domingo, julio 26

Teatro de títeres

A Rafa

 

Papá nos regaló un teatro de cartón
con máscaras sepia que lloran o ríen.
Representamos las obras en la calle,
donde los escasos autos no tienen más remedio
que rodear a los niños que se muerden el labio.
Los pequeños se sientan en el cemento
sin saber a ciencia cierta lo que les espera:
fauces que gotean rojas caperuzas, príncipes
envalentonados por un brebaje fraudulento,
ratas de buenos modales
persiguen sin misericordia
al flautista de Hamelin.
Regresan con sus madres alucinados
y, ya en casa, los muñecos me cuentan
historias en secreto.



jueves, julio 23

Nunca tuve el Halcón Milenario

Me gustaba inventar naves a partir de pequeños objetos:
mis preferidas eran las plumas Bic, de las que además
podía separarse una cápsula exploradora del universo.
Del foco —ese planeta luminoso— caían los personajes,
que antes eran humanos o cualquier otra cosa,
pero luego se transformaban en seres de plástico.
Miraban su antiguo hogar no sin nostalgia, y pronto
se aliaban con soldaditos, robots, tiranosaurios,
animales de la selva, Hot-Weels, los 4 Fantásticos,
los Vengadores, Chewbacca o la Liga de la Justicia
que avanzaban contra Darth Vader al escritorio de metal
resguardado por muros de dados gigantes, el Doctor Doom,
Hulk, su guardia personal, piezas rotas de otros juguetes
 —la nave de Anakin Skywalker era un verde casco
de ingeniero constructor regalado por mi primo.
No recuerdo quién ganaba o si eso fuera importante,
solo que unos y otros iban a la guerra
como quien anhela recuperar lo perdido.

lunes, julio 6

A quien corresponda

Este es un poema, si acaso alguien lo lee
y así prefiere llamarle, escrito
porque duele cómo pasa el tiempo,
cómo da la bienvenida a otros instantes
que también serán acribillados.

viernes, julio 3

María Félix

La llamaban Feliz.
No era su nombre de pila,
pero su natural significado, más suave
al oído, se fue arraigando
como la gente sencilla
que mira el sol
sentada en su equipal.


jueves, julio 2

Digamos que viajo en el tiempo y logro cambiar el presente

La bienaventuranza me acompaña

como una medalla de plata a un niño.

Los amigos nunca se han ido, mi chica

me sonríe con los ojos, me toma

de la mano y siento fluir su sangre.

No importa si he viajado, si poseo una casa,

un perro o la pecera donde el Beta

se arremolina cuando entro a la habitación.

Me importa un bledo si tengo un doctorado,

un auto de última generación o me volví millonario.

Nada me hace falta, despierto

una mañana no sé si fría o infernal,

en todo caso una mañana con mañana. 


lunes, junio 29

No estoy de acuerdo

No estoy de acuerdo con cómo ocurren
las cosas en mi país: cómo el primo,
la amiga querida, el joven de al lado,
el niño que distraído seguía una abeja
no regresan nunca más a su casa
cuando los esperan para la cena,
el Xbox, el juego de mesa, la serie.
No estoy de acuerdo con pagar
hasta por el sol que respiramos.
No estoy de acuerdo con esta época
ni sus fronteras, ni su presbicia.
(Los vecinos algo perdieron, algo están
por perder, algo presienten...)
No estoy de acuerdo con la palabrería
ni con esta soledad salvaje, de pez Beta
en su habitación líquida, no, no estoy
de acuerdo con estar aquí, en la azotea,
de pie frente a tanto silencio disimulado.

jueves, junio 25

Malos cálculos

Maldito dolor de estómago,
no me abandona a mi suerte.
Tiene que aparecer
en el momento que decido cerrar los ojos,
luego de ver series de superhéroes y de místicos
que ponen los ojos en blanco
para hacer visible su magia.
La bebida de naranja agria no surte efecto,
quizá debido al resplandor
de la luna llena sobre las hierbas mojadas.
Vaya dolor que ni se apropia del todo ni se retira
como el que ha fracasado intento tras intento
en medio de este trajín de ciudad en bancarrota.

