viernes, agosto 28

Los años maravillosos

Para Alex

Sorteábamos los juegos peligrosos de las combis
en la ruta 629 para ir al San Juan de Dios
por unos tenis Reebok, unos Levi’s
o el nuevo disco de Def Leppard en la Casa Lemus
de Plaza México. Oíamos en casette
una selección que había preparado
otro amigo con la misión de guiarme
por los círculos infernales del heavy metal
pasando por Mötley Crüe, Guns N’ Roses, Led Zeppelin,
Motörhead, Warrant y hasta Bryan Adams.
Como íbamos a la escuela por las tardes,
Alex hacía omelettes para desayunar y de pronto corría
a deslizarse en el pasillo con Welcome to the Jungle,
tocando las cuerdas de un instrumento
que un segundo antes había sido escoba.
A veces íbamos a fiestas caseras y lo memorable:
el Daddy O’ pletórico de luces, las chicas en minifalda,
Personal Jesus hasta borrarlo todo, la barra libre.
Leíamos Aura, Pedro Páramo, La ciudad y los perros
y creíamos que nunca terminarían
Los años maravillosos ni Indiana Jones.
El rito comenzaba al caminar por las calles
y baldíos de Prados Guadalupe
hasta más allá de La Estancia y de vuelta bajo un cielo
para el que éramos simple polvo de estrellas,
como ya nos lo había mostrado Carl Sagan.
Incluso el silencio contaba.

jueves, agosto 27

El Colegio Cervantes

El infierno se había vuelto simple rutina.
No había salida. Pero otros vivían
cosas peores con los hermanos maristas.
Ya en tercero recuerdo a Chuyín,
un niño de dimensiones asombrosas
y solitario, al que le escupían toda clase
de apodos evocando a las ballenas.
O al Chencho, un chico de ademanes delicados
a quien el Cimarrón perseguía
y le agarraba la verga en el baño.
Gastaba los recreos en la biblioteca
leyendo los diarios del libertador Hidalgo:
pasaba a cuchillo 300 gachupines por noche.
La noticia me llegó una mañana de boca de un amigo
que alucinaba con ser director de cine.
Me dijo sonriendo: “¿Ya sabes qué le pasó a Chuyín?
Se encerró en el baño antes de venir a la escuela
y se pegó un disparo en la cabeza
con el arma cargada de su padre”.
Entonces pensaba mucho en el suicidio
sin atreverme a intentarlo.
Ese mismo día eligieron a los de mejor promedio
para acompañar a Chuyín en su descenso.
Regresaron contándonos cómo tardó horas
en morir en la sala de emergencias.
Yo escribí mi primer poema.
Y las cosas siguieron igual que siempre.


lunes, agosto 24

Elías Nandino

Dos semanas antes de morir
mi primo Javier y yo lo visitamos.
A él le regaló Prismas de sangre
y a mí Erotismo al rojo blanco.
Al comenzar la dedicatoria
el anciano temblaba sobre la página,
de pronto se le venció la mano
con la que sostenía el ejemplar
y siguió escribiendo sin detenerse en el aire.


Arcángelo Corelli

Nací en Chapalita, mis padres compraron

un terreno en lo que fueran los márgenes

al poniente de la ciudad, construyeron su casa

entre los baldíos y calles sin historia donde crecí,

jugué a policías y ladrones, encantados,

erré frente a porterías de ladrillos,

pasé tardes enteras con el Tigre de Malasia,

di la vuelta al mundo en ochenta días,

guardé el secreto del Doctor Jekyll,

alcé el mosquete e hice rimas

con Cyrano de Bergerac,

miré al Chavo del Ocho en la tele,

al hombre y la mujer biónicos,

a la Mujer Maravilla, a un Batman

de Sock!, Pow!, Zok!

y jugué Atari hasta el cansancio.

Hacíamos fogatas en los baldíos

que luego serían las casas en construcción

donde jugar al escondite.

Peleas de hormigas, changai,

papalotes que alzaban el vuelo,

carritos y canicas en ciudades

invadidas por jedis y Transformers.

Los niños corríamos solo porque queríamos,

explorábamos fronteras prohibidas

en bici, avalanchas y patines.

Subíamos a los postes para divisar

invasiones de naves espaciales.

Hoy las casas parecen tapiadas con bardas

que impiden saludar a los vecinos.

Extraño mi calle Arcángelo Corelli

cuando estaba viva.

viernes, agosto 21

Juego

Un restaurante al aire libre.
Sus hombres lo resguardan
apostados a lo largo del parque.
Pregunto por sus hijos
en lo que llegan los amigos.
Me muestra su celular:
un narco corta a un anciano
con su hacha, filmándolo
en el campo.
Desvío la vista, no veo el final.
Tampoco otro video
donde amarran a un individuo
una carga de dinamita:
regreso el aparato
con esto que más tarde
terminará siendo noticia.
Un comensal de la mesa vecina
me mira fijo, pienso que quizá
ha visto la pistola
en el cinturón de Charly.
Sus muchachos asoman
de vez en vez.
Al mencionar a los 43
discutimos:
lo escucho pero no puedo
creer lo que me dice,
alzamos la voz y
sabiendo que no
estaremos de acuerdo,
respiramos, nos calmamos:
uno de los uniformados
me mira como preguntándose
por qué el comandante
es tan benevolente conmigo.
Eso mismo sucedía
cuando de adolescentes
jugábamos futbol
en la unidad deportiva.
Yo era el que nunca entendía
cómo patear el balón,
mientras los amigos
me adiestraban por horas
frente a la portería,
sin resultados evidentes.