jueves, agosto 13

El papá de mi mamá

Todavía creo tener enfrente
a mi abuelito Domingo,
sentado en su equipal.
Lo descubría sorprendido
de que en mis libros las historias
de la Revolución
no fueran las que había oído
de su padre obregonista
o él presenciara
cuando lo obligaron a sepultar
cadáveres de fusilados
por mirón.
Quizá una de sus predilectas
era aquella de Madero
donde espíritus le aconsejaban.
Mi abuelo no imaginaba
una época mejor
a la de don Porfirio:
orden, cada cosa y persona
en su lugar.
No la vivió, le platicaron.
Lo suyo fue la Cristera,
los bandos encontrados
de saqueadores y asesinos
por igual. A mí me contaba
las mismas anécdotas
familiares, y ante ciertas ausencias
a sus 95
simplemente se soltaba a llorar:
todo lo contrario al rostro adusto
de las fotos. Yo lo prefería
a ir a pasear por el pueblo.
Me instaba a vivir allá afuera,
donde él hizo su historia.
A mí me parece que siempre
he vivido la historia
a través de otros.

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