jueves, noviembre 5

Influencias iniciales

Mi primera influencia fueron las colecciones de cómics que se vendían en los ochenta y noventa en puestos de revistas. Los ejemplares de "Novelas Inmortales", "Joyas Literarias", "Joyas de la Literatura", recreaciones de novelas clásicas, inundaban mi casa junto con otros menos prestigiados pero envolventes en su fórmula ensayada una y otra vez: "El Libro Vaquero", "La Novela Policiaca", "Historias Macabras", "Lágrimas y Risas" y otros formaban parte del consumo lector en mi casa desde que estaba en la primaria. La primera vez que tomé un camión fue a los doce años: me dirigí a la librería Gonvill más cercana, donde descubrí que esos títulos que me maravillaban se encontraban en colecciones juveniles que fui adquiriendo y leyendo todavía con mucho más placer que los cómics que me habían llevado a ellas. Salgari, Stevenson, Shelley, Louise M. Alcott, Poe... primero descubrí la novela para sumergirme, ya en la secundaria, también en la poesía. Huidobro, Darío, Asunción Silva, González Martínez, Gabriela Mistral, Juana de Ibarborou, Amado Nervo... todos ellos y otros configuraron mis primeras aventuras literarias. Ya después abjuraría de unos y reivindicaría a otros, pero no puedo negar que fueron parte de mi primera educación.


05 11 20

Un roble

Desde que se mudó a Santa Eduwiges, una colonia con aires de barrio, nada le faltaba. Hacía las compras en las calles aledañas, sin tener que desplazarse al Walt-Mart o al Soriana. La pequeña casa de dos pisos que le había alquilado una amiga de la universidad cuando decidió mudarse a Puerto Vallarta con su novio, se convirtió pronto en el punto de reunión de amigos de toda índole. Pero eso no era lo más importante. Solía recorrer a pie estas calles, donde era posible encontrarse con cualquier sorpresa al doblar la esquina. La colonia era una especie de oasis, un triángulo cercado por caseríos populares y otros más bien nice. Una bisagra entre clases sociales que hallaban en ella su carrefour, su cruce de caminos, porque allí concurrían multitud de vecinos para abastecerse de frutas, verduras, carnes, botanas y lo imaginable. Era una especie de tianguis inamovible. A Toño le encantaba ir primero a la frutería, luego al rastro —donde colgaban de las perchas trágicos cerdos— o a la pollería, a la cremería o a la pizzería argentina, negocios dispuestos pared con pared. 

Fue así como conoció a Daniela, una niña extraña a la que le gustaba subirse a los árboles que habían sobrevivido a la moda de talarlos en la ciudad para que no tiraran, como decían sus perpetradores con una sonrisa orgullosa, basura. De no ser por los vecinos desastrosos, seguramente saltaría de rama en rama en el barrio como el barón rampante de la novela de Calvino. En su lugar, se le veía de pie, avizorando el paisaje oloroso a verduras y sangre fresca, a botanas y especias, sobre los troncos ya secos de los árboles muertos. Como si quisiera hacer de sus ramas. Se quedaba allí parada, contemplando, olisqueando el trajín sin decir palabra.

Toño supo su nombre indirectamente: se lo escuchó a una vecina harta de correrla cuando subía y bajaba como gato de un pino frente a su fachada. Una noche, al regresar de su trabajo en una agencia de publicidad, se encontró con que los vecinos habían talado el pequeño roble que daba sombra al frente de su casa y al musgo que crecía libremente en la cantera del patio que daba a la calle. No tenía mascotas ni disponía de tiempo para cuidar a nadie más que a sí mismo, pero este árbol era algo más: un compañero. Así parecía haberlo comprendido también Daniela, porque la siguiente noche la vio de pie sobre los restos todavía tiernos del roble, al igual que la siguiente y la siguiente. La imagen era recurrente en el cerebro de Toño: era como si quisiera suplir sus ramas, como si intentara fundir sus piernas al tronco y alimentarse de las raíces. Hasta que el tronco finalmente endureció, todavía circulado por hormigas rojas que rejuntaban en fila trozos de hojitas secas como único rastro de vida. La calle entera había quedado sin árboles que dieran sombra y —lo sabe todo amante de la naturaleza urbana— mucho más.

