lunes, abril 13

La tía de todos

Anita cantaba el Ángelus
en el patio al mediodía.
No sé por qué ni cómo
escatimaba la gente
su contagioso asombro
de comprender el mundo.
Calladita se sentaba,
su sonrisa pegajosa
bastaba para decirlo todo.
Con mi abuelita María
iba a cualquier parte: a misa
del brazo por Ramón Corona
enrebozadas y apuradas,
a la plaza, a los elotes,
al molino para el nixtamal,
a visitar a los parientes
de Santa Rosa, de Camajapa,
con la Virgen de Talpa.
Anita cuidó a cada uno
de sus sobrinos y a los hijos
de sus sobrinos.
Les cantaba el Ángelus
a los que ya no estaban,
a ellos sí que les platicaba
quién sabe qué de cosas,
no le paraba la boca.
Se fue silenciosamente,
tanto que tal vez no hubo funeral,
tanto que no recuerdo
que haya muerto.

domingo, abril 12

Cuatro insistentes paredes pueden volver loco a cualquiera

La lámpara cercena con la luz de sus tentáculos
esta tarde lisiada, donde una idea es derrotada
cada que el segundero tiene un tic.
Con ganas de visitar la playa viscosa,
Vitrubio, de tus pensamientos,
al menos tendría sentido no desbalagar asombros,
llaves ni bocas resecas sin antes hacer gárgaras
con tus, oh, ahora comprendo: bárbaras imágenes
de insectos planetarios. No sé, no sé, no
sé nada de nada, ni siquiera sobre la nada.
Si estuviera en la playa podría nadar en la nada
sin preocuparme por los filos virulentos
que acechan tras la ventana, la puerta,
en el librero, la pantalla de plasma.
Si no hay salida, si estoy condenado
aunque ignore de qué me acusan, si la libertad
es un clown encerrado en la habitación
de los deseos a cuentagotas,
me gustaría ser extrañado por las hormigas
enfiladas al punto de fuga de la página.
Soy como el niño que insistió en llevar
su juguete a la escuela
y al voltear distraído en el recreo
ya no lo encontró.

viernes, abril 10

En el principio era el caos

Watson enumera punto por punto
las deducciones del detective.
Intenta tomarle por sorpresa,
verlo sucumbir a la contradicción
adivinando
la longitud de la zancada del asesino,
el color de sus ojos verdes,
la multitud de pistas invisibles
a los neófitos del oficio.
No es cosa de fe, es verdad.
En algún momento ha de caer,
con todo y su sonrisa petulante.
Sherlock –como se hace llamar este
reloj de precisión milimétrica–, al parecer ajeno
a la disquisición del veterano,
solo atina a fijar la mirada en el techo,
a dibujar en su libreta el rostro impávido
de su futuro
aprendiz de mago.

domingo, abril 5

Apuntes

Justo en el momento en que me pongo a escribir el día oigo el agudo zumbido. Como si mi cerebro se volviera contra mí, como si construyera una barricada en la página para no deslizarme por sus blancos. Es un reto. Igual avanzo, dejo de lado el ruido y su insistencia, insistiendo en el otro ruido que viene a cuento: el teclado del iPad. Un día de pequeñas, sutiles revelaciones. La charla con mis padres, que siempre parecen querer irse a otra parte. La lectura de Macbeth, que me recordó la traición hecha por mis subalternos de la revista, en sus distintos grados, a través de la lente de la tragedia y del caleidoscopio de mis propias traiciones. En la imagen de Macbeth veo, casi toco a las personas que me sonreían día tras día, incluso lady Macbeth aparece de pronto en escena con gesto agrio de estadística. Y siempre, al final, me descubre a mí mismo traicionando mis propios ideales. No puedo ser más severo con los otros de lo que he sido conmigo mismo. Comprendo —voy comprendiendo gracias al personaje shakespeareano— la traición y adivino en el acto, en el crimen, el soplo claro de las Hécates profetizando con su sonrisa a medias que estas personas-personajes tropezarán fatalmente con sus propias palabras. “¡Un rostro falso debe ocultar lo que sabe un falso corazón!”, exclama el asesino del rey Duncan. Total, un día desenmascarado, leyendo, copiando con letra manuscrita algunos sonetos de Garcilaso. Gracias a las anotaciones del traductor, copiosas en verdad, y a mi Cancionero de Petrarca en dos tomos, me decepciono de tanto en tanto al constatar que algunos versos del español son excelentes traducciones del cantor de Laura. Sin embargo, la síntesis y la musicalidad del ibérico son a su vez superiores a los versos de su amigo Boscán —superior a, por ejemplo, Juan de Mena. Mientras Garcilaso tiende a omitir vocales y palabras para adecuarse felizmente —en ocasiones se excede— al endecasílabo, Boscán parece agregarlas para ensanchar la nota. Es solo una elucubración, un presentimiento, una lectura en la superficie. Luego, algo sobre Lorenzo García Vega, escrito por Liliana García Carril. Ya me llamó la atención este viejito. Por ahora comienzo Vilis, al parecer el nombre de una ciudad imaginaria. Ese, más o menos, el día que no acaba. Un segmento del día, o varios, cortados con la criba de lo vivido recientemente. Buscaré otra serie en Netflix para ver en estos alargados días de covit-19.

Diario 05 04 20

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martes, marzo 31

Rituales

Lavarse los dientes es más que un rito de limpieza. De hecho, en la palabra “ritual” reside el mayor interés. Para mí, en estos días de coronavirus en que convivo con mis sobrinas, es un convocar al mediodía a hacernos cargo de los huesos visibles del esqueleto. Remite a la estructura que nos mantiene en pie, erguidos, en posición de combate o reflexiva. Luego, cada quien su pasta. Prefiero flúor, mientras que ellas se decantan en los brillitos de su pasta blanca y violeta. Cuando sonríen, comprendo que mostrar la parte externa de sus huesos, huesos esmaltados, pulidos, relucientes es sonreírle al mundo, al ser: lo interno que se vuelca alegremente en los ojos de los otros, en sus retinas y cerebros. Los huesos arrojan una imagen de sí en las mentes ajenas, en la electricidad neuronal del otro. Esto somos: huesos, neuronas, sangre, nervios, pelos, uñas, ligamentos. De alguna manera, unidos entre sí y recubiertos de piel son agradables. Hay quien tiene gusto por el hígado, el riñón, los ovarios o testículos, por su funcionamiento milagroso o entreverado científico. Por los órganos mismos o su lugar en el esquema corporal. Esto somos, diablos. Y el ritual nos lleva a comprenderlo.

M 31 03 20

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Letras y objeto

La costumbre de escribir, de pegar una letra con otra. Atestiguar cómo mi sobrina hace una amalgama de líneas temblorosas y desniveladas para terminar concibiendo una palabra: “Encantada”, con todo ese significado fílmico que engancha su referencialidad. Letras que piensan a quien las enuncia, que la evocan como si piratas lanzaran cuerdas y ganchos de un galeón a otro para batirse cuerpo a cuerpo y apropiarse del tesoro ajeno. Letras que son palabras, sonidos mentales, imagen del objeto nombrado, la historia oculta en el objeto a plena vista.

M 31 03 20

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lunes, marzo 30

Estética del proceso

La ventaja o la razón de escribir en un cuarto acalorado, pasada la medianoche, con insomnio y poca esperanza en el futuro, es que yo no soy yo, o al menos no tengo la obligación de serlo. Quizá yo sea mejor que mi personaje, después de todo carece de nombre y se esconde entre líneas. O quizá ni siquiera sea mi personaje, puesto que no me pertenece. No me debe nada, y si lo hiciera, no sería nada bueno. Es lo irónico de la escritura, es un acto que se remonta milenios atrás y eso significa que, como cualquiera, no ha existido desde siempre. La eternidad es una ilusión acuchillada por el tiempo. Si este personaje puede ser otro, ¿por qué no arriesgarse? Después de todo en realidad me encuentro en el Primer Piso, a media luz, escuchando jazz en la barra. O miro por la ventanilla de un avión la ciudad encenderse de puntos amarillos y rojos mientras me alejo entre nubes densas y sin emociones. La única realidad serían las líneas de mis manos, darme cuenta de cómo se formaron a través de los años al tomar objetos entre los dedos, al estar en uso como herramientas del cerebro. La vida es misteriosa porque transcurre sin apenas darnos cuenta ni estar conscientes de la demoledora presencia de la alegría, del dolor o la angustia. La angustia que es un no integrarse a la sucesiva trayectoria del presente, del ser que somos en todos los tiempos posibles a un tiempo. Por debajo de mí, apostado en la azotea de mi casa, pasan autos, niños, hormigas, hojas secas, balones de futbol, carritos y canicas. Oigo mi respiración y me levanto los lentes con la mano izquierda para distraer la inmensa cobardía que me invade como un virus para no salir de este congelamiento. No estoy aquí, ni aquí, ni aquí tampoco, sino que mis arterias, mis células ocupan un lugar en el tiempo que quisiera abolir el espacio, detonarlo. No estoy en ninguna parte.