lunes, junio 15

Gusano barrenador

Una rama seca en un árbol de aguacate
sin motivo aparente puede ser la evidencia
más plausible de un ataque de gusano barrenador.
Se conoce por devorar ganado, pero una especie
en particular guarda preferencia por la madera tierna.
Los aguacates son vulnerables
en el otoño y el invierno
si la tierra donde se asientan
no ha sido debidamente abonada.
Las desgracias, por regla general, ya no botánica,
sino humana, hallan su razón de ser
en los más débiles. Álamos, sauces, olmos y cítricos
son otras especies atacadas por este insecto
que suele transmitir su herencia
al depositar huevecillos en los agujeros
que escarba en la madera. De hecho, esta práctica
le ha ganado merecidamente el adjetivo.
En casa perdimos algunos mandarinos,
naranjos y uno de los dos aguacates
que nos daban sombra en el huerto.
El remedio recomendado es bañar
las hojas y tallos de los sobrevivientes
—una vez curadas las raíces—
con jabón potásico y extracto de aceite de neem,
así como con un fungicida llamado cola de caballo.

jueves, mayo 21

Dios

Cómo puede exigir
ese aro imbécil que flota 
en las cabezas de los bienaventurados.
Cómo puede ser tan ingenuo,
estar tan fuera de la realidad
si lo sabe todo desde el inicio,
si da inútiles esperanzas
que pisaremos con insidia.
Nos conoce milímetro a milímetro
y aun así se relame los labios
cuando distraídos
le damos la razón.
Gusta de acariciar profecías
como a gatos indiferentes,
echárnoslas en cara,
atrapar a los santos en su aureola
y desfilar su bonhomía
frente a las narices de quienes nos equivocamos
incluso al elegir un par de calcetines.

miércoles, mayo 13

Escalera

Arrastras los pies como palabras que ascienden. Arrastras los pies o nos sorprende el ruido de un silencio que no deja de pasar. Asciendes la escalera con la parsimonia del instante, soñando que el líquido mercurial del espejo te sueña. Un paso tras otro luego de cruzar el dintel, un paso detrás de otro, te asedia el recuerdo. El espejo te mira, asciendes a paso lento la escalera y miras al que se deja mirar, sucesivamente, tan solo un instante. La mujer está de espaldas. La mujer te adivina, te miró al entrar y ahora su espalda contrasta con tu mirada. La espalda de la mujer se cierra al contacto pero te habla. La mujer escucha tus pasos arrastrarse en el descansillo de la escalera. La mujer adivina que te miras en el espejo que te mira mirarte. La mujer está consciente de que el misterio se encierra en una palabra, en la bifurcación del SÍ y el NO. La mujer te da la bienvenida al cruzar el dintel de la puerta y dirigirte a la escalera. La mujer te llamó, por eso estás aquí, por eso cargas un maletín con tus instrumentos. La mujer viste de enfermera, tal vez, y se asegura de que la instrumentación esté completa en tu maletín, te lo advierte, te aconseja. La mujer te da la espalda, está absorta en el recuerdo, en deletrear los instantes que se convertirán en recuerdo. Subes pesadamente la escalera, jadeas arrastrando los pies en el rellano, la mente en blanco. La mujer echa tres monedas al aire. 


lunes, abril 13

La tía de todos

Anita cantaba el Ángelus
en el patio al mediodía.
No sé por qué ni cómo
escatimaba la gente
su contagioso asombro
de comprender el mundo.
Calladita se sentaba,
su sonrisa pegajosa
bastaba para decirlo todo.
Con mi abuelita María
iba a cualquier parte: a misa
del brazo por Ramón Corona
enrebozadas y apuradas,
a la plaza, a los elotes,
al molino para el nixtamal,
a visitar a los parientes
de Santa Rosa, de Camajapa,
con la Virgen de Talpa.
Anita cuidó a cada uno
de sus sobrinos y a los hijos
de sus sobrinos.
Les cantaba el Ángelus
a los que ya no estaban,
a ellos sí que les platicaba
quién sabe qué de cosas,
no le paraba la boca.
Se fue silenciosamente,
tanto que tal vez no hubo funeral,
tanto que no recuerdo
que haya muerto.