Apenas si averiguó Toño quién había asestado el golpe mortal a su amigo. ¿Acaso importaba? Lo sacó de su cavilación la llamada de su jefe inmediato solicitándole que viajara con urgencia a Buenos Aires para enterarse de los procesos publicitarios en otras agencias hermanas. Durante dos meses anduvo por los cuatro puntos cardinales del cono sur, así que todo tema relacionado con el barrio solo le vino a la mente mientras lo miraba su reflejo desde la ventanilla del avión, ya de regreso en el aeropuerto de Guadalajara. Luego de una interminable junta con creativos de su agencia inmediatamente después de aterrizar, llegó en Uber a casa, como siempre, de noche. Arrastraba la maleta cuando observó sorprendido que retoñaban unas tímidas ramitas del tronco que había dado por perdido. Las alumbró con el celular: tenues, de un verde casi translúcido, sin manchas de esmog. Volteó a ver a todos lados, esperando divisar a Daniela —con quien nunca había cruzado palabra— para darle la noticia. No la halló por ningún lado. Tampoco el siguiente día, ni el posterior. Nunca volvió a saber de la niña.


martes, octubre 27

Destruir, construir

Alguien pica ladrillo. Se oye el cincel junto a mi casa, pero también más allá, quién sabe dónde. A veces se escucha detrás de la pared de mi estudio. Un concierto bufo de sierras y golpeteos en la piedra. Y todavía más lejos, ¿martillazos? ¿Quién quiere destruir, desarmar su casa este mediodía? Comprendo que echar abajo sea el preámbulo para edificar. Que edificar sea un verbo positivo, heredero de una reconocida familia semántica. Como si todo lo que se edificara fuera edificante. Como si todo lo edificante fuera bienvenido. Para el hinduismo, Shiva, un ente destructor, contribuye así a la creación constante del universo. ¿Por qué destruir es más ruidoso que construir?


27 10 2020


lunes, octubre 19

La maestra de yoga

Lo miró de reojo mientras daba un curso de filosofía yóguica, justo en el instante en que explicaba esos casos en que los alumnos se enamoran de sus maestras. A Juan no le pareció extraño. Esto que sentía por Inés cada tarde iba más allá del yoga. Su cabello rubio y alborotado, su juventud y energía vital para cuanto tenía que ver con avanzar en los peldaños espirituales de la práctica, con asanas que le gustaba ejemplificar con su cuerpo dominante y neumático, le hacían comprender a Juan que carecía del suficiente avance espiritual como para sugerirle una clase particular, ya no digamos ir al cine. Se perdía en los mechones grises mezclados con los abundantes amarillos, en tanto Inés explicaba como nadie los sutras de Patanjali. Con serenidad, ojos brillantes y ademanes sexys, pensaba el inexperto yogui, aunque esto implicaba una traición al Brahmacharya, el control de sus sentidos que había ensayado durante la última semana. Inés además dirigía obras de teatro con mujeres de la prisión como actrices, estudiaba letras, albergaba el sueño de hacer una carrera de dramaturga en Chile y, solo en sentido figurado, lo tenía de cabeza —un asana en realidad todavía fuera de su alcance. Día a día Juan practicaba en la azotea del edificio el saludo al sol y un consciente vinyasa para entender cómo lo mejor de su mundo se había vuelto de revés, pero su sempiterno desequilibrio emocional y físico, con el correspondiente efecto en su sobrepeso abdominal, le jugaban una mala pasada. Diablos. Si tan solo pudiera hablar con ella sin ocultarle las ganas de engullir papitas y Pingüinos, cualquier comida chatarra que paliara su ansiedad. La única forma de llegar a Inés, estaba seguro, era practicando cada vez más asanas, estudiando a Krishnamacharya, a Indra Devi y el mayor sánscrito posible, optar por la dieta vegana que tanto presumía su amigo el músico. Se sorprendía, durante la clase, observando cómo resplandecían bajo sugestivas serpientes Led los delgados vellitos que ondulaban casi imperceptibles en los brazos de Inés, los granitos de su cuello, sus labios naranja. Esto no era para nada espiritual. Entonces se avergonzaba de sí mismo, de su imagen y de su descarada y malversada manera de afrontar la atracción que su maestra ejercía sobre él. Sospechaba que Inés era consciente de su apego, que su elegante indiferencia a los elogios era una máscara no —Inés había residido un año en Japón— carente de emociones. Los celos le recorrían como tijerillas a punto de picar con sus tenazas cuando corregía la postura de Alejandro, cuando elogiaba la elasticidad de Oswaldo, incluso al darle palmaditas en el hombro a Susana. Puede que haya algo ilegítimo en que una maestra se fije siquiera en uno de sus estudiantes, pero ¿y si es al contrario? ¿No es comprensible sentir admiración por aquella persona que irradia una contagiosa satisfacción consigo misma? Todo esto la hacía aparecer más linda a los ojos de Juan. La sonrisa de Inés acontecía frente a la audiencia como un avión que ignora a la ciudad dejada atrás. Juan cerró la aplicación en la pantalla de su iPad y salió a la tienda a comprar palomitas, Pepsi y un chocolate sin azúcar para ver su serie de superhéroes en Netflix.