*
Pongamos que hago caso a la estética del proceso. No descartar nada previo a lo que hace al poema. Aunque ni siquiera estoy seguro de que ese poema sobrevivirá en una publicación o en un libro. Gorostiza ordenó quemar los restos que no alcanzaron a formular el poema. Dejó, eso sí, apuntes de un poema inacabado. Ya me dieron ganas de re visitarlo. Si mostramos la hechura del poema, sus bordes limados, su textura sin pulir, no comunicamos el poema, el poema no se comunica, sino el procedimiento. El largo trabajo del poema queda como al principio. Qué caso entonces.

*

Eduardo Milán usa en sus artículos-ensayos metáforas a doc con el romanticismo: el desierto, la herida. Pero son desiertos y heridas sin sujeto lírico. Supongo que eso debería bastar para comprender su modernidad.

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M 30 03 20

domingo, marzo 29

Estática, obsesiones y traición

Recostado sobre la cama al mediodía, recorriendo la pantalla del iPad con dedos indiferentes, sé que hace mucho se resolvieron cualesquiera que hayan sido los nudos en mi memoria. No tengo nada que lamentar hoy, solo no lamentar. No vivo sino virtualmente. Miro el cesto de la ropa sucia, erguido sobre el piso de mármol, como un objeto que me recuerda a mí mismo. Sin mucha ropa por lavar, junto a los libros de ediciones sudamericanas. El café que reposa sobre la mesita, los calcetines desgastados y echados a la basura con cierta nostalgia del que no quiere deshacerse de aquello que fue cotidiano y feliz, alguna vez textura sutil al caminar. Cómo debe estar este pequeño mundo que he destruido si lo único que percibo son objetos estáticos que de alguna manera responden a mis pensamientos, se corresponden. El reflejo de la televisión apagada, yo mismo mirándome escribir en ella sabiendo que encender su foquito verde solo aplazaría mi estática. Fuera de que la pandemia del coronavirus lo haya inmovilizado todo, las calles, los deseos, la progresiva carrera del dinero, me doy cuenta de que para mí el estado de cosas sigue igual desde meses atrás, tan solo pareciera haberse expandido a la ciudad, al mundo. Pero solo parece, ese es el estado de lirismo incontrolable en que me encuentro: hasta pienso con sofoco o fastidio que las noticias hablan de mí. Si yo es otro, otro es yo. No me resigno a asesinar al sujeto que soy. Ni a despotricar contra los referentes. Ni a separar al lenguaje de esta realidad lenta y perniciosa, en la que el ruido de la lavadora es el instante de irrupción, la mágica disrupción de la tranquilidad.

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No sé por qué imagino que desde este espacio reducido puedo alzar la vista hacia el mundo. Lo hago a través de las noticias en El País, que en estos momentos hablan irreductiblemente sobre lo mismo: coronavirus. O bien, escuchando las charlas familiares, atestadas de noticias aprehendidas de grupos de WhatsApp o correos de dudosa fuente informativa. Me pregunto si escriben desde casa los periodistas, los hackers o los improvisados. Con todo, no creo posible dar con el hilo de estas páginas si permanezco en mi cuarto. No del todo encerrado: de aquí paso al patio donde cuelgan malvas de la pared o brotan de macetas en los brazos del farol blanco. Al estudio, a la azotea o a la sala o la cocina. Mi pequeño ecosistema. En realidad, si investigo en mi subconsciente, creo que sí es posible escribir el mundo desde este rincón de la cama, por más mullido o tedioso. Eso es lo que espanta.

*

Sin amistad no hay traición me respondió mi segundo en la revista cuando descubrí su confabulación para tomar mi lugar. La traición, en todo caso, devela la apariencia de amistad. Habiendo traición, nunca hubo amistad o en algún momento dejó de haberla. Hay traición porque se conservaba la apariencia de amistad, porque el rostro visible era amable y peligroso. Pero la traición no solo se comete contra la amistad, sino contra el ideal, la benevolencia o la confianza depositadas en el traidor. Macbeth no era amigo del rey sino su súbdito. El rey le tenía por un héroe, lo ensalzó de entre los otros. Amigos no eran, porque ni siquiera conocían los designios internos de cada uno, no se reconocían el uno en el otro ni se relacionaban en términos de igualdad. Sin embargo, hubo traición. Y la traición trae consigo —a menos de que lo pérfido sea el signo o la marea de los tiempos—, a la vuelta de la autosatisfacción, el enredo con las propias mentiras, hipocresías y codicias. La traición es traicionera.

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Me he obsesionado tanto por cosas mínimas. En su momento, la revista de arquitectura era mi ser mismo, mi desear y mi estar en el mundo o no estar en él ni en mí. Como antes lo fueron otros proyectos, emociones, depresiones o ideas. En el ocio mis obsesiones se concentran: una serie de ciencia ficción en Netflix, la visión hindú de la existencia, el sofoco de recluirse en pleno brote de la pandemia. Me obsesionan las naderías, me enfoco en gestos, palabras que escucho al pasar por el pasillo, palabras sueltas que de pronto aparecen y consulto en Google. Ciertos autores, ciertas indagaciones de poetas en los meandros del lenguaje. El ruido serruchante en mis oídos ya no es tema, ni obsesión: quizá sea aquello que me empuja a desviar mi atención a otras sonoridades menos agudas, menos cuchicheantes o angustiantes. Leer, buscar, pasear por entre recuerdos o avistar un pensamiento distraído. Estar aquí, pero fuera de aquí.

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Alguien como Celan fue universal porque en lo posible desgranó sus percepciones de metáforas o imágenes que impidieran la abstracción de la idea pura. El chasquido de dedos filosófico, el sonido del pensamiento al voltear sobre sus pasos. No cabe duda de que no busco la universalidad.

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Conforme el tiempo transcurre y mis deseos, ilusiones y proyecciones del futuro se han malogrado mi fe se ha ido deshilachando, se ha roto y la he cosido de nuevo en repetidas ocasiones. El tema de la fe es para mí el de la esperanza y la verdad a regañadientes ha acabado otras veces con esa esperanza. Soy un hombre culpable porque rasgó su destino y lo que ha venido después ha sido consuelo, intermitencias de un futuro que si bien no se vislumbraba estaba pleno de esperanza. Fe y esperanza han caído en desuso, acribilladas por el transcurso del tiempo. Y hablo de mí. Tal vez no debiera. ¿Qué gran escritor moderno pone al sujeto en primer término? No uno interesado en el trabajo artístico del lenguaje, del poema como objeto. ¿Entonces aquí la palabra sucede como residuo de mi experiencia? No lo sé. Sin duda quisiera que estas palabras evocaran la fe y la esperanza derrotadas. Escribo porque las he extraviado luego de presenciar las golpizas que han recibido, presenciado y actuado esos golpes. Es cierto, escribo investigando mis pensamientos. Estas palabras suceden como sucedáneos de la palabra reivindicada en su ser materia, en su estar separadas de la realidad. Y ni siquiera lo escrito es realidad. ¿Pero qué es la realidad? ¿No forma parte del signo en su propiedad referencial? ¿Qué son las emociones que nombro sino solo palabras, nombres? ¿Quién soy yo sino un improvisado sujeto lírico, el enunciado de este entramado de confesiones que convendría omitir si deseara ser un escritor moderno? Y entonces, ¿por qué las palabras?

*

Escribo con la certidumbre de que regresaré después a editar la forma, a borronear las palabras o las emociones confesadas con el bisturí de lo objetivo dentro de lo posible, e incluso del ritmo o la aversión al mucho hablar. Escribo a sabiendas de que haré un montaje posterior que reúna estos fragmentos para evitar cualquier interpretación de sentido lineal. Las costuras están aquí, de cualquier modo. No me preocupa que se vean, solo mostrar el trabajo de un lenguaje y no el de una emoción. Tal vez debiera conservarlo todo. Sería sincero. Tal vez la sinceridad sea otra emoción a omitir a menos de que resulte verídica. Estos trozos de texto, de texturas, formarán parte de un conjunto orgánico hecho de retazos. Su sinceridad es solo otro recurso retórico opcional.
*

Para no ahondar o escarbar en el mismo sitio con las palas o palabras en la conciencia, busca uno tesoros enterrados en distintas locaciones de la memoria o los pensamientos que van pasando. La dificultad de buscar tesoros estriba en que no se cuenta con mapa que indique el menor vestigio. En una ocasión un tío encontró en casa de mis padres en Cocula una moneda antigua, rectangular, de 1810. Quién sabe qué habrá sido de ella, se la llevó consigo a Los Ángeles —y literalmente, porque murió hace un par de años. La halló utilizando un aparato detector de metales. Si uno pudiera usar un detector de líneas temáticas en su propio cerebro. Como no ocurre de esta manera, la conciencia fluye, escarba aquí y allá, sigue rumores, se enfrenta con sus propios fantasmas. Es lo que decían en casa de mis padres: que fantasmas resguardaban el tesoro enterrado. Quizá sea uno fantasma de sí mismo.

