Estas palabras
y otras tantas se borrarán
como sinogramas pintados con agua
en un piso pulcro.
Estas palabras
y otras tantas se borrarán
como sinogramas pintados con agua
en un piso pulcro.
Este poema salvará
a las ballenas
de la extinción.
Promoverá
las ventajas de habitar
entre sus tripas
como lo hiciera Gepeto
en busca de su títere,
como Jonás
para advertir
lo que todo mundo
ya sabía.
Adivina una guerra
de popotes infelices
en la nariz
de los cormoranes.
Este poema nos librará
del apocalipsis nuclear,
del calentamiento global.
Es un poema-protocolo
de sobrevivencia:
salvará
a los koalas,
a los osos polares,
a la selva del Amazonas,
a la barranca de Huentitán.
Es un poema héroe,
un poema mártir,
un poema verdugo
—deposite aquí sus likes
y uno que otro emoji.
Criado en el espacio, el diablo ha hecho nido
en las entrañas del planeta. Se las sabe de todas todas
para vengarse por ser exiliado de su paraíso egocéntrico.
Castiga a dios proporcionándonos placeres
como la carne, el dulce fervor de los pasteles.
Pero dios piensa que hay cosas mejores
que hacer el amor con una muchacha
ansiosa, fumar un porro en la playa.
Arreglé la manija de la puerta
con vista al patio: se desarmó
en el primer intento.
Debí imaginarlo, pues dejé caer al piso
el tornillo que la fijaría de una vez
por todas, y no lo volví a encontrar
ni barriendo con un imán.
Tan contingente es el acto de componer
una puerta, que así permanecerá
hasta que halle el remedio.
Abierta por accidente,
como las puertas simbólicas
que he cruzado en la vida: alguien
cometió la torpeza de perder
una pieza clave y entonces
yo entré o salí.
Adivina casi exactamente
lo que intento decir,
su algoritmo identifica
el mismo orden
de palabras usado quizá
por miles antes de mí.
Ha habido quién exprese
reservas ante el hecho
de decir lo que otros dirán.
¿Tiene caso mencionar algo,
cualquier cosa, solo si no
lo han dicho o querido decir?
¿Es esto un plagio? ¿Pensar
lo que otros ya pensaron?
¿Únicamente escribirlo?
Se queda inmóvil en un punto incierto,
la mirada perdida, masculla su miseria,
hace como que no me oye, me ningunea.
Es una estatua en la cima de un monte,
un dije de plata en el cuello del asesino,
un rostro barbudo en una pared orinada,
un sándwich en la basura, un lavabo sucio.
No me habla, y lo que murmura me traspasa
como al viento invisible, sin daño alguno.
Sigue apoltronado, sin mí como un pastor
que ha dado su oveja por perdida.
Cristo me ha negado más de tres veces
porque mi fe es un perro enjaulado
que ladra y no muerde, un álamo podrido,
una profecía falsa, una enfermedad
degenerativa. Cristo no me oye:
está embelesado con los buenos,
con las moscas muertas que todavía
no lo saben. No me atiende, aunque
toco a su puerta como un niño
disfrazado, con mi bolsa de dulces
en la mano tendida. Si no me abre,
tiraré la puerta a patadas, lanzaré
huevos hediondos a su ventana.
Cristo no quiere oírme, pero no me odia:
es solo que está crucificado.
Para Amaranta
Hay en una ciudad entre las montañas
un Cristo con las costillas rotas:
pertenecieron a alguien que bebió
y partió el pan como cualquiera.
La madera del Cristo es preciosa
en el mismo grado que su dolor:
su torso enjuto, la boca torcida
por los pecados que hemos coleccionado
quienes no atendemos aquello de la culpa.
Un Cristo astillado besa el suelo
con sus huesos: los moretes de su rostro,
desencajan el viento claro de un templo
bajo la custodia de San Martín de Porres
y San Francisco de Asís, que amaban
y eran amados por animales.
Un atribulado Cristo mal comprendido.
Un sucio Cristo azorado de su divinidad.
Ando por el mundo
como una mosca
que regresa
al mismo lugar
donde una mano
desenfadada
la espanta.
Hoy has conocido a varios poetas extranjeros,
has tomado la copa, se han regalado libros.
Cualquiera diría que el tiempo fue aprovechado,
pero te sientes verdaderamente vacío.
Es como si en lugar de pulmones hubiera
una habitación sin pintar y con ecos,
algunas arañas muertas.
No sé si la poesía sea sagrada, como ha dicho
un amigo. No sé si haya que resguardarla
de charlas improvisadas. Aunque seguro
está donde la gente se divierte.