domingo, octubre 18

El hambre de un zombi

Y no uno cualquiera en esta ciudad de inadaptados, de gente cortés de primera instancia y chismosa por lo bajo. Este zombie se llamaba Julián, al menos así lo habían bautizado en otra vida. No estaba seguro de querer un nombre ahora. Le parecía innecesario, pues ya no lucía como antes, impelido como estaba por un ansia invencible de comer carne humana. Consciente del ecosistema, solo cazaba para saciar su hambre. No se le antojaban los nervios: tenía que mascarlos más de lo conveniente. En cambio, le encantaba pulir los huesos, pero más que nada tragar cabellos. Sí, cabellos largos, rubios o trigueños, de hombre, de mujer, de género indeterminado. Los apartaba del cráneo con sus largas uñas afiladas y pútridas, los colocaba en un plato hondo porque no quería abandonar su civilidad, y los engullía como antes hiciera con el espagueti a la boloñesa. Unos trocitos de carne  entreverados otorgaban al platillo un sabor que le habría gustado percibir si todavía conservara la lengua. Sentía gran placer cuando los cabellos se atoraban en su hueso hioides, se deslizaban por la tráquea acariciándole partes del esternón y costillas falsas, hasta que los sacaba por un orificio que cada vez se iba ensanchando más en su esófago. Los cabellos le aliviaban cierta comezón en los órganos internos que habían aprendido a sobrevivir. Bastaba con sentirse satisfecho por unas horas, luego se tornaba otra vez ansioso, terriblemente hambriento. Entonces salía a la calle y se unía a la horda de zombies que habían olvidado sus nombres.