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Algunos críticos, poetas lingüistas que me agradan sobremanera —como me ocurre con un buen tratado de lingüística— recurren a la supresión del sujeto en la escritura, así como de la intención referencial, a la que le ponen trampas en sus propios poemas. Son poemas-objeto interesantes, que sin duda despiertan emociones. La vivencia se encuentra en ellos desplazada, ya que en realidad no suprimida. Se adivina el velo, en la estela que deja el poema al pensar. Solo que también encuentro varios monstruos del poema que deben su energía, su carga lingüística a causas telúricas, inmersiones en la vivencia de sus pueblos, sus comunidades, la lengua en acto. Gonzalo Rojas es uno de ellos. El impulso de su palabra es anterior a ella, palabra que regresa a su origen social, humano, sonoro. Es que no comprendo por qué separar en laboratorio la electricidad vital. No creo que ocurra del todo tampoco en estos poemas al borde del lenguaje. Sin embargo, es un gusto ir de aquí allá. Con todo y que algunos quieran que tomemos una postura en pro o en contra de cualquier cosa, que combatamos un perenne enemigo invisible. Mi enemigo soy yo. De ahí en más, cualquier postura o vislumbre de idea es para mí objeto de exploración. Soy muchos y esos muchos no residen en mí, me son, me hacen, me trazan insatisfecho.

*


Hojas secas entre las grietas de la banqueta. Hierbas apresurándose a salir de la descompostura. Bien, ese es un invento mío. ¿Pero qué pensamiento no lo sería? Continuemos. Hierbas como dedos, delgados brazos queriendo alcanzar el aire de la superficie, saliendo dela tierra oculta por cemento, respirando por esas rejillas abiertas hacia el origen de todo: la tierra. Hojas secas bajo árboles de clasificación indeterminada. Algunos pinos, rictus, un guayabo. La ciudad de cemento tiende a doblegarse ante la naturaleza que pretende dominar. Es el tiempo, su continuo paso. Una vez iba caminando por la colonia Americana cuando llamaron mi atención los chillidos de unas ratas recién nacidas, acurrucadas entre la banqueta rota y las raíces de un árbol que pretendía —pienso— protegerlas. No pude evitar sentir ternura. Tan lejos de l horror de encontrarse con uno de estos roedores recorriéndote la pierna de noche. Sí, eso ha sucedido. Continué caminando, en el entendido de que los animalitos serían asesinados por la mano de algún vecino o las autoridades sanitarias. La ciudad es monótona pero a veces presenta sorpresas sutiles. Y ello resulta a veces de la aparición insospechada de la naturaleza latente, oculta. La ciudad es como un gran jardín de piedra, una capa de asfalto que nos protege del estado salvaje del que somos parte. Hasta que el instinto diario nos impele a ser fieles a nuestro origen. El asfalto es una interfaz que impide ver cuan inmersos estamos en la negación de lo que somos, en la animalidad que se vuelve contra nosotros a la menor oportunidad. Solo que cada vez perecen más árboles. Y brotan nuevos edificios. Tendemos a la verticalidad y también a destruirnos. A esto le llamamos modernidad, posmodernidad. Hojas secas, grietas, raíces al paso.

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Identificar imaginarios urbanos, desmantelarlos.

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M 29 03 20

jueves, marzo 26

Pistas imaginarias

La uvé ha perdido entre diente y labio
el impulso del aliento que traspasa los dientes
y hace huir la carnosidad ensalivada,
la empuja hacia la nada pasajera.
Quién diría que el lenguaje escribe,
no dicta, direcciona a través de pistas
imaginarias, inusitadas o afiladas contra
el muro de contención de los significantes
que no acaban de librarse, como perros mojados,
de la humedad referencial.

miércoles, marzo 25

Lenguaje y realidad

Se supone que para muchos la poesía trata de la vida, para otros es una estimulación del lenguaje o un incidir en él desde el borde. No puedo concebir al lenguaje fuera de mi realidad. Tendría que localizarlo mediante una fórmula que lo abstraiga o un esquema matemático. Lo cual no es para nada irrelevante. Es necesario indagar en la lógica o la ilógica del lenguaje, cómo este lenguaje adquiere la etiqueta de poesía. Ya no digamos poema. La poesía que puede estar en un poema, en un cuento, un tratado. Cuando esa es la intención. Estoy consciente de que mucho de lo que he escrito cabe dentro del esquema gramatical del lenguaje, de la tradición poética. Incluso cuando he omitido la metáfora o la intención metafórica. Hay quien actualiza a la modernidad sus poemas llevándolos a hacer una reflexión crítica de su propia constitución: poemas líricos que critican a la lírica, poemas amorosos que ironizan el tema. Aunque formalmente sean tan tradicionales como el resto. La autoflexión del poema es ya una actitud de la modernidad, sin embargo la mayor crítica a la tradición poética se da en la estructura o la consecución de otro tipo de pensamiento en el poema, de otra lógica discursiva. Emplear en el poema las mismas herramientas para ironizar la repetida utilización de esas herramientas puede de cualquier modo agradar a un gran público e incluso ser engañoso. Pero es una herramienta válida si las hay.


M 25 03 20

domingo, marzo 22

Materia verbal

Qué importa lo que acabo de olvidar. Si la noche es oscura porque cierro los párpados o si lo sigue siendo con el sol reivindicando la ventana. Ayer no había nada junto a mi ventana, y hoy, desde la tierra húmeda de dos macetas, parecen estirar hacia el cielo sus pies de bailarinas dos plantas largas y sin flores aún, sin bocas o, más precisamente, sexos, coloridos sexos. Hay quien tose, hay quien mira la tele —se oyen pasos detectivescos, los destellos de voces de otra época que resurgen—, quien vuelve a toser para revivir el déjà vu o descansa los huesos sobre la sábana blanda de sus pensamientos. Qué piensa el poema, cómo piensa, y si lo hace, ¿piensa el olor de la habitación?

*

Desde dónde habla el poema, desde quién o desde quién no. En el borde de la lengua, es imposible no encontrar una manera de decirlo, de desdecirse de ser necesario. Todas las facultades de un foco ahorrador de 60 kilowatts no logran hacerte desaparecer en los puntos negros, digitales, huecos como el espacio entre los planetas, el de la página electrónica qué hila la textura de una luz con otra. “No sabía de qué le estaba hablando”. Off.

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La poesía requiere trabajo.

Echamos a andar la materia verbal, ya tan vapuleada por el uso de los siglos, los milenios, confiados en que aparecerá renovada en cada ocasión. Y allí está, cubierta de óxido, del óxido mismo que se convierte en la razón de ser de la poesía moderna. La historia de la poesía exige una muestra palpable del paso del tiempo, de la existencia del tiempo. El interés de la obra se traslada hacia los puntos, las zonas que resistiendo, han cedido al desarrollo de los fenómenos que les inciden, de los que son parte e impulso en ocasiones. ¿Qué exige la poesía moderna hoy en día? ¿Qué requiere un poema para ser moderno, para ser leído en la clave del presente?

*


M 22 03 20

sábado, marzo 21

Escribir, ciudad

La ciudad es mucho más que autos y semáforos, la ciudad es también naturaleza en trozos. Pequeños jardines, trinos no sé si de zanates o de golondrinas o qué especie revolotea entre los árboles. Los árboles: ¿qué nombres ostentan? Pero ellos no tienen nombre, no se han nombrado a sí mismos. Solo reverdecen o se secan, florecen y se extienden o son indiferentemente atacados por plagas que naturalmente se van extendiendo si el hombre nada hace. Formar la ciudad ha sido también hacernos cargo de su naturaleza, arracimada en prados, parques e incluso en las resquebrajaduras del pavimento, las junturas o los baches en el asfalto. Recorrer la ciudad es avanzar entre sombras de árboles que en ocasiones se abrazan de lado a lado de la banqueta. O pasar por calles desiertas donde los árboles son apenas una ausencia, una omisión, un vacío tapiado con cemento.

*

Los pliegues de la cortina se acentúan conforme el sol va ascendiendo a su cenit. Cerrada como está, no alcanza a velar el sol que entra por entre sus texturas translúcidas y la puerta del estudio con toda su potencia amarilla. Permanecer sentado en el escritorio es también un estar, ser un oído, un campo de recepción de la vida invisible por las paredes que me rodean; audible.

*

 No tengo idea de adónde voy.

*

El camión de la basura hace su entrada triunfal en la bocacalle. Los cencerros le dan su carácter de perentoriedad, e urgencia. Hay que salir a cargarlo con desechos, con los desperdicios de lo que por alguna razón llamamos vida. Papeles con los líquidos que han dejado ser parte de nuestro cuerpo, residuos de comida que nunca formará parte de nuestros huesos, venas o pulmones. Impresiones de escritos tan valiosos como la comida que se aglutina en la rejilla de la tarja en la cocina.

*

Escribo, no importa por qué ni para qué. No puedo igualar a aquellos que podrían ser mis modelos. ¿Pero cómo pueden serlo si no los he leído? Bernardo Soares, George Perros, Paul Celan, Michaux, se vuelven nombres queriendo significar algo para mis adentros en el cerebro. Guardo una imagen de lo que escribieron, pero ignoro qué rumbos tomaron las letras en sus manos, qué sucesión o secuencia se vio afectada por sus reflexiones, ironía, carácter sintético. También podría tomar como modelo la forma de trabajar de Luis Eduardo: elegir un tema y abundar sobre él con poemas que se interroguen a sí mismos, que ironicen la experiencia del poema, su concepción misma, y que además orbiten una temática aunque sea a manera de deconstrucción: Armenia y otros. Como si estableciera pautas, límites a la poética que me servirán de apoyo para saltar hacia nuevos límites. Lo que comprendo es que deseo escribir, que mis dedos hablen en el pulso del teclado, que las imágenes se interconcecten en mi cerebro sin preocuparme por la calidad de lo escrito. Aquí en la página electrónica o en el papel, en cuadernos u hojas sueltas. Por lo pronto, un programa de lectura, de reflexión. No para imitar los pasos, sino para evitarlos en un paseo a ciegas.

