Si me perdí en una isla de juguete
ustedes perdonarán, me ausento del mundo
cada vez que un trencito aparece
con su silbido frente a mí.
El recuerdo es frío:
una paleta de vainilla cubierta
de chocolate
en la placita del pueblo.
Si me perdí en una isla de juguete
ustedes perdonarán, me ausento del mundo
cada vez que un trencito aparece
con su silbido frente a mí.
El recuerdo es frío:
una paleta de vainilla cubierta
de chocolate
en la placita del pueblo.
He sido un monstruo:
lo digo sin tapujos.
He estado ansioso por separarme
de mi sombra de metal.
Soy un monstruo famélico,
un ogro metido a pepenador
de huracanes que eché a perder.
He sido un monstruo desde que recuerdo
haber ido a la biblioteca y hojear el Principito.
He sido un monstruo para quienes han fijado
sus colmillos en mí.
He sido un monstruo con palabras de fétido aliento
pero palabras al fin.
He sido un monstruo colosalmente pequeño.
Me miro frente al espejo manchado
y pienso que lo haré mejor esta vez
aunque ningún sobreviviente
se la tome en serio.
Mi
madre lava los platos
y
trapea la cocina; mi padre
hace
cuentas en su estudio.
Cuando esto ya no ocurra,
¿quién hará el balance
de sumas y restas?
¿quién mirará
la vida escurrir
como el agua sucia del trapeador?
A punto de morir a palos
caí en un hondo pulsar de pupilas
borrosas. A punto, casi.
Y la verdad no metí las manos
para defenderme. No soy. No soy
un héroe. Y ya no tengo a quién
salvar, más que objetos.
Son mi codicia, los segundos
asegurados en la caja fuerte
que podría volverse caja negra.
El aire golpea con insidia las ventanas
temblorosas de la avenida infame.
Mi enemigo está en unas células
y en otras todavía no. Poco a poco
me
va sustituyendo.
Desde que tiró
del hilo de este su títere fabricado
con favor de las estrellas
la gente pensó que de verdad hablaba,
que ando sobre mis pies
y ahora sé que no, que alguien más
movía mi boca y me empujaba a recorrer las calles
de la ciudad humeante donde se reflejaban
las suelas de mis mocasines que nunca
tocaban el piso. No es que fuera liviano
sino que él me sostenía como lo hace con el vapor
y ahora que he perdido su soplo vital, esa farsa salivosa
ando desperdigado, con los miembros en el suelo
y todo porque tropecé con los hilos y me di cuenta
de que alguien más me alzaba como el viento
a la pluma de una paloma enferma, contando
mis historias antiheroicas y soltando la ceniza de su cigarro
para ver si fuego salía de mis fibras
o al menos me daba cuenta de que algo
invisible se reía a mis espaldas, o allá arriba.
El vidrio de la mesa circular de hierro con florituras, el
vidrio de la mesa blanca refleja mi rostro que se ha ajado, que es mejor
reflejado a visto con nitidez. Me he declarado en
bancarrota. Mis arrugas, mi piel vaciada de la vivacidad que no hace mucho
dibujaba en mi rostro una sonrisa de sol, de llamarada solar, en este momento
se centra en la arruga dubitativa del entrecejo y se convierte en piedra fría. Te
contemplo como entonces, con tus cabellos negros y brillantes transcurriendo
hacia tus hombros y tu espalda morena clara. Claridad es lo que había en las pupilas
de tus ojos que parecían temblar como charcos tocados por las notas de una leve
llovizna de mercurio. Te extraño, quisiera salirme del cuerpo aprovechando los
orificios de mis poros, como un vapor que se alzara por entre las azoteas y
recorriera la ciudad polvosa y llena de odio y de rencores y de gritos de
desesperación ahogados en los autos y las gargantas. Te extraño. Si esa
cuestión del multiverso fuera factible, me tocó ser esa versión de mí en la
fragmentación, en el fracaso de lo uno que se deshace con un simple manotazo. Me
ha tocado en la habitación de este enfermo de segundos con prisa
insistir en las llagas del techo, en sus nervaduras que forman sombras
chinescas. Insistir en ver, sólo ver como a través de un caleidoscopio de
cristales transparentes. He vuelto al principio, pero no como era en ese tiempo,
sino como un hombre que ha perdido cabello, ideas, destellos. Estoy atrapado en
este cuerpo que venera el paso de los días en lugar de atraparlos y hacerlos
boquear hasta asfixiarlos y tragárselos como una ballena adormilada, con tan
sólo abrir la boca. Estoy como tirado en la orilla de la cama, embarrada la
cara de melancolías que se me pegaron mientras venía conduciendo a casa con los
dedos artríticos, robóticos, sobre el volante como si sostuviera un timón de
mentiras. Esto es llegar al sitio donde mis mayores estuvieron, donde rieron y
hablaban de enfermedades aparatosas y ruines, donde contaban chistes y fumaban
o bebían sin percatarse de que las estrellas brillaban igual que siempre tras
el resplandor de la ciudad y que sus cuerpos ocuparían ya no espacio compacto
sino dispersado en las raíces de los pinos en el cementerio o en el aire que
los demás dejan entrar por sus pulmones, sin saber que ese polvo es palabras y
quizá hasta astillas de tinta y de música que vibraron en labios insurgentes. Quisiera
que este vidrio circular reflejara un retrato falso, algo así como el comprado
en un supermercado o aquel que se escondió bajo la piel y ya no pudo salir.