La grieta

Aunque había intentado aspirarlos sin dejar rastro la noche anterior, restos blancos de polvo permanecían en la mesita y el popote improvisado de una pluma Bic. Las sábanas beige colgaban de la cama de hotel, las almohadas se apilaban sin funda ni forma, como si en ese rectángulo se hubiera fraguado una lucha cuerpo a cuerpo. Quizá contra sus propios demonios. Todavía el amanecer no entraba de lleno por los resquicios, apenas amenazaba con su halo de luz tenue. No solo la cama era un aluvión: ropa tirada, papeles arrugados sobre la alfombra, cenizas y, en la pared, unas gotas marrón que habrían podido ser sangre si no recordara haber lanzado el plato de la cena en un momento desesperado. Su celular comenzó a vibrar. No estaba sobre el tocador; se asomó debajo de la cama como a un abismo. El tono de la marcha imperial de Star Wars le quitó todo indicio solemne a este instante en que deslizó su índice derecho, no sin dudarlo, hacia el ícono verde. Era su madre. Contestó con sílabas afirmativas y distraídas cuanto pudo. A sus 45 años, una calvicie eminente y patas de gallo que irradiaban de sus ojos como de soles muertos, todavía su debilidad era la voz de este ser que se le antojaba dominante, invasivo. En cierto modo, agradecía que alguien se acordara de su cumpleaños, así fuera la misma persona que lo había arrojado bañado en líquido amniótico a este mundo deforme. Colgó. En la pantalla de cristal apareció la máscara de un estoico Darth Vader mirando al vacío. La soledad le rodeó como perros curiosos. Sus recuerdos lo sumieron en un lugar oscuro. La mujer que había invitado le abandonó a media noche, no sin exigir la transferencia acordada. A él esto le tenía sin cuidado. Intensificar la vida, verla explotar para luego adentrarse en sí mismo, libre de toda memoria. En el techo había una grieta. Cuando se sumergía en la mujer como un barco con la quilla destrozada, ella la señaló y le dijo que ese era su futuro. El hombre no creía en símbolos improvisados, pero en el fondo sabía que la mujer habría encontrado ese u otro para proyectar su inquietud. La idea de pagarle fue, finalmente, suya. Habían sido amantes desde hacía cuatro meses, cuando ella pasaba por un proceso de divorcio. Entonces el sexo fortuito, a escondidas, era su lenguaje mutuo. Hasta que empezaron a pensar. Ella en sus hijos, él en nada. Fue la manera como la mujer ideó la despedida. Una grieta de apenas nueve centímetros. El hombre miró el techo y se abandonó en la contemplación, pero luego le pareció insensato, absurdo detenerse en esa línea que dejaba entrever sus entrañas grises, que el personal del hotel había descuidado. En cuanto se vistiera y bajara al recibidor, notificaría a la administración del exabrupto. No podría decirles que esta grieta había terminado con toda esperanza de seguir siendo quien había sido durante meses frenéticos, que la pequeña grieta había dado un final abrupto, y lo peor, simbólico, a su inesperada relación con esta mujer nueve años menor que había conocido en una fiesta aburrida en su casa, para celebrar la presentación del libro de un amigo poeta. No entendía por qué había señalado la grieta. ¿Qué podía esperar de un after con amantes de la poesía? Le había llamado la atención esta mujer de ojos verdes, largas pestañas y cabello negro y ondulado que parecía tener una pregunta para todo. Una pregunta que no esperaba respuesta. La grieta era la imagen definitiva del abandono. ¿No será una alegoría de nosotros? Y… págame. Despidámonos como dos desconocidos. ¿Si la grieta no hubiera aparecido, estarían a la espera de su próximo encuentro? Debía ser enérgico con la administración del hotel. Estos descuidos suelen provocar tragedias.

domingo, octubre 11

Ítaca es un vacío

Lo que importa al vagar por el hiperespacio
es regresar a casa, da igual
si por un agujero de gusano, un hoyo negro,
un salto cuántico: no ven los pasajeros
la hora de arribar a esa tierra ajena
que nunca conocieron sino por postales,
videos maltrechos, audios de archivo
confiados a humanoides laxos
en un vacío de mitologías, de seres mágicos,
pues el silencio helado que sostiene a las estrellas
es la hidra más rapaz
para el que ataca con preguntas.

domingo, octubre 4

No espero nada

Ni del día con luna llena, ni de la noche
iluminada hasta el arrebato cursi.
Sigo a mi propia sombra como el gato
a una madeja de hilo, a un alacrán.
En la nada se pierde la espera,
entre ola y ola de tráfico, 
el ruido del tren que suele significar algo
para el que está a punto de ahogarse
y se aferra como un molusco

al vidrio de la pecera.
Intentaré dormir
ahuyentando mosquitos
que de todas maneras hallarán la forma

de picarme.


viernes, septiembre 11

La escalera

Lo deseable es no luchar con el ángel,
sus sorpresivas maneras
de hacerse cargo de las cosas.
Después de todo, descendemos,
y con suerte algo de luz
entra por los ojos a evidenciar
que la vida está bien, por ahora.

viernes, septiembre 4

Días lentos

Hay días lentos como globo aerostático
sin grandes corrientes de aire.
Días alargados como chicle de menta
a punto de romperse.
Días en que es preferible dormir
sobre un mar lechoso hasta tarde,
acunados por la marea.
Días en que no estamos hechos
para levantar ninguna bandera,
ni la del atardecer, ni en defensa propia,
días en que bajamos la guardia
porque ya no queda nada,
días que nos envuelven como gas
en espera de la chispa.


sábado, agosto 22

¿Cómo te quedó el ojo, piojo?

