martes, noviembre 17

Espiritismo

Desde que renuncié a la revista de sociales y no me fue posible pagar el alquiler de mi departamento en Bosques de la Victoria, regresé al único lugar donde me recibirían sin mayores exigencias: la casa de mis padres. Luego sobrevino la pandemia del coronavirus y toda maquinación para abandonar las comodidades hogareñas se frustró. Seis meses después mi hermana se separó de su esposo y terminó en la habitación de al lado. Entre semana la acompañaba su hijo pequeño, un niño de cinco años adicto a los videojuegos y al ajedrez.

Su primera noche en casa resultó ser una experiencia no sé si fantástica, sobrenatural o real. No creía en los espíritus. Me hacía gracia que seres de otra dimensión interactuaran con nosotros, como si no tuvieran nada mejor que hacer. ¿Aparecerse solo para mover una mesa? La diversión, hasta cierto grado, estaba implícita, pero ¿qué ganaba con ese acto maravilloso un espíritu? Pensé en probar algún día, con la única finalidad de burlarme de quienes me siguieran la corriente.

Ya casi eran las once cuando Claudia, mi hermana, tocó a la puerta de mi habitación. Estaba yo leyendo, precisamente, una historia de terror en el Kindle. No esperó a que le abriera, sino que giró la perilla con tanta vehemencia que me incorporé de la cama sobresaltado, poco acostumbrado a interactuar con persona alguna a deshoras. Se le veía agitada. Casi hubiera dicho que igual a uno de los personajes que Arthur Machen describía en la novela electrónica que coloqué sobre la almohada.

Como le hacía falta ordenar cajas de tiliches y hallar espacio en las paredes para colgar su extensa colección de óleos, su niño pasó la noche en el departamento del padre. A Claudia le tomó un minuto hablarme del motivo de su irrupción. Antes de casarse había padecido un extraño periodo en que las pesadillas le robaban el sueño. Supuse que se trataba de un episodio idéntico, tal vez relacionado con el divorcio y sus consecuentes desequilibrios emocionales.

Intenté convencerla de que no pasaba nada anormal, susurrándole —somnoliento— que solo había experimentado un devaneo de su imaginación. Tan inquieta y temerosa me pareció que decidí levantarme y acostarme junto a ella en el colchón matrimonial —qué ironía— colocado sobre el suelo, en espera de la base que ya habían mandado hacer al carpintero nuestros padres, con cajoneras para guardar los objetos acumulados en el pasillo.

Me cogió el lóbulo de la oreja con sus dedos tibios, como cuando éramos niños y se refugiaba de la oscuridad en mi cama. Una ocasión, saltó sin pensar y la base no soportó nuestro peso, caímos de bruces y yo me descalabré al golpearme contra la pared. Desde entonces sobresalía un minúsculo cuerno en mi frente que justificó mi apodo de por vida: Diablo. Le recordé el accidente provocado por su miedo y reímos. Poco a poco se tranquilizó, hasta quedar dormida.

Los siguientes días fueron de tanto ajetreo que al parecer olvidó el episodio. Incontables eran las cosas acumuladas en seis años de matrimonio: no cabían en los cajones de su habitación y tuve que irles haciendo lugar en mi clóset, primero, luego en mi cómoda y buró. Le sugerí despejar el librero, aconsejándole que se deshiciera de los títulos que ya nunca leería. De todas maneras mi habitación se llenó de cajas y objetos, de tal modo que me costaba trabajo recostarme a leer o mirar televisión.

Claudia aprovechaba la menor oportunidad para platicarme sobre su divorcio. Se preguntaba —y ella misma acababa respondiéndose— si había hecho bien abandonando por segunda vez al único novio y esposo que había tenido, pese a ser bastante atractiva. Ahora debía pensar no solo en sí misma, también en un ambiente seguro para su hijo. Por las noches, cuando el ajetreo no la distraía, se sentaba en el colchón con aire meditativo, como si planeara su próximo movimiento.

El sábado que le trajeron la base para su cama, Claudia celebró. Mis padres, entusiasmados porque un acto tan ínfimo la alegrara, le prepararon un estofado que todavía saboreo. Nos venía de perlas un descanso de la ansiedad provocada por estos meses de encierro sofocante. Al llegar el lunes, Claudia decidió hacer valer un curso de tanatología al que se había inscrito meses antes y entretener su tiempo libre como voluntaria en los servicios de búsqueda de desaparecidos. Se contaban por miles en la ciudad.

De vez en cuando también visitaba la morgue para solidarizarse con los familiares de quienes habían disipado su existencia cotidiana sin previo aviso. Salieron un soleado mediodía al Oxxo, a por las tortillas, al centro comercial con la novia o el novio, a la oficina o de paseo y no regresaron nunca más.

Al niño le encantaba el videojuego Cuphead: pasaba tardes enteras viendo tutoriales donde un par de tazas antropomórficas intentaban recuperar sus almas venciendo en juegos de azar a los sirvientes del diablo tras las puertas de un casino. Cuando se hartaba, sacaba las piezas del ajedrez, las colocaba una a una sobre el tablero con parsimonia y sorprendía con algunos de sus caníbales movimientos, apenas si reparaba en mi presencia.

Claudia continuaba padeciendo arrebatos de pánico nocturno aunque habían transcurrido meses desde su mudanza. Cada vez iba menos a mi habitación porque yo la acompañaba sin preguntarle. La falta de sueño comenzó a cobrarle la factura con un par de ojeras que le enmarcaron los ojos y perdió por dos el peso ganado comiendo frituras antes de la separación. 

Una noche, cansados de no dormir lo suficiente, entre broma y broma, nos decidimos a celebrar la esperada sesión espiritista. Solamente éramos Claudia y yo. Alumbramos la habitación con veladoras y seguimos paso a paso el manual de instrucciones en una revista de moda. La idea era razonar con el espíritu para que no causara más sobresaltos. Obvio, no logramos nada: nos miramos uno al otro, como preguntándonos qué sentido tenía todo esto.

Por lo general, aunque mis padres estuvieran en casa, le cuidaba al niño, pero en esa ocasión me decidí a ir con Claudia al voluntariado. Le aliviaba, en cierto modo, convivir con gente sufriendo, servirles un plato de comida y escucharlos.

El director del instituto forense le solicitó acompañar a una pareja de ancianos que buscaban a su hija, o a su hijo, ya no sé. Nos hicimos el ánimo y les tomamos de los hombros mientras caminábamos por el pasillo oloroso a formol. Quizá por andar con gente desesperada como esta le daban ataques de pánico. Lo pensé, pero no quise preocuparla de más en ese momento, ni ser indiscreto ante el dolor ajeno.