domingo, abril 12

Cuatro insistentes paredes pueden volver loco a cualquiera

La lámpara cercena con la luz de sus tentáculos
esta tarde lisiada, donde una idea es derrotada
cada que el segundero tiene un tic.
Con ganas de visitar la playa viscosa,
Vitrubio, de tus pensamientos,
al menos tendría sentido no desbalagar asombros,
llaves ni bocas resecas sin antes hacer gárgaras
con tus, oh, ahora comprendo: bárbaras imágenes
de insectos planetarios. No sé, no sé, no
sé nada de nada, ni siquiera sobre la nada.
Si estuviera en la playa podría nadar en la nada
sin preocuparme por los filos virulentos
que acechan tras la ventana, la puerta,
en el librero, la pantalla de plasma.
Si no hay salida, si estoy condenado
aunque ignore de qué me acusan, si la libertad
es un clown encerrado en la habitación
de los deseos a cuentagotas,
me gustaría ser extrañado por las hormigas
enfiladas al punto de fuga de la página.
Soy como el niño que insistió en llevar
su juguete a la escuela
y al voltear distraído en el recreo
ya no lo encontró.

viernes, abril 10

En el principio era el caos

Watson enumera punto por punto
las deducciones del detective.
Intenta tomarle por sorpresa,
verlo sucumbir a la contradicción
adivinando
la longitud de la zancada del asesino,
el color de sus ojos verdes,
la multitud de pistas invisibles
a los neófitos del oficio.
No es cosa de fe, es verdad.
En algún momento ha de caer,
con todo y su sonrisa petulante.
Sherlock –como se hace llamar este
reloj de precisión milimétrica–, al parecer ajeno
a la disquisición del veterano,
solo atina a fijar la mirada en el techo,
a dibujar en su libreta el rostro impávido
de su futuro
aprendiz de mago.

domingo, abril 5

Apuntes

Justo en el momento en que me pongo a escribir el día oigo el agudo zumbido. Como si mi cerebro se volviera contra mí, como si construyera una barricada en la página para no deslizarme por sus blancos. Es un reto. Igual avanzo, dejo de lado el ruido y su insistencia, insistiendo en el otro ruido que viene a cuento: el teclado del iPad. Un día de pequeñas, sutiles revelaciones. La charla con mis padres, que siempre parecen querer irse a otra parte. La lectura de Macbeth, que me recordó la traición hecha por mis subalternos de la revista, en sus distintos grados, a través de la lente de la tragedia y del caleidoscopio de mis propias traiciones. En la imagen de Macbeth veo, casi toco a las personas que me sonreían día tras día, incluso lady Macbeth aparece de pronto en escena con gesto agrio de estadística. Y siempre, al final, me descubre a mí mismo traicionando mis propios ideales. No puedo ser más severo con los otros de lo que he sido conmigo mismo. Comprendo —voy comprendiendo gracias al personaje shakespeareano— la traición y adivino en el acto, en el crimen, el soplo claro de las Hécates profetizando con su sonrisa a medias que estas personas-personajes tropezarán fatalmente con sus propias palabras. “¡Un rostro falso debe ocultar lo que sabe un falso corazón!”, exclama el asesino del rey Duncan. Total, un día desenmascarado, leyendo, copiando con letra manuscrita algunos sonetos de Garcilaso. Gracias a las anotaciones del traductor, copiosas en verdad, y a mi Cancionero de Petrarca en dos tomos, me decepciono de tanto en tanto al constatar que algunos versos del español son excelentes traducciones del cantor de Laura. Sin embargo, la síntesis y la musicalidad del ibérico son a su vez superiores a los versos de su amigo Boscán —superior a, por ejemplo, Juan de Mena. Mientras Garcilaso tiende a omitir vocales y palabras para adecuarse felizmente —en ocasiones se excede— al endecasílabo, Boscán parece agregarlas para ensanchar la nota. Es solo una elucubración, un presentimiento, una lectura en la superficie. Luego, algo sobre Lorenzo García Vega, escrito por Liliana García Carril. Ya me llamó la atención este viejito. Por ahora comienzo Vilis, al parecer el nombre de una ciudad imaginaria. Ese, más o menos, el día que no acaba. Un segmento del día, o varios, cortados con la criba de lo vivido recientemente. Buscaré otra serie en Netflix para ver en estos alargados días de covit-19.

