Para Amaranta
Hay en una ciudad entre las montañas
un Cristo con las costillas rotas:
pertenecieron a alguien que bebió
y partió el pan como cualquiera.
La madera del Cristo es preciosa
en el mismo grado que su dolor:
su torso enjuto, la boca torcida
por los pecados que hemos coleccionado
quienes no atendemos aquello de la culpa.
Un Cristo astillado besa el suelo
con sus huesos: los moretes de su rostro,
desencajan el viento claro de un templo
bajo la custodia de San Martín de Porres
y San Francisco de Asís, que amaban
y eran amados por animales.
Un atribulado Cristo mal comprendido.
Un sucio Cristo azorado de su divinidad.