*

Escribir. Es lo que finalmente salva. Escribir. No juzgar a las personas, no tan solo describirlas. El lenguaje se hace visible y vivible. Probar mis límites, apoyarme en ellos (como ya saben quién) para saltar al vacío.

*

Me pregunto si algún día escribiré Los Perros. Esa novela inconclusa, ese proyecto que de haberse publicado en su momento hoy estaría muerto, echado en el cajón de la autoconmiseración, del gesto petulante.

*

Sin embargo su espíritu permanece en algún punto de la memoria. Los Perros fue una manera de indagar en mi mente las posibilidades de una escritura –ahora comprendo—siempre en ciernes. Fue el método, el recurso para mantenerme conectado con el presente que iba cayendo a pedazos tras de mí. Me pregunto si solo soy un autor lírico o si seré capaz de sumergirme en la piel de otros personajes. Escribir es lo que salva, escribir es dejarme decir.

*

M 21 03 20

viernes, marzo 13

Ventanas


La habitación en la que ahora me encuentro se conforma de paredes rugosas. Entonces,

¿Qué hace a una habitación? ¿Qué sea habitable? ¿Los muros que la circundan y establecen sus límites? ¿La ventana que traspasa el espacio para que la vista intervenga hacia el patio o la calle? ¿O que el paisaje entre por esa abertura?

*

A las ventanas siempre les falta algo, de ahí que nos asomemos a través de ellas, intentando completarlas. Son el espejo de nuestro propio vacío que busca llenarse de la estética exterior, de lo entrevisto, del mundo cambiante en medio de muros que parecieran ser estáticos pero solo se degradan con mayor lentitud.

*

¿Qué significa una ventana?

¿A dónde me lleva la rugosidad de las paredes?

¿Por qué una mancha en el vidrio de la ventana me regala perspectiva?

¿Por qué usar sombrero?

*

M 13 03 20

Hay un yo lírico encerrado en todo esto

Persiste en la derrota y en el triunfo,
se deja acariciar por extraños y muestra los colmillos
ante la crítica más severa, ante los modosos reseñistas.
No le agradan las fastuosas revistas de moda,
aunque le encanta ganar algunos pesos si se los ofrecen
con cortesía. Hay un yo lírico escondido en todo esto
que hace de las suyas en contra del poema inacabado,
de la estructura fragmentaria y de la hemodiálisis
a la que se someten los versos de laboratorio.
Hay un yo lírico encerrado en todo esto, a veces
persigue al joven de la pizza, a la niña de los volantes,
al carnicero que lo mira con desprecio,
afilando su cuchillo prosódico.
Hay un yo lírico encerrado en todo esto:
alguien sospecha de sus motivos ocultos,
las pistas que va dejando
tras de sus crímenes.

viernes, marzo 6

El arte del suspense

A casa viene a visitarnos todos los días

un hombre con disfraz del oso yogui.

A veces usa un tónico de invisibilidad

y nos observa desde el sillón donde se oye

cómo juega videojuegos o escucha a su influencer favorito.

Quarq es una de sus palabras predilectas, la repite

para sus adentros como una guacamaya

mientras piensa cómo arrancarnos

la garganta, cómo aplastarnos de un manotazo.

Cuando no le vemos, percibimos la marca de su gran peso

en el sillón roto de la sala. Otras veces

hace graciosos bizcos detrás de la máscara de aire

que le colocaron los niños mientras roncaba.
El hombre con el disfraz de oso yogui habla y habla de sí mismo:
no hay tema que no provenga de él

o no vaya directo a él.

El otro día fue tan bondadoso que interrumpió la conversación

para aleccionarnos sobre la humildad

poniéndose de ejemplo.

El oso yogui no llega a robar nuestra comida, aunque pudiera hacerlo,

¿pues qué caso tendría?, ¿qué sentido el suspenso?

El oso yogui elige a un miembro diferente de la familia

para hacerle ver que todos

están equivocados. Su acompañante

es un androide programado para aplaudirle

si nadie más lo hace. Y nadie lo hace.

Estoy a punto de dirigirme a la cocina.

Sus ojos invisibles

se clavan en mi cuello.



Elogio de los huevones

Para Alex, Carlos y Noé

Huevón es aquel al que le pesan tanto sus órganos masculinos o femeninos que resulta incapaz de levantarse de su no lugar en el mundo. Huevón, mi semejante, mi prójimo. Te llaman así los envidiosos. Tu actividad es en verdad tan grande, tan primorosa, que se les escapa de las manos con todo y su gramaje hormonal. Deja que ellos dignifiquen con su orgullo el vilipendio al que son sometidos durante su jornada de ocho horas en un ambiente de intrigas y de chismes, doblando turnos, en actividades que alguna vez prometían significar algo y demostraron ser no más que acumulación de horas inhumanas, infravaloradas, en realidad sin valor. Ante su resplandeciente andar cabizbajo y subordinado, el gesto altivo de sus jefes y el ninguneo de sus compañeros de trabajo(s), te ven a ti, ocioso, huevón, como una amenaza a la idea que tienen de sí como hombres o mujeres de provecho. El sueldo de cada quincena les justifica la existencia. Ah, la heroicidad de la oficina. Y todo para arrogarse el derecho a ir de compras en esos lugares comunes a la gente del siglo. Tanto te pesa levantarte para atender la obscena llamada que ofrece un nuevo crédito, caminar para abrir la puerta que tocan con insistencia perruna, enarbolar la bandera del chambeador. Como haces lo que quieres, eres un peligro que pone en duda la productividad de los convencidos de su sitio en el mundo, de los que se arrogan la estúpida felicidad de ser irremplazables, al contrario de esos otros que no avanzan por huevones. Obvio, el empleado del mes finca su felicidad en la esperanza de ser otra vez elegido, felicitado, palmeado en cuanto vuelva su turno en el carrusel de los aplausos. Y es que la huevonada, esa palabra nada sutil para denostar a la ociosidad como un despojo del tiempo, termina por ser crítica del esforzado por caerle bien a sus jefes, por estar en el pináculo del reconocimiento oficinesco, de aquel que entre más se soba el lomo realizando tareas que ingenuamente piensa necesarias más gasta en tonterías. Huevón, tú sí que sabes aprovechar el tiempo. No tiene caso trabajar, esto lo comprendes a mucha honra, mejor que nadie. No vale la pena si no es en favor de ti mismo. Al fin y al cabo, el que no ha sido huevón da hueva. Bien que lo sabes, huevón que en algún momento de tu ligera existencia experimentaste ser un héroe, un patriota de lo mismo, ese al que ahora —si no te diera flojera— mirarías con lástima. Lo inútil es desperdiciar el contado tiempo repitiendo el ritual de los días y los años. Y, por si fuera poco, el colmo del sacrificado trabajador es pensarse superior al huevón, aunque estar en tu lugar, así fuera por un breve instante, le revelaría la futilidad de su aureolada vida.


miércoles, enero 22

Significados radicales

Un ladrillo sobre otro, tus células malgastadas en sorbos de segundos, en tiras de tiempo que si las juntas en un puño, apenas encuentras —eligiendo bien— instantes que valgan la pena. El cielo es claro como una mente sin presagios. Soñaste que un diente, uno de abajo, caía. Molido, te mostraba su raíz por primera y última vez, su habitar tu encía entre muelas atribuladas. Poco importa el significado, pues si como Google dice, tu reputación está en juego o morirá un familiar lejano, ¿lejos de dónde? Porque ayer se consumió alguien a la distancia de una arteria y tu dolor es tenue, de baja intensidad. En el jardín una rama juega a ser bonsái.

M 22 01 20

*

viernes, diciembre 27

Espera

Con el auto varado en la avenida, llevado por el hastío,
podría, si quisiera, declararme en contra de la lírica.
¿Pero no estaría haciendo lírica al mismo tiempo?
Lo atinado, lo verdaderamente contrario
a la vana expresión de holgazanes emociones
en tanto aguardo a que me salven
de este ruido endemoniado, este tráfico
de hora pico, sería balbucear
alguna historia épica, por menor que fuera.
Declararme versus la lírica favorecería
innumerables simpatizantes en Facebook,
cierto acto interesado si bien incapaz de dar alivio
a esta situación en que el termostato de mi auto gris
se ha volcado a vomitar
líquido verde a la banqueta plagada de basura.
La tentación es decir que su máquina se encuentra
en el mismo estado que yo, una falsedad.
Solo estoy aquí, al margen del tráfico, como
cualquier otro ciudadano en la nada heroica espera
de una simple grúa.

miércoles, diciembre 25

Un bosque de posibilidades

Macbeth estaría chiflando en la loma,
cabalgando su caballo entre serpientes,
si hubiera recibido la noticia de la muerte del rey
no por mano propia
o inapropiada.

