para ser fantasma?
aprovecha mientras huya,
que si cambia la fortuna
estarás extinto.
para ser fantasma?
Un Pacman y un laberinto.
A Rafa
Papá nos regaló
un teatro de cartón
con máscaras
sepia que lloran o ríen.
Representamos
las obras en la calle,
donde los
escasos autos no tienen más remedio
que rodear a los
niños que se muerden el labio.
Los pequeños se
sientan en el cemento
sin saber a
ciencia cierta lo que les espera:
fauces que gotean
rojas caperuzas, príncipes
envalentonados
por un brebaje fraudulento,
ratas de buenos
modales
persiguen sin misericordia
al flautista de
Hamelin.
Regresan con sus
madres alucinados
y, ya en casa,
los muñecos me cuentan
historias
en secreto.
La
llamaban Feliz.
No era su nombre de pila,
pero su natural significado, más suave
al
oído, se fue arraigando
como la gente sencilla
que mira el sol
sentada en su equipal.
La bienaventuranza me acompaña
como una medalla de plata a un niño.
Los amigos nunca se han ido, mi chica
me sonríe con los ojos, me toma
de la mano y siento fluir su sangre.
No importa si he viajado, si poseo una casa,
un perro o la pecera donde el Beta
se arremolina cuando entro a la habitación.
Me importa un bledo si tengo un doctorado,
un auto de última generación o me volví millonario.
Nada me hace falta, despierto
una mañana no sé si fría o infernal,
en todo caso una mañana con mañana.
Arrastras los pies como palabras que ascienden. Arrastras los pies o nos sorprende el ruido de un silencio que no deja de pasar. Asciendes la escalera con la parsimonia del instante, soñando que el líquido mercurial del espejo te sueña. Un paso tras otro luego de cruzar el dintel, un paso detrás de otro, te asedia el recuerdo. El espejo te mira, asciendes a paso lento la escalera y miras al que se deja mirar, sucesivamente, tan solo un instante. La mujer está de espaldas. La mujer te adivina, te miró al entrar y ahora su espalda contrasta con tu mirada. La espalda de la mujer se cierra al contacto pero te habla. La mujer escucha tus pasos arrastrarse en el descansillo de la escalera. La mujer adivina que te miras en el espejo que te mira mirarte. La mujer está consciente de que el misterio se encierra en una palabra, en la bifurcación del SÍ y el NO. La mujer te da la bienvenida al cruzar el dintel de la puerta y dirigirte a la escalera. La mujer te llamó, por eso estás aquí, por eso cargas un maletín con tus instrumentos. La mujer viste de enfermera, tal vez, y se asegura de que la instrumentación esté completa en tu maletín, te lo advierte, te aconseja. La mujer te da la espalda, está absorta en el recuerdo, en deletrear los instantes que se convertirán en recuerdo. Subes pesadamente la escalera, jadeas arrastrando los pies en el rellano, la mente en blanco. La mujer echa tres monedas al aire.