En cuanto los ancianos cruzaron el umbral de la morgue empezaron a llorar desconsolados, y Claudia, que había permanecido serena, no pudo evitar contagiarse. Los apretujaba sin medir sus fuerzas, descendiendo con ellos al infierno de tener ante sí los huesos apilados, ya sometidos a la prueba del ADN. El cráneo tenía una cicatriz muy particular, su pequeña y rara protuberancia en la frente lo hacía reconocible.


lunes, noviembre 16

Una buena receta

Érase una vez una familia a la que le encantaba cocinar. Se trataba de una familia disfuncional, porque en realidad los seis hijos e hijas, ya mayores, habiendo hecho y deshecho sus vidas, regresaron a la casa de sus padres. Y todos tenían nuevas y mejoradas recetas que aportar. Como no sabían si había tiempo suficiente antes de que emprendieran otra vez el vuelo hacia sus propios nidos hipotecados, cada uno quería tener la primicia y presentar a los demás un elaborado banquete.

Se trataba de tres hombres y tres mujeres. Habían nacido alternados: una mujer, luego un hombre, así cada dos años. Y habría que aclarar que los padres también querían dar a conocer aquellos descubrimientos culinarios que habían descubierto mientras los hijos estaban fuera, en otro país, en otro cerebro, en otro experimento del gobierno. Cada uno había seguido su propio camino hasta que coincidieron de nuevo, como cuando eran niños.

El único problema era que todos querían cocinar al mismo tiempo. Y como lo hacían solo para sí mismos –ya compartirían a los demás su platillo por wasap— se les iba el día esperándose uno al otro para que la salsa de la birria entrara en sazón, el huevo se friera a la velocidad de la tortuga, el ceviche peruano marinara al punto, el filete a la tampiqueña se sirviera con sus agasajos, los restos de piña se transformaran en la exquisita fórmula del tepache.

La cocina se convirtió en el lugar ideal para la guerra campal de recetas y sus consecuentes armisticios. El que se levantara más temprano comenzaba la fila india, porque de lo contrario se estorbaban unos a otros y confundían los ingredientes. Esperaban sentados su turno, cruzando los dedos porque el otro hermano, la hermana, la madre o el padre se decidieran por un platillo sencillo.

Hasta que un día, milagrosamente, a una de las hermanas se le ocurrió cocinar para todos. Degustaron el sabroso hígado ahumado de su hermano menor con acompañamientos. Otro hermano preparó la ensalada, otra hermana la bebida, otro hermano la mesa limpia y otra hermana lavó las cazuelas y los platos. Sus padres aplaudieron la iniciativa.


viernes, noviembre 13

Ventrílocuo

Aunque lo acompañaba a todas partes, su mujer nunca hablaba. Lo acompañaba incluso sin acompañarlo, porque, al charlar con sus amigos, daba, además de su propia opinión, la de su mujer, más sabia y consciente. Culta y preparada, en verdad, si bien nadie había escuchado su voz. O sí, pero en boca de su marido.

En las reuniones familiares el hombre se adelantaba a responder cuando a su esposa le hacían una pregunta. Sus suegros y cuñadas la conocían perfectamente gracias a que el hombre les participaba sin remilgos la opinión que su mujer tenía de la nueva serie de ánime, del presidente en turno, del último libro de fantasía que había leído y su preferencia por la comida vegana que su hacendoso marido le preparaba.

Como el hombre tenía un horario flexible, recogía a los niños en la primaria. A la directora le caía muy bien su mujer, porque le enviaba amables saludos y tenía una excelente noción del sistema educativo con el que experimentaban a manera de programa piloto. Estaba deseosa de conocerla algún día, ya que, sin asistir a las juntas, influía con lucidez en las decisiones de los criticones que terminaban cediendo a favor del progreso escolar.

Quizá el momento cumbre de tan engranada relación fue cuando celebraron su décimo aniversario. Los invitados se apresuraron a llegar temprano para estacionar sus autos cerca del auditorio donde sería la ceremonia. Los más tempraneros alcanzaron a sentarse en las butacas de la primera fila. Esperaban atentos y esperanzados las palabras de la mujer que siempre había aportado consejos edificantes y creativos ante la adversidad, que sabía sin tacha a qué estreno cinematográfico asistir sin pérdida de tiempo, que tantas buenas recetas de cocina había revelado en las cenas familiares, que contaba, de acuerdo a su marido, unos chistes que harían reír hasta la histeria a cualquiera.

Si conocían a alguien, desde sus gustos en medias deportivas, en telas finas, en perfumes y ejercicios para prolongar la vida, pasando por elegantes citas filosóficas, poemas recitables y profundos consejos éticos y matrimoniales, hasta útiles y atinados experimentos destinados a enriquecer las clases de robótica para los niños del kínder, era a la mujer del hombre.

Esperaron ansiosos a oír su timbre vocal por primera vez. No pudieron hacerlo en la recepción porque el buen hombre se dio a la tarea de saludarlos en nombre suyo y de su mujer, mientras ella se aplicaba los últimos toques de maquillaje. No alcanzaron a escucharla durante el rito de refrendo de votos porque la mesa del juez honorario resultó estar lejos del público y al parecer habló muy bajito. Los más aguzados la vieron mover, casi imperceptible, sus labios. En cambio, el hombre renovó sus promesas modulando su volumen estentóreo, potente, hasta dejar perplejos a los asistentes. Si se dirigía a su mujer con tal vehemencia, seguro lo hacía en respuesta a sus sabias, dulces y profundas palabras.

Amigos y familiares regresaron a sus casas satisfechos. Esta pareja feliz actuaba como una sola voz.


Desayuno

A Ángel y Lucía


Empezaba a impacientarse. Su amigo mecánico avisó por Facebook que venía retrasado. El hambre le caló en las tripas. Pensó en pedir el desayuno cuanto antes, pero esto desfasaría, se le ocurrió, la charla pendiente. No era lo mismo recibir los platos al mismo tiempo y contar las anécdotas pendientes en el gremio que estar satisfecho cuando el otro padecía el ansia de comer. Se le ocurrió entonces que la charla, si ambos coincidían en ritmo, digamos, narrativo y emocional, podría representarse así:



De otro modo, si se atrevía a comer los chilaquiles crujientes que tanto deseaba en estos momentos, la charla perdería en sintonía, el eje focal se desfasaría y sería este el resultado:

 


Esperó. El mecánico escribió que vendría también su hija menor. Una chica de quince años adelantada a las de su edad: había leído y releído a Simone de Beauvoir. Pensó que él por años la había dejado pendiente. De hecho, leyó un par de libros sobre feminismo en la universidad y luego se dedicó a trabajar en un diario de noche y a sortear las intrigas que todo medio público trae consigo en lo privado.