Estoy acostada en el suelo, con los pies descalzos sobre la
cama. La sangre me circula mejor así, o al menos eso dice mi maestra de yoga. Mis
pies blancos y rosados en las plantas, suaves y chiquitos. Estoy pensando en
salir corriendo de lo aburrida que me miro en el espejo que deforma mi cabeza,
la crece hasta que alcanza la figura de una sandía. Sandía. San Día. Eso demuestra
lo enferma crónica que estoy por regodearme en mis propios pensamientos, que
como electrones se disparan hacia todas direcciones. Este es un juego de
palabras, este no. Eso es lo que me aterra: ser tan sólo palabras, un montón de
sonidos articulados en un idioma con once siglos de vida. Un idioma redundante.
No es el idioma del Dante, pero circula por mis células, atraviesa sus paredes.
Estoy recostada, con la nuca echada hacia atrás en el piso frío. Hacia atrás,
como si me amenazaran los colmillos de un perro furioso. Si
tuviera rabia esta pose sería natural, tensa como ante un vecino entrometido asomándose a mi ventana entreabierta. El
vecino es un buen hombre, nos vigila a todos con la dedicación de quien realiza
su oficio al extremo del detalle. Un vecino puede ser una hoja escrita con
tinta invisible, que aparece sólo porque siente la tensión del fuego, la
posibilidad de las cenizas. Un vecino es una corbata mal anudada, un trozo de
tela que robó el alambrado al pasar. Estoy recostada con los ojos abiertos como
dos latas de sardina vacías, todavía rojas por los restos de salsa de tomate. Y el olor que desprende mi cuerpo me recuerda que no
guardé el caldo de pollo y que las moscas se debaten entre su irresistible aura
pútrida y mis orines y mi mierda y mi sangre revueltos en el mármol blanco que
compré en la avenida de los Niños Héroes con la heroicidad de un adolescente envuelto en una bandera. Si mis amigos supieran que
intento borronear la trama con la que empecé este monólogo, de manera que mis movimientos no fueran los que he imaginado...
(Martha)
**
¿Qué dicen los árboles?
Por más que he intentado
escuchar sus balbuceos
con mis oídos ruidosos,
termino por recargarme en uno de
ellos
llamado
ailanto, o ceiba, o naranjo.
Me llaman con las claves extrañas
que lleva el viento en sus manos
roñosas,
con sus hojas que me rozan un
hombro
o se clavan en una espina
de sus propias ramas o ajenas.
O al menos yo presiento que me
llaman
y no sé si todo ocurre dentro de
mí,
como el espacio y el tiempo.
No hay nada que agregar al
lenguaje
de los árboles enfermos.
No tengo cuidado de mí,
me importa nada si me rasuro,
si mi barba tiene un crecimiento volcánico
o se vuelca en breves retoños
que apenas asoman curiosos
son decapitados.
Soy el amo de la idea.
Una mula de hoja de maíz
me mira como si quisiera
saber qué estoy pensando.
Un venado aúlla sin cuernos,
un venado de flores y de peyote y
de vacíos
pequeñitos
que ya se fueron en mi mente a un
sitio
al que posiblemente no regresaré
a menos
de que sea necesario.
El camino del venado no es mi
camino.
Tampoco el silencio del robot
que desde el lugar donde debiera haber un corazón
lanza
luces amarillas.
Ni el del tren que ya no avanza
porque se caería del librero.
Quizá esté más cerca de ese gordo de tinta
que agoniza mientras lo miran los
perros,
babean.
Estoy atrapado entre libros
y sillas.
Estaría dispuesto a socavar mis relojes
tirando de una cuerda
hasta que caigan árboles secos,
pasionarias, el animal destripado
en la carretera
donde mi voz tartamudea
al paso de rayas
intermitentes.
Si me enseñaras a no ensañarme
con el verde,
a liberar el
acelerador
y olvidar que un auto contra el
abismo
es un héroe incompleto.
Si me enseñaras a sacudirme el
peltre
de la ropa, la pólvora de los
dedos,
las ranas que saltan por las
nubes
a punto de llover biznagas.
Si me enseñaras a transformar
el pan en la misa de las gallinas
que corren alrededor de una serpiente.
Si me enseñaras a descubrir
lo que sobra debajo de la lengua
cuando se está callado tanto
tiempo
por hablar sólo con los árboles
mientras amarillean limones
y es tan fácil tocarlos para que
caigan
con un pequeño ruido como de
pasos
que no van a ninguna parte.
Si me enseñaras a convertir el
agua de Jamaica
en el olor del vino con sus violetas
al centro de mi
frente.
Si me enseñaras a volver atrás, al tiempo
de las raíces abrazadas con fervor a una
piedra,
a un ave lenta, a los restos de una
vaca
que alguna vez miró el lienzo de piedra
como si no pensara
más que en automóviles.
No sólo no tengo
corazón de superhéroe,
tampoco quiero serlo.
Quizá más bien descubrí
que es imposible
traspasar los límites de una idea
sin sufrir pérdidas, grandes sacrificios
en lo profundo de la mente,
en ese revoltijo de trapos viejos
y joyas de utilería.
Otro piensa en mi lugar
detrás de la máscara, yo soy sólo
este cascarón de mueca feliz
con dos hoyitos
a través de los cuales mira
el mundo arder
como una hoja de papel
con un mensaje de amor
que ya no le sirve a nadie.
Estoy en busca de sangre fresca
─quizá la de una mosca─
que me indique el camino a seguir
en esta mierda de mundo.
Y debía volver al lugar de donde partí
para hacerme la misma pregunta:
esa que me cruza la cabeza
como una varilla
al jugador del futbolito.
Me hace girar, sí, pegarle
en suerte
a una pelota que intenta
entrar en la portería
de una certeza,
pero soy pésimo en esas cosas,
en las certezas,
y entonces me dedico a girar,
a girar.