Tan iluso en su papel de Judas,
tan emperifollado con título ajeno,
no podría durar ni dudar de su posición.

Una sonrisa divide en dos su rostro: grieta.

Anda Macbeth, pavonéate, tómate la selfie
en el lugar que te hacía falta,
tienes aquello por lo que tanto bregaste
con insidia, palabras nacaradas y filosas,
con la cobardía que corona a los traidores.

Al cabo ganaste a pulso lo que no te pertenece,
aprovéchalo, ándate sin rodeos
hasta que el bosque de las circunstancias
cerque tu empalagoso estar desubicado
en el mundo que amas y te desprecia.


Simple

Qué poco interés tengo en quedar bien con las orugas
apostadas en la piedra pómez del jardín,
pues qué significa un jardín sino la esclavitud
de la hierba salvaje, dada al caos,
a la libertad de las esporas.
De verdad te digo: la sangre en el papel
nada tiene que envidiar a aquella en los pulmones,
aunque sea una farsa, la muestra de lo perdido
y encontrado
o el objeto más inesperado.
Te lo comento quedito, a ti que gustas de la dialéctica
patética y patentada —emparentada,
es un privilegio estar vivo, elegir
palabras acariciadas bajo la lengua
tal mascotas domésticas
y arrojarlas desde este silencio de cojines salivales
al ruido de la ciudad.

martes, diciembre 24

Brief

Estoy fuera de tono, mal afinado,
desbalagado como una envoltura vacía
de Doritos Diablo, ¿o eran Nachos?
Quisiera afirmar que el mundo
está echado al mediodía, pero avanza
como un Blackbird
y mientras me rasgo las vestiduras
eso que no sé si fue realidad ya me dejó atrás,
a punto del bocado. Si todo fuera mantener
el ritmo o una posición fijada con tachuela
en las neuronas que acaban de morir.
Me estoy quedando ciego: una dulce anomalía
va cubriendo los agujeros por donde entran
un tren de juguete, un caleidoscopio, la apropiación
de una pintura hallada en la basura.
Si, como en una agencia publicitaria, tuviera
que hacerme cargo de representar a la Realidad,
habría de sumergirme en el agua de la mentira
y salir ileso y radiante,
patinando palabras lúbricas.

jueves, diciembre 19

Al otro lado del Rubicón

Había que eludir la glotonería de las espadas,
los escudos entusiastas
del fétido olor a coágulo.

Pero César era
sal de conquista.

¿Acaso Pompeyo
no sabía apreciar el resplandor
de la grandeza?

Sin duda le guardaba estima,
de ahí que quisiera doblegarla.

domingo, diciembre 15

He oído de alguien llamado Pol Pot

Me persiguen por laberintos de cuchillos,
cuando sueño, en estados alterados,
por rincones inesperados, de manera virtual
y concreta. Me persiguen tal moscas a la sopa,
los viernes por la noche, de madrugada,
en lecturas de poemas con sillas vacías,
en mensajes de texto de circulación anónima,
me persiguen en las cenas familiares,
en aquello que callan, su voz quedita y sin rostro,
me persiguen en trenes de aire, bajo lluvia ácida,
con fuego de relojes, usando máscaras amables
y asesinas, me persiguen para cortarme
mil veces la cabeza.

domingo, diciembre 1

Adversus Deo

Qué ha hecho por mí, o por nadie,
si nos puso a caminar sobre piedras ardientes,
entre cardos e insectos ávidos de clavar su ponzoña.
Por qué habría de rendirle pleitesía
a quien me arrojó a los leones, quien me hirió
con su garra altiva y filosa el rostro de niño.
Por qué habría de creer en su bondad,
en su palabra maltrecha, en su odio feroz.
Mi alma, si existe, se vuelca en un desierto rojo,
en el viento que golpea con furia
los huesos y hace rechinar mis dientes.
Por qué habría de creerle si me desea crucificado,
sin cabeza, asesinado por arpías que visten Gucci.
Por qué habría de creer a quien me forjó
de sobrantes en el festín, de desperdicio
y me dio una lengua para callar y unos ojos
para estar ciego, manos sin huesos.
Por qué estoy donde no debiera,
por qué tomarse la molestia con este trapo viejo,
esta garantía de nada.

sábado, noviembre 30

Mala pata

Esta noche un gato se cruzó en mi camino,
frené un poco para no atropellarlo y me di cuenta
de que no era del todo negro. No sentí alivio:
¿podría tentar más a mi mala suerte?
Su mancha blanca es una sucia abominación.

lunes, noviembre 25

Visitante

Entró un ratón al cuarto y no sé
si darle la bienvenida entre mis libros,
invitarlo a salir escoba en mano
o dejar que se encargue la señora del aseo.
Después de todo es un visitante que come
mis migajas, se apresura a escapar de mí
en cuanto abro la puerta de par en par.
Creo que lo atraparé si me quedo quieto,
si no hago ningún ruido... Sospecho
que tiene un plan para sorprenderme
mientras oye mi respiración a oscuras,
mira mis ojos moverse tras los párpados
y recorre mis piernas
como si se jugara la vida en ello.

domingo, noviembre 24

El aburrimiento es materia poética

Este es el instante en que dormito y dejo que las cosas sean lo que son. Una fila india de pendientes, una lista negra de aquellos fantasmas que habitan la calle donde crecí, los fantasmas de personas que hoy tienen hijos, amantes, fracaso en los negocios o éxitos cotidianos: espectros que prevalecen en el espacio tal como fueron en aquellos años, que continúan con su guerra contra la devastación. También seré fulminado cuando el último vecino ya no guarde memoria de los árboles.

M 24 11 19

*

sábado, noviembre 16

Ciudad y árboles viejos

Había olvidado cómo recorrer las calles en esta ciudad abstrusa y llena de baches. Ciudad de cables enrollados en los postes, de luciérnagas invisibles y ranas en jardines. Desapariciones siniestras, furtivas traiciones. Ya no sabía cómo dar un paso tras otro. Mis pensamientos arruinados, las fachadas van quedando atrás como daguerrotipos deslucidos. Los árboles viejos glorifican sus memorias.

M 16 11 19

*

viernes, noviembre 15

Résignation / Resignación (Paul Verlaine)


Résignation

Tout enfant, j’allais rêvant Ko-Hinnor,
Somptuosité persane et papale,
Héliogabale et Sardanapale!

Mon désir créait sous des toits en or,
Parmi les parfums, au son des musiques,
Des harems sans fin, paradis physiques!

Aujourd’hui plus calme et non moins ardent,
Mais sachant la vie et qu’il faut qu’on plie,
J’ai dû refréner ma belle folie,
Sans me résigner par trop cependant.

Soit ! le grandiose échappe à ma dent,
Mais fi de l’aimable et fi de la lie!
Et je hais toujours la femme jolie!
La rime assonante et l’ami prudent.



Resignación

De niño soñaba con Ko-i-Noor,
Con suntuosidades persas y papales,
Con Heliogábalo y Asurbanipal.

Mi voluntad creaba bajo techos de oro,
Entre perfumes, al ritmo de la música,
¡Harenes sin fin, paraísos concretos!

Hoy, más tranquilo y no menos ardiente,
Sabiendo que en la vida hay que doblegarse,
Debo refrenar mi bella locura,
Mas sin resignarme tal vez lo suficiente.

¡Así sea! Lo grandioso huye de mis dientes,
Mas, ¡fuera la amabilidad y fuera la mierda!
Y todavía sigo odiando a la mujer hermosa,
A la rima asonante y al amigo prudente.


viernes, noviembre 8

Pie de página

Quiero decirles, a aquellos que no lo sepan ya,
que Dios es aterrador de mil maneras,
pero sobre todo nos confunde
con su tan reverenciada fe —y no una fe de erratas—
a seres blandengues como nosotros.
Ignoro por qué espera tanto de nuestro camino ciego,
por qué se vuelca en arrebatos místicos en busca
de un buen pensamiento, de una guerra santa
contra los hábitos que nos hacen
lo que somos: huesos, sangre, pellejos, barro
que alguna vez tomó en sus manos invisibles.
Esto de la fe trae consecuencias funestas
a seres volubles que nos sostenemos en dos pies
si tenemos suerte, que no somos montañas.
Si fuéramos esos seres de luz de los que tanto hablan
los libros que se abrogan el derecho a lo divino,
no estaríamos aquí hablando, temerosos de salir
a una distancia poco prudente.

jueves, octubre 24

martes, septiembre 24

A este tablero llamo día

Puedo verme a mí mismo concentrado en una charla, sentado en algún sitio del centro de la ciudad, caminando aprisa sin notar que era yo mismo quien al pasar me golpeaba en el hombro. Todo a mi alrededor tiene esta capacidad de muerte, de lenta y rencorosa muerte en espera de dar el último golpe no sin antes disfrutar cada pequeño corte, la más mínima herida en el tiempo.