El amigo mecánico acababa de ganar la lotería. Pareciera que desde ahora llevaría una vida holgada, así que se sentía en el deber de advertirle sobre los riesgos de evitar la codicia a toda costa. Más valía puerquito lleno y sonante.

En otros tiempos solo le invitaría a beber en Los Molachos, una cantina suficientemente sucia con un piano desafinado que los contertulios solían desafinar todavía más. Allí brindarían por la buena suerte. Aunque su amigo pasara de los cincuenta, nunca era demasiado tarde para recibir a la veleidosa Fortuna. En las selfies se le veía contento. O así se lo imaginaba, con esa aura que rodea a los ganadores. Le causaba gracia el berrinche de una señora, de esas políticas prepotentes, adineradas y con pésimo gusto para vestir, ofendida en Twitter porque recibiera el premio mayor un mecánico adorador de Motörhead con el único boleto que había comprado en la vida. Alegaba fraude. El mecánico se lo tomaba a chiste. Quizá llegaría al café con una sonrisa hiperbólica:

 


En esta cavilación de cuaderno perdía el tiempo cuando aparecieron el amigo mecánico y su hija afuera del café, haciendo fila para aplicarse alcohol y que les tomaran la temperatura. Una nueva ola de prohibiciones cercaba otra vez las actividades en la ciudad, por ello se habían reunido un sábado temprano. Las autoridades cazaban incautos a partir de las siete de la tarde.

Hace algunos años su amigo mecánico era más bien un piloto en la banca. Ampliamente reconocido en el medio como uno de los mejores para componer autos de carreras, anhelaba conducir profesionalmente sus obras. Gracias a su gran oído, los autos más burros terminaban acelerando en la pista como Boeings arrebatados y ruidosos. Hasta que en una ocasión se decidió a portar el emblema del equipo, a sus espaldas, y ganó su primera carrera con un Lamborghini Miura modificado por él mismo. El mecánico abandonó las llaves y las tuercas a favor del glamour y las fiestas con simpáticas edecanes. Su contradictoria personalidad encontró solución:

 



El boleto ganador de la lotería le había caído de perlas. Pensaba, en un futuro no muy lejano, comprarse un Mustang y hacerle los ajustes que tanta fama le habían dado como mecánico. En un arrebato existencial abandonó su casa y lo ahí contenido. Siguió en contacto con sus hijas, que vivían en el extranjero. La más pequeña, que nos acompañaba en la mesa revisando su Instagram, estaba de visita en la ciudad.


El ahora piloto de carreras contó que había vagado de casa en casa de otros amigos. En realidad todavía no recibía el monto del premio y seguía pagando la hipoteca de su hogar dejado atrás. Decidió hospedarse con un amigo tan distraído que, pensó, se olvidaría de que un extraño dormía en su sala.

Añoraba su cobija-parábola recostado en el sillón:

 


Eso no era lo más extraño que le había sucedido. El recién piloto comenzó a explorar la colonia. El departamento estaba rodeado de locales comerciales. En particular llamó su atención una funeraria. Su anfitrión y él miraban por la ventana cómo se alzaba la pintarrajeada cortina de hierro para dar paso a un ataúd y a otro, en periodos esporádicos.

Su anfitrión también tenía interés en averiguar qué se estaba cocinando local adentro. Al otro lado había una pizzería, así que las prácticas nocturnas de la funeraria que no terminaba de abrir al público —pese a su letrero “Abierto las 24 hrs.”— debían obedecer a un hecho lógico. No por nada había leído cuanto libro de Richard Feynmann cayera en sus manos. Lo guiaba una astucia científica, pero, ante la poca evidencia, solo podía concluir que había gato encerrado. O cadáveres, agregó el piloto.

Un ataúd es una parábola sugestiva:

 


 

¿Y si son vampiros? La pregunta surgió cuando estaban a punto de comer chuletas ahumadas y no sabían quién utilizaría la única cuchara y el único tenedor disponibles. Tenía la batuta el que lavara los platos. La idea del vampirismo no tenía por qué tomarlos de sorpresa. Habían creído que los gritos oídos durante las noches se debían a reyertas de gatos. Eso era lo más lógico. Pero si lo pensaban bien, esta podía ser una de esas películas serie B que solían coleccionar, en espera de encontrar la peor dirección cinematográfica de la historia.

No les hacía gracia que los sorprendiera un vampiro mientras miraban un caótico filme de luchadores de lucha libre convertidos en zombies. O en el momento en que la heroína fuera tragada, aun cuando corriera y corriera, por un lento y ubicuo cocodrilo. Ojalá al vampiro le apeteciera el box, de ese modo podrían estar tranquilos siquiera los sábados a la noche en lo que terminaba el último round.

Los dientes afilados de un vampiro podían lucir como dos extremos de una parábola. Incluso se parecerían a la representación gráfica de una animada conversación:

 


Todavía no sabían qué esperar. Era posible que solo se tratara de una bodega de ataúdes, tanto como que la pizzería resultara ser un laboratorio clandestino de metanfetaminas. Qué no sucedía en este mundo al revés al que hay que irse habituando si se quiere salir con vida y no desaparecer en el intento. 

La curva de desaparecidos en la ciudad alcanza cada vez un punto focal más alto:

 



Golpeaba suavemente la mesa con las yemas de sus dedos la hija del piloto. Sus ojos adormilados miraban los autos pasar. Como estaba previsto, la trayectoria de la conversación fue desacelerando para terminar vaciando el café y los platos de chilaquiles, molletes y desayuno inglés.

Platos vacíos (también podrían ser molletes, pistas de carreras abandonadas o tres nubes solitarias):



El piloto compraría de regreso unos binoculares que le permitirían vigilar a sus inmóviles y mudos vecinos a distancia, sin el riesgo de perder la cordura o ser descubierto. Además, su anfitrión empezaba al siguiente día un taller para aprender a fumar puros y de seguro perdería la noción del tiempo. Alguien debía estar atento.

