no presionaría ligero el teclado ni pensaría
en las bocinas fantasma del monitor
ahora que mis pulmones respiran polvo
y me viene a la mente Vallejo —el golpeteo
no alude a la tragedia que
improvisa.
Si Bruto no se hubiera entusiasmado
buscando el tesoro
en el cuerpo absorto
de César
no esperaría escuchar aquí los cencerros
del camión de la
basura al mediodía
ni la lavadora en el cuarto de servicio,
no presenciaría cómo las cortinas se inflan
a las 11 de
la mañana, 21 grados celsius
y tras la ventana las toallas cuelgan como banderas
de países a punto de hacer la guerra
luego de décadas
de vituperios.
Diablos, el lenguaje hace lo que quiere,
o el inconsciente,
o es inconsciente
el lenguaje o abusa de su consciencia
porque yo no uso nunca la palabra vituperio
y escribo y el diccionario de mis genes le trae a cuento
sin
que cuente, ni nada cuente.
Vituperio es aquello que Bruto le endilgó
con singular aprecio
a César
en contra de su circulación peatonal y sanguínea.
Es lo que
César debió pensar
cuando miró a los ojos de Bruto
y desató en su amigo la
fascinación gore
de agujerear la materia viva.