Los muertos se levantarán del
cemento,
se sacudirán el polvo y
enjugarán la sangre
de utilería: nadie tiene por qué
morir
en serio, ni mucho menos en
serie.
¿Los créditos aparecen
y no han abatido al villano?
Huye, anda por la
sombrita,
donde no pega el sol ni nada pega
con nada ni contra nada.
He inflado dos, tres globos de colores
para fortalecer mis pulmones.
El doctor me lo indicó, sin advertir
lo que mi religión dicta:
en el aire que respiro está mi alma.
Yo espiro, algo la mantiene unida
a mis alveolos, aspiro y vuelve.
Pero si soplo y la encierro en un globo,
en dos y hasta en tres, me quedaré
con poca alma para hacer frente
a la noche, al frío, y mi cuerpo
no podrá tener más religión.
no presionaría ligero el teclado ni pensaría
en las bocinas fantasma del monitor
ahora que mis pulmones respiran polvo
y me viene a la mente Vallejo
no alude a la tragedia que improvisa.
Si Bruto no se hubiera entusiasmado
buscando el tesoro
en el cuerpo absorto
de César
no esperaría escuchar aquí los cencerros
del camión de la basura al mediodía
ni la lavadora en el cuarto de servicio,
no presenciaría cómo las cortinas se inflan
a las 11 de la mañana, 21 grados celsius
y tras la ventana las toallas cuelgan como banderas
de países a punto de hacer la guerra
luego de décadas
de vituperios.
Diablos, el lenguaje hace lo que quiere,
o el inconsciente,
o es inconsciente
el lenguaje o abusa de su consciencia
porque yo no uso nunca la palabra vituperio
y escribo y el diccionario de mis genes le trae a cuento
sin
que cuente, ni nada cuente.
Vituperio es aquello que Bruto le endilgó
con singular aprecio
a César
en contra de su circulación peatonal y sanguínea.
Es lo que
César debió pensar
cuando miró a los ojos de Bruto
y desató en su amigo la
fascinación gore
de agujerear la materia viva.
No desciendo de mexicas, su imperio
no impera en mis genes.
No me molestaría el parentesco
con el cantor Netzahualcóyotl,
pero qué mejor hilo que el tendido
por sus palabras de agua
entre las piedras.
No desciendo de reyes
ni de nobles españoles,
si fuera real mi apellido
y no invento de frailes dominicos
mi heráldica transitaría
la fórmula ribonucleica del Cid,
aunque algo ya deteriorada.
Carezco de pedigrí e ignoro
los avatares de mi sangre,
mis glóbulos blancos y rojos
dan por sentado que vienen de tan lejos,
tan lejos como puede estarlo
la primera célula en un charco sucio.
Miles no pueden ya contar su periplo
en cuartos de hospital blindados,
bajo sábanas como fantasmas,
el aire a expensas de un robot
con lenguaje de burbujas.
No me pesan veinte días de techo lento
aunque me acusaran de ser atendido como un dios,
como si dios no fuera capaz de salir de su cama
y tuvieran que limpiarle el excremento.
No soy sino uno de miles fatigados
de pesadillas sin descifrar.
La otra tarde me puse de pie y bebí té en el patio,
el aire hizo combustión
en mis circuitos hambrientos.
Supongo que de eso
se trata todo.
Ha de estar mejor aquí que crucificado:
Jesús anda por tu boca como en un tour
cuatro estrellas, señala con el índice y ríe
de esas bromas que llama pecadores.
No deja para mañana lo que puede hacer hoy:
convierte el vinagre en vino de altura,
el mismo con el que celebró a los novios
que luego se fueron cada uno por su lado.
Aquí se explaya sin reservas sobre su amigo,
la peste de Lázaro cubierto de harapos: Lázaro
es sonoro y había de volver como un espectro macabro
para asustar a las palomas.
Jesús es una bacteria entre los dientes,
el bermejo en las encías.
Una ciudad se dice sobras del mercado,
panfletos, carnes blandas del presidio,
moscas
y un desayuno en el puerto. Papeles
pegados a suela de sandalias,
puertas entreabiertas.
Una niña ensaya
su jeroglífico en la madera.
Una ciudad se enciende
con pasos forasteros,
gestos ruines
de asesinos en ventanas
limpias,
piedras sueltas,
ladrones de dientes, fantasías
como párpados a punto
de zarpar.
Una ciudad vive un segundo
o un milenio, vive
y luego no quedan ni los pasos,
los restos son simple basura.