lunes, agosto 24

Arcángelo Corelli

Nací en Chapalita, mis padres compraron

un terreno en lo que fueran los márgenes

al poniente de la ciudad, construyeron su casa

entre los baldíos y calles sin historia donde crecí,

jugué a policías y ladrones, encantados,

erré frente a porterías de ladrillos,

pasé tardes enteras con el Tigre de Malasia,

di la vuelta al mundo en ochenta días,

guardé el secreto del Doctor Jekyll,

alcé el mosquete e hice rimas

con Cyrano de Bergerac,

miré al Chavo del Ocho en la tele,

al hombre y la mujer biónicos,

a la Mujer Maravilla, a un Batman

de Sock!, Pow!, Zok!

y jugué Atari hasta el cansancio.

Hacíamos fogatas en los baldíos

que luego serían las casas en construcción

donde jugar al escondite.

Peleas de hormigas, changai,

papalotes que alzaban el vuelo,

carritos y canicas en ciudades

invadidas por jedis y Transformers.

Los niños corríamos solo porque queríamos,

explorábamos fronteras prohibidas

en bici, avalanchas y patines.

Subíamos a los postes para divisar

invasiones de naves espaciales.

Hoy las casas parecen tapiadas con bardas

que impiden saludar a los vecinos.

Extraño mi calle Arcángelo Corelli

cuando estaba viva.

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