En un lugar muy, muy lejano

había muchos cuentos

que comenzaban diciendo

En un lugar muy, muy lejano.

 

Érase una vez

que en un lugar muy, muy lejano

empezaban los cuentos que les contaban

a los niños antes de dormir

diciendo

Érase una vez.

 

Porque en un lugar muy, muy lejano

Érase una vez

y no dos ni tres.

jueves, agosto 20

Lealtad

A José Langarica

 

No siempre lo que vemos se corresponde con lo que es, como sabe todo el mundo. Y de cualquier modo elegimos la apariencia por sobre la contundente realidad. Aquello que percibimos —seres incompletos por donde se quiera— es engañoso, frágil, incompleto. Algo de nosotros quiere llenar el vacío confiando en las personas, en que su noción del mundo completa la nuestra. Incluso confiamos en que las personas sepan que les tenemos cariño, porque es imposible no encariñarse con las personas. Y resulta por demás ineludible cuando se trata de aquellas con las que compartimos adolescencia, juventud, pero, sobre todo, diversión, los prolegómenos de una identidad.

Alguna vez escuché que donde no hay amistad no hay traición. Me parece que una frase de este calibre pretende justificar actos mezquinos y deshonrosos. ¿Qué significa la lealtad sino un apego a los propios principios éticos y vitales? Un sujeto podría recurrir a actitudes como la hipocresía o el daño a la imagen del prójimo con tal de ser leal a un valor como el de la ambición —una ambición en el lado oscuro de la fuerza, si escuchamos al jedi interior que llevamos dentro— sin que importen los medios que utilice para su hazaña. Obviamente tendría que fingir amistad ante sus víctimas y testigos con tal de salirse con la suya. No lo consideraría traición porque sería fiel a sus principios o a la falta de ellos. 

La deslealtad muestra una incongruencia de carácter, la doble cara del que socialmente se hace pasar por amigo para recabar favores o finge la sonrisa mientras asesta golpes bajos. El desleal carece de otra norma que no sea la del beneficio propio. Ha sido poseído por el espectro de la envidia, por la ilusión de merecer aquello que no le corresponde porque de ocupar el espacio ajeno sería a costa del amigo y de sí mismo, su propio honor. Tendrá sus defensores, o los buitres a quienes les alegre la caída en descrédito del que era poseedor de su presente. Es un misterio por qué se alimentan de la desgracia ajena, tal vez por padecer de un vacío en el alma. Pero son lo de menos, meros accidentes, zopilotes al acecho, están allí solo para alimentarse de los pútridos restos de lo que alguna vez fue paraíso. Por cierto que le harían lo mismo al que llaman amigo.

Macbeth actuó como lo hizo porque vio que la oportunidad le sonreía. Los elementos estaban dados para la consecución de su traición y decidió usarlos a su favor. Si hacemos caso a Shakespeare, el fin del traidor será el mismo que fraguó: ser traicionado. Aunque se piense invencible, sus erráticos actos lo sitiarán tarde o temprano, no verá acercarse al bosque de las circunstancias. 

¿Y qué con las faltas a la amistad amistad? Que las personas sean dignas de nuestra fe, creo que sí. Apuesto a que sí, porque no podría renunciar sin empobrecer mi relación con los demás a palabras con peso específico como gratitud, generosidad y, por supuesto, amistad y lealtad. En la medida que confiamos en las personas muestran su confianza en nosotros. Al menos eso sería lo deseable.

Nada ni nadie es perfecto. Entre amigos la lealtad no es una obligación, sino una actitud natural. El amigo vio por sí mismo sin considerar al otro en su cabalidad, cometió un humano error fincado en el egoísmo. La herida queda al descubierto, pero si somos leales a nuestros principios, y si estos principios incluyen desear el bien al otro, no hay cabida en la víctima para la venganza o el rencor. Todo lo contrario. Ya sanará.