 


La coleccionista

Era una señora indefensa que un día, al regresar de su trabajo, recibió en el alma una bala perdida. Una bala no de plomo, sino de celos. Llegó a casa de noche y miró a su esposo preparando la cena: le pareció ideal tenerlo en su bolso como llavero.

No se lo dijo en ese momento, solo imaginó lo útil que sería meter la mano a su bolsa y, en lugar de encontrarse con las simples llaves, topar con una figura hacendosa. Seguro que sus dos hijas adolescentes verían la lógica del razonamiento.

A esta señora le encantaba coleccionar zapatos. Por mucho prefería los zapatos de tacón. No es que tuviera pies bonitos. En realidad los zapatos le gustaban tanto que le hacían olvidar la deformidad de sus tobillos. Botas con tacón block, zapatos de tacón con piel de víbora, zapatos con plataforma. Sandalias, flats o tenis. Cada fin de semana pescaba ofertas de zapatos para mujer y se llevaba a su marido de corbata.

Tantos zapatos de innumerables estilos había acumulado durante 18 años de matrimonio que no cabían en el clóset del pasillo, ni debajo de la cama, ni en su gran ropero, ni tampoco en la habitación de sus hijas ni en el patio, la cocina ni la sala. Ni siquiera ayudó que regalaran los viejos juguetes de las adolescentes.

La casa era una vitrina insuficiente para la coleccionista. Sus hijas buceaban entre cordones, pieles, telas y costuras antes de zambullirse por fin en sus camas, temerosas de que un tacón les cayera encima. El marido se la pasaba estudiando la Biblia en el rincón dedicado a revistas de moda: el baño. Cuando le preguntaban qué hacía, apenas si emitía débiles gemidos que se confundían con el sonido de la televisión.

Habrá que aclarar que el departamento de esta señora no era muy grande y sus muebles excedían por tres el tamaño recomendado. De manera que si las hijas querían prepararse un sándwich en la cocina tenían que sortear toda una marejada de zapatos de moda o pasados de moda, para al fin arribar a la prominente mesa o abrir el refrigerador industrial.

Un día a la señora le pareció que la casa era incapaz de albergar un par más de zapatos. Se convenció de que sus materiales no eran tan duraderos como hubiera querido y, con sorpresa, observó detenidamente a sus dos hijas. La más grande tocaba el ukulele y la más chica el violín. Eran, en verdad, muy lindas. Y estaban, sobre todo, llenas de vida. Adoraban a sus abuelos paternos, quienes habían renunciado a la vida holgada de los jubilados para disfrutar de su compañía y darles lo que sus padres no podían. Por ejemplo, zapatos.

La coleccionista consideró que esta era la perfecta oportunidad para cambiar de perspectiva. En el trabajo le había ido muy bien desde que la recomendara su suegro en el departamento de ventas de una empacadora de semillas en la que había sido director. Incluso abogó por ella cuando la quisieron despedir por incompetencia. Ahora, pasado el tiempo y librados los obstáculos, se sentía realizada, conducía su Mazda deportivo y el mundo le parecía brillante y atractivo como el broche de fantasía de sus sandalias rosas imitación Jimmy Choo. Contemplar al marido doblando pilas de ropa le recordó que siempre podría abrir una puerta a inéditas experiencias.

Entonces se dio cuenta de que sus hijas amaban a los abuelos. Prácticamente se habían criado con ellos. De bebés no las soportaba, les pegaba en el pañal a la menor oportunidad para callarlas. Al salir del trabajo en las tardes, paseaba por las plazas con el anhelo de ver zapatos y no tener que cuidar niñas berrinchudas. Pero ahora habían crecido. Y no podían ser de nadie más. Ya se valían por sí mismas y no le preocupaba dejarlas solas en casa. Pensó en coleccionar charlas de café, sesiones de cine en sala VIP, salidas a tomar nieve de garrafa, al acuario o al museo. O tenerlas allí, sentaditas, mirando hacia la ventana y con audífonos mientras hacía home office a toda voz.

La señora, en sus dubitaciones, llegó a la conclusión de que lo único que se interponía en sus planes de convertir a sus hijas en amigas incondicionales eran los abuelos. Sí, esos seres abominables y serviles ante los que había tenido que fingir aprecio cada vez que los saludaba con su sonrisa de selfie. Tocó la fría espalda, como de metal, de su marido, para hacerle saber que sus hijas ya no podían andar libremente por el vecindario —los abuelos vivían a tres casas. Ya no irían a las clases de música, ni de kung-fu, de repostería o de nado sincronizado. Los abuelos no solo pagaban todo esto, sino que andaban con ellas a vuelta y vuelta para que no llegaran tarde. Les daban de comer, les revisaban la tarea, las bañaban, les organizaban sus fiestas de piñatas y las llevaban a elegir su pastel cada cumpleaños: hacían todo por ellas desde antes de que aprendieran a decir su primera palabra y eso no era justo. Porque eran suyas, de la coleccionista de zapatos.

Decidió cortar lazos, cerrar puertas con cerrojo y echar las llaves por la ventana. El marido se había quedado sordo. Los abuelos palidecieron y pronto enfermaron por el dolor de no ver más a sus nietas. Cuando trataban de comunicarse con ellas, recibían por WhatsApp un lacónico "bien, gracias" que les hacía sospechar de que un bot había secuestrado el artefacto. Lo único que ahora le importaba a la señora era ganarse a sus hijas, peinarlas, vestirlas con coloridos vestidos de moda, probarles las zapatillas de cristal que nunca le vinieron por más que lo intentara, compartir largas tardes de té y conversaciones sobre un futuro prometedor, pleno de zapatos de todo tipo. En ese momento hacía un mohín y bajaba delicadamente los ojos vidriosos hacia la malla cubierta de tul fucsia de sus Dolce&Gabbana. Les contaba, por ejemplo, cómo las había rescatado de las infames garras de sus parientes.

