deseando
ser piloto automático.
Y debía volver al lugar de donde partí
para hacerme la misma pregunta:
esa que me cruza la cabeza
como una varilla
al jugador del futbolito.
Me hace girar, sí, pegarle
en suerte
a una pelota que intenta
entrar en la portería
de una certeza,
pero soy pésimo en esas cosas,
en las certezas,
y entonces me dedico a girar,
a girar.
Arrojó la piedra tan lejos como pudo:
Es cierto
que yo los abandoné primero:
pero no
pensé que se irían alejando
como el
equipo de futbol de la cuadra
al ser goleados.
He
perdido quizá más de lo que he ganado,
pero es
terrible ver que el partido
agoniza allá al
frente,
entre la portería de ladrillos del
adversario
mientras me consumo en la defensa de nadie,
entre
autos que deben detenerse
para no
interferir el juego nulo.
Estuve aquí de pie
esperando una visión
que no era para mí.
Ya se habían repartido
y sólo me quedaba
arrebatar la tuya.
Mira dentro
del pozo, un pozo
cerrado
hace mucho.
Un pozo abierto, un pozo
cerrado.
Mira hacia dentro
del pozo
la muñeca
rota
en el fondo,
la muñeca
de párpados
descompuestos.
Mira el pozo
con los ojos
cerrados.
Mira dentro
del pozo
las sombras
móviles
y
húmedas
(un ojo
de azul decolorado
ensaya su guiño
sin querer).
La muñeca
de rasgos
desvanecidos,
la muñeca no sabe
qué hace
dentro del pozo,
el pozo
abierto,
el pozo
cerrado.
Dios convierte en cenizas
al que lo mira, habla con palabras
glaciares, mueve montañas inexplicablemente
e inunda ciudades
que lo han perdido todo, que perderán aún más.
Dios todo lo puede, como Superman.
Una paloma y un hippie le hablan al oído, una anomalía
que sus fans han llamado dogma de fe.
En su delirio, se disfraza del pordiosero que arrastra
tesoros dentro de un carrito de supermercado, de la niña
que nos ofrece fruta en la terraza del café,
del hombre que trabajaba de cocinero en un restaurante
y ahora cuida a su anciana mamá, pero al que últimamente
no se le ha visto por el rumbo.
Nos llaman bárbaros.
Mordisqueamos el tiempo
como cangrejos
los huecos de las
piedras.
Nos llaman bárbaros en
la ciudad sitiada,
aunque otros a ellos
también les llaman
bárbaros. Vamos
por los márgenes
de calles como
nudos a paso de hormiga.
Somos los bárbaros y
hemos llegado.
Hemos conocido estas
selvas y sus huesos
antes de que nos
llamaran bárbaros.
Hemos presenciado cómo
se asentaban
aquellos que señalaron
nuestras trampas a lo
lejos.
Hemos llegado, pero
decidimos
no echar abajo las
columnas
donde se asienta su
monstruosa ciudad.
¿Qué sería de nosotros
los bárbaros
sin nuestra barbarie?
Un pájaro caga el hombro del militar
que está a punto de jalar del gatillo
y no lo hace porque es algo duro.
¿Difícil ser de bronce?, le pregunto
y parece que va a contestarme
con un eslogan propagandístico.
Como el pájaro que se aleja,
dejaré una advertencia.
Mi Batman de lego perdió un trozo de capa.
Ignoro si se le cayó a la señora del aseo
o si la perdió algunx de mis sobrinxs.
Al menos todavía mira con ojos fosforescentes.
No imagino qué sentirá Batman.
Una capa rota indica que se ha librado
de un peligro inminente. Ha sobrevivido.
Alguien quiso corregir el error y colocó mal sus piezas,
se las puso en la cabeza.
Qué bien que encontré el instructivo,
qué bien que regresé las piezas a su lugar,
aunque la capa haya quedado incompleta.
Como todo héroe, tendrá que aceptar
las pérdidas.
En una cabaña a metros de la playa
un cangrejo se acerca con su tic tic tic,
se acerca y roe la madera de mi cama.
Me inquieta, no logro conciliar el sueño,
me parece fácil arrojarlo con el pie
hacia la puerta y… dos o tres patitas
se le desprenden. Yo no quería esto.
Me sucede a veces cuando deseo algo,
lo persigo, lo acaricio con mis pinzas.
Me recuesto en la cama pensando
en los poemas que leí esta noche.
Actos cotidianos, apenas gestos,
ademanes
provistos de emociones francas.
Un poema no tiene por qué
sobresalir.
Puede ser una leve onda en el agua
del fregadero, del excusado.
Puede acompañarte si te da miedo
avanzar por el pasillo a oscuras.
He visto varios pájaros muertos
en el jardín de la universidad, ahí
entre laptops que se abren y se cierran
como la vida alegre y pensativa, los zapatos
de moda que trajinan alrededor de las raíces.
He visto varios pájaros muertos, pero no
presencié su muerte. ¿Es la vida también
estos despojos que las hormigas llevan
antes de que el otoño arrase?
¿Es un ave esta que aplanada en el asfalto
dividía el aire hace poco?
No quisiera alarmarlos, ni que fuercen
sus sentimientos hacia mí, no
es por llamar su atención que se los digo:
hacia dentro de mis ojos, si miran bien
se alza una ciudad destruida
por alimañas como ustedes.