Habrá que manifestarse a favor de la amistad y el reencuentro, de la franqueza, de la fraternidad entre las personas, esas personas que merecen nuestro cariño, un buen día, una buena semana, una buena vida.

jueves, agosto 13

Las aventuras de Mario Bros

Para no caer al abismo: cinta de teflón
Para coger unas monedas al vuelo: destapacaños
Para torcerle el ala a Bowser: llave de tuerca
Para desarmar un parque temático: llave Stillson
Para detener a un Goomba: cortatubos
Para jugar tenis con Luigi: perica
Para quedar bien con la Princesa Daysi: overol azul y bigote
Para salir de una prisión espacial: sierra de filo dentado
Para recuperar superhojas en el Reino Champiñón: pinza pico de loro
Para saltar a otro mundo: taladro de precisión

martes, agosto 11

Manual de procedimientos del área de lavandería y mecánica en Empresas Stark

¿Qué opinas de ser un héroe? Pues bien, eso es lo que eres cada que entras al área de lavandería y mecánica en Empresas Stark.

Sabemos que te extraña ver juntas las palabras lavandería y mecánica, pero si lo piensas bien, además de haber sido idea de Tony Stark, aquí lo que hacemos es mantener limpias las armaduras de Iron Man y también funcionando mecánicamente a la perfección.

Las armaduras de las que debe disponer Tony Stark se cuentan entre 900 y mil alrededor del mundo e incluso al menos una en cada satélite de su propiedad en el espacio.

Podemos decir que somos el destacamento de héroes anónimos que hacen posible a los Vengadores salvar al mundo tanto de amenazas externas como de sí mismos.

Somos, como nuestro equipo de futbol de la liga Stark indica, los Anónimos Vengadores. Aquellos sin los cuales no sería posible contar con naves bien aceitadas, prendas renovadas y armaduras de última tecnología listas para usarse.

Este manual te será útil para empezar a familiarizarte con nuestra heroica labor.

Las vacaciones pagadas a destinos exóticos, plan dental completo y acceso irrestricto a la sala de videojuegos son solo algunas de las prerrogativas de las que gozarás siempre y cuando Hulk y Thor no abusen del servicio o lo rompan por gusto o por alguna discrepancia por el siempre faltante sándwich en el refri.

 

Recolecta piezas rotas y perdidas

Una vez que se haya llevado a cabo una batalla, debes estar preparado para recolectar los pedazos de armadura que estén dispersos en un área determinada. Se te aconseja trazar una línea invisible para marcar el área antes de aterrizar en la nave de limpieza.

Si la batalla fue entre los mismos miembros de los Vengadores —suele pasar que Hulk pierda el control—, es recomendable que cargues con una aspiradora imantada capaz de atraer las piezas que no sean capaces de regresar solas —gracias a la nanotecnolocía de sus circuitos— a la caja de arreglos temporales.

En caso de que la batalla haya ocurrido contra extraterrestres, es necesario escanear el planeta entero, a fin de que la tecnología Stark no llegue a manos equivocadas.

 

Da atención mecánica y haz la limpieza

Una vez recolectadas las piezas de las armaduras dañadas, hay que proceder a darles atención, comenzando por sus circuitos inteligentes y posteriormente recuperando los trozos de metal que puedan fundirse para hacer nuevas armaduras de Iron Man.

El lavado de piezas debe ser exhaustivo a fin de que no se cuelen trozos inteligentes de tecnología extraterrestre o del futuro, que supongan una nueva amenaza.

 

Clasifica las armaduras

Una vez que la maquiladora de armaduras haya armado los trajes de Iron Man con piezas que previamente hayan aprobado los estrictos controles de calidad Stark, es tu deber cerciorarte de que las medidas sean exactas y no existan bordes que lastimen la humanidad de Tony Stark.

El departamento mecánico se hará cargo del resto y únicamente devolverá las armaduras para que les saques brillo.

 

Actualízate todo el tiempo

El tiempo estimado para recibir cursos sobre los distintos hábitos de los Vengadores y en especial de Tony Stark es cada tres meses, puesto que el equipo suele variar en consonancia con el humor de cada uno y de nuestro director. Esta información —aparte del conocimiento positrónico sin el cual no estarías en esta área— es relevante para aplicar técnicas de mantenimiento y limpieza que consideren imprevistos, habilidades y poderes de los Vengadores y sus enemigos.