Un día, al regresar del trabajo, como te venía diciendo, la coleccionista atravesó el pasillo abarrotado de zapatos, se dirigió a la habitación de las adolescentes y se dispuso a ordenar sus pertenencias.


miércoles, noviembre 11

Todo por la familia

¿Sabes qué? Yo perseguí a los hijos de la chingada hasta que pidieron perdón. Estaba sentado en la escalera junto con mi hermano cuando llegaron arrepentidos. Cabizbajos, rendidos, no eran los mismos que anoche golpearon a mi hermano y a su cuñado. Culeros, hijos de su reputa madre. No hice gran cosa, tan solo llamar a mi primo el judas. Con su cara de babe face ni siquiera lo parece. Lo llamé a él y no al comandante, mi amigo desde niños. Estos pelmazos se sentaron en la escalera a beber. Esperaban no sé a quién en la puerta de enfrente, en el segundo piso. Es una casa convertida en departamentos. Abajo hay dos y arriba otros dos. Se sentaron en la escalera y eso es ya invasión de propiedad privada. No tenían derecho a beber ahí, ni a hacer relajo. Mi hermano cuidaba a su hija recién nacida, junto con su cuñado. Jugaban maratón o algo así, quizá monópoli. O veían alguna serie o contemplaban a la bebé, sepa la chingada. El caso es que aquellos molestaban ahí afuera, los ponían nerviosos. Si no estaba el vecino o si no les abría la puerta, qué hacían ahí. Alguna demostración imbécil de poder. El cuñado abrió la puerta y les increpó para que se fueran. No sé qué tipo de amenaza les hizo, pero les picó la cresta. Se agarraron a golpes. Mi hermano, que solía pelear de adolescente, le entró al quite: dos contra dos. El cuñado era fuerte porque le ayudaba a su papá en la herrería. Mi hermano sí que pesaba, yo no me le pondría enfrente con malas intenciones. Con todo, los bebedores eran peleadores callejeros, los moretones lo demuestran. Se supone que algo así une a quien sea. La bebé a su cuidado podría haber sido testigo del pleito si tan solo hablara o se diera cuenta de lo que significaban esos sofocos, gritos y jaloneos en el cuadrilátero del descansillo. La mamá trabajando. Quedaron tablas con los bebedores, aunque hay gente que no sabe perder. Menos si es del barrio, qué dirán sus amigos, cholos de mierda. Está claro que la cobardía no era un problema. Arrojaron botellas de cerveza desde la banqueta. Una de ellas rompió la ventana del depa en el segundo piso y se estrelló contra la pared. El líquido muestra la explosión, la trayectoria de los vidrios. Pasó rozando a la bebé. Otras cayeron en los cristales del auto de mi hermano, un Ka que le encantaba, donde, por su tamaño, parecía escudero con armadura. Esos putos tuvieron la culpa. Mi hermano sabía de mi amistad con el comandante, obvio. Pero preferí hablarle a mi primo. Yo te ayudo, me dijo, si el comandante toma cartas en el asunto se los va a cargar la chingada. Y bueno, éntrale, yo te hago segunda. No quería dejar desprotegida a mi sobrina. Me daba rete harto coraje, tanto que se nublaba mi preocupación. Pinches pendejos. Mi hermano averiguó dónde vivía uno de los malandros. Le dijo mi primo: quédate, nosotros nos la arreglamos. Venía en su Ram Charger roja de vidrios polarizados. Nos estacionamos frente a la casa del tipejo y timbramos, con la farola y el motor encendidos. No salió. Ante la insistencia aparecieron la mamá y la hermana. Mi primo me había dado un radio para que me lo acomodara en el pantalón, simulando una pistola. También se aseguró de que su bulto fuera visible, ese sí con plomo. La mamá dijo que su nene no había hecho nada grave, que solo se había peleado con unos bravucones. A mí me hirvió la sangre. Le dije, de mala manera, que estuvieron a punto de herir a una bebé. O peor. Se me fue algo la mano con el gesto y las palabras de indignado, porque hasta mi primo volteó a verme como diciendo cálmate, ella no fue. Y ya me habían dicho que las madres exculpan a sus hijos, nunca los creen delincuentes ni asesinos. Total que me avergoncé un poquito y reculé hacia la puerta abierta de la camioneta para que mi primo lo manejara. El pretexto era que al inocente hijito lo buscábamos de la Procu para que declarara. No salió. De ahí nos encaminamos a una tienda donde trabajaba el Tlacuache. No recuerdo su apodo, así que ese está bien por el momento. ¿El Tlacua? Nooooo, aquí no ha venido, lo cubrió el tendero. Con eso bastó. Más tardamos en regresar: le llamaron a mi hermano por teléfono para decirle que se harían cargo de lo que hicieron. Para cuando fuimos a registrar los daños, a las 10 de la mañana —su familia se refugió en mi casa por si había represalias—, ya habían cambiado la ventana rota del depa. Le pagaron los cristales del auto y sí, pidieron perdón, bien modositos. Se dirigieron a mí: me sentí un potentado, con el estilo acá de los lentes oscuros. Se miraban muy arrepentidos, los cabrones hijos de su chingada madre. Le platicaba esto a mi amigo historiador cuando un tipejo que venía con él y al que nadie le hablaba me miró con desprecio. Yo dije: por mi familia soy capaz de todo. Y ese sí que tenía cara de tlacuache. Pinche tlacuache, méndigo chaparro, nomás juzgando. Si después se vio que pura palabrería.


jueves, noviembre 5

Influencias iniciales

Mi primera influencia fueron las colecciones de cómics que se vendían en los ochenta y noventa en puestos de revistas. Los ejemplares de "Novelas Inmortales", "Joyas Literarias", "Joyas de la Literatura", recreaciones de novelas clásicas, inundaban mi casa junto con otros menos prestigiados pero envolventes en su fórmula ensayada una y otra vez: "El Libro Vaquero", "La Novela Policiaca", "Historias Macabras", "Lágrimas y Risas" y otros formaban parte del consumo lector en mi casa desde que estaba en la primaria. La primera vez que tomé un camión fue a los doce años: me dirigí a la librería Gonvill más cercana, donde descubrí que esos títulos que me maravillaban se encontraban en colecciones juveniles que fui adquiriendo y leyendo todavía con mucho más placer que los cómics que me habían llevado a ellas. Salgari, Stevenson, Shelley, Louise M. Alcott, Poe... primero descubrí la novela para sumergirme, ya en la secundaria, también en la poesía. Huidobro, Darío, Asunción Silva, González Martínez, Gabriela Mistral, Juana de Ibarborou, Amado Nervo... todos ellos y otros configuraron mis primeras aventuras literarias. Ya después abjuraría de unos y reivindicaría a otros, pero no puedo negar que fueron parte de mi primera educación.


