Un restaurante al
aire libre.
Sus hombres lo resguardan
apostados a lo largo del parque.
Pregunto por
sus hijos
en lo que llegan los amigos.
Me muestra su celular:
un narco corta a un anciano
con su hacha, filmándolo
en el campo.
Desvío la vista, no veo el
final.
Tampoco otro video
donde amarran a
un individuo
una carga de dinamita:
regreso
el aparato
con esto que más tarde
terminará siendo noticia.
Un comensal de la mesa vecina
me mira fijo, pienso que quizá
ha visto la pistola
en el cinturón de
Charly.
Sus muchachos asoman
de vez en
vez.
Al mencionar a los 43
Al mencionar a los 43
discutimos:
lo escucho pero no puedo
creer lo que
me dice,
alzamos la voz y
sabiendo que no
estaremos de acuerdo,
respiramos, nos calmamos:
uno de los uniformados
me mira como
preguntándose
por qué el comandante
es tan benevolente
conmigo.
Eso mismo sucedía
cuando de
adolescentes
jugábamos futbol
en la unidad
deportiva.
Yo era el que nunca entendía
cómo
patear el balón,
mientras los amigos
me adiestraban por
horas
frente a la portería,
sin resultados
evidentes.
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