El infierno se había vuelto simple rutina.
No había salida. Pero otros vivían
cosas peores con los hermanos maristas.
Ya en tercero recuerdo a Chuyín,
un niño de dimensiones asombrosas
y solitario, al que le escupían toda clase
de apodos evocando a las ballenas.
O al Chencho, un chico de ademanes delicados
a quien el Cimarrón perseguía
y le agarraba la verga en el baño.
Gastaba los recreos en la biblioteca
leyendo los diarios del libertador Hidalgo:
pasaba a cuchillo 300 gachupines por noche.
La noticia me llegó una mañana de boca de un amigo
que alucinaba con ser director de cine.
Me dijo sonriendo: “¿Ya sabes qué le pasó a Chuyín?
Se encerró en el baño antes de venir a la escuela
y se pegó un disparo en la cabeza
con el arma cargada de su padre”.
Entonces pensaba mucho en el suicidio
sin atreverme a intentarlo.
Ese mismo día eligieron a los de mejor promedio
para acompañar a Chuyín en su descenso.
Regresaron contándonos cómo tardó horas
en morir en la sala de emergencias.
Yo escribí mi primer poema.
Y las cosas siguieron igual que siempre.
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