05 11 20

Un roble

Desde que se mudó a Santa Eduwiges, una colonia con aires de barrio, nada le faltaba. Hacía las compras en las calles aledañas, sin tener que desplazarse al Walt-Mart o al Soriana. La pequeña casa de dos pisos que le había alquilado una amiga de la universidad cuando decidió mudarse a Puerto Vallarta con su novio, se convirtió pronto en el punto de reunión de amigos de toda índole. Pero eso no era lo más importante. Solía recorrer a pie estas calles, donde era posible encontrarse con cualquier sorpresa al doblar la esquina. La colonia era una especie de oasis, un triángulo cercado por caseríos populares y otros más bien nice. Una bisagra entre clases sociales que hallaban en ella su carrefour, su cruce de caminos, porque allí concurrían multitud de vecinos para abastecerse de frutas, verduras, carnes, botanas y lo imaginable. Era una especie de tianguis inamovible. A Toño le encantaba ir primero a la frutería, luego al rastro —donde colgaban de las perchas trágicos cerdos— o a la pollería, a la cremería o a la pizzería argentina, negocios dispuestos pared con pared. 

Fue así como conoció a Daniela, una niña extraña a la que le gustaba subirse a los árboles que habían sobrevivido a la moda de talarlos en la ciudad para que no tiraran, como decían sus perpetradores con una sonrisa orgullosa, basura. De no ser por los vecinos desastrosos, seguramente saltaría de rama en rama en el barrio como el barón rampante de la novela de Calvino. En su lugar, se le veía de pie, avizorando el paisaje oloroso a verduras y sangre fresca, a botanas y especias, sobre los troncos ya secos de los árboles muertos. Como si quisiera hacer de sus ramas. Se quedaba allí parada, contemplando, olisqueando el trajín sin decir palabra.

Toño supo su nombre indirectamente: se lo escuchó a una vecina harta de correrla cuando subía y bajaba como gato de un pino frente a su fachada. Una noche, al regresar de su trabajo en una agencia de publicidad, se encontró con que los vecinos habían talado el pequeño roble que daba sombra al frente de su casa y al musgo que crecía libremente en la cantera del patio que daba a la calle. No tenía mascotas ni disponía de tiempo para cuidar a nadie más que a sí mismo, pero este árbol era algo más: un compañero. Así parecía haberlo comprendido también Daniela, porque la siguiente noche la vio de pie sobre los restos todavía tiernos del roble, al igual que la siguiente y la siguiente. La imagen era recurrente en el cerebro de Toño: era como si quisiera suplir sus ramas, como si intentara fundir sus piernas al tronco y alimentarse de las raíces. Hasta que el tronco finalmente endureció, todavía circulado por hormigas rojas que rejuntaban en fila trozos de hojitas secas como único rastro de vida. La calle entera había quedado sin árboles que dieran sombra y —lo sabe todo amante de la naturaleza urbana— mucho más.

Apenas si averiguó Toño quién había asestado el golpe mortal a su amigo. ¿Acaso importaba? Lo sacó de su cavilación la llamada de su jefe inmediato solicitándole que viajara con urgencia a Buenos Aires para enterarse de los procesos publicitarios en otras agencias hermanas. Durante dos meses anduvo por los cuatro puntos cardinales del cono sur, así que todo tema relacionado con el barrio solo le vino a la mente mientras lo miraba su reflejo desde la ventanilla del avión, ya de regreso en el aeropuerto de Guadalajara. Luego de una interminable junta con creativos de su agencia inmediatamente después de aterrizar, llegó en Uber a casa, como siempre, de noche. Arrastraba la maleta cuando observó sorprendido que retoñaban unas tímidas ramitas del tronco que había dado por perdido. Las alumbró con el celular: tenues, de un verde casi translúcido, sin manchas de esmog. Volteó a ver a todos lados, esperando divisar a Daniela —con quien nunca había cruzado palabra— para darle la noticia. No la halló por ningún lado. Tampoco el siguiente día, ni el posterior. Nunca volvió a saber de la niña.


martes, octubre 27

Destruir, construir

Alguien pica ladrillo. Se oye el cincel junto a mi casa, pero también más allá, quién sabe dónde. A veces se escucha detrás de la pared de mi estudio. Un concierto bufo de sierras y golpeteos en la piedra. Y todavía más lejos, ¿martillazos? ¿Quién quiere destruir, desarmar su casa este mediodía? Comprendo que echar abajo sea el preámbulo para edificar. Que edificar sea un verbo positivo, heredero de una reconocida familia semántica. Como si todo lo que se edificara fuera edificante. Como si todo lo edificante fuera bienvenido. Para el hinduismo, Shiva, un ente destructor, contribuye así a la creación constante del universo. ¿Por qué destruir es más ruidoso que construir?


27 10 2020


lunes, octubre 19

La maestra de yoga

Lo miró de reojo mientras daba un curso de filosofía yóguica, justo en el instante en que explicaba esos casos en que los alumnos se enamoran de sus maestras. A Juan no le pareció extraño. Esto que sentía por Inés cada tarde iba más allá del yoga. Su cabello rubio y alborotado, su juventud y energía vital para cuanto tenía que ver con avanzar en los peldaños espirituales de la práctica, con asanas que le gustaba ejemplificar con su cuerpo dominante y neumático, le hacían comprender a Juan que carecía del suficiente avance espiritual como para sugerirle una clase particular, ya no digamos ir al cine. Se perdía en los mechones grises mezclados con los abundantes amarillos, en tanto Inés explicaba como nadie los sutras de Patanjali. Con serenidad, ojos brillantes y ademanes sexys, pensaba el inexperto yogui, aunque esto implicaba una traición al Brahmacharya, el control de sus sentidos que había ensayado durante la última semana. Inés además dirigía obras de teatro con mujeres de la prisión como actrices, estudiaba letras, albergaba el sueño de hacer una carrera de dramaturga en Chile y, solo en sentido figurado, lo tenía de cabeza —un asana en realidad todavía fuera de su alcance. Día a día Juan practicaba en la azotea del edificio el saludo al sol y un consciente vinyasa para entender cómo lo mejor de su mundo se había vuelto de revés, pero su sempiterno desequilibrio emocional y físico, con el correspondiente efecto en su sobrepeso abdominal, le jugaban una mala pasada. Diablos. Si tan solo pudiera hablar con ella sin ocultarle las ganas de engullir papitas y Pingüinos, cualquier comida chatarra que paliara su ansiedad. La única forma de llegar a Inés, estaba seguro, era practicando cada vez más asanas, estudiando a Krishnamacharya, a Indra Devi y el mayor sánscrito posible, optar por la dieta vegana que tanto presumía su amigo el músico. Se sorprendía, durante la clase, observando cómo resplandecían bajo sugestivas serpientes Led los delgados vellitos que ondulaban casi imperceptibles en los brazos de Inés, los granitos de su cuello, sus labios naranja. Esto no era para nada espiritual. Entonces se avergonzaba de sí mismo, de su imagen y de su descarada y malversada manera de afrontar la atracción que su maestra ejercía sobre él. Sospechaba que Inés era consciente de su apego, que su elegante indiferencia a los elogios era una máscara no —Inés había residido un año en Japón— carente de emociones. Los celos le recorrían como tijerillas a punto de picar con sus tenazas cuando corregía la postura de Alejandro, cuando elogiaba la elasticidad de Oswaldo, incluso al darle palmaditas en el hombro a Susana. Puede que haya algo ilegítimo en que una maestra se fije siquiera en uno de sus estudiantes, pero ¿y si es al contrario? ¿No es comprensible sentir admiración por aquella persona que irradia una contagiosa satisfacción consigo misma? Todo esto la hacía aparecer más linda a los ojos de Juan. La sonrisa de Inés acontecía frente a la audiencia como un avión que ignora a la ciudad dejada atrás. Juan cerró la aplicación en la pantalla de su iPad y salió a la tienda a comprar palomitas, Pepsi y un chocolate sin azúcar para ver su serie de superhéroes en Netflix.