 

El equipo debe estar en buenas condiciones

Al menos cada tres horas deberás estar atento a las actividades de Tony Stark y sus invitados, con el propósito de prever algún exabrupto de parte de Thor o de Hulk, o de incluso la Viuda Negra u Ojo de Halcón, que pongan en riesgo la integridad de las armaduras.

 

Control de sanidad ante la pandemia

Teniendo en cuenta la crisis sanitaria que ha desatado el covid-19, lleva a cabo todas tus actividades de acuerdo a las indicaciones de la Organización Mundial de Superhéroes (OMS) y no se quites el cubrebocas —las ilustraciones de Hulk peleando contra Loki, Gravitón comiendo un hot-dog, la Viuda Negra de vacaciones en Haití y otras que puedes consultar en el catálogo, son coleccionables— por ningún motivo, mucho menos al manejar las piezas de la armadura de Iron Man en turno.

 

Nota: Si encuentras ocasionalmente restos color verde en las partes internas de la armadura de Iron Man, sobre todo en el casco después de la batalla, no entres en pánico: no es sangre de Hulk, ni Tony Stark es un alienígena de piel amarilla escamando, sino restos de papitas fritas y de guacamole, comida chatarra a la que el empresario y playboy es asiduo mientras piensa un ingenioso plan para vencer a los enemigos de la humanidad.

 

Gracias por tu profesionalismo y absoluta discreción al salvaguardar la seguridad de los Vengadores. Recuerda: eres un héroe indispensable para salvar al mundo.


He-Man contesta una prueba personalizada en Google Forms para optar a un puesto vacante en la Liga de la Justicia

Al ser una celebridad con alter ego, ¿cómo sorteó a los paparazzi en los ochenta?


A. Iba transformado en príncipe Adam con cachucha de los Vengadores

B. Se reunía con Arnold Schwarzenegger en la mansión blindada de los Kennedy

C. Quedaba de almorzar con Jerry Seinfeld y hacía chistes de la comida

D. Desaparecía en la playa rodeado del equipo femenino de Guardianes de la Bahía

E. Otro: _____________________________


¿Qué villano considera realmente a su altura?


A. Skeletor

B. Darth Vader

C. Doctor Doom

D. Thanos

E.    Siniestro

F. Otro:_____________________________


¿Si pudiera transformarse en superheroína o en supervillana, cuál le gustaría ser?


A. La Mujer Halcón

B. Chita

C. La Bruja Escarlata

D. Daya la cazatroles

E. Otra: _______________________________


¿Alguna vez ha querido ahorcar a Orco?


A. Fuera del plató

B. En el plató

C. Justo antes de que dé un mensaje moral al final de cada capítulo

D. Cuando desaparece y vuelve a aparecer con olor a pepián

E. Invariablemente


Si le dieran a elegir, ¿qué frase diría al transformarse en He-Man?


A. Hasta el infinito y más allá

B. Ojo del augurio, quiero ver más allá de lo evidente

C. Llamas a mí

D. Recórcholis

E. Antiguos espíritus del mal, transformen este cuerpo decadente…

F. Si eres bueno para algo, nunca lo hagas gratis

G. Otra: _________________________________


¿Qué hace cuando irremediablemente abandona sus poderes de He-Man?


A. Invita a sus amigos a apostar cuando juega a las vencidas con el Hombre Bestia para asegurarse de que todavía tiene el control

B. Pasea por el reino transformado en Drag Queen

C. Juega damas chinas con Skeletor y se deja ganar

D. Destruye castillos de arena en la playa

E. Se emborracha y les confiesa a todos los del bar que es Amo del Universo

F. Otro: ____________________________________


¿Es usted un superhéroe convencido?


A. Solo cuando la espada le da los poderes del Castillo de Grayskull

B. En todo momento, incluso cuando su tigre cobarde lo abandona

C. Pese a los consejos de Orco

D. Gracias al apoyo moral de la fortuna que espera recibir cuando sea rey de Eternia

E. En el fondo, solo desea quitarle la sonrisa imperecedera a Skeletor

F. Otro: _____________________________________


¿Qué pregunta agregaría a este cuestionario?

______________________________________________________________________________________________________________________________________________


lunes, agosto 10

A Clark Kent le estorba Superman

A Clark Kent se le descompuso el coche
y le estorba Superman.

