El durazno está allí, en la banqueta,
y me pregunto si eso será importante,
teniendo en cuenta las resoluciones
que a cada microsegundo toma la naturaleza.
Y en la naturaleza del durazno está
no ser consciente ni de su suavidad ni de su
resquebrajadura ni de su tintura rosácea ni de su brillo
contra el sol que todo lo vence y transfigura.
Pero en la razón de ser del durazno no es lo mismo
—seguramente— estar atravesado por la llanta
de una bicicleta que en mi mano, siendo observado.
Aunque vaya a tirarlo en la primera oportunidad
porque está pasado y no me gustan las frutas así.
De manera que la banqueta vuelve a ser relevante
—hipotéticamente para el durazno—
y no importa si alguna vez le di existencia o
me la dio a mí en tanto lo pensaba.
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