin amistad no hay traición me respondió mi segundo en la revista cuando descubrí su confabulación para tomar mi lugar. La traición, en todo caso, devela la apariencia de amistad. Habiendo traición, nunca hubo amistad o en algún momento dejó de haberla. Hay traición porque se conservaba la apariencia de amistad, porque el rostro visible era amable y peligroso. Pero la traición no solo se comete contra la amistad, sino contra el ideal, la benevolencia o la confianza depositadas en el traidor. Macbeth no era amigo del rey sino su súbdito. El rey le tenía por un héroe, lo ensalzó de entre los otros. Amigos no eran, porque ni siquiera conocían los designios internos de cada uno, no se reconocían el uno en el otro ni se relacionaban en términos de igualdad. Sin embargo, hubo traición. Y la traición trae consigo —a menos de que lo pérfido sea el signo o la marea de los tiempos—, a la vuelta de la autosatisfacción, el enredo con las propias mentiras, hipocresías y codicias. La traición es traicionera.
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Me he obsesionado tanto por cosas mínimas. En su momento, la revista de arquitectura era mi ser mismo, mi desear y mi estar en el mundo o no estar en él ni en mí. Como antes lo fueron otros proyectos, emociones, depresiones o ideas. En el ocio mis obsesiones se concentran: una serie de ciencia ficción en Netflix, la visión hindú de la existencia, el sofoco de recluirse en pleno brote de la pandemia. Me obsesionan las naderías, me enfoco en gestos, palabras que escucho al pasar por el pasillo, palabras sueltas que de pronto aparecen y consulto en Google. Ciertos autores, ciertas indagaciones de poetas en los meandros del lenguaje. El ruido serruchante en mis oídos ya no es tema, ni obsesión: quizá sea aquello que me empuja a desviar mi atención a otras sonoridades menos agudas, menos cuchicheantes o angustiantes. Leer, buscar, pasear por entre recuerdos o avistar un pensamiento distraído. Estar aquí, pero fuera de aquí.
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Alguien como Celan fue universal porque en lo posible desgranó sus percepciones de metáforas o imágenes que impidieran la abstracción de la idea pura. El chasquido de dedos filosófico, el sonido del pensamiento al voltear sobre sus pasos. No cabe duda de que no busco la universalidad.
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Conforme el tiempo transcurre y mis deseos, ilusiones y proyecciones del futuro se han malogrado mi fe se ha ido deshilachando, se ha roto y la he cosido de nuevo en repetidas ocasiones. El tema de la fe es para mí el de la esperanza y la verdad a regañadientes ha acabado otras veces con esa esperanza. Soy un hombre culpable porque rasgó su destino y lo que ha venido después ha sido consuelo, intermitencias de un futuro que si bien no se vislumbraba estaba pleno de esperanza. Fe y esperanza han caído en desuso, acribilladas por el transcurso del tiempo. Y hablo de mí. Tal vez no debiera. ¿Qué gran escritor moderno pone al sujeto en primer término? No uno interesado en el trabajo artístico del lenguaje, del poema como objeto. ¿Entonces aquí la palabra sucede como residuo de mi experiencia? No lo sé. Sin duda quisiera que estas palabras evocaran la fe y la esperanza derrotadas. Escribo porque las he extraviado luego de presenciar las golpizas que han recibido, presenciado y actuado esos golpes. Es cierto, escribo investigando mis pensamientos. Estas palabras suceden como sucedáneos de la palabra reivindicada en su ser materia, en su estar separadas de la realidad. Y ni siquiera lo escrito es realidad. ¿Pero qué es la realidad? ¿No forma parte del signo en su propiedad referencial? ¿Qué son las emociones que nombro sino solo palabras, nombres? ¿Quién soy yo sino un improvisado sujeto lírico, el enunciado de este entramado de confesiones que convendría omitir si deseara ser un escritor moderno? Y entonces, ¿por qué las palabras?
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Escribo con la certidumbre de que regresaré después a editar la forma, a borronear las palabras o las emociones confesadas con el bisturí de lo objetivo dentro de lo posible, e incluso del ritmo o la aversión al mucho hablar. Escribo a sabiendas de que haré un montaje posterior que reúna estos fragmentos para evitar cualquier interpretación de sentido lineal. Las costuras están aquí, de cualquier modo. No me preocupa que se vean, solo mostrar el trabajo de un lenguaje y no el de una emoción. Tal vez debiera conservarlo todo. Sería sincero. Tal vez la sinceridad sea otra emoción a omitir a menos de que resulte verídica. Estos trozos de texto, de texturas, formarán parte de un conjunto orgánico hecho de retazos. Su sinceridad es solo otro recurso retórico opcional.
