Nací en Chapalita, mis padres compraron
un terreno en lo que fueran los márgenes
al poniente de la ciudad, construyeron su casa
entre los baldíos y calles sin historia donde crecí,
jugué a policías y ladrones, encantados,
erré frente a porterías de ladrillos,
pasé tardes enteras con el Tigre de Malasia,
di la vuelta al mundo en ochenta días,
guardé el secreto del Doctor Jekyll,
alcé el mosquete e hice rimas
con Cyrano de Bergerac,
miré al Chavo del Ocho en la tele,
al hombre y la mujer biónicos,
a la Mujer Maravilla, a un Batman
de Sock!, Pow!, Zok!
y jugué Atari hasta el cansancio.
Hacíamos fogatas en los baldíos
que luego serían las casas en construcción
donde jugar al escondite.
Peleas de hormigas, changai,
papalotes que alzaban el vuelo,
carritos y canicas en ciudades
invadidas por jedis y Transformers.
Los niños corríamos solo porque queríamos,
explorábamos fronteras prohibidas
en bici, avalanchas y patines.
Subíamos a los postes para divisar
invasiones de naves espaciales.
Hoy las casas parecen tapiadas con bardas
que impiden saludar a los vecinos.
Extraño mi calle Arcángelo Corelli
cuando estaba viva.
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