Diario 05 04 20

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martes, marzo 31

Rituales

Lavarse los dientes es más que un rito de limpieza. De hecho, en la palabra “ritual” reside el mayor interés. Para mí, en estos días de coronavirus en que convivo con mis sobrinas, es un convocar al mediodía a hacernos cargo de los huesos visibles del esqueleto. Remite a la estructura que nos mantiene en pie, erguidos, en posición de combate o reflexiva. Luego, cada quien su pasta. Prefiero flúor, mientras que ellas se decantan en los brillitos de su pasta blanca y violeta. Cuando sonríen, comprendo que mostrar la parte externa de sus huesos, huesos esmaltados, pulidos, relucientes es sonreírle al mundo, al ser: lo interno que se vuelca alegremente en los ojos de los otros, en sus retinas y cerebros. Los huesos arrojan una imagen de sí en las mentes ajenas, en la electricidad neuronal del otro. Esto somos: huesos, neuronas, sangre, nervios, pelos, uñas, ligamentos. De alguna manera, unidos entre sí y recubiertos de piel son agradables. Hay quien tiene gusto por el hígado, el riñón, los ovarios o testículos, por su funcionamiento milagroso o entreverado científico. Por los órganos mismos o su lugar en el esquema corporal. Esto somos, diablos. Y el ritual nos lleva a comprenderlo.

M 31 03 20

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Letras y objeto

La costumbre de escribir, de pegar una letra con otra. Atestiguar cómo mi sobrina hace una amalgama de líneas temblorosas y desniveladas para terminar concibiendo una palabra: “Encantada”, con todo ese significado fílmico que engancha su referencialidad. Letras que piensan a quien las enuncia, que la evocan como si piratas lanzaran cuerdas y ganchos de un galeón a otro para batirse cuerpo a cuerpo y apropiarse del tesoro ajeno. Letras que son palabras, sonidos mentales, imagen del objeto nombrado, la historia oculta en el objeto a plena vista.

M 31 03 20

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lunes, marzo 30

Estética del proceso

La ventaja o la razón de escribir en un cuarto acalorado, pasada la medianoche, con insomnio y poca esperanza en el futuro, es que yo no soy yo, o al menos no tengo la obligación de serlo. Quizá yo sea mejor que mi personaje, después de todo carece de nombre y se esconde entre líneas. O quizá ni siquiera sea mi personaje, puesto que no me pertenece. No me debe nada, y si lo hiciera, no sería nada bueno. Es lo irónico de la escritura, es un acto que se remonta milenios atrás y eso significa que, como cualquiera, no ha existido desde siempre. La eternidad es una ilusión acuchillada por el tiempo. Si este personaje puede ser otro, ¿por qué no arriesgarse? Después de todo en realidad me encuentro en el Primer Piso, a media luz, escuchando jazz en la barra. O miro por la ventanilla de un avión la ciudad encenderse de puntos amarillos y rojos mientras me alejo entre nubes densas y sin emociones. La única realidad serían las líneas de mis manos, darme cuenta de cómo se formaron a través de los años al tomar objetos entre los dedos, al estar en uso como herramientas del cerebro. La vida es misteriosa porque transcurre sin apenas darnos cuenta ni estar conscientes de la demoledora presencia de la alegría, del dolor o la angustia. La angustia que es un no integrarse a la sucesiva trayectoria del presente, del ser que somos en todos los tiempos posibles a un tiempo. Por debajo de mí, apostado en la azotea de mi casa, pasan autos, niños, hormigas, hojas secas, balones de futbol, carritos y canicas. Oigo mi respiración y me levanto los lentes con la mano izquierda para distraer la inmensa cobardía que me invade como un virus para no salir de este congelamiento. No estoy aquí, ni aquí, ni aquí tampoco, sino que mis arterias, mis células ocupan un lugar en el tiempo que quisiera abolir el espacio, detonarlo. No estoy en ninguna parte.

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Pongamos que hago caso a la estética del proceso. No descartar nada previo a lo que hace al poema. Aunque ni siquiera estoy seguro de que ese poema sobrevivirá en una publicación o en un libro. Gorostiza ordenó quemar los restos que no alcanzaron a formular el poema. Dejó, eso sí, apuntes de un poema inacabado. Ya me dieron ganas de re visitarlo. Si mostramos la hechura del poema, sus bordes limados, su textura sin pulir, no comunicamos el poema, el poema no se comunica, sino el procedimiento. El largo trabajo del poema queda como al principio. Qué caso entonces.

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Eduardo Milán usa en sus artículos-ensayos metáforas a doc con el romanticismo: el desierto, la herida. Pero son desiertos y heridas sin sujeto lírico. Supongo que eso debería bastar para comprender su modernidad.