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Para no ahondar o escarbar en el mismo sitio con las palas o palabras en la conciencia, busca uno tesoros enterrados en distintas locaciones de la memoria o los pensamientos que van pasando. La dificultad de buscar tesoros estriba en que no se cuenta con mapa que indique el menor vestigio. En una ocasión un tío encontró en casa de mis padres en Cocula una moneda antigua, rectangular, de 1810. Quién sabe qué habrá sido de ella, se la llevó consigo a Los Ángeles —y literalmente, porque murió hace un par de años. La halló utilizando un aparato detector de metales. Si uno pudiera usar un detector de líneas temáticas en su propio cerebro. Como no ocurre de esta manera, la conciencia fluye, escarba aquí y allá, sigue rumores, se enfrenta con sus propios fantasmas. Es lo que decían en casa de mis padres: que fantasmas resguardaban el tesoro enterrado. Quizá sea uno fantasma de sí mismo.
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Algunos críticos, poetas lingüistas que me agradan sobremanera —como me ocurre con un buen tratado de lingüística— recurren a la supresión del sujeto en la escritura, así como de la intención referencial, a la que le ponen trampas en sus propios poemas. Son poemas-objeto interesantes, que sin duda despiertan emociones. La vivencia se encuentra en ellos desplazada, ya que en realidad no suprimida. Se adivina el velo, en la estela que deja el poema al pensar. Solo que también encuentro varios monstruos del poema que deben su energía, su carga lingüística a causas telúricas, inmersiones en la vivencia de sus pueblos, sus comunidades, la lengua en acto. Gonzalo Rojas es uno de ellos. El impulso de su palabra es anterior a ella, palabra que regresa a su origen social, humano, sonoro. Es que no comprendo por qué separar en laboratorio la electricidad vital. No creo que ocurra del todo tampoco en estos poemas al borde del lenguaje. Sin embargo, es un gusto ir de aquí allá. Con todo y que algunos quieran que tomemos una postura en pro o en contra de cualquier cosa, que combatamos un perenne enemigo invisible. Mi enemigo soy yo. De ahí en más, cualquier postura o vislumbre de idea es para mí objeto de exploración. Soy muchos y esos muchos no residen en mí, me son, me hacen, me trazan insatisfecho.
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Hojas secas entre las grietas de la banqueta. Hierbas apresurándose a salir de la descompostura. Bien, ese es un invento mío. ¿Pero qué pensamiento no lo sería? Continuemos. Hierbas como dedos, delgados brazos queriendo alcanzar el aire de la superficie, saliendo dela tierra oculta por cemento, respirando por esas rejillas abiertas hacia el origen de todo: la tierra. Hojas secas bajo árboles de clasificación indeterminada. Algunos pinos, rictus, un guayabo. La ciudad de cemento tiende a doblegarse ante la naturaleza que pretende dominar. Es el tiempo, su continuo paso. Una vez iba caminando por la colonia Americana cuando llamaron mi atención los chillidos de unas ratas recién nacidas, acurrucadas entre la banqueta rota y las raíces de un árbol que pretendía —pienso— protegerlas. No pude evitar sentir ternura. Tan lejos de l horror de encontrarse con uno de estos roedores recorriéndote la pierna de noche. Sí, eso ha sucedido. Continué caminando, en el entendido de que los animalitos serían asesinados por la mano de algún vecino o las autoridades sanitarias. La ciudad es monótona pero a veces presenta sorpresas sutiles. Y ello resulta a veces de la aparición insospechada de la naturaleza latente, oculta. La ciudad es como un gran jardín de piedra, una capa de asfalto que nos protege del estado salvaje del que somos parte. Hasta que el instinto diario nos impele a ser fieles a nuestro origen. El asfalto es una interfaz que impide ver cuan inmersos estamos en la negación de lo que somos, en la animalidad que se vuelve contra nosotros a la menor oportunidad. Solo que cada vez perecen más árboles. Y brotan nuevos edificios. Tendemos a la verticalidad y también a destruirnos. A esto le llamamos modernidad, posmodernidad. Hojas secas, grietas, raíces al paso.
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M 29 03 20
jueves, marzo 26
Pistas imaginarias
miércoles, marzo 25
Lenguaje y realidad
M 25 03 20
domingo, marzo 22
Materia verbal
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Desde dónde habla el poema, desde quién o desde quién no. En el borde de la lengua, es imposible no encontrar una manera de decirlo, de desdecirse de ser necesario. Todas las facultades de un foco ahorrador de 60 kilowatts no logran hacerte desaparecer en los puntos negros, digitales, huecos como el espacio entre los planetas, el de la página electrónica qué hila la textura de una luz con otra. “No sabía de qué le estaba hablando”. Off.
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La poesía requiere trabajo.
Echamos a andar la materia verbal, ya tan vapuleada por el uso de los siglos, los milenios, confiados en que aparecerá renovada en cada ocasión. Y allí está, cubierta de óxido, del óxido mismo que se convierte en la razón de ser de la poesía moderna. La historia de la poesía exige una muestra palpable del paso del tiempo, de la existencia del tiempo. El interés de la obra se traslada hacia los puntos, las zonas que resistiendo, han cedido al desarrollo de los fenómenos que les inciden, de los que son parte e impulso en ocasiones. ¿Qué exige la poesía moderna hoy en día? ¿Qué requiere un poema para ser moderno, para ser leído en la clave del presente?
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M 22 03 20