domingo, octubre 18

El hambre de un zombi

Y no uno cualquiera en esta ciudad de inadaptados, de gente cortés de primera instancia y chismosa por lo bajo. Este zombie se llamaba Julián, al menos así lo habían bautizado en otra vida. No estaba seguro de querer un nombre ahora. Le parecía innecesario, pues ya no lucía como antes, impelido como estaba por un ansia invencible de comer carne humana. Consciente del ecosistema, solo cazaba para saciar su hambre. No se le antojaban los nervios: tenía que mascarlos más de lo conveniente. En cambio, le encantaba pulir los huesos, pero más que nada tragar cabellos. Sí, cabellos largos, rubios o trigueños, de hombre, de mujer, de género indeterminado. Los apartaba del cráneo con sus largas uñas afiladas y pútridas, los colocaba en un plato hondo porque no quería abandonar su civilidad, y los engullía como antes hiciera con el espagueti a la boloñesa. Unos trocitos de carne  entreverados otorgaban al platillo un sabor que le habría gustado percibir si todavía conservara la lengua. Sentía gran placer cuando los cabellos se atoraban en su hueso hioides, se deslizaban por la tráquea acariciándole partes del esternón y costillas falsas, hasta que los sacaba por un orificio que cada vez se iba ensanchando más en su esófago. Los cabellos le aliviaban cierta comezón en los órganos internos que habían aprendido a sobrevivir. Bastaba con sentirse satisfecho por unas horas, luego se tornaba otra vez ansioso, terriblemente hambriento. Entonces salía a la calle y se unía a la horda de zombies que habían olvidado sus nombres.


La grieta

Aunque había intentado aspirarlos sin dejar rastro la noche anterior, restos blancos de polvo permanecían en la mesita y el popote improvisado de una pluma Bic. Las sábanas beige colgaban de la cama de hotel, las almohadas se apilaban sin funda ni forma, como si en ese rectángulo se hubiera fraguado una lucha cuerpo a cuerpo. Quizá contra sus propios demonios. Todavía el amanecer no entraba de lleno por los resquicios, apenas amenazaba con su halo de luz tenue. No solo la cama era un aluvión: ropa tirada, papeles arrugados sobre la alfombra, cenizas y, en la pared, unas gotas marrón que habrían podido ser sangre si no recordara haber lanzado el plato de la cena en un momento desesperado. Su celular comenzó a vibrar. No estaba sobre el tocador; se asomó debajo de la cama como a un abismo. El tono de la marcha imperial de Star Wars le quitó todo indicio solemne a este instante en que deslizó su índice derecho, no sin dudarlo, hacia el ícono verde. Era su madre. Contestó con sílabas afirmativas y distraídas cuanto pudo. A sus 45 años, una calvicie eminente y patas de gallo que irradiaban de sus ojos como de soles muertos, todavía su debilidad era la voz de este ser que se le antojaba dominante, invasivo. En cierto modo, agradecía que alguien se acordara de su cumpleaños, así fuera la misma persona que lo había arrojado bañado en líquido amniótico a este mundo deforme. Colgó. En la pantalla de cristal apareció la máscara de un estoico Darth Vader mirando al vacío. La soledad le rodeó como perros curiosos. Sus recuerdos lo sumieron en un lugar oscuro. La mujer que había invitado le abandonó a media noche, no sin exigir la transferencia acordada. A él esto le tenía sin cuidado. Intensificar la vida, verla explotar para luego adentrarse en sí mismo, libre de toda memoria. En el techo había una grieta. Cuando se sumergía en la mujer como un barco con la quilla destrozada, ella la señaló y le dijo que ese era su futuro. El hombre no creía en símbolos improvisados, pero en el fondo sabía que la mujer habría encontrado ese u otro para proyectar su inquietud. La idea de pagarle fue, finalmente, suya. Habían sido amantes desde hacía cuatro meses, cuando ella pasaba por un proceso de divorcio. Entonces el sexo fortuito, a escondidas, era su lenguaje mutuo. Hasta que empezaron a pensar. Ella en sus hijos, él en nada. Fue la manera como la mujer ideó la despedida. Una grieta de apenas nueve centímetros. El hombre miró el techo y se abandonó en la contemplación, pero luego le pareció insensato, absurdo detenerse en esa línea que dejaba entrever sus entrañas grises, que el personal del hotel había descuidado. En cuanto se vistiera y bajara al recibidor, notificaría a la administración del exabrupto. No podría decirles que esta grieta había terminado con toda esperanza de seguir siendo quien había sido durante meses frenéticos, que la pequeña grieta había dado un final abrupto, y lo peor, simbólico, a su inesperada relación con esta mujer nueve años menor que había conocido en una fiesta aburrida en su casa, para celebrar la presentación del libro de un amigo poeta. No entendía por qué había señalado la grieta. ¿Qué podía esperar de un after con amantes de la poesía? Le había llamado la atención esta mujer de ojos verdes, largas pestañas y cabello negro y ondulado que parecía tener una pregunta para todo. Una pregunta que no esperaba respuesta. La grieta era la imagen definitiva del abandono. ¿No será una alegoría de nosotros? Y… págame. Despidámonos como dos desconocidos. ¿Si la grieta no hubiera aparecido, estarían a la espera de su próximo encuentro? Debía ser enérgico con la administración del hotel. Estos descuidos suelen provocar tragedias.