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M 30 03 20

domingo, marzo 29

Estática, obsesiones y traición

Recostado sobre la cama al mediodía, recorriendo la pantalla del iPad con dedos indiferentes, sé que hace mucho se resolvieron cualesquiera que hayan sido los nudos en mi memoria. No tengo nada que lamentar hoy, solo no lamentar. No vivo sino virtualmente. Miro el cesto de la ropa sucia, erguido sobre el piso de mármol, como un objeto que me recuerda a mí mismo. Sin mucha ropa por lavar, junto a los libros de ediciones sudamericanas. El café que reposa sobre la mesita, los calcetines desgastados y echados a la basura con cierta nostalgia del que no quiere deshacerse de aquello que fue cotidiano y feliz, alguna vez textura sutil al caminar. Cómo debe estar este pequeño mundo que he destruido si lo único que percibo son objetos estáticos que de alguna manera responden a mis pensamientos, se corresponden. El reflejo de la televisión apagada, yo mismo mirándome escribir en ella sabiendo que encender su foquito verde solo aplazaría mi estática. Fuera de que la pandemia del coronavirus lo haya inmovilizado todo, las calles, los deseos, la progresiva carrera del dinero, me doy cuenta de que para mí el estado de cosas sigue igual desde meses atrás, tan solo pareciera haberse expandido a la ciudad, al mundo. Pero solo parece, ese es el estado de lirismo incontrolable en que me encuentro: hasta pienso con sofoco o fastidio que las noticias hablan de mí. Si yo es otro, otro es yo. No me resigno a asesinar al sujeto que soy. Ni a despotricar contra los referentes. Ni a separar al lenguaje de esta realidad lenta y perniciosa, en la que el ruido de la lavadora es el instante de irrupción, la mágica disrupción de la tranquilidad.

*

No sé por qué imagino que desde este espacio reducido puedo alzar la vista hacia el mundo. Lo hago a través de las noticias en El País, que en estos momentos hablan irreductiblemente sobre lo mismo: coronavirus. O bien, escuchando las charlas familiares, atestadas de noticias aprehendidas de grupos de WhatsApp o correos de dudosa fuente informativa. Me pregunto si escriben desde casa los periodistas, los hackers o los improvisados. Con todo, no creo posible dar con el hilo de estas páginas si permanezco en mi cuarto. No del todo encerrado: de aquí paso al patio donde cuelgan malvas de la pared o brotan de macetas en los brazos del farol blanco. Al estudio, a la azotea o a la sala o la cocina. Mi pequeño ecosistema. En realidad, si investigo en mi subconsciente, creo que sí es posible escribir el mundo desde este rincón de la cama, por más mullido o tedioso. Eso es lo que espanta.

*

Sin amistad no hay traición me respondió mi segundo en la revista cuando descubrí su confabulación para tomar mi lugar. La traición, en todo caso, devela la apariencia de amistad. Habiendo traición, nunca hubo amistad o en algún momento dejó de haberla. Hay traición porque se conservaba la apariencia de amistad, porque el rostro visible era amable y peligroso. Pero la traición no solo se comete contra la amistad, sino contra el ideal, la benevolencia o la confianza depositadas en el traidor. Macbeth no era amigo del rey sino su súbdito. El rey le tenía por un héroe, lo ensalzó de entre los otros. Amigos no eran, porque ni siquiera conocían los designios internos de cada uno, no se reconocían el uno en el otro ni se relacionaban en términos de igualdad. Sin embargo, hubo traición. Y la traición trae consigo —a menos de que lo pérfido sea el signo o la marea de los tiempos—, a la vuelta de la autosatisfacción, el enredo con las propias mentiras, hipocresías y codicias. La traición es traicionera.

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Me he obsesionado tanto por cosas mínimas. En su momento, la revista de arquitectura era mi ser mismo, mi desear y mi estar en el mundo o no estar en él ni en mí. Como antes lo fueron otros proyectos, emociones, depresiones o ideas. En el ocio mis obsesiones se concentran: una serie de ciencia ficción en Netflix, la visión hindú de la existencia, el sofoco de recluirse en pleno brote de la pandemia. Me obsesionan las naderías, me enfoco en gestos, palabras que escucho al pasar por el pasillo, palabras sueltas que de pronto aparecen y consulto en Google. Ciertos autores, ciertas indagaciones de poetas en los meandros del lenguaje. El ruido serruchante en mis oídos ya no es tema, ni obsesión: quizá sea aquello que me empuja a desviar mi atención a otras sonoridades menos agudas, menos cuchicheantes o angustiantes. Leer, buscar, pasear por entre recuerdos o avistar un pensamiento distraído. Estar aquí, pero fuera de aquí.