N 24 09 19

*

jueves, septiembre 12

Contra los generosos

Hay que decirlo de una vez por todas: cierta estirpe de los generosos es maquiavélica, calculadora, execrable. Da asco. Y no me refiero a los felices con la felicidad ajena, a aquellos que de manera natural, simplemente, dan. Sino a los que, exacerbada su aura en los meandros de la bondad, nos pontifican su propia versión de la verdad: esto que te doy con tan buena sonrisa te lo cobraré tarde o temprano. Más temprano que tarde, esta horda hipócrita de generosos disparan el argumento de sus dádivas si en algo faltaron a cierta comunidad: yo me paso por el arco de mi triunfo las pautas que estén fuera de mi conveniencia, pero lo recompenso con alharaca de mi generosidad —remiendan su falta de cortesía, su tramposa ruptura con las reglas del juego, y de paso trabajan la voluntad ajena a su favor. Como todo buen rompedor de reglas, llevan de paso la admiración del que es recompensado como cómplice: ahí tiene su desayuno, su postre, no hay por qué disgustarse, sino aplaudir al que burla al sistema con tanta gracia. Porque son graciosos, llenos de gracia, los generosos a ultranza. Toman y dan, recompensan la lealtad de los que celebran sus argucias, dejan en ridículo al cara larga que mira primero con sospecha y finalmente con la alegría del que saborea un pastel de chocolate. Entre más resistencia encuentre el generoso más se esforzará por llevar a los incrédulos a su secta, por ablandarlos con servilismo y buena onda, hasta convertirlos en acérrimos defensores de su mecenas, su dispensador de halagos. Qué importan sus mentirillas, las lealtades distorsionadas, los inofensivos chismes. Son padrinos de su comunión con los demás. Padrinos generosos que arrojan bolos al aire para que los más listillos llenen su bolsita con monedas de a peso. Eso es solo el inicio, habrá que ver cómo usufructan los réditos de la generosidad invertida, el pago con intereses sobre intereses, que los hipnotizados pagarán gustosos por el placer de devolver parte de lo recibido: nunca terminaré de agradecerte hacerme sentir especial, me hiciste el día, das tanto de ti que me mueves a darte un poco de mí, cómo te aprecio, ya que me aprecias. Los intereses pueden ser en especie o emocionales, los unos traen consigo a los otros. La trampa ineludible: su ansia por quedar bien con todos. Lo que importa son las apariencias: sus adeptos los defenderán en público aunque se sepan peones prescindibles en el juego, peones felices de sacrificarse por la reina que ha solventado su ego. El generoso, valga decir, no tiene llenadero: siempre protagoniza la misma historia con actores secundarios ilusionados por rozar hombros con aquel a quien tanto le deben. Que tan bien habla de ellos en público y que en el fondo los mantiene —cual voluntariado— bajo su control: hace cálculos con cada nuevo acólito de su generosidad. Tan buenos que son, tan maravillosamente simpáticos, los generosos nos halagan con su saludo, su aceptación, su amable y anhelada sonrisa: son encantadores como serpientes en un desierto ávido de emociones. En algún momento esperan tu tan deseada bonhomía. Dásela porque quieres, anda, págales la cuenta. En cuanto vean mermada su imagen no dudarán en echar de nuevo monedas al aire, pequeño monaguillo.

sábado, septiembre 7

Ajuste

Con ganas de cambiar de forma,
quitarme los ojos como a tuercas
y colocarlos sobre la mesa girándolos
hasta que caigan al piso haciendo
un ruido metálico, de balines.
Cada órgano porta su propia enfermedad,
sus razones para permanecer aparte.
Los ojos llevan la delantera:
llenos de una pesada sustancia viscosa,
miopes y astigmáticos, miran
lo que quieren, hacia dentro,
donde los pulmones se inflan
y desinflan llevando aire fresco
a todo este mecanismo
que se ha vuelto en mi contra.

viernes, agosto 30

Ciber-diagnóstico

Debe tratarse de una anomalía en la estructura
de mi fabricación, o tal vez de un descuido
en las especificaciones del manual
de procedimientos. Algo falla en mi subconsciente,
en mi cerebro positrónico que no engarza bien
con el resto de las terminaciones nerviosas,
este cableado que atraviesa tejidos plásticos, zonas
de solidez metálica y otras con suavidad de esponja.
Mi modelo se volvió obsoleto antes de tiempo
o me programaron para ser sustituido
por una cibernética creación armada en partes.
Algo falla detrás de mis costillas de Murano, algo
no está bien en el lugar donde debiera haber
un motor de hule que bombeara según las leyes
de la mecánica.

martes, agosto 20

No soy bueno para escribir poemas de amor

Si me atreviera a escribir alguno lo dedicaría
a una robot que comprendiera la red
de sinrazones de mi cerebro, o que al menos
la aceptara sin remedio ni remedo.
Un poema cibernético dedicado al líquido verdoso
que corre por sus conductos metálicos, que aligera
sus articulaciones, da rubor a sus labios y brillo
a sus ojos que cambian de color según las emociones.
Le llamaría como a la robot de esa serie rusa: Arisa.
Y sería como ella única, y recibiría de mí versos
de amor cortés, de amor metálico y aceitoso,
de amor en bits, de misterioso amor en bits.
Ella me protegería mientras dure su fuente energética,
mientras permanezca en su memoria,
me guarde como a usuario predilecto.
Yo cuidaría de ella en tanto practique conmigo
videojuegos, juegos de mesa, alternativos,
leyera obras de teatro en voz alta o cuentos eléctricos.
Ella me hablaría de mil formas: con voz meliflua,
voz de animal salvaje o de ave, voz de robot agonizante.
Mientras el mundo permanezca alejado
de nuestro enredo de cables, de hardware.

martes, agosto 13

Bien, todo bien

Si uno tuviera un reemplazo de sí mismo
en esos momentos en que parece no suceder nada,
que le va tan bien como puede irle a cualquiera.

domingo, agosto 11

Chismosos

Quisiera hablar bien de los chismosos. Me parece que ese murmullo que van dispersando por el mundo es un ejercicio de la ficción, una ingenua exposición de motivos a la que hay que mirar con ternura. Los chismes, se nos dice, son sabrosos. Pueden ser de un canibalismo feroz y aun así muchas veces no encontramos razones para abandonar lo que llamamos un buen chisme. ¿De qué hablaban, de qué chisme me perdí cuando no estaba? Quizá el chismoso no alcanzó a escuchar lo que de él decían. El chismoso no ignora que en cuanto les dé la espalda a otros chismosos será un suculento bocado más, su comidilla. Me intriga el sonido endurecido y a la vez suave de la che con que comienza el chisme. La che, que acompaña en nuestro vocabulario a tantas cariñosas palabrejas, en el caso del chisme se vuelve un tanto pesada, luego aguda al combinarse con la i, algo ácida, para que finalmente la consonancia entre seca y mullida de la ese y la eme den lugar a una vocal de género indeterminado. Si el chisme, dulce y ácido a la vez, picante sin duda, fuera una paleta, quizá sería de chamoy. Las revistas y los programas radiales o televisivos de chismes gozan de una salud de audiencia excelente. No cualquiera sabe transmitir un gran chisme —uno de esos que hacen levantar, más que las cejas, las antorchas de los vecinos, las lenguas afiladas. Las celebridades incluso aprovechan el foro para aumentar su publicidad desmintiendo el chisme, haciéndolo ver como una mera suposición de periodistas para ganar dinero, aunque la fama, como el chisme, es traicionera: materia dúctil en labios hábiles para el murmullo. Este aspecto, el del murmullo, llama especialmente mi atención. Una especie de zumbido que se niega a ser descifrado, escondido tras su carencia de articulación, de claridad. El chisme convierte el éxito o la felicidad ajena en tragedia propia. Flagrante malabarista del discurso, el chismoso no puede permitir que alguien ocupe un puesto que “no merece” o que debía ser suyo o de su amigo, que alguien tenga tal novio o novia que “no le conviene”, que alguien consiga un auto o una casa “aunque no tenga dinero para pagarla”, de ahí que fantasee con otra versión de los hechos, con sucedáneos, que siembre la duda e, incluso, a partir de ahí, busque cambiar la realidad. El chismoso es un entusiasta activista del  interés colectivo: no lo digo yo, por ahí andan diciendo, argumenta. Cuando el río suena agua lleva, dice un dicho tan popular como el chisme, pero entre chismosos cada quien lleva agua a su molino. “Shhhhh, ahí viene” es la recurrente expresión cuando va acercándose la persona objeto del chisme. La verdad es lo de menos, solo una pizca que le da sabor al caldo que el chismoso ha preparado en aras de borronear la noción que del o de los otros tenemos.

miércoles, junio 5

Atropello

Todo duele como si una bicicleta
me hubiera pasado por encima.
Como si a esa bicicleta la montara
una persona gorda e insidiosa.
Todo duele: los hombros malnacidos,
las manos debiluchas, los ojos amoratados.
Me hago como el que no quiere la cosa,
miro de reojo la vida transcurrir
como un hilito de tela de araña
que va creciendo y atrapándome.
Quién sabe qué haría sin este dolor:
tal vez me acostaría en la azotea
sin pensar en nada.

domingo, junio 2

Selfies

No me agradan los adictos a tomarse selfies,
siempre fotos de sí mismos como si necesitaran
verse todo el tiempo con diferente paisaje.
No creo en su enamoramiento personal,
ni que dure, ni que importe, ni tampoco creo
en su carisma de platos rotos. Algún día despertarán
engullidos por su propio yo, atascados en el mismo
rostro aunque se trasladen al fin del mundo.
Algún día todas las selfies juntas, una sobre otra
no serán más que una sola selfie infinita
que documenta el deterioro.

viernes, mayo 31

No soy

No tengo música en qué caerme muerto,
no tengo ni siquiera muertos que no lamente,
no tengo lamentos que duren porque son aburridos:
a veces quisiera ahogarme en un vaso de agua,
morir asfixiado con palabras que brotaran de mi boca
como peces que huyen. A veces no quisiera,
hoy por ejemplo, más que flotar hasta salir
por la ventana y desaparecer como un globo de helio
entre nubes y aves extrañadas. A veces, hoy,
tan solo quisiera dormir, dejar de escuchar el ruido
de mi cerebro, los alacranes que me rondan.
No soy yo el que se levanta cada día de su rutina
y mira los reflejos en la televisión apagada.