domingo, octubre 11

Ítaca es un vacío

Lo que importa al vagar por el hiperespacio
es regresar a casa, da igual
si por un agujero de gusano, un hoyo negro,
un salto cuántico: no ven los pasajeros
la hora de arribar a esa tierra ajena
que nunca conocieron sino por postales,
videos maltrechos, audios de archivo
confiados a humanoides laxos
en un vacío de mitologías, de seres mágicos,
pues el silencio helado que sostiene a las estrellas
es la hidra más rapaz
para el que ataca con preguntas.

domingo, octubre 4

No espero nada

Ni del día con luna llena, ni de la noche
iluminada hasta el arrebato cursi.
Sigo a mi propia sombra como el gato
a una madeja de hilo, a un alacrán.
En la nada se pierde la espera,
entre ola y ola de tráfico, 
el ruido del tren que suele significar algo
para el que está a punto de ahogarse
y se aferra como un molusco

al vidrio de la pecera.
Intentaré dormir
ahuyentando mosquitos
que de todas maneras hallarán la forma

de picarme.


viernes, septiembre 11

La escalera

Lo deseable es no luchar con el ángel,
sus sorpresivas maneras
de hacerse cargo de las cosas.
Después de todo, descendemos,
y con suerte algo de luz
entra por los ojos a evidenciar
que la vida está bien, por ahora.

viernes, septiembre 4

Días lentos

Hay días lentos como globo aerostático
sin grandes corrientes de aire.
Días alargados como chicle de menta
a punto de romperse.
Días en que es preferible dormir
sobre un mar lechoso hasta tarde,
acunados por la marea.
Días en que no estamos hechos
para levantar ninguna bandera,
ni la del atardecer, ni en defensa propia,
días en que bajamos la guardia
porque ya no queda nada,
días que nos envuelven como gas
en espera de la chispa.


sábado, agosto 22

¿Cómo te quedó el ojo, piojo?

En un lugar muy, muy lejano

había muchos cuentos

que comenzaban diciendo

En un lugar muy, muy lejano.

 

Érase una vez

que en un lugar muy, muy lejano

empezaban los cuentos que les contaban

a los niños antes de dormir

diciendo

Érase una vez.

 

Porque en un lugar muy, muy lejano

Érase una vez

y no dos ni tres.

jueves, agosto 20

Lealtad

A José Langarica

 

No siempre lo que vemos se corresponde con lo que es, como sabe todo el mundo. Y de cualquier modo elegimos la apariencia por sobre la contundente realidad. Aquello que percibimos —seres incompletos por donde se quiera— es engañoso, frágil, incompleto. Algo de nosotros quiere llenar el vacío confiando en las personas, en que su noción del mundo completa la nuestra. Incluso confiamos en que las personas sepan que les tenemos cariño, porque es imposible no encariñarse con las personas. Y resulta por demás ineludible cuando se trata de aquellas con las que compartimos adolescencia, juventud, pero, sobre todo, diversión, los prolegómenos de una identidad.

Alguna vez escuché que donde no hay amistad no hay traición. Me parece que una frase de este calibre pretende justificar actos mezquinos y deshonrosos. ¿Qué significa la lealtad sino un apego a los propios principios éticos y vitales? Un sujeto podría recurrir a actitudes como la hipocresía o el daño a la imagen del prójimo con tal de ser leal a un valor como el de la ambición —una ambición en el lado oscuro de la fuerza, si escuchamos al jedi interior que llevamos dentro— sin que importen los medios que utilice para su hazaña. Obviamente tendría que fingir amistad ante sus víctimas y testigos con tal de salirse con la suya. No lo consideraría traición porque sería fiel a sus principios o a la falta de ellos. 

La deslealtad muestra una incongruencia de carácter, la doble cara del que socialmente se hace pasar por amigo para recabar favores o finge la sonrisa mientras asesta golpes bajos. El desleal carece de otra norma que no sea la del beneficio propio. Ha sido poseído por el espectro de la envidia, por la ilusión de merecer aquello que no le corresponde porque de ocupar el espacio ajeno sería a costa del amigo y de sí mismo, su propio honor. Tendrá sus defensores, o los buitres a quienes les alegre la caída en descrédito del que era poseedor de su presente. Es un misterio por qué se alimentan de la desgracia ajena, tal vez por padecer de un vacío en el alma. Pero son lo de menos, meros accidentes, zopilotes al acecho, están allí solo para alimentarse de los pútridos restos de lo que alguna vez fue paraíso. Por cierto que le harían lo mismo al que llaman amigo.

Macbeth actuó como lo hizo porque vio que la oportunidad le sonreía. Los elementos estaban dados para la consecución de su traición y decidió usarlos a su favor. Si hacemos caso a Shakespeare, el fin del traidor será el mismo que fraguó: ser traicionado. Aunque se piense invencible, sus erráticos actos lo sitiarán tarde o temprano, no verá acercarse al bosque de las circunstancias. 

¿Y qué con las faltas a la amistad amistad? Que las personas sean dignas de nuestra fe, creo que sí. Apuesto a que sí, porque no podría renunciar sin empobrecer mi relación con los demás a palabras con peso específico como gratitud, generosidad y, por supuesto, amistad y lealtad. En la medida que confiamos en las personas muestran su confianza en nosotros. Al menos eso sería lo deseable.

Nada ni nadie es perfecto. Entre amigos la lealtad no es una obligación, sino una actitud natural. El amigo vio por sí mismo sin considerar al otro en su cabalidad, cometió un humano error fincado en el egoísmo. La herida queda al descubierto, pero si somos leales a nuestros principios, y si estos principios incluyen desear el bien al otro, no hay cabida en la víctima para la venganza o el rencor. Todo lo contrario. Ya sanará.

Habrá que manifestarse a favor de la amistad y el reencuentro, de la franqueza, de la fraternidad entre las personas, esas personas que merecen nuestro cariño, un buen día, una buena semana, una buena vida.

jueves, agosto 13

Las aventuras de Mario Bros

Para no caer al abismo: cinta de teflón
Para coger unas monedas al vuelo: destapacaños
Para torcerle el ala a Bowser: llave de tuerca
Para desarmar un parque temático: llave Stillson
Para detener a un Goomba: cortatubos
Para jugar tenis con Luigi: perica
Para quedar bien con la Princesa Daysi: overol azul y bigote
Para salir de una prisión espacial: sierra de filo dentado
Para recuperar superhojas en el Reino Champiñón: pinza pico de loro
Para saltar a otro mundo: taladro de precisión