*

Alguien como Celan fue universal porque en lo posible desgranó sus percepciones de metáforas o imágenes que impidieran la abstracción de la idea pura. El chasquido de dedos filosófico, el sonido del pensamiento al voltear sobre sus pasos. No cabe duda de que no busco la universalidad.

*

Conforme el tiempo transcurre y mis deseos, ilusiones y proyecciones del futuro se han malogrado mi fe se ha ido deshilachando, se ha roto y la he cosido de nuevo en repetidas ocasiones. El tema de la fe es para mí el de la esperanza y la verdad a regañadientes ha acabado otras veces con esa esperanza. Soy un hombre culpable porque rasgó su destino y lo que ha venido después ha sido consuelo, intermitencias de un futuro que si bien no se vislumbraba estaba pleno de esperanza. Fe y esperanza han caído en desuso, acribilladas por el transcurso del tiempo. Y hablo de mí. Tal vez no debiera. ¿Qué gran escritor moderno pone al sujeto en primer término? No uno interesado en el trabajo artístico del lenguaje, del poema como objeto. ¿Entonces aquí la palabra sucede como residuo de mi experiencia? No lo sé. Sin duda quisiera que estas palabras evocaran la fe y la esperanza derrotadas. Escribo porque las he extraviado luego de presenciar las golpizas que han recibido, presenciado y actuado esos golpes. Es cierto, escribo investigando mis pensamientos. Estas palabras suceden como sucedáneos de la palabra reivindicada en su ser materia, en su estar separadas de la realidad. Y ni siquiera lo escrito es realidad. ¿Pero qué es la realidad? ¿No forma parte del signo en su propiedad referencial? ¿Qué son las emociones que nombro sino solo palabras, nombres? ¿Quién soy yo sino un improvisado sujeto lírico, el enunciado de este entramado de confesiones que convendría omitir si deseara ser un escritor moderno? Y entonces, ¿por qué las palabras?

*

Escribo con la certidumbre de que regresaré después a editar la forma, a borronear las palabras o las emociones confesadas con el bisturí de lo objetivo dentro de lo posible, e incluso del ritmo o la aversión al mucho hablar. Escribo a sabiendas de que haré un montaje posterior que reúna estos fragmentos para evitar cualquier interpretación de sentido lineal. Las costuras están aquí, de cualquier modo. No me preocupa que se vean, solo mostrar el trabajo de un lenguaje y no el de una emoción. Tal vez debiera conservarlo todo. Sería sincero. Tal vez la sinceridad sea otra emoción a omitir a menos de que resulte verídica. Estos trozos de texto, de texturas, formarán parte de un conjunto orgánico hecho de retazos. Su sinceridad es solo otro recurso retórico opcional.
*

Para no ahondar o escarbar en el mismo sitio con las palas o palabras en la conciencia, busca uno tesoros enterrados en distintas locaciones de la memoria o los pensamientos que van pasando. La dificultad de buscar tesoros estriba en que no se cuenta con mapa que indique el menor vestigio. En una ocasión un tío encontró en casa de mis padres en Cocula una moneda antigua, rectangular, de 1810. Quién sabe qué habrá sido de ella, se la llevó consigo a Los Ángeles —y literalmente, porque murió hace un par de años. La halló utilizando un aparato detector de metales. Si uno pudiera usar un detector de líneas temáticas en su propio cerebro. Como no ocurre de esta manera, la conciencia fluye, escarba aquí y allá, sigue rumores, se enfrenta con sus propios fantasmas. Es lo que decían en casa de mis padres: que fantasmas resguardaban el tesoro enterrado. Quizá sea uno fantasma de sí mismo.

*

Algunos críticos, poetas lingüistas que me agradan sobremanera —como me ocurre con un buen tratado de lingüística— recurren a la supresión del sujeto en la escritura, así como de la intención referencial, a la que le ponen trampas en sus propios poemas. Son poemas-objeto interesantes, que sin duda despiertan emociones. La vivencia se encuentra en ellos desplazada, ya que en realidad no suprimida. Se adivina el velo, en la estela que deja el poema al pensar. Solo que también encuentro varios monstruos del poema que deben su energía, su carga lingüística a causas telúricas, inmersiones en la vivencia de sus pueblos, sus comunidades, la lengua en acto. Gonzalo Rojas es uno de ellos. El impulso de su palabra es anterior a ella, palabra que regresa a su origen social, humano, sonoro. Es que no comprendo por qué separar en laboratorio la electricidad vital. No creo que ocurra del todo tampoco en estos poemas al borde del lenguaje. Sin embargo, es un gusto ir de aquí allá. Con todo y que algunos quieran que tomemos una postura en pro o en contra de cualquier cosa, que combatamos un perenne enemigo invisible. Mi enemigo soy yo. De ahí en más, cualquier postura o vislumbre de idea es para mí objeto de exploración. Soy muchos y esos muchos no residen en mí, me son, me hacen, me trazan insatisfecho.