Cada que quiere abrir el cofre
lo abolla son súper fuerza
(y eso que a Superman
no hay quien lo venza).

No le funcionan los rayos X,
no le sirven los rayos láser,
no sabe qué hacer con su aliento frío.

Está varado en la carretera
como cualquier hijo de vecino:
un motor desvielado lo ha vencido.

Clark Kent desearía
que llegara una superheroína
a salvarlo de su ignominia:
piensa en la Mujer Maravilla.

A Clark Kent le estorba Superman.

domingo, agosto 9

Fantasma

¿Qué hace falta
para ser fantasma?
Un revoltoso Pacman,
una sábana agujerada.


Flota por el laberinto,
aprovecha mientras huya,
que si cambia la fortuna
estarás extinto.


¿Qué hace falta
para ser fantasma?
Un Pacman y un laberinto.

miércoles, agosto 5

La reunión

Cuando no están muy en su papel, los malos
y los buenos, sin que nadie se entere,
hacen reuniones poco elegantes, piden una pizza
e invitan incluso a los tiranosaurios, a los marcianos
a tomar nieve de garrafa o de crema sin gluten.
Darth Vader pierde iniciativa y se echa
en un mullido cojín a descansar de su pesado
casco, la tanta responsabilidad que conlleva
ser malo entre los malos. Los que hayan sido
ahorcados por su poder sit, vuelven a 
las andadas y se beben juntos un Seven-up,
comparten equitativamente
un pastel de los Cazafantasmas de cuatro pisos.
Porque el Doctor Doom es un ferviente admirador
de lo sobrenatural, como nadie imaginaría
tras su fachada de hombre de la máscara de hierro.
Gokú y Vegeta sobrevuelan la reunión
y aterrizan soberbios, sayayines nivel 4
para beneplácito de la princesa Leia, quien 
ya se estaba aburriendo del güerito jedi
ignorante todavía de su parentesco.
Los 4 Fantásticos se dejan de cosas y organizan
una rifa entre los presentes. El premio mayor
es ese robotito, Herbie, que desentona.
El Santo y Blue Demon llegan a la fiesta
en sus autos deportivos a control remoto
y se ligan a un par de Barbies que resultan
ser una vampira y una momia ancestral.
Al final todos brindan con sus nieves de pistache
por una batalla memorable, casi heroica,
con menos soldaditos caídos
a manos de Godzilla y King Kong,
que en represalia por ser estigmatizados
hacen tal alboroto que los sacan a la fuerza
de la Baticueva ornamentada ad hoc, algo kitch,
hasta terminar flotando, quitados de la pena,
en el agua del lavadero donde espumea
shampoo vertido por los playmóvil del barco
pirata en su intento de pasar
inadvertidos.

viernes, julio 31

Comensales

En la actualidad se conocen cerca de 1,700 especies de pepino de mar
–también llamado holoturia u holoturoideo, del griego ολοθυριων–
dispersas en el fondo marino de todos los océanos.
Su semejanza con la hortaliza le da este rimbombante
nombre, aunque no sería raro confundirlo con una babosa.
Puede caber en la palma de la mano, o medir
hasta 20 o 25 centímetros de longitud.
De textura gelatinosa, se le encuentra en color
marrón, verde oliva o negro, según le convenga
adaptarse al ambiente para sobrevivir.
Cambia de forma en respuesta a la presión
del agua y sobresale por su gran capacidad
de contraer o expandir su cuerpo a voluntad
ante la amenaza de habituales depredadores.
El pez perla (Carapus bermudensis) gusta de hallar
refugio en su ano, donde se introduce como un supositorio
para protegerse de la intemperie marina.
Llega a tanto la simbiosis, que el pez perla
ocasionalmente se reproduce en el recto
del pepino de mar, se alimenta
de sus tejidos respiratorios
y hasta forma un nido a donde regresar
cuando la fortuna del lecho marino
no le hace buen placer.
Se entiende que la amistad
es vista de distinta manera
por una y otra especie a cuya relación
le llaman algunos biólogos comensalismo,
es decir, la de aquellos que comparten su comida
en la misma mesa.