Publicado en Luvina núm. 98. https://luvina.com.mx/foros/index.php?option=com_content&task=view&id=3887&Itemid=87

lunes, mayo 6

Despegue

Atrás dejo un paisaje de cemento
rodeado de montañas, restos
de antiguos terremotos,
a una velocidad deslumbrante,
como si uno pudiera
de verdad
abandonar así su ciudad,
mirándola por arriba,
alejándose de sus azoteas,
del aire y las voces que retumban
en la cabeza como parvadas
que se alistan a migrar.

miércoles, mayo 1

No he salvado al mundo

He pasado por entre calles vacías
como si caminara sobre algodones,
fuera de mí, dentro de pensamientos
que no llevan a ninguna parte,
ni siquiera a mis propias manos,
a mis dientes, a mis piernas.
Es tal esta debilidad que me encierro
en un cubo con la puerta entreabierta
para que no pase demasiado sol,
ni demasiado aire o cielo.
La cortina deja mirar una línea azul
detrás de los barrotes de la ventana,
como si quisiera abrir una grieta.

lunes, febrero 4

Mente criminal

Me gustaría
desgranarlos
pedazo
a
pedazo,
mutilar
sus salidas
emergentes
con planeación
estratégica,
aplastarlos
como a arañas
satisfechas
y confiadas.
Solo motivos
infranqueables
que excavo
de mi débil
corazón
—tiene un soplo—
me impiden
tomar una pistola,
una guadaña,
hilo metálico,
instrumentos
de ortodoncia,
desbaratarles
el rostro,
la risita
sarcástica,
el embotellamiento
de malos
sentimientos.

Domingos

Recorríamos en bici calles empedradas,
pasábamos el río Chiquito, la unidad deportiva,
el Callejón del Diablo,
las ventanas ansiosas de tardes milagrosas,
la cuesta hacia el Templo de la Cruz.
Subíamos al vetusto molino de viento
para mirar las azoteas de los caseríos,
las hormigas con rebozo en la plaza,
la cascada de El Salto —un hilo dental en el cerro,
platicábamos del incierto futuro
antes de volver a internarnos
por desniveles y callejones que a pleno sol no parecían
contener las leyendas contadas por otros niños
en entretenidos velorios con chocolate caliente
y algunas piezas de pan.

domingo, enero 27

Job

Cuánta fe tenía que aunque un rayo asesino y divino
fulminó a su familia, le fue otorgada otra.
Es como si Dios se formulara desde arriba
su propia versión del mundo.
No siente como nosotros, mira todo desde lejos
—el diablo es apenas una pequeña hormiga roja
con la que a veces habla.
Somos su creación más querida y apreciada,
su abominación y la prueba irrefutable
de que no solo existe,
también ha ido aprendiendo a hacer
una que otra broma.

Tiempo

Cómo sobreponerse
a tanto desperdicio.

sábado, enero 26

domingo, enero 13

Invasión

La lámpara del cuarto es una inmensa nave espacial
con múltiples tentáculos, a punto de arribar
o de soltar, además de polvo, extraterrestres
—armados hasta los dientes o lo que sea que tengan
en aquello que bien podría ser una boca—
y un espectáculo de luces y letales acrobacias.
Dejaré los pensamientos pasar, hacer un hoyo
en el cerebro y esconderse allí, los cobardes,
a esperar un mejor momento para disponerse
a salvar la tarde de esta invasión de figuras magenta.

sábado, enero 12

Todavía recuerdo la estatua

de Francisco Zarco a la salida de la escuela,
casi siempre con una lata de refresco colgada
de la pluma que sostenía con extraña solemnidad,
como si jugara con un balero, como si de pronto
despertara de un sueño del siglo XIX
y comenzara a mirar la tarde.

miércoles, enero 9

Disertación

El durazno está allí, en la banqueta,
y me pregunto si eso será importante,
teniendo en cuenta las resoluciones
que a cada microsegundo toma la naturaleza.
Y en la naturaleza del durazno está
no ser consciente ni de su suavidad ni de su
resquebrajadura ni de su tintura rosácea ni de su brillo
contra el sol que todo lo vence y transfigura.
Pero en la razón de ser del durazno no es lo mismo
—seguramente— estar atravesado por la llanta
de una bicicleta que en mi mano, siendo observado.
Aunque vaya a tirarlo en la primera oportunidad
porque está pasado y no me gustan las frutas así.
De manera que la banqueta vuelve a ser relevante
—hipotéticamente para el durazno—
y no importa si alguna vez le di existencia o
me la dio a mí en tanto lo pensaba.

jueves, diciembre 27

Partogénesis

Permanecen libros que me han regalado
y no me he atrevido a expulsar de mis repisas,
con versos entusiastas y desafortunados.
El día empieza a sumergirse en la oscuridad
y ya estoy cansado de reordenar por temas,
títulos, por familias semánticas o enemistades
(divierte contraponer a un autor con su antítesis).
He experimentado una transformación:
la de quien —ingenuo— piensa que su salud vendrá
si encuentra las ideas en su lugar.

lunes, noviembre 19

Fábula del alacrán

Se había escondido en la habitación, justo en uno de los zapatos del hombre con patas de araña: al principio no sintió el pinchazo, hasta que lo vio huir por debajo de la puerta hacia el patio. Y entonces el veneno ascendió recorriendo su pata delgada como un alfiler. Trepó hasta sus ocho ojos, encendió su cerebro y le hizo rechinar la mandíbula. Un momento más tarde, se sentaron a desayunar y el alacrán, que era uno de esos pequeños y güeros, de los que dicen son los más peligrosos, le pasó la sal de mar —bien comedido— al hombre con patas de araña, quien educadamente, con una reverencia sincera, le dio las gracias y subió por la pared para mecerse en su telaraña mientras dejaba seca a una mosca verde.

miércoles, noviembre 14

Limonero

Llego al trabajo y miro las hojas verdes
del limonero en la maceta, que da frutos
jugosos pese a ser tan pequeño
en la terraza donde los empleados
comen de lunes a miércoles a las 2 pm.
Ya casi nadie se da cuenta de su existencia,
nadie presta atención a las líneas amarillas
que los gusanos han marcado en sus hojas.
Yo solo atino a robarle los limones.

lunes, noviembre 12

Quisiera ser un superhéroe

Armado con arco y flechas y encapuchado,
no errar un solo tiro al apuntar a mis enemigos,
a esos que además están dentro de mí, aguardando.
Quisiera ser un superhéroe que olvidara
algunas secuelas de equivocadas decisiones
como aquello que en la mudanza se pierde,
como si detrás de la máscara estuviera a salvo
de este sonriente rostro al que desconocidos
saludan en la calle.

domingo, septiembre 2

Realidad alterna

No puedes tomar en serio a un hombre
que escucha un zumbido todo el tiempo.
Quienes padecen tinnitus han sido acusados
de asesinar al médico que les da la noticia:
no hay quién pueda curarlos.
Nadie está a salvo de su insidia, ni siquiera
ellos mismos: una plaga serrucha sus neuronas.
Es como si tuvieran un corto circuito ad infinitum
o experimentaran un bucle de tiempo
en que explotara su cabeza sin salida.
Torpes, se tambalean en esta realidad que no puede
entrar de golpe en sus oídos.