*


Hojas secas entre las grietas de la banqueta. Hierbas apresurándose a salir de la descompostura. Bien, ese es un invento mío. ¿Pero qué pensamiento no lo sería? Continuemos. Hierbas como dedos, delgados brazos queriendo alcanzar el aire de la superficie, saliendo dela tierra oculta por cemento, respirando por esas rejillas abiertas hacia el origen de todo: la tierra. Hojas secas bajo árboles de clasificación indeterminada. Algunos pinos, rictus, un guayabo. La ciudad de cemento tiende a doblegarse ante la naturaleza que pretende dominar. Es el tiempo, su continuo paso. Una vez iba caminando por la colonia Americana cuando llamaron mi atención los chillidos de unas ratas recién nacidas, acurrucadas entre la banqueta rota y las raíces de un árbol que pretendía —pienso— protegerlas. No pude evitar sentir ternura. Tan lejos de l horror de encontrarse con uno de estos roedores recorriéndote la pierna de noche. Sí, eso ha sucedido. Continué caminando, en el entendido de que los animalitos serían asesinados por la mano de algún vecino o las autoridades sanitarias. La ciudad es monótona pero a veces presenta sorpresas sutiles. Y ello resulta a veces de la aparición insospechada de la naturaleza latente, oculta. La ciudad es como un gran jardín de piedra, una capa de asfalto que nos protege del estado salvaje del que somos parte. Hasta que el instinto diario nos impele a ser fieles a nuestro origen. El asfalto es una interfaz que impide ver cuan inmersos estamos en la negación de lo que somos, en la animalidad que se vuelve contra nosotros a la menor oportunidad. Solo que cada vez perecen más árboles. Y brotan nuevos edificios. Tendemos a la verticalidad y también a destruirnos. A esto le llamamos modernidad, posmodernidad. Hojas secas, grietas, raíces al paso.

*

Identificar imaginarios urbanos, desmantelarlos.

*

M 29 03 20

jueves, marzo 26

Pistas imaginarias

La uvé ha perdido entre diente y labio
el impulso del aliento que traspasa los dientes
y hace huir la carnosidad ensalivada,
la empuja hacia la nada pasajera.
Quién diría que el lenguaje escribe,
no dicta, direcciona a través de pistas
imaginarias, inusitadas o afiladas contra
el muro de contención de los significantes
que no acaban de librarse, como perros mojados,
de la humedad referencial.

miércoles, marzo 25

Lenguaje y realidad

Se supone que para muchos la poesía trata de la vida, para otros es una estimulación del lenguaje o un incidir en él desde el borde. No puedo concebir al lenguaje fuera de mi realidad. Tendría que localizarlo mediante una fórmula que lo abstraiga o un esquema matemático. Lo cual no es para nada irrelevante. Es necesario indagar en la lógica o la ilógica del lenguaje, cómo este lenguaje adquiere la etiqueta de poesía. Ya no digamos poema. La poesía que puede estar en un poema, en un cuento, un tratado. Cuando esa es la intención. Estoy consciente de que mucho de lo que he escrito cabe dentro del esquema gramatical del lenguaje, de la tradición poética. Incluso cuando he omitido la metáfora o la intención metafórica. Hay quien actualiza a la modernidad sus poemas llevándolos a hacer una reflexión crítica de su propia constitución: poemas líricos que critican a la lírica, poemas amorosos que ironizan el tema. Aunque formalmente sean tan tradicionales como el resto. La autoflexión del poema es ya una actitud de la modernidad, sin embargo la mayor crítica a la tradición poética se da en la estructura o la consecución de otro tipo de pensamiento en el poema, de otra lógica discursiva. Emplear en el poema las mismas herramientas para ironizar la repetida utilización de esas herramientas puede de cualquier modo agradar a un gran público e incluso ser engañoso. Pero es una herramienta válida si las hay.


M 25 03 20