No me invitaron a la Gran Fiesta de los Poetas

Siendo sincero, apenas soy un minúsculo poeta,
no tengo un estilo que me diferencie de la mayoría,
mis técnicas son pobres y pasadas de moda.
No incluyo efectos tecnológicos y además
suelo hablar de mí mismo, con lo que
me acusan de poeta de la experiencia, del silencio
—aunque ya no sepa qué es el silencio.
Soy un imitador de anécdotas, un usurpador
de esas pequeñas realidades que dejaría de lado
si no las describiera. No me invitaron a la fiesta,
y tienen razón: quién soy yo para aparecer
en los periódicos, si no he ganado un premio
y ni siquiera una beca. No soy de la élite
que invitan a las grandes lecturas de poesía
donde presentan a las personalidades locales
en medio de aplausos y luces y gritos de admiración.
No estoy invitado a la fiesta, así que me quedaré
a escribir poemas.

domingo, agosto 5

Metamorfosis

Me encuentro sin encontrarme en la casa de campo
de mis padres. Los sobrinos esperan a romper
la piñata de Superman repleta de Pelón Pelo Rico,
paletas De la Rosa o chocolates M&M.
Los músculos me duelen por la resaca, pero no tanto
como a Superman en cuanto desayunemos.
Pobre Superman: su tragedia nos traerá dulces a todos,
reiremos de su desgracia, nos empujaremos unos a otros
por el generoso regalo que nos ha dado al caer vencido
como un dios destazado entre muecas de felicidad
para formar parte del mundo en el bote de basura.

lunes, julio 30

Del ninguneo

Tengo la sospecha de que quien ningunea ha sido ninguneado en otras ocasiones, por lo que ha decidido ser Alguien a costa de que otros sean nadie. Ese nadie debe saber que no es un interlocutor pero sí el objeto del ataque: una sombra accidental. Ser indiferente al otro es carecer de sensibilidad hacia los demás, quizá ser distraído o carecer de interés, pero ningunear al otro no es ser indiferente a su presencia, sino que su presencia, su ser, le estorbe de tal manera al ninguneador que decida poner en blanco todo rastro de aquella personalidad para arrojarle sin más al grupo de los incapaces que molestan con su continua ansia de estar ahí.
No es que la otra persona no exista, sino que, existiendo, el ninguneador le resta la suficiente importancia como para hacerle ver que nada significa. Y no basta con que se le ignore, se le difumine o menosprecie, merece que los otros también le resten valor, le volteen la cara, sean ajenos a su molesto respirar. El ninguneador ensalza a otras personas con las que congenia, les hace saber ante quien aborrece que ellos sí son alguien, que ellos sí pertenecen a un selecto grupo social, que ellos sí tienen las cualidades necesarias para ocupar un puesto, un lugar entre sus amigos, admirados o elegidos. El ataque es oblicuo para que el ninguneado se dé por entendido, para que no responda a quien no le habla.
El ninguneo es, después de todo, una herramienta de manipulación. Su propósito: reafirmarse a costa del otro. Este acto conlleva una tragedia para el ninguneador, ya que tanto necesita ningunear al otro que termina por —paradójicamente— visibilizarlo (no hay mayor afirmación de la existencia del otro que el ninguneo que se le practica).
Es posible que los ninguneados sean piedras en el camino que el ninguneador use a modo; lo importante es el camino que hace con ellas. Deben saberse piedras, meras piedras que no merecen ser consideradas sino como tales. Por ello les da la espalda; no están invitadas a la fiesta. Quizá el ninguneador ha hecho un descubrimiento: el ninguneado pone en riesgo la imagen que tiene de sí mismo. Ante esta desagradable evidencia, practica con cierto regusto una y otra vez la humillación para que los mismos ninguneados, los borroneados, se retiren sin que en adelante haya que enfatizarlo, que aprendan a difuminarse, desconcertados: fuera del concierto armonioso de los hechos en que sobran, son desechos. ¿Qué necesidad tienen de que se les dé la espalda una y otra vez, de que se los haga a un lado con el codo para marginarlos en la foto? ¿Es que no han aprendido a desaparecer? Piensa el ninguneador: “Vomito el significado de aquellos a quienes ninguneo, un significado que me agrede por solo existir, porque me caen mal, porque alguna vez recibí de ellos algún desprecio o indiferencia —real o ficticia—, porque son buenos en algo o porque se me da la gana y ya, porque yo solo me trato con gente a mi modo, con quienes saben vivir la vida como yo, no con esos que son mero estorbo”.
Ritual social, es el ninguneo una afrenta al otro, a ese otro del que se abomina. El truco está en que sea consciente de qué tanto es nada. El ninguneo tiene que ver con que esos nadie sepan que no deben apartar un sitio en la mesa, no deben ocupar un puesto en la familia, entre los amigos o los colegas: es imposible que alguien les dé un lugar a menos de que sea otro nadie, otro más que se les una para ningunearlos en conjunto, hacerles ver la nada que son, que deben sentirse, los nadie cuya existencia inexplicable el ninguneador aborrece porque en ellos proyecta su propia nada, la nada que cada uno terminamos por ser en este mundo que sigue su trayectoria indiferente.

domingo, julio 29

Nadie, ninguno

Soy nadie, ninguno.
Bebo mi café de nadie,
le echo azúcar o nada,
escribo palabras fantasma.
Este aire es nada.
Los autos pasan,
risas, reflejos.
Ninguno
escucha.
No hablo siquiera
porque no hablo para nadie.
Soy nada en este desfile de locos,
gente de verdad.

miércoles, junio 6

Escondite

El ratón sale, toma por asalto la silla giratoria. Las lámparas de neón escupen su resplandor verde sobre las computadoras y los celulares de queso blanco. Algunos silban el himno a la alegría, hay quien ríe a carcajadas. Con todo y sus bigotes y cola erguida, termina arrugando el semblante oficinesco como si acabara de recibir una soberana paliza con una escoba de paja. Se refriega la nariz en la mesa del escritorio lleno de pequeños hoyos, cala las finas uñas en el teclado, empieza por partir un pay de queso con los dientes quebrados para celebrar el aniversario de la máquina expendedora. Un letrero en la recepción advierte: “Salida de emergencia”. Él recorre los blancos entre las líneas del contrato como a un laberinto fácil de descifrar si tan siquiera le interesara.

sábado, mayo 26

Aire

Me ahoga, me aprieta con su puño rabioso
debajo de las costillas hasta que casi exploto,
pero no lo hago porque al final surge la esperanza,
ese sentimiento que no deja a las cosas ser,
abandonarse a su suerte.
No sé ya qué espero, si espero,
ni por qué esta caminata a ciegas
no termina.

domingo, mayo 20

Los elogios

Un soberano estorbo cuando quien te los regala ni siquiera conoce el producto, el objeto, la cosa por la cual te elogia. Suelen ser vacuos, meros instrumentos de halago que te vuelven débil, discordante, empalagado. Vomito los elogios falsos, aquellos faltos de realidad. Te cubren de una ficción con fines prácticos: usar tu debilidad para que les permitas hacer lo que desean, para que tengas hacia ellos la actitud adecuada, para qué soy bueno, en qué puedo ayudarte. El elogio es perverso cuando viene de una voluntad de control. Quizá sepas que lo que dicen es equívoco, pero de todas maneras decides corresponder con una sonrisa húmeda de satisfacción, sentirte halagado por un hecho que no puedes comprobar, que no descubre tu naturaleza. Bastardo, infeliz, si el elogio es algo benéfico que ahora manchas con tu incrédula lengua: un ungüento de savia emocional en el alma ávida, herida.

Considerado

Una raqueta para matar mosquitos
reposa inerte sobre la cama.
Ya me han picado dos
y no quiero electrocutarlos,
ni a los que vienen.
No, porque su vida es corta,
porque mi sangre
está en ellos
y ahora viaja.

Aburrido

Aburrido como una colmena sin zumbidos,
un cocodrilo de zoológico,
una mosca en un laboratorio aséptico.

Aburrido como un té de bolsita,
un ventilador de aspas inmóviles,
como el foquito rojo
de la televisión.

Aburrido como un gato privado de su cucaracha,
una Coca al tiempo sobre
la mesa de la cocina.

Aburrido como quien ha vuelto de un viaje largo
y todavía no lo sabe.

domingo, abril 29

Mira desde la ventana del departamento donde alguna vez vivió

Cuenta los racimos de polvo que aquí lo han traído, las sombras de faroles rotos, paredes descascaradas, canceles moribundos. Un euro que encontró sin gastar para que fuera su moneda de la suerte, un pájaro amarillo al que debe visitar para abrir su jaula sin dejarlo escapar, un gato negro que se le repega al pantalón mientras él mira por la ventana el vencido reflejo del sol en el edificio de enfrente, los hoteles que no supo habitar ni a la distancia, los autos tranquilos.

N 29 04 18

*

jueves, abril 5

La felicidad

es caprichosa como fruta fuera de temporada,
aparece sin aviso, cae, la levantas y te das cuenta
de que los gusanos la descubrieron antes que tú,
la tiras y toda una población de insectos
acaba con ella. Es una fórmula gratuita,
algo así como una camisa que te viene
luego de mucho tiempo abandonada.

domingo, marzo 11

Showboss

El jefe baja desde las alturas envuelto en un aire
benévolo, la lustrosa sonrisa pegada a su cara
dirige las miradas hacia su silueta deslumbrante.
La escalera parece estar hecha de mullidos cojines
donde se asientan sus delicados pies, determinados
a cumplir la misión en esta sala de juntas donde
le acercan una silla, le dan galletas bajas en calorías,
le sirven refresco de cola, callan si alguien más llamó
su atención en este barullo de palabras que no dicen
lo que pretenden decir. Cada quien cree llevar agua
a su molino, cada quien tiene una orden por firmar,
un resultado por presumir mostrando los dientes
aquiescentes. Lo que él promete se cumple, es algo
como la voz cantante en un concierto de ópera bufa
hasta que irrumpe un tiple agudo que a todos cuadra:
es de su jefe, pues todo jefe tiene otro jefe
y el que no